ANIMAL SALVAJE, UN

porJOËL DICKER

20 minutos

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ANIMAL SALVAJE, UN, JOËL DICKER Los hechos El 2 de julio de 2022, en Ginebra, un sonado atraco copó la actualidad. Este libro narra la historia de aquel robo. Prólogo El día del atraco Sábado 2 de julio de 2022 9.30 h. Los dos atracadores acababan de entrar simultáneamente en la joyería por dos accesos distintos. El primero, por la entrada principal, como un cliente cualquiera. El atuendo elegante había dado el pego al guardia de seguridad: la gorra y las gafas de sol venían muy a cuento en aquel mes de julio. El otro, con pasamontañas, se había colado por la entrada de servicio tras obligar a una empleada a abrirle la puerta amenazándola con una escopeta recortada. No habían dejado nada al azar: habían conseguido los planos de la tienda y los horarios del personal. Una vez dentro, el Pasamontañas había atado a la empleada en la trastienda y se había reunido enseguida con su cómplice. Nada más verlo, la Gorra había empuñado la pistola que llevaba metida en el cinturón y había empezado a gritar: «¡Esto es un atraco, que nadie se mueva!». Luego se sacó un cronómetro del bolsillo y lo puso en marcha. Disponían exactamente de siete minutos. PRIMERA PARTE Los días anteriores a su cumpleaños Capítulo 1 Veinte días antes del atraco ? DOMINGO 12 DE JUNIO DE 2022 LUNES 13 DE JUNIO MARTES 14 DE JUNIO MIÉRCOLES 15 DE JUNIO JUEVES 16 DE JUNIO VIERNES 17 DE JUNIO SÁBADO 18 DE JUNIO (FIN DE SEMANA EN SAINT-TROPEZ) DOMINGO 19 DE JUNIO (FIN DE SEMANA EN SAINT-TROPEZ) LUNES 20 DE JUNIO (CUMPLEAÑOS DE SOPHIE) Era una casa moderna. Grande, de forma cúbica, toda de cristal, que se alzaba en medio de un jardín impecable, con piscina y un amplio porche. La parcela estaba rodeada de bosque. Aquel lugar era un oasis, un pequeño paraíso secreto resguardado de las miradas al que se entraba por un camino particular. Al igual que la casa, los que vivían en ella también resultaban ser de ensueño: Arpad y Sophie Braun eran la pareja ideal y dichosos padres de dos hijos maravillosos. Aquella mañana, Sophie abrió los ojos a las seis en punto. Llevaba algún tiempo despertándose sistemáticamente a la misma hora. A su lado, Arpad, su marido, dormía a pierna suelta. Era domingo, le habría gustado dormir un rato más. Se revolvió en la cama, en vano. Al final, se levantó sin hacer ruido, se puso una bata y bajó a la cocina para prepararse un café. Una semana después cumpliría los cuarenta y nunca había estado tan guapa. Desde la linde del bosque se veía perfectamente el interior del cubo de cristal. Acuclillado detrás de un tronco, un hombre vestido con ropa de deporte oscura que lo hacía invisible permanecía con los ojos clavados en Sophie, que se encontraba en la cocina. Sophie, con el café en la mano, observaba la orilla del bosque que delimitaba su jardín. Era su ritual matutino. Abarcaba con la mirada su diminuto reino. A unos kilómetros de allí, en pleno centro de Ginebra, un Peugeot gris con matrícula francesa circulaba por una avenida desierta. Con la luz del amanecer no se distinguía bien al conductor a través del parabrisas. El vehículo llamó la atención de una patrulla policial y las luces giratorias azules iluminaron la fachada de los edificios circundantes. Los policías procedieron al control del Peugeot y su conductor: todo estaba en regla. Uno de ellos le preguntó al conductor para qué había ido a Ginebra. «Visita familiar», contestó él. Los policías se marcharon satisfechos. El conductor se congratuló por aquel coche de ocasión que había comprado a muy buen precio y, sobre todo, de forma cien por cien legal. Era el mejor modo de pasar inadvertido.

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