INTERMEZZO. EDICION EN ESPAÑOL

porSALLY ROONEY

20 minutos

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INTERMEZZO. EDICION EN ESPAÑOL, SALLY ROONEY PRIMERA PARTE 1 No parecía justo para el chaval. En el funeral con ese traje. Y con los aparatos en los dientes, el incordio supremo del adolescente. En situaciones así, a uno casi le terminaban dando apuro sus propias dotes sociales. Le brinda la excusa, o le brinda cuando menos alguien a quien lanzar una mirada implorante entre los apretones de manos de rigor. Dios lo ama. Casi veintitrés, ya: Ivan el Terrible. Costaba, de hecho, hacerse a la idea de que llevara puesto ese traje. Sacado tal vez de alguna tiendecilla de segunda mano con olor a humedad que recogía dinero para la clínica de cuidados paliativos del pueblo, pagado en metálico y metido hecho un gurruño en una bolsa de plástico reutilizable para llevárselo a casa en la bici. Sí, la verdad es que así se entendería, así cuadrarían ese traje, en su esplendorosa fealdad, y la personalidad de su hermano pequeño, diez años más joven. No es que no tuviera estilo, a su manera. Había cierta gracia en su absoluto desdén por el mundo material. Cerebro y hermosura, dijo una tía suya una vez. De los dos. ¿O Ivan era el cerebro y Peter la hermosura? Gracias, supongo. Cruza Watling Street camino del piso que no es un piso, la casa que no es una casa, once días, ¿o son doce?, después del funeral, ya de vuelta en la ciudad. De vuelta al trabajo, de aquella manera. De vuelta, en todo caso, donde Naomi. Y qué llevará puesto cuando le abra la puerta. Se pasa el móvil del bolsillo a la palma de la mano al llegar al primer escalón; siente al teclear la tactilidad fría de la pantalla iluminada bajo los dedos. Estoy fuera. Ahora las tardes son más cortas y ella debe de haber vuelto a las clases. No responde, pero ve el mensaje, y entonces, la secuencia predecible: esa secuencia de sonidos, tan familiar y a estas alturas indirectamente excitante, que llega desde el otro lado de la puerta mientras ella sube por la vieja escalera del sótano hasta el recibidor. Condicionamiento clásico: ¿cómo ha tardado tanto en darse cuenta? Sentido común. Eso no. Experiencia cotidiana. El nexo entre memoria y sensación. La puerta abriéndose. Hola, Peter, dice ella. Un top corto de cachemir, una cadenita de oro. Y unos pantalones de chándal negros ajustados al tobillo. Sin elásticos, no lo soporta. Los pies descalzos. ¿Puedo pasar?, pregunta. Escalera abajo y al cuarto sin cruzarse con ninguno de los demás. Las guirnaldas de luces proyectan tenues puntitos sobre la pared. Peter se quita los zapatos, los deja junto a la puerta. El portátil abierto encima del colchón pelado. Aroma de perfume, sudor y cannabis. En cuya atmósfera mixta todas nuestras compulsiones confluyen. Las cortinas echadas, como siempre. ¿Dónde te habías metido?, pregunta ella. Ah. Me temo que surgió un imprevisto. Ella lo mira, y luego ya no, con sorna. Unas vacaciones de verano de última hora, ¿verdad? Naomi, cariño, dice en tono amistoso. Se ha muerto mi padre. Ella se vuelve de nuevo, perpleja. Tu… Se queda callada. Dios, añade. Madre mía, joder. Lo siento mucho, Peter. ¿Te importa que me siente? Se sientan juntos en el colchón. Dios, dice ella. Y luego: ¿Estás bien? Sí, supongo. Está concentrada en las plantas de sus pies, cruzados encima del colchón. Negras de una suciedad que nunca parece exactamente suciedad. ¿Quieres hablar de ello?, pregunta. No, la verdad. ¿Cómo lo lleva tu hermano? Ivan, dice él. ¿Sabes que tiene más o menos tu edad? Sí, me lo dijiste. Decías que querías presentarnos. ¿Está bien? Peter sonríe, con amor, inconteniblemente, y para ahorrarle el espectáculo de esa sonrisa de amor incontenible a la propia Naomi, se sonríe en su lugar, como si le hiciera gracia, al reverso de la muñeca. Pues lo lleva… Lo cierto es que no tengo ni idea de cómo lo lleva, responde. ¿Qué te he contado de él? No sé, me dijiste que era «un marciano» o algo. Sí, es un auténtico bicho raro. Para nada tu tipo. Yo creo que es como autista, aunque supongo que eso ya no se puede decir. Sí se puede, si lo es de verdad. Bueno, no clínicamente ni nada. Pero es un genio del ajedrez, así que. Peter se tumba de espaldas en la cama, mirando al techo. No te importa, ¿verdad?, dice. Tengo que ir a otro sitio dentro de nada.

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