NEXUS, YUVAL NOAH HARARI
Para Itzik, con amor, y para todos los que aman la sabiduría. En una senda de mil sueños,
buscamos la realidad
Prólogo
Hemos llamado a nuestra especie Homo sapiens, el «humano sabio». Pero es discutible que
hayamos estado a la altura de este nombre.
Lo cierto es que, a lo largo de los últimos cien mil años, nosotros, los sapiens, hemos acumulado
un poder enorme. Tan solo listar todos nuestros descubrimientos, inventos y conquistas llenaría
volúmenes. Pero el poder no es sabiduría y, después de cien mil años de descubrimientos,
inventos y conquistas, la humanidad se ha visto abocada a una crisis existencial autoinfligida. Nos
hallamos al borde de un colapso ecológico causado por el mal uso de nuestro propio poder.
También nos afanamos en la creación de nuevas tecnologías como la inteligencia artificial (IA), que
tienen el potencial de escapar de nuestro control y de esclavizarnos o aniquilarnos. Pero, lejos de
que nuestra especie haya unido fuerzas para abordar estos retos existenciales, las tensiones
internacionales van en aumento, la cooperación global se está haciendo más difícil, las naciones
acumulan armas apocalípticas y una nueva guerra mundial no parece imposible.
Si los sapiens somos tan sabios, ¿por qué somos tan autodestructivos?
A un nivel más profundo, aunque hemos acumulado muchísima información acerca de todo, ya
sean moléculas de ADN o galaxias remotas, no parece que toda esta información haya dado
respuesta a las grandes preguntas de la vida: ¿quiénes somos?, ¿a qué debemos aspirar?, ¿qué es
una buena vida?, ¿y cómo deberíamos vivirla? A pesar de la ingente cantidad de información que
tenemos a nuestra disposición, somos tan susceptibles a la fantasía y al delirio como nues-tros
antepasados más lejanos. El nazismo y el estalinismo no son más que dos ejemplos recientes de
una locura de masas que de vez en cuando se apodera incluso de las sociedades modernas. Nadie
discute que en la actualidad los humanos dispongamos de mucha más información y de mucho
más poder que en la Edad de Piedra, pero no es en absoluto cierto que nos comprendamos y que
comprendamos mejor nuestro papel en el universo.
¿Por qué somos tan buenos a la hora de acumular más información y poder pero tenemos
mucho menos éxito a la hora de adquirir sabiduría? A lo largo de la historia, un buen número de
tradiciones han creído que un defecto letal en nuestra naturaleza nos incita a andar detrás de
poderes que no sabemos manejar. El mito griego de Faetón nos habla de un muchacho que
descubre que es hijo de Helios, el dios sol. Ansioso por demostrar su origen divino, Faetón se
atribuye el privilegio de conducir el carro del sol. Helios le advierte que ningún humano puede
controlar a los caballos celestes que tiran del carro solar. Pero Faetón insiste, hasta que el dios sol
cede. Después de elevarse orgulloso en el cielo, Faetón acaba por perder el control del carro. El sol
se desvía de su trayectoria, abrasa toda la vegetación, provoca gran cantidad de muertes y
amenaza con quemar la Tierra misma. Zeus interviene y alcanza a Faetón con un rayo. El
presuntuoso humano cae del cielo como una estrella fugaz, envuelto en llamas. Los dioses
retoman el control del cielo y salvan el mundo.
Dos mil años después, cuando la Revolución Industrial daba sus primeros pasos y las máquinas
empezaban a sustituir a los humanos en numerosas tareas, Johann Wolfgang von Goethe publicó
un texto admonitorio similar titulado «El aprendiz de brujo». El poema de Goethe (que
posteriormente se popularizó en la versión animada de Walt Disney protagonizada por Mickey
Mouse) cuenta cómo un brujo ya anciano deja su taller en manos de un joven aprendiz, a quien
pide que, en su ausencia, se encargue de tareas como traer agua del río. El aprendiz decide
facilitarse las cosas y, recurriendo a uno de los conjuros del brujo, lanza un hechizo sobre una
escoba para que vaya a por el agua. Pero el aprendiz no sabe cómo detener la escoba, que,
incansable, trae cada vez más agua, lo que amenaza con inundar el taller. Presa del pánico, el
aprendiz corta la escoba encantada en dos con un hacha solo para ver que cada mitad se convierte
en otra escoba. Ahora hay dos escobas encantadas que inundan el taller con cubos de agua.
Cuando el viejo brujo regresa, el aprendiz le suplica ayuda: «Los espíritus a los que invoqué […]
ahora no puedo librarme de ellos». De inmediato, el brujo deshace el hechizo y detiene la
inundación. La lección para el aprendiz —y para la humanidad— es clara: nunca recurras a poderes
que no puedas controlar.