ANTES DE QUE SE ENFRIE EL CAFÉ, TOSHIKAZU KAWAGUCHI
Prólogo
Corría la extraña leyenda urbana de que en cierta cafetería de cierta
ciudad, si te sentabas en un asiento en concreto, podías viajar al tiempo que desearas durante el
rato que estuvieras allí.
Pero ¡qué lata!
Había unas reglas muy engorrosas:
La primera regla establecía que si querías viajar al pasado, únicamente
podías volver a hacerlo en esa cafetería para encontrarte con alguien que ya hubiera estado allí.
La segunda regla establecía que aunque volvieras al pasado, por mucho
que te esforzaras, el presente no cambiaría.
La tercera regla establecía que si en el asiento en el que se volvía del
pasado ya había una persona, solo podías sentarte en él cuando esta se levantara.
La cuarta regla establecía que mientras estuvieras en el pasado, no podías
levantarte ni moverte del asiento.
La quinta regla establecía que únicamente podías permanecer en el
pasado el tiempo que tardaba en enfriarse un café.
Pero esas no eran las únicas reglas engorrosas.
Según los rumores propagados por los clientes del establecimiento donde
se había originado esta leyenda urbana, el lugar en cuestión era la cafetería Funikuri Funikura.
Si te dijeran que siguiendo estas reglas podrías volver al pasado, ¿qué
harías?
He aquí cuatro historias maravillosas y esperanzadoras que tuvieron lugar
en esa inusual cafetería:
1. Novios: la historia de una chica separada del chico con quien tenía
pensado casarse.
2. Marido y mujer: la historia de un hombre que ha perdido la memoria y
de su enfermera.
3. Hermanas: la historia de una hermana que huye de casa y de otra que
come mucho.
4. Madre e hija: la historia de la embarazada que trabaja en esa cafetería.
Si pudieras volver atrás, ¿a quién visitarías?
1
Novios
—Bueno, tengo que irme... —murmuró él, evasivo y, a continuación, se levantó y cogió la maleta
de mano que llevaba.
—¿Cómo?
Ella lo miró con el rostro desencajado. En ningún momento él había
pronunciado siquiera la sílaba «ru» de la palabra «ruptura». Pero sí que había sido él, con quien
llevaba casi dos años de relación, el que la había citado en aquella cafetería con el pretexto de
tener «algo importante» que decirle. No solo le comunicó su repentino traslado a Estados Unidos
por temas de trabajo, sino que después se fue sin ni siquiera pronunciar la sílaba «ru» de la
palabra «ruptura», pero dándole a entender que ese «algo importante» significaba que rompían.
Sin embargo, ella se había imaginado que ese «algo importante» era una propuesta de
matrimonio.
—¿Qué? —respondió él balbuceante con otra pregunta y sin mirarla a los
ojos.
—¿No piensas darme ninguna explicación? —le exigió ella con un tono
enfadado por primera vez.
La cafetería en la que estaban teniendo esta conversación se encontraba
en un sótano, por lo tanto no había ventanas. Estaba iluminada con seis lámparas de techo, tenía
las paredes pintadas de color sepia y, cerca de la entrada, había una única lámpara de pared. Por
eso, la única manera de saber si era de día o de noche allí dentro era mirando el reloj.
En el interior de esa cafetería había tres relojes de pared grandes y
antiguos. Sin embargo, sus manecillas marcaban horas distintas. Los clientes que entraban allí por
primera vez no sabían si aquello estaba hecho a propósito o si, sencillamente, los relojes no
funcionaban bien. Así que, al final, acababan mirando la hora en el suyo.
Y eso mismo fue lo que hizo él.
Consultó el reloj de pulsera e hizo una pequeña mueca con el labio inferior
a la vez que se rascaba encima de la ceja derecha.
—¡Oye! ¿Se puede saber qué has querido decir con esa mueca? —
preguntó ella de muy mal humor al ver aquella expresión en su rostro.
—No he hecho nada —respondió él vacilante.
—¡Claro que sí! —exclamó ella absolutamente impotente.
—Mmm...