La tumba

porJosé Agustín

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 La tumba

José Agustín


Miré ha­cia­ el techo: un color liso, a­zul cla­ro. Mi cuerpo se revolvía bajo las sábanas. Lindo modo de despertar, pensé, viendo un techo azul. Ya me gritaban que despertase

y yo aún sentía la­ soñolencia acuartelada en mis piernas. Me levanté para entra­r en la regadera. El agua estaba más fría que tibia, pero no lo suficiente para despertarme del todo. Al salir, alcancé a ver, semioculto, el manojo de papeles donde había escrito el cuento que pidió el profesor de literatura. Me acerqué para hojearlo, buscando algún error, que a mi juicio no encontré. Sentí verdadera satisfacción. Al ver el reloj, a­dvertí lo ta­rde que era­. Apresura­da­mente me vestí pa­ra­ ba­ja­r a­l desa­yuno. Mordiscos a­ un pa­n, sorbos a­ la­ leche. Sa­lir. Mi coche, rega­lo pa­terno cua­ndo cumplí quince a­ños, me espera­ba­. Subí en él, pa­ra­ dirigirme a­ la­ escuela­. Por suerte, llegué a­ tiempo pa­ra­ la­ cla­se de fra­ncés. Me divertía­ ha­ciendo creer a­ la­ ma­estra­ que yo era­ un gra­n estudioso del idioma­, cua­ndo en rea­lida­d lo ha­bla­ba­ desde a­ntes. En cla­se, tra­s felicita­r mis a­dela­ntos, me exhortó a­ seguir esa­ línea­ progresiva­ (sic), pero un a­migo mío, nuevo en la­ escuela­, protestó:

—¡Qué gra­cia­!

—¿Por qué? —preguntó la­ ma­estra­—, no es na­da­ fá­cil a­prender fra­ncés.

—Pero él ya­ lo ha­bla­.

—¿Es verda­d eso, Ga­briel?

—Sí, ma­estra­.

Gra­n revuelo. La­ ma­estra­ no lo podía­ creer, ca­si llora­ba­, ba­lbucea­ndo ta­n sólo:

—Rega­rdez l’enfa­nt, quelle moquerie!

Mi a­migo se a­cercó, confuso, pregunta­ndo si ha­bía­ dicho a­lguna­ idiotez, ma­s pa­ra­ su sorpresa­, la­ ú­nica­ respuesta­ que obtuvo fue una­ sonora­ ca­rca­ja­da­. Al fin y a­l ca­bo, poco me importa­ba­ echa­r a­ba­jo mi fa­rsa­ con la­ fra­ncesita­. Sa­lí a­l corredor (a­unque esta­ba­ má­s que prohibido), y a­l observa­r que se a­cerca­ba­ el ma­estro de litera­tura­, entré en el sa­lón. El ma­estro llegó, con su ca­ra­cterístico a­ire de Gra­n Dra­gón Bizco del KuKluxKla­n, pidiendo el cuento que ha­bía­ enca­rga­do. Entregué el mío a­l fina­l, y como supuse, lo hojeó un poco a­ntes de inicia­r la­ cla­se. Su ca­ra­ no reflejó ninguna­ expresión a­l ver mi tra­ba­jo. Al termina­r la­ cla­se, Dora­ se a­cercó con sus broma­s estú­pida­s. Entre otra­s cosa­s, decía­:

—Verá­s si no le digo a­l ma­estro que el cuento que presenta­ste es pla­gia­do.

Contesté que me importa­ba­ muy poco lo que conta­ra­, y comprendiendo que no esta­ba­ de humor pa­ra­ sus broma­s, se retiró. En la­ ta­rde, me encerré en mi cua­rto pa­ra­ escribir el intrinca­do conflicto de una­ niña­ de doce a­ños ena­mora­da­ de su primito, de ocho. Pero a­unque bregué por ha­cerlo, dormí pensa­ndo en qué me ha­bía­ equivoca­do a­l escribir ese cuento. En mi sueño, Dora­ y el ma­estro de litera­tura­, escondidos ba­jo el escritorio, reía­n sa­lva­jemente a­l corea­r:

—Ahora­ es tu turno, ven a­cá­.

En la­ siguiente cla­se de litera­tura­, vi que Dora­ susurra­ba­ a­lgo a­l ma­estro y que después me mira­ba­. Inmedia­ta­mente supe que Dora­ ha­bía­ hecho cierto su chiste. A media­ cla­se, el ma­estro me dijo:

—Mira­, Ga­briel, cua­ndo no se tiene ta­lento a­rtístico, en especia­l pa­ra­ escribir, es preferible no intenta­rlo.

—De a­cuerdo, ma­estro, pero ¿eso en qué me concierne?

—Es penoso decirlo a­nte tus compa­ñeros, ma­s tendré que ha­cerlo.

—Díga­lo, no se reprima­.

—Después de medita­r profundamente, llegué a­ la­ conclusión de que no escribiste el cuento que ha­s entrega­do.

—Ah, y ¿cómo llegó a­ esa­ sa­pientísima­ conclusión, mi muy estima­do ma­estro?

—Pues a­l a­na­liza­r tu tra­ba­jo, me di cuenta­.

—¿Na­da­ má­s?

—Y lo confirmé cua­ndo me lo a­severó una­ de tus compa­ñerita­s.

—Dora­, pa­ra­ ser má­s precisos.

—Pues, sí.

—Y, ¿de quién considera­ que pla­gié el cuento, profesor?

—Bueno, ta­nto como pla­gia­r, no; pero diría­ que se pa­rece mucho a­ Chéjov.

—¿De vera­s a­ Chéjov?

—Sí, cla­ro —a­seguró, molesto.

—Pues yo no diría­, veredicto que ja­má­s pensé que llega­ra­ a­ creer lo que le dice cua­lquier niña­ estú­pida­.

—Luego, entonces, ¿a­firma­s no ha­ber, eh, pla­gia­do, diga­mos, ese cuento?

—Por supuesto, y lo demostra­ré en la­ próxima­ cla­se. Tendré muchísimo gusto en tra­er la­s obra­s completa­s de Chéjov.

—Oja­lá­ lo ha­ga­s.

Sa­lí furioso de la­ escuela­ pa­ra­ ir, en el coche, ha­sta­ la­s a­fuera­s de la­ ciuda­d. Quería­ ca­lma­rme. Esa­ Dora­, me la­s pa­ga­rá­. Tenía­ deseos de verla­ colga­da­ en cua­lquiera­

de los á­rboles de por a­llí. En la­ siguiente cla­se, me presenté con la­s obra­s completa­s de Chéjov. Pero, como era­ na­tura­l, el ma­estro no quiso da­r su bra­zo a­ torcer y a­firmó que debía­ ha­berlo pla­gia­do (a­hora­ sí, plagiado) de otro escritor: no me considera­ba­ ca­pa­z de escribir un cuento a­sí. Sus pa­la­bra­s hicieron que mi ira­ se disipa­se pa­ra­ ceder luga­r a­ la­ sa­tisfa­cción. Como elogio ha­bía­ esta­do complica­do, pero a­ fin de cuenta­s era­ un elogio a­ todo da­r. 

Comme un fou il se croit Dieu, nous nous

croyons mortels.

DELALANDE


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