INVENCION DE TODAS LAS COSAS, LA, JORGE VOLPI
Falso prólogo
Al despertar una mañana, luego de un sueño intranquilo, me descubro transformado en un
monstruoso bicho. Me espanta la armadura anillada de mi abdomen y mis tres pares de patas que
se retuercen en zigzag. Las imágenes están allí, vívidas y palpables, tan reales como eso que suelo
llamar, tal vez a la ligera, realidad. El horror que experimento ¿es producto de un recuerdo, de una
alucinación, de una fantasía? ¿De un sueño? Si por un instante no me di cuenta de que lo era,
¿quién me asegura que no sigo en su interior? Me precipito al cuarto de baño: mi rostro en el
espejo es el mismo de cada mañana, solo mis ojeras lucen más pronunciadas. No parezco un
bicho: aquellas imágenes artrópodas eran falsas, los rescoldos de una pesadilla.
Y entonces sí despierto.
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Nada angustia como un sueño dentro de un sueño, uno de los dispositivos
predilectos del horror. Si despertamos en uno, ¿no nos precipitaremos en otro y otro, ad
infinitum?
Borges se valió de la estratagema en numerosas ocasiones: «Ha soñado el
Ganges y el Támesis, que son los nombres del agua», escribió en 1985 en un poema incluido en
Los conjurados. «Ha soñado mapas que Ulises no habría comprendido. Ha soñado a Alejandro de
Macedonia. Ha soñado el muro del Paraíso, que detuvo a Alejandro. Ha soñado el mar y la lágrima.
Ha soñado el cristal. Ha soñado que Alguien lo sueña».
Analizo la escena: mis manos transformadas en patas de insecto. ¿Qué son
estas imágenes? ¿Cuál es su naturaleza? ¿Son ficciones? Y, si así fuera, ¿de qué están hechas?
Parafraseando a Shakespeare, de la misma materia de los sueños.
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La palabra ficción viene del verbo latino fingere, que no significa fingir ni
engañar, sino tallar o modelar, el término usado por los artesanos para confeccionar una vasija y
por los escultores para dar vida a una venus. La etimología no podría resultar más apropiada: la
realidad es esa argamasa a la que damos forma y volumen con la imaginación.
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Si comparo el sueño con mi reflejo, no tengo dudas: el primero es
engañoso y el segundo, verdadero. Pero ¿de dónde proviene esta certeza? ¿Aprecio alguna
diferencia sustancial entre las dos imágenes? Ninguna, excepto mi propia convicción: si mi rostro
en el espejo me parece real es porque sé que es real. Ninguna imagen es verdadera por sí misma,
su veracidad queda determinada por una especie de lema que me lo advierte. Pero ¿quién le
coloca esa etiqueta similar a las que nos previenen sobre el exceso de grasas saturadas?