PACIENTE SILENCIOSA, LA, ALEX MICHAELIDES
Para mis padres
Pero ¿por qué no dice nada?
EURÍPIDES, Alcestis
Prólogo
Diario de Alicia Berenson
14 de julio
No sé por qué escribo esto.
No, eso no es verdad. A lo mejor sí lo sé, lo que pasa es que no quiero
admitirlo ni ante mí misma.
Ni siquiera sé qué nombre dar a… esto que estoy escribiendo. Llamarlo
«diario» me resulta un tanto pretencioso. No es que tenga nada que contar. Ana Frank sí que
llevaba un diario…, pero no alguien como yo. Llamarlo «acta» hace que suene demasiado oficial,
en cierto sentido. Como si tuviera que escribir algo todos los días, y no quiero hacerlo. Si se
convierte en una obligación, lo dejaré.
Tal vez no lo llame de ninguna manera. Será un algo sin nombre que
escribo de vez en cuando. Eso me gusta más. En cuanto le pones nombre a una cosa, te impide
verla en su totalidad, o ver por qué es importante. Te centras en la palabra, que en realidad es la
parte más minúscula, como la punta de un iceberg. Nunca me he sentido muy cómoda con las
palabras; siempre pienso en imágenes, me expreso con imágenes, así que jamás habría empezado
a escribir esto de no ser por Gabriel.
Últimamente he estado algo deprimida por una serie de cosas. Creía que
estaba consiguiendo ocultarlo, pero él se ha dado cuenta. Por supuesto que sí, se da cuenta de
todo. Me preguntó cómo iba el cuadro…, y le contesté que no iba. Entonces me sirvió una copa de
vino; yo me senté a la mesa de la cocina y él se puso a guisar.
Me gusta mirar a Gabriel mientras se mueve por la cocina. Es un cocinero
gentil: elegante, grácil, ordenado. Al contrario que yo, que solo organizo desastres.
—Cuéntame qué te pasa —dijo.
—No hay nada que contar. Es solo que a veces se me atasca la cabeza. Me
siento como si intentara avanzar por un barrizal.
—¿Por qué no pruebas a escribir las cosas? ¿A llevar una especie de
registro? Quizá eso te ayude.
—Sí, supongo que sí. Lo intentaré.
—No te limites a decirlo, cariño. Hazlo.
—Que sí…
Siguió pinchándome, pero yo no hacía nada de nada. Y entonces, unos días
después, me regaló este pequeño cuaderno para que escribiera en él. Tiene las tapas de cuero
negro y unas páginas blancas y gruesas, todas por llenar. He pasado la mano por la primera y he
sentido su suavidad, luego le he sacado punta al lápiz y me he puesto a ello.
Y él tenía razón, por supuesto. Ya me encuentro mejor; poner esto por
escrito me genera una sensación de liberación, una válvula de escape, un espacio para
expresarme. Es un poco como una terapia, supongo.
Gabriel no lo ha dicho, pero me doy cuenta de que está preocupado por
mí. Si tengo que ser sincera —y más vale que lo sea—, el verdadero motivo por el que he accedido
a escribir este diario ha sido tranquilizarlo, demostrarle que estoy bien. No soporto pensar que le
preocupo. No quiero darle ningún disgusto ni causarle tristeza ni provocarle dolor, nunca. Amo
muchísimo a Gabriel. Es, sin lugar a dudas, el amor de mi vida. Lo quiero de una forma tan
completa, tan absoluta, que a veces ese sentimiento amenaza con superarme. A veces creo…
No. No escribiré sobre eso.
Esto tiene que ser un registro alegre de ideas e imágenes que me inspiren
artísticamente, cosas que tengan un impacto creativo en mí. Solo voy a escribir pensamientos
positivos, felices, normales.
No se permiten pensamientos de loca.