PERCY JACKSON Y LA DIOSA DE TRES CABEZAS, RICK RIORDAN
Carta del autor
Querido lector mortal:
He jurado por el río Estigia presentar este libro como una obra de
ficción.
No existe ningún chico de doce años llamado Perseus Percy Jackson.
Los dioses griegos no son más que mitos antiguos. Por supuesto, no han tenido
descendencia con humanos mortales en el siglo XXI, y tampoco existe ningún lugar
llamado Campamento Mestizo, un campamento de verano para semidioses al este de Long
Island. Percy nunca conoció a ningún sátiro ni a ninguna hija de Atenea. Y, evidentemente,
no emprendieron juntos una misión a través de Estados Unidos para llegar a las puertas
del inframundo y evitar una guerra catastrófica entre los dioses.
Dicho esto, debo advertirte que te lo pienses dos veces antes de
comenzar a leer este libro. Si sientes que algo se agita en tu interior mientras lees, si
empiezas a sospechar que esta historia podría describir algún aspecto de tu vida, déjalo de
inmediato. No quiero que me hagan responsable de las consecuencias.
Que los dioses del Olimpo (que evidentemente no existen) te
protejan.
Saludos cordiales,
Rick Riordan
Escriba principal
Campamento Mestizo
Miembro Honorario
del Consejo de Ancianos Ungulados
Copero de la Corte de Poseidón
Etcétera, etcétera
www.rickriordan.com
1
Tengo un accidente en el despacho de la directora
Octubre. El mejor mes de todos.
El aire era fresco. Las hojas estaban cambiando de color en Central
Park. Y mi carrito de comida favorito de la calle Ochenta y seis servía burritos con sabor a
calabaza.
Por si eso fuera poco, últimamente había tenido CERO problemas
con el mundo mitológico. Ningún dios había llamado a la puerta pidiéndome que le hiciese
recados. Ningún monstruo había intentado matarme.
Durante tres maravillosas semanas había sido un estudiante normal
en el último curso de secundaria. Y cuando eres el hijo semidivino de Poseidón, la
normalidad es un agradable cambio de aires, aunque venga acompañada de deberes y
clases de recuperación los fines de semana.
Te estarás preguntando: «¿Por qué un semidiós poderoso en el
último año de instituto necesitaría una ayuda tan trivial como las clases de recuperación?»
A lo mejor no me conoces. En primer lugar, tengo dislexia con
trastorno hiperactivo por déficit de atención. Pequeñeces como leer y prestar atención me
cuestan más que, por ejemplo, tirarme por una ventana de clase para luchar contra un
jabalí que escupe fuego. Por extraño que parezca, los profesores no dan créditos extra por
matar a cerdos monstruosos.
Además, me había perdido el penúltimo año de instituto a causa de
cierto asunto en el que no entraremos (Hera) debido a ciertos dioses entrometidos (Hera)
con motivo de un apocalipsis cósmico (Hera).
De modo que allí estaba yo, en el Instituto de Educación Alternativa,
el único centro en el que me permitirían obtener el título de bachillerato a tiempo para
asistir a la universidad con mi novia. Y para compensar todos los créditos que me había
perdido por causas ajenas a mí (Hera), tenía que recibir clases de recuperación los fines de
semana.
Los sábados asistía a una clase de español de doble crédito con el
doctor Hernandez en el Centro de Estudios Superiores del Distrito de Manhattan. Los
domingos recibía una clase de química online. Los lunes por la mañana, cuando necesitaba
desesperadamente un respiro, entraba tambaleándome en el instituto con un dolor de
cabeza terrible y procuraba aguantar las clases sin que se me saliese el cerebro por las
orejas.