Prefacio
La pequeña muerte:
momento, en algún punto de la vida, que te desconecta. Estado de realidad suspendida.
Puede ser real o solo una sensación breve, ya sea por algún evento de impacto mental, emocional o físico. Un estado de shock, de trauma o placer que pareciera robarnos el
aliento. Es aterrador y liberador al mismo tiempo, te hunde y te eleva. Es una revelación,
una epifanía que hace que nada vuelva a ser como antes, empezando por uno mismo.
Sobrevivir:
seguir aquí, permanecer, durar a pesar de lo vivido.
A lo largo de la vida nos vamos convirtiendo en sobrevivientes, ya sea de situaciones,
personas o relaciones, no importa: uno siempre termina sobreviviendo a algo o a alguien.
Hay quienes sobreviven a la muerte y quienes sobreviven a otros tipos de muerte, como
“las muertes pequeñas”. Existen muchos tipos: dejar una relación, abandonar un lugar,
terminar una amistad, que planes importantes se vengan abajo, un accidente, una
enfermedad... Muchas no son el final, sino el inicio de algo nuevo. Yo mismo experimenté
una pequeña muerte, de esas que te ponen al filo de la navaja y amenazan con el peor
escenario en cada momento. Fue una “muerte” breve, pero se sintió eterna. Me regresó a
la vida para realmente empezar a vivirla y no solo a existirla. Y ahora llevo su recuerdo
grabado en mi cuello en forma de cicatriz circular, como muestra de lo que significa dejar
de estar para luego volver y poder continuar.
Pienso que no hay muerte más terrible que aquella que se experimenta sin dejar de
respirar, viviendo solo por vivir, y eso me pasó por un periodo de tiempo durante 2022. Di
por sentadas varias situaciones y comencé a sumergirme en una especie de mutismo e
inercia en donde ya hacía muchas cosas en automático. Pero la vida, que es sabia, siempre
tiene maneras de hacernos reaccionar, de frenarnos y, si es necesario, darnos un par de
bofetadas que nos ayuden a despertar.
Yo no sabía que sería un sobreviviente, pero la tarde del 3 de octubre de 2022 empezó mi
camino para convertirme en uno: tuve que ser hospitalizado de emergencia por una grave
falla pulmonar provocada por un particular tipo de neumonía. Así comenzó mi viaje que
dio como resultado veintidós días intubado a un respirador artificial y poco más de mes y
medio hospitalizado. Pero este libro no es la cronología ni el registro clínico de lo que
ocurrió durante esos días estando al cuidado de todo un equipo de médicos y especialistas
en enfermedades respiratorias. Tampoco es la historia de mis días hospitalizado ni la
reflexión sobre mi proceso médico y lo incómodo y doloroso que fue. Más bien es la
historia de todo lo que pasó mientras yo dormía, de eso que no se vio afuera, pero ocurrió
adentro, en los abismos de mi mente, y quizás afuera pero no alrededor de mi cama de
hospital, sino más allá de mi cuerpo, en otro tiempo y espacio que traspasó los límites de
mi consciencia y que, incluso hoy, sigo tratando de descifrar y entender para poder
integrar esas experiencias a mi existencia y así lograr darles un significado completo.
Después de una vivencia así, la palabra “sobrevivir” toma un significado distinto. Es una
palabra que de hecho encierra muchos significados: coraje, esperanza, fe, resiliencia,
confiar, creer… Una persona que sobrevive a algo, lo que sea, es alguien que experimenta
todas las palabras anteriores y se convierte en ellas. Sobrevivir es durar, seguir,
permanecer a pesar de haber vivido algo que te puso al borde del precipicio. Por eso
pienso que todos somos, de alguna manera, sobrevivientes. Y pienso que el chiste,
después de eso, es convertirnos sólo en vivientes que dejan el “sobre” a un lado para
hacer lo único importante: vivir.