Powerless (Saga Powerless 1), LAUREN ROBERTS
Para toda chica que alguna vez haya sentido que no tiene poder
El líquido cálido y espeso me corre por el brazo.
Sangre.
Qué raro, no recuerdo que el guardia me hiriera con la espada antes de
que le acertara con el puño en la cara. Es un rayo, pero por lo visto no pudo moverse más deprisa
que mi gancho de derecha hacia su mandíbula.
El olor del hollín me pica en la nariz, me obliga a apretármela con los dedos
sucios para que no se me escape un estornudo.
«Que sería una manera patética de dejarme pillar».
Cuando estoy segura de que la nariz no me va a delatar a los imperiales
que acechan bajo mi escondite, vuelvo a poner la mano contra la pared mugrienta en la que tengo
apoyada la espalda, con los pies bien plantados en la que tengo enfrente, y me fuerzo a seguir
subiendo mientras contengo el estornudo.
No había planeado pasarme la tarde trepando por el interior de una
chimenea. El espacio es tan reducido que no paro de sudar, y me tengo que tragar el miedo para
seguir subiendo por el estrecho espacio, ansiosa por cambiar las paredes sucias por la noche
estrellada. Cuando por fin asomo la cabeza, respiro con ansia el aire pegajoso, salgo y, de
inmediato, me bombardea una nueva mezcla de olores, mucho más desagradable que el del hollín
que se me ha pegado al cuerpo, a la ropa, al pelo. Sudor, pescado, especias, seguro que algunos
fluidos corporales. Todo se junta para crear el hedor que envuelve a Saqueo.
Sobre la chimenea, en equilibrio, fuerzo la vista en la penumbra del tejado
para inspeccionarme el brazo. Casi me he olvidado de examinarlo, no me lo ha recordado el
habitual dolor mordiente de un tajo de espada.
Me arranco una tira de tela de la camiseta sudada que llevo pegada al
cuerpo y me limpio el corte con cuidado.
«Adena me va a matar, le he echado a perder las puntadas. Otra vez».
Me sorprende que no me duela, así que me froto el brazo con el tejido
basto para limpiar la sustancia pegajosa.
Y entonces me llega su olor.
Miel.
La misma miel que rezuman los bollos que llevo en los bolsillos del
andrajoso chaleco y que ahora me corre por el brazo. La he confundido con sangre. Suelto un
suspiro de reproche contra mí misma.
Pero es una grata sorpresa. Es más fácil quitar de la ropa las manchas de
miel que las de sangre.
Respiro hondo y contemplo los edificios que amenazan de convertirse en
ruina, entre las sombras que proyectan las farolas titubeantes de la calle. Aquí, en los barrios
bajos, no hay mucha electricidad, pero el rey nos ha cedido generosamente unas cuantas farolas.
Los voltios y los eruditos utilizan sus habilidades para crear una red eléctrica permanente, así que
por su culpa me cuesta más refugiarme entre las sombras.
A medida que se sale de los barrios bajos, las hileras de casas y tiendas van
mejorando en tamaño y estado. Las chabolas se convierten en casitas, las casitas en mansiones, y
así hasta llegar arriba, a la edificación más intimidante. Entorno los ojos y escudriño la oscuridad, y
apenas alcanzo a ver las torres imponentes del castillo real y la bóveda de la Arena que se alza
cerca.
Vuelvo a centrarme en la calle ancha que se abre ante mí y examino los
edificios de los alrededores. Saqueo es el corazón de los barrios bajos, el lugar desde donde se
bombea el crimen y el comercio hacia el resto de la ciudad. De ahí salen docenas de calles y
callejones que forman el laberinto de la ciudad; sonrío y dejo escapar un suspiro ante la calle
conocida que veo a mis pies.
Mi casa. Bueno, más o menos. Para ser una casa de verdad, un hogar,
tendría que tener techo.
«Pero es más divertido mirar las estrellas que un techo».
Lo sé muy bien, porque antes tenía un techo al que mirar por las noches.
Era cuando no me hacía falta la compañía de las estrellas.
La mirada se desvía sin pedir permiso hacia donde estaba antes mi hogar,
entre las calles Mercader y Olmo. Hacia donde seguro que hay una familia sentada en torno a la
mesa, compartiendo cena y risas, hablando de cómo les ha ido el día…
Oigo un golpe y a continuación un murmullo de voces que me arrancan de
la amargura de mis pensamientos. Escucho, pero apenas distingo la voz ahogada y grave del
guardia al que dejé fuera de servicio hace un rato.
—Se me acercó por detrás, sin el menor ruido, como un ratón, y luego…,
cuando me quise dar cuenta, un golpecito en el hombro, un puñetazo en la cara.
Una voz femenina, aguda y enojada, resuena por la chimenea.
—Por la plaga, eres un rayo, lo tuyo es la velocidad, ¿no? —Se para y
respira hondo—. ¿Al menos le viste la cara antes de dejar que me robara? ¿Que me robara otra
vez?
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