VIAJE DE LOS COLIBRIES, EL, SUE ZURITA
A todos los que han sido parte de este viaje.A los que se fueron por esas cosas del destinoo incluso
porque no quisieron quedarse…Especialmente a los que, a pesar del tiempoy la distancia que nos
separa, siguen caminando conmigo.
A mi pequeña Pía…
Noviembre, 1996
Desperté ese día y me di cuenta de que todo en mí había cambiado, ya no era la misma Romina
de Tierra Blanca.
Siempre estuve rota por dentro, pero ahora me faltaba algo y no se trataba sólo de Nicolás
Zamora, era un miedo terrible de enfrentar a la chica del espejo y estar decepcionada de ella.
Eran tantos los sentimientos que mi pecho albergaba, eran tantas las frustraciones y tan
grande la desesperanza, que hundí la cara en mi almohada y lloré incontrolablemente, hasta casi
dejar secos mis ojos.
¿CÓMO PUEDE UNA CHICA DE VEINTITANTOS SENTIRSE TAN INFELIZ Y DESDICHADA? 1
Enero, 1991
Crecí en una ciudad calurosa al sur de México, con una madre alcohólica y con mi hermana
Samanta, que abandonó el disfuncional hogar a los dieciséis —se fue a vivir a Cabo San Lucas con
su novio Santiago—.
A pesar de todo lo vivido, Samanta jamás nos olvidó. Llamaba frecuentemente y cada mes le
enviaba un pequeño giro a mamá. Ella, al salir de Telégrafos, con la cantidad recibida, se iba a
meter a la primera cantina que encontraba en el camino. Mi mente se aferraba a olvidar los
detalles amargos de mi infancia.
El padre de Samanta fue en la vida de mi madre el segundo matrimonio fallido y sin duda el
hombre al que más amo. A pesar de ese amor desmedido, él la abandonó cuando yo tenía
alrededor de cinco años. Jamás superó la depresión en la que cayó y poco a poco se hundió en el
vicio del alcohol; ella les llamaba tragos de olvido.
A los trece años, empecé a trabajar, empacaba la mercancía de los clientes en el mismo
supermercado donde mamá llevaba mucho tiempo laborando, hasta que un día la despidieron. La
casa en la que vivíamos nos la dejó la abuela antes de morir. Al menos el techo y la cama eran algo
seguro en nuestras endebles vidas.
Concluí la preparatoria y me dieron trabajo de cajera en el mismo supermercado de toda la
vida. No sé si en realidad no busqué otro empleo por falta de oportunidades o por el miedo a
arriesgarme a ir por algo diferente.
Esa noche tenía mucho trabajo, salí más tarde de lo normal. Al llegar a casa, mi madre estaba
tirada en el suelo, no paraba de vomitar, su rostro pálido, sus ojos hundidos. Traté de levantarla
para limpiarla, pero volvió a resbalar. Su mejilla fue a dar al suelo. Quería llorar, pero me contuve,
llamé a emergencias. Al poco rato llegó la ambulancia. Unos instantes después de ingresar al
hospital, el doctor se acercó a decirme solemnemente que mi madre había muerto.
Me tragué todos mis sentimientos, los ojos se me llenaron de lágrimas, pero no derramé
alguna.
Llegué a sentir admiración por mamá. ¡Cómo era posible que resistiera una vida tan miserable
y triste!
Siempre disfruté el silencio, pero esa noche no. Era tétrico. Mis pensamientos fueron
interrumpidos por el ring ring del teléfono.
—Hola, Sam.
—Hola, Colibrí —respondió Samanta.
—Todo estará bien. —Lamento no estar ahí…
—Lo sé.
No dijimos nada más. La despedida fue breve, susurré: “te amo”.
—Te amo también —me repitió ella y colgué.
Samanta me llamaba Colibrí desde niñas. Cuando yo tenía seis años y ella cuatro, un colibrí
chocó contra la ventana, se deslizó hasta el suelo, inconsciente. Corrimos a verlo, lo recogí con
delicadeza y lo acaricié, Samanta observaba sorprendida, le dijo al pajarito palabras de aliento.
Entré a la casa con el ave entre las manos y le pedí a Samanta que buscara entre los tiliches la jaula
que alguna vez fue de un par de canarios australianos. El colibrí no sobrevivió ni una noche, pensé
que fue debido a que no supe cómo cuidarlo. En sus diminutos ojos pude ver su tristeza.
Desde entonces tuve la atracción por las aves. Por su majestuosidad y belleza, por lo que
representa volar. Ir por doquier sin que nada te detenga, tan alto o tan lejos como sea posible.
Desde el día que me topé con aquel colibrí color violeta con azul, supe que algún día me quería
ir lejos de ese pueblito caluroso, porque los colibríes, a pesar de ser las aves más pequeñas del
mundo, son capaces de vivir con intensidad cada día de su existencia.