ARTIFICIAL, MARIANO SIGMAN / SANTIAGO BILINKIS
Mariano Sigman:
A mis viejos y a Michita, con amor y gratitud
Santiago Bilinkis:
A la memoria de mis abuelos: Anita, Bernardo, Rosita y Raúl,
que aún viven en mi recuerdo; y por el futuro de mis nietos,
que algún día llegarán
Prólogo
Mariano Sigman
Un día de primavera en Madrid, Emiliano Chamorro me sugirió agregarle
un capítulo a un libro que yo había escrito sobre la conversación, uno que hablase de cómo
conversar con una inteligencia artificial. Ahí empezó todo. La idea viajó a la velocidad de un rayo
hasta Miguel Aguilar y Roberto Montes, editores, maestros y amigos de uno y otro lado del
Atlántico. Y volvió, casi al tiempo que Emi terminaba su frase, con otra propuesta: «¿Por qué no
mejor un libro nuevo?». Y en esa sucesión vertiginosa se resolvió que el libro, además, tendría que
escribirse en un instante.
Sin pensarlo un segundo, levanté el teléfono, llamé a Santiago, con quien
siempre nos merodeamos, pero con quien nunca había colaborado, y le propuse escribir, a cuatro
manos y con una fecha bastante inminente, un libro. Era como invitar a alguien, con el que nunca
se ha salido a caminar, a subir juntos el Everest. Como nada era normal en ese día, resultó que
Santiago justo acababa de empezar no sé cuántos proyectos que ya en sí mismos parecían un
abismo, y mientras yo ahí iba pensando que ese rapto de locura duraba lo que duran esos raptos,
dijo que sí, que no sabía cómo, pero que ahí fuéramos. Y ahí fuimos.
Santiago Bilinkis
La llamada de Mariano me encontró en un momento de desborde total: al
trabajo habitual como divulgador en la radio y a la generación de contenido para mi podcast y las
redes, se sumaba el repentino interés de los medios por entender la revolución del ChatGPT. La
inteligencia artificial, un tema al que le dedico gran parte del tiempo desde los últimos quince años
y que solo nos interesaba a unos pocos «nerds», estaba de repente en el centro de la agenda
pública. La gran meta de esta etapa de mi vida, acercar la tecnología más avanzada a la vida de las
personas de una manera que les resulte sencilla y estimulante, cobraba más relevancia que nunca.
Lo último que necesitaba en ese momento era una propuesta tan extraordinaria como
indeclinable. Y justo me sonó el teléfono. Mi respuesta a Mariano fue instantánea. La idea de
trabajar juntos me resultaba muy estimulante y combinar nuestras ideas en un proyecto conjunto
era una oportunidad maravillosa. Pero no se acababa ahí: pocas cosas me atraen tanto como una
meta imposible. Hacer un libro sobre inteligencia artificial, escribiendo por primera vez de a dos,
con un coautor que vive en otro país con cinco horas de diferencia horaria, y completarlo en unas
pocas semanas… ¡Imposible! ¿Dónde hay que firmar?
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La génesis de la inteligencia
TRAGEDIA Y ESPERANZA
En mayo de 1938, el almirante Sir Hugh Sinclair del Servicio de Inteligencia
Británico, el mítico MI6, compró una mansión construida en el siglo XIX conocida como Bletchley
Park. Este lugar era el emplazamiento ideal para crear un centro de operaciones: estaba a poco
más de setenta kilómetros de Londres, cerca de una línea de tren que pasaba por las
universidades de Oxford y Cambridge, y el esplendor arquitectónico del palacio ayudaría a
camuflar las actividades secretas del gobierno durante la Segunda Guerra Mundial.
Poco después, el Servicio de Inteligencia fue «de pesca» a las
universidades más importantes del Reino Unido para reclutar a un formidable equipo de treinta y
cinco físicos y matemáticos, que serían liderados por Alan Turing y Dillwyn Knox. Así, de manera
abrupta y precipitada, se puso en marcha esta sucursal secreta de la Escuela de Códigos y Cifrado
del Gobierno del Reino Unido. Apenas llegaron a los espléndidos jardines de Bletchley Park, el
grupo de nerds descubrió cuál sería su misión: ni más ni menos que salvar al mundo. Los alemanes
utilizaban una máquina llamada «Enigma», que encriptaba sus mensajes a través de un sofisticado
sistema de engranajes basado en tres rotores que transformaban cada letra en otra. El objetivo de
Turing y su equipo era descifrar ese código. La tarea era extremadamente difícil ya que los nazis
cambiaban a diario la posición inicial de los rotores y eso resultaba en 159 trillones de
combinaciones posibles. Había que volver a descifrar la posición cada vez. Desencriptar estos
mensajes podía inclinar la balanza de la Segunda Guerra Mundial, porque permitiría a los aliados
acceder a información reservada sobre los planes y acciones enemigos.