CAPÍTULO
1
El
esencialista
LA SABIDURÍA
DE LA VIDA CONSISTE EN ELIMINAR LO QUE NO ES ESENCIAL —Lin
Yutang
Sam Elliot* es un
talentoso ejecutivo en Silicon Valley que se encontró rebasado al límite después
de que la empresa donde trabajaba fue adquirida por un negocio burocrático más
grande. Tenía la
firme intención de
ser un buen ciudadano en su nuevo papel, de modo que dijo que sí
a muchas peticiones sin pensarlo bien. Pero, como
resultado, se pasaba el día
entero corriendo de una junta y de una conferencia vía telefónica
a otra intentando complacer a todo el mundo y hacerlo todo. Su estrés se elevaba a medida que la calidad de su trabajo disminuía. Era como si estuviera dedicado exclusivamente a
actividades menores y, en consecuencia, su trabajo se volvió insatisfactorio para él y frustrante para las personas que tanto se esforzaba por
complacer. A la mitad de su frustración, la empresa le ofreció una jubilación anticipada. Pero apenas hacía unos años
que había
cumplido cincuenta y no tenía
interés en
jubilarse. Pensó
en comenzar una empre sa de consultoría para hacer lo que ya estaba haciendo. Incluso pensó en vender sus servicios a su antiguo empleador en calidad
de asesor. Sin embargo, ninguna de esas opciones parecía muy atractiva.
Así es que fue a hablar con un mentor que le dio un consejo
sorprendente: “Quédate, pero haz lo que harías como asesor y nada más. Y no se lo digas a nadie”. En
otras palabras, su mentor le estaba aconsejando que hiciera las cosas que para él fueran esenciales… y que ignorara
todo lo demás
que se le pidiera. ¡El ejecutivo siguió el consejo! Hizo el compromiso diario de ir eliminando
las complicaciones. Comenzó
a decir que no. Al principio fue tentativo. Evaluaría las solicitudes con base en el tímido criterio: “¿En realidad puedo
cumplir esta solicitud considerando el tiempo y los recursos de que dispongo?” Si la respuesta era no, entonces rechazaría la solicitud. Le sorprendió gratamente descubrir que, aunque al principio las
personas se veían
un poco decepcionadas, parecían
respetar su honestidad. Motivado por estas pequeñas victorias, fue un poco más allá.
Entonces, cuando le solicitaran algo, haría una pausa y evaluaría la solicitud conforme a un criterio más estricto: “¿Esto es lo más
importante que debería estar haciendo con mi tiempo y mis recursos en este
momento?” Si no podía responder con un sí rotundo, entonces rechazaría la solicitud. Y, una vez más, para su deleite, aunque sus colegas en un principio
parecían
decepcionados, pronto comenzaron a respetarlo más
por su negativa. Animado, empezó a aplicar este criterio a todo, no sólo a las solicitudes directas. En el pasado siempre solía ofrecerse como voluntario para presentaciones o tareas
que surgían a
último
minuto; ahora había
encontrado una manera de no apuntarse para esas cosas. Antes solía ser uno de los primeros en apresurarse a responder a una
cadena de correos electrónicos,
ahora se mantenía
al margen y dejaba que otros respondieran. Dejó de estar en conferencias telefónicas que le resultaban interesantes unos pocos minutos.
Dejó de
asistir a la reunión
semanal de recapitulación
porque no necesitaba esa información. Dejó
de asistir a juntas de su calendario si no tenía una contribución directa que hacer. Me explicó: “El simple hecho de estar
invitado no parecía
una razón lo
suficientemente importante para asistir.” Al principio se sentía algo autocomplaciente. Pero, al ser selectivo, logró obtener espacio y en ese espacio encontró libertad creativa. Podía concentrar sus esfuerzos en un proyecto a la vez. Podía planear a fondo. Podía anticipar los obstáculos y empezar a eliminarlos. En vez de acelerarse
tratando de hacerlo todo, podía
lograr hacer las cosas adecuadas. Su nuevo compromiso de hacer sólo las cosas verdaderamente importantes —y
eliminar todo lo demás— restauró
la calidad de su trabajo. En vez de hacer apenas un milímetro de progreso en un millón de direcciones, comenzó a generar un fuerte impulso hacia lograr las cosas que
eran en realidad vitales. Así
siguió
varios meses. De inmediato descubrió que no sólo
aprovechaba más su
día en
el trabajo, sino que en las tardes tenía más
tiempo en casa. “¡Recuperé mi vida familiar! Puedo irme a casa a una hora decente”, dijo. Ahora, en vez de ser un esclavo de su teléfono, lo apaga. Va al gimnasio. Sale a comer con su
esposa. Para su gran sorpresa, su experimento no tuvo repercusiones negativas. Su
jefe no lo reprendió.
Sus colegas no se molestaron con él. Al contrario, como se quedó únicamente
con proyectos que le resultaban significativos y que eran valiosos para la
empresa, comenzaron a respetar y valorar su trabajo más que nunca. Su trabajo volvió a ser gratificante. El puntaje de su evaluación de desempeño aumentó.
¡Terminó
con uno de los bonos más
grandes de su carrera!
En este ejemplo se
encuentra la proposición
básica
del Esencialismo: sólo
cuando te das permiso de dejar de hacerlo todo, de dejar de decirles que sí a todos, puedes hacer tu mayor contribución a las cosas que realmente importan. ¿Qué hay de ti? ¿Cuántas
veces has lamentado haberte comprometido con algo y te has preguntado: “¿Por qué
dije que sí a
esto?” ¿Qué tan a menudo dices que sí sólo
para complacer? ¿O
para evitar problemas? ¿O
simplemente porque decir sí
se ha convertido en tu respuesta por default? Ahora, déjame
preguntarte lo siguiente: ¿alguna
vez te has encontrado rebasado al límite? ¿Alguna
vez te has sentido al mismo tiempo excedido de trabajo y subutilizado? ¿Alguna vez te has encontrado dedicado a actividades
menores? ¿Alguna
vez te has sentido ocupado sin ser productivo? ¿Como si siempre estuvieras en movimiento, pero sin llegar
a ninguna parte? Si respondiste que sí a alguna de las preguntas anteriores, la salida es el
camino del esencialista. El camino
del esencialista Dieter
Rams fue el diseñador
principal de Braun durante muchos años. A él
lo guía la
idea de que casi todo es ruido. Cree que muy pocas cosas son esenciales. Su
trabajo consiste en filtrar ese ruido hasta obtener la
esencia. Por ejemplo, siendo un joven de veinticuatro años, en la empresa le pidieron que colaborara en el diseño de una grabadora. En esa época, la norma era cubrir la tornamesa con una tapa de
madera o incuso incorporar la grabadora a un mueble para la sala. Sin embargo, él y su equipo eliminaron lo innecesario y diseñaron una grabadora con una cubierta de plástico transparente en la parte superior y nada más. Era la primera vez que se usaba un diseño así
y era tan revolucionario que a la gente le preocupaba que llevara a la empresa a
la bancarrota porque nadie iba a querer comprarlo. Se necesitó valor, como siempre sucede, para eliminar lo que no es
esencial. Para la década
de los sesenta, esta estética
comenzó a
tomar empuje. Con el tiempo, se convirtió en el diseño que seguía
cualquier otra grabadora. Los criterios de diseño de Dieter se pueden resumir en un principio que se
caracteriza por su sencillez, capturado en alemán en tres palabras: Weniger aber
besser. La traducción es: Menos pero
mejor. Sería difícil
encontrar una definición
más
adecuada de Esencialismo. El camino del esencialista es la búsqueda incansable de ese menos pero mejor. No significa
hacer concesiones de vez en cuando con el principio. Significa buscarlo de
manera disciplinada. El camino del esencialista no consiste en hacer propósitos de Año
Nuevo de decir “no” con más frecuencia, ni de limpiar tu bandeja de entrada, ni de
dominar alguna nueva estrategia de administración del tiempo. Consiste en hacer una pausa constantemente
para preguntarte: “¿Estoy invirtiendo en las
actividades adecuadas?” Hay muchas más actividades y oportunidades en el mundo que el tiempo y
los recursos con que contamos para invertir en ellas. Y, aunque muchas puedan
ser buenas o incluso muy buenas, el hecho es que la mayoría son triviales y muy pocas son vitales. El camino del
esencialista implica aprender a identificar la diferencia, aprender a filtrar
mediante esas opciones y seleccionar las que realmente son esenciales. El
esencialismo no consiste en hacer más cosas; consiste en hacer las cosas adecuadas. Tampoco significa simplemente hacer menos por el simple
hecho de hacer menos. Consiste en invertir de la manera más inteligente posible el tiempo y la energía para dar nuestra mayor contribución al hacer sólo lo que es esencial. La diferencia entre el camino del
esencialista y el camino del no esencialista se puede ver en la imagen
anterior. En ambas se ejerce la misma cantidad de esfuerzo. En la imagen de la
izquierda, la energía
está
dividida en muchas actividades diferentes. El resultado es que tenemos la
experiencia insatisfactoria de hacer un milímetro de progreso en un millón de direcciones. En la imagen de la derecha, la energía se invierte en menos actividades. El resultado es que,
al invertir en menos cosas, tenemos la experiencia satisfactoria de hacer progresos
significativos en las cosas que más importan. El camino del esencialista rechaza la idea de
que podemos ocuparnos de todo y, en cambio, nos pide que lidiemos con tratos de
“perder para ganar” y que
tomemos decisiones difíciles.
En muchos casos podemos aprender a tomar decisiones únicas que generarán miles de decisiones futuras, sin agotarnos al hacernos
las mismas preguntas una y otra vez. El camino del esencialista significa vivir con planeación, no por default. En vez de tomar decisiones como reacción, el esencialista distingue deliberadamente las pocas
cosas vitales de las muchas triviales, elimina lo que no es esencial y luego
quita los obstáculos
para que las cosas esenciales ? uyan de manera clara y ágil. En otras palabras, el esencialismo es un enfoque
disciplinado, sistemático
para determinar dónde
se encuentra nuestro punto de contribución más
alto y luego ejecutar esas cosas casi sin esfuerzo.