Ni siempre, ni nunca (ni tú, ni yo)

porAlex Toledo

15 minutos

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Ni siempre, ni nunca (ni tú, ni yo) Alex Toledo SOLEDAD: Circunstancia de estar solo(a) o sin compañía alguna. IMPERMANENCIA: Cualidad central de todo lo que existe. Relativo al cambio constante. Que nada se mantiene igual ni dura para siempre. Todo es breve. Hubo un tiempo en la vida —y muchas personas de mi rodada podrán confirmarlo— en que le ganamos a eso de la impermanencia. Se llamaba “permanencia voluntaria” y era muy común en los cines durante los noventa y principios de los dosmiles. Consistía en poder quedarte a ver una misma película sin tener que pagar otra vez. Mi hermano y yo jamás le dijimos que no a una repetición en pantalla grande. Para mí, que nunca quería que acabaran las películas, saber que podía quedarme a verlas una vez más era muy satisfactorio, era como ganarle al famoso “nada es para siempre”, poder ver dos veces mi película favorita era convertir un momento breve en uno que —al menos así me lo parecía— durara muchísimo. Como a todo niño, nunca me gustaron los momentos breves ni que se acabara todo aquello que me causaba gozo. Si compraba un helado, por ejemplo, pedía el de dos bolas para que me durara más: “¡Que sean grandes!”, le decía al heladero y me daba dos enormes bolas de helado que apenas cabían en el cono. Con la comida era algo similar: siempre me han gustado los nuggets de pollo —hace tiempo que no los como porque a los treinta #YaHayQueCuidarse— y dentro de mi lógica infantil de la durabilidad, para que no se me terminaran pronto, los partía en pequeños pedacitos, así se “hacían más”, todo porque no quería que se acabara ese momento. Y bueno, ¿qué decir de los parques de diversiones? En más de una ocasión, cuando todavía existía la mítica Feria de Chapultepec —un parque temático en medio de un bosque urbano en el centro de la Ciudad de México—, obligué a mis padres a levantarnos muy temprano para llegar justo cuando abría y así aprovechar el día al máximo porque quería sentir que duraba mucho. Claro que cuando tuvimos que irnos, yo seguía con ganas de más. Siempre fui muy intensito para eso de las emociones fuertes, por eso ahora las escribo. Conforme fui creciendo no se me quitó esa maña de querer ganarle a la impermanencia: ¿una fiesta con amigos?, yo llegaba antes de la hora citada para estar más tiempo; ¿un libro buenísimo?, lo leía un día sí y un día no para que no se acabara rápido; ¿y qué tal unas vacaciones?, en cuanto empecé a trabajar y caí en las garras de las tarjetas de crédito, poco me importaba endeudarme con tal de hacer que mi placer de verano se alargara lo más posible. Estuve mucho tiempo en buró de crédito por eso, el verdadero Azkaban de nuestro mundo. No importaba cuánto hiciera para alargar los momentos, al final, lo único que hacía era colocar obstáculos a la impermanencia para postergar su llegada, pero siempre estaba ahí. Nunca me deshice de ella. Tarde o temprano, la permanencia voluntaria terminaba, los nuggets se acababan, las salidas se convertían en regresos y las vacaciones llegaban a su fin. Así fue como poco a poco empecé a entender que todo eran instantes que, aunque duraran más que suficiente, eran simples momentos breves. Pero nada me hizo llegar a comprender en su totalidad la impermanencia como cuando comencé a experimentarla en mis relaciones de todo tipo y encuentros que ocurrieron en mis etapas de soledad: amorosas, amistosas y hasta familiares. Eso me llevó a escribir mi libro anterior, Antes de dejarte ir, y ahora este que tienes en tus manos (o en tu dispositivo electrónico de confianza). La diferencia es que ahora me dio curiosidad por escribir sobre lo que pasa cuando se mezcla la soledad de la soltería con la impermanencia de esos encuentros breves que vamos teniendo en el camino de reconstrucción y que recorremos después de terminar algo que, a pesar de haber podido durar mucho tiempo, llega a su fin. En mi experiencia, cuando empecé a enfrentarme al hecho de que muchas de las relaciones se acaban, sin importar del tipo que sean, y que no todos los encuentros llegan a algo, entendí que nada de lo que yo hiciera podría ganarle a la impermanencia. Aunque doliera o no me gustara la idea, tuve que aceptar que hay ciertas relaciones que debían acabar y punto. Y, del mismo modo, que hay ciertos encuentros destinados a ser simples momentos impermanentes, inclusive, destinados a no ser. Pero ¿qué se hace para poder aceptar que todo es impermanente luego de experimentar un final? ¿Cómo se hace para acostumbrarse de nuevo a esa soledad después de un momento de compañía? Y es aquí cuando surgen otras preguntas como: ¿podemos estar seguros de que los siguientes encuentros que tengamos escaparán a esa ley de la brevedad y llegarán a convertirse en algo más? Y más importante, ¿cómo hacer que esa impermanencia no le quite importancia y significado a cada nuevo encuentro? Al llegar a cierta edad —y más quienes siguen solteros— nos damos cuenta de que todos hemos sido ya el encuentro impermanente de muchas personas y otras lo han sido en nuestra historia, de lo contrario, no estarían solteras hoy, como tú. Y está bien, no hay que entrar en pánico. El hecho es que en algún momento hemos sido esa historia corta en la vida de alguien más que nos dejó ir y continuó del mismo modo que nosotros para seguir explorando las infinitas posibilidades en soledad dentro de un mundo donde estamos destinados a seguir cruzándonos en el camino de otras personas, a veces por un rato, por una temporada o por una vida, pero todos esos periodos igual de impermanentes. Y eso es algo que debemos aprender a aceptar. ¿Pero luego qué sigue? ¿Los dejamos pasar así sin más para seguir nuestro andar? Pues sí, aunque nos pese. Claro que hay una cierta nostalgia en cada uno de esos encuentros, efectos secundarios de algo que he decidido llamar “serendipia del amor”: un encuentro inesperado y agradable mientras estamos en la búsqueda (o espera) de algo más. Y en esto de las relaciones, todo el mundo termina encontrando algo inesperado mientras aguarda por una situación totalmente distinta. Así es vivir en soltería. El problema con la fugacidad de la “serendipia del amor” es que gracias a la impermanencia, esos encuentros nos hacen extrañar algo que jamás tuvimos ni tendremos, como si algo pequeño muriera dentro de nosotros al ver que esa diminuta probabilidad e ilusión se desvanece, y aniquila así toda posibilidad de escribir una historia. Lo que diré ahora puede sonar masoquista y de alguien adicto al drama, pero creo que hay algo hermoso en esa nostalgia de “extrañar” lo que no fue porque ni siquiera tuvo tiempo de nacer. Así, comenzamos a preguntarnos cómo habría sido si tan sólo hubiéramos tenido más tiempo o si las cosas se hubieran dado de manera distinta. ¿Seguiríamos juntos? ¿Habría sido una buena historia? Quién sabe. Lo único que nos queda es haber podido experimentar un instante de felicidad que, aunque efímero, nos provocó emociones gigantescas que llevaremos cargando al menos por unos días.

¡Gracias por leer a Alex Toledo!

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