PROSA COMPLETA, ALEJANDRA PIZARNIK
PRÓLOGO
No es la vocación de un prólogo contradecir o desalentar al lector. Sería
deshonesto y aun descortés, sin embargo, no poner de pórtico a la prosa reunida de Alejandra
Pizarnik una advertencia: vosotros que entráis en este universo habéis de abandonar los lugares
comunes que acompañan el nombre de esta escritora. Son los mismos, por cierto, que lastran la
recepción de las obras de otras escritoras: locura y suicidio. En el caso de Pizarnik, la mitificación
de su muerte ha acabado produciendo una especie de «relato de la pasión» que la recubre con el
velo de un Cristo femenino. Este relato reitera siempre el asunto del mal de vivre de la argentina,
transponiéndolo en clave de suicidio. Graves son las consecuencias de la patología que consiste en
«ligar» de esta manera vida y obra. La melancolía, la soledad y el aislamiento, cuando se ponen de
manifiesto en la escritura de una mujer, son rasgos que admiten ser interpretados como la prueba
de un desequilibrio psíquico de tal naturaleza, que puede conducir a su autora al suicidio o la
locura. Si es varón el escritor, en cambio, y su obra o vida o ambas manifiestan parecida
contextura —la lista es larga, de Hölderlin y Rimbaud a Kafka y Beckett—, ésta suele recibirse
como una confirmación del talante visionario del hacedor. De más está decir que las desviaciones
o sencillamente hábitos de un escritor son argumentos folletinescos, no criterios de lectura de una
obra literaria. La muerte de Pizarnik, háyase suicidado o no, es tan relevante para la comprensión
de su obra como el gas y el horno en un gélido apartamento londinense para la de Sylvia Plath.
Alejandra Pizarnik buscaba, como ella misma confesaba en uno de los
textos recogidos en este volumen, una «escritura densa y llena de peligros a causa de su
diafanidad excesiva». De que lo logró plenamente da fe su obra poética, recogida en el tomo
Poesía Completa también editado por Lumen. Esa escritura es fuente de una incesante
perplejidad: ¿cómo puede soportar tantos registros de voz sin que peligre gravemente su unidad y
coherencia? Este hecho es, de entrada, lo que sorprende, pero se trata de una impresión
superficial, que una lectura más atenta se encarga de disipar, y que se desvanece del todo tras la
lectura de los textos en prosa aquí reunidos por vez primera —relatos, piezas de teatro, artículos,
ensayos—, algunos de ellos no recogidos previamente en volumen. Tanto como los poemas, la
prosa de Pizarnik está recorrida por la misma exaltación que Anna Ajmátova reconocía en la
escritura poética de Marina Tsvietáieva; una exaltación que eleva las palabras y que hace que, al
iniciar un texto —poema o prosa—, el plano en el que se sitúa la voz sea el mismo que por lo
general alcanzan los grandes poetas cuando acaban los suyos.
El interés que presenta esta edición, respecto del ominoso imperativo de
la novedad editorial, es triple: ofrece una ordenación cronológica de un material que en su
momento fue recogido en volumen, tanto en Argentina como en España; rescata textos, sobre
todo mas no exclusivamente de crítica literaria de la autora, publicados originalmente en revistas
literarias de difícil consulta, y da a leer este conjunto como un todo, lo que permite subrayar la
coherencia y correspondencias múltiples entre prosa de creación y prosa ensayística, por un lado,
y, por otro, el conjunto de la prosa y la obra poética. De la resonancia entre estas dos últimas, el
caso más flagrante lo ofrece la pieza de teatro Los perturbados entre lilas, donde se reconocen
numerosos ecos de El infierno musical.