ETÉREO, JOANA MARCUS
Para todas las personas que se sienten invisibles:
quizá sois demasiado etéreas
para este mundo
Advertencia: este libro incluye contenido sexual explícito, consumo de drogas y escenas
violentas. Victoria
Observó su reflejo una última vez. Pese a conocer cada detalle,
consiguió encontrarse un nuevo defecto.
Caleb
Observó su reflejo una última vez. No le dio demasiada importancia.
Victoria
Tras un suspiro, rebuscó en su montón de ropa para encontrar su
camiseta blanca.
Caleb
Tras un suspiro, alcanzó una camiseta negra perfectamente doblada.
Victoria
También rebuscó en los cajones de su mesita de noche hasta
encontrar una goma de pelo.
Caleb
También abrió el primer cajón de su mesita de noche y cogió la
pistola.
Victoria
Con apuro, se ató los tres botones del cuello de la camiseta. Al ver el
logo del bar, no pudo evitar una mueca de desagrado.
Caleb
Con paciencia, se subió la cremallera de la chaqueta. Al notar que la
pistola se le clavaba en las costillas, no pudo evitar una mueca de hastío.
Victoria
Salió de la habitación con las manos en las caderas —una postura
que había adoptado mucho tiempo atrás como su favorita— y entró en el ya bautizado
salón-comedor-cocina-estudio de su diminuto piso. El sospechoso principal no estaba en el
sillón. Probó en el cuarto de baño, pero en la cajita de arena tampoco había señales de
vida.
Tan solo quedaba una alternativa.
Y, por supuesto, estaba tumbado en su almohada.
—Joder, Bigotitos…, ¿te gustaría que yo mordiera tus cosas?
A modo de respuesta, recibió un bufido gatuno.
Enfadarse requería tiempo y no iba sobrada, así que recuperó la
reliquia perdida —las zapatillas—, se las puso a toda velocidad y corrió hacia la puerta.
Iba tan despistada que tuvo que volver a entrar, solo para apagar la
luz.
Caleb
Contempló la habitación con los brazos cruzados —una postura que
había adoptado mucho tiempo atrás como su favorita— y se acercó a la cristalera,
pensativo, para observar el bosque desierto que se extendía ante él.
Tras unos instantes, volvió a acercarse a la cama para recoger las
botas y ponérselas. Estaban impolutas, tal como le gustaba.
Abandonó el dormitorio sin mirar atrás.
Victoria
En cuanto salió del edificio, empezaron a castañearle los dientes. El
frío y la humedad eran muy malos compañeros; por muchas capas de ropa que usara,
nunca parecían suficientes. Además, era de noche. Odiaba salir de noche.
Victoria trató de meterse las llaves en el bolsillo de la chaqueta, pero
estaba tan distraída que se le cayeron al suelo y tuvo que agacharse para recogerlas.
Caleb
En cuanto salió de casa, calculó la temperatura de forma un poco
ausente. Ni siquiera podía afectarle, así que no era muy relevante. Además, era de noche.
Le encantaba salir de noche.
Mientras entraba en su coche, dio la vuelta a las llaves con un dedo.
Condujo con una mano en el volante y la mirada clavada en la carretera.
Victoria
Se preguntó qué le tocaba esa noche. Una bronca del jefe, seguro.
Qué pereza.