Para mi marido, que ha creído en mí más aún que yo; para mis padres, que me hicieron el
maravilloso regalo de contar con una segunda lengua, y para todos los que tienen el valor
de perdonarse a sí mismos
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Estoy soñando en dracónico otra vez.
Las largas y enrevesadas frases me vienen con más facilidad en
sueños que cuando estoy despierta, y, justo antes de abrir los ojos, se me queda en la
mente una palabra.
Mengkhenyass.
¿Qué significa?
Me doy la vuelta en la cama, y el sopor va disipándose como la
bruma atravesada por los rayos de luz del sol que entran por las ventanas de guillotina. En
el suelo, enredado entre una maraña de mantas, ronca mi primo Marquis. Su padre se ha
pasado la noche charlando otra vez con mamá y papá, murmurando sobre huelgas,
protestas y fuego de dragones. La presencia de Marquis en el suelo de mi dormitorio se
está volviendo algo habitual.
Oigo el ruido de cazuelas procedente de la cocina, en el piso de
abajo, y echo las piernas a un lado, dejando caer los pies al borde de la cama en el
momento justo de tomar conciencia: hoy viene a cenar la rectora de la Academia de
Lingüística Dracónica. Aquí, a casa de mis padres.
Esta noche.
Llevo semanas esperando este día. No, meses. La doctora Rita
Hollingsworth viene a ver a mamá para hablar de su teoría sobre dialectos dracónicos,
pero será mi ocasión para impresionarla y —casi no me atrevo a albergar esperanzas—
asegurarme una beca de prácticas para el verano en el departamento de traducción de la
Academia.
—¡Marquis! —Le lanzo una almohada a la cabeza a mi primo—.
¡Despierta!
Marquis gruñe algo con la boca pegada a la almohada.
—¡Por Dios, Viv! Pensaba que ibas a dejarme dormir.
—Hay demasiado que hacer —le respondo—. A las diez tengo que
estar en el taller de encuadernación.
Me pongo la bata y cruzo la habitación hasta el escritorio, donde
está la carta de recomendación de mi profesora, perfectamente lisa e impecable. La puerta
se abre con un golpetazo y entra Ursa, ya vestida, que pisotea a Marquis y se agacha,
poniéndole unos labios como capullos de rosa junto al oído. Él protesta con otro gruñido.
—¿Primo? —le susurra en voz alta—. ¿Estás despierto?
—Ahora sí que lo está, osita —digo yo, riéndome y mostrándole los
brazos abiertos. Tiene la piel caliente y suave y huele a leche y a miel—. ¿Adónde vas?
—No puedo decírtelo —responde Ursa, abriendo los ojos—. Es un
lugar secreto.
—¿Un lugar secreto? —Marquis levanta el torso y esboza una
sonrisa malvada—. ¡Esos son los que más me gustan!
Ursa suelta una risita y me deja que le desenrede el cabello, que se
le ha quedado prendido a la deshilachada cinta en la que lleva el pase de clase.