No te compliques

por Mario Guerra

5 minutos

Mitos que nos impiden el cambio

Hasta que hagas consciente el inconsciente, dirigirá tu vida y lo llamarás destino.

Jung

 

Todos buscamos mejorar y cambiar lo que no nos hace sentir especialmente orgullosos. Un gran problema es no saber hacia dónde dirigirnos, otro es no saber cómo hacerlo y quizá el más grande sea sostener la creencia de que cambiar no es posible.

El destino es tan poderoso y real como un fantasma. La vida se construye, no es un conjunto de planos e instrucciones a seguir y nada más. Así que vamos a desenmarañar un poco el pensamiento cuestionando algunos mitos, creencias y distorsiones que nos complican el cambio. Esto es como preparar la tierra para lo que vamos a sembrar.

 

Lo que dejamos de preguntarnos

 

Cuando aceptamos sin más lo que aprendimos dejamos de cuestionarlo. Uno duda de lo que no está seguro ¿cierto? Pero qué pasaría si aquello de lo que no dudamos no fuera del todo verdad, si el supuesto saber o aprendizaje no es sino una transmisión distorsionada de creencias que empezaron y se fueron transformando en un dogma que había que creer sólo porque lo hemos escuchado muchas veces, o porque alguien a quien le otorgamos respeto o autoridad lo ha dicho. “Las certezas empobrecen”, escuché alguna vez, y lo hacen cuando uno deja de preguntarse acerca de su validez o veracidad. Nos empobrecen porque nos impiden buscar y nos llevan a la resignación pasiva o a la apatía y el conformismo de aceptar para no pensar.

Es como si nos pusieran una escenografía y nos dijeran “éste es el mundo”. Como si nos entregaran un libro y aseguraran “aquí está tu historia”, o como si nos dieran un guion para decirnos “ésta es la vida que te tocó” y nosotros aceptemos todo eso sin el menor cuestionamiento. Suena extraño, ¿no? Sin embargo, muchas veces hacemos justo eso. Dejamos de preguntarnos y de buscar soluciones para cambiar lo modificable y aprender a vivir con lo que no se puede cambiar. Vamos entonces a repasar juntos algunos mitos y creencias comunes que nos impiden avanzar.

Pensemos en este ejercicio como una forma de dejar en la puerta de entrada de este libro, en su primer capítulo, algunos de los prejuicios que venimos arrastrando para así ver juntos en los capítulos subsecuentes menores cargas de resistencia y mayor apertura y flexibilidad ante un escenario de posibilidades que está en nuestras manos.

 

Que te gusta sufrir

Cambiamos nuestra conducta cuando el dolor de no cambiar es más grande que el producido por el cambio.

Henry Cloud

 

El mito de que a esta vida se viene a sufrir y que vivimos en un valle de lágrimas no sé a quién se le ocurrió. Pero el problema no es quién lo dijo, sino quién y para qué quiere creerlo. Yo siempre he pensado que quien ve al sufrimiento como normal se le hace normal sufrir y entonces no hace nada para salir de él. Y conste que cuando digo “sufrir” tampoco hay que imaginarse necesariamente condiciones de esclavitud, tortura o enfermedad, sino situaciones que incluso a veces empiezan como placenteras y acaban por llevarnos muy lejos de los caminos que alguna vez pensamos seguir... La palabra sufrir significa más o menos “sobrellevar o soportar algo calladamente”, así que aquí me referiré más al sufrimiento o al dolor desde el terreno de la mente, de la psicología y no tanto a sufrimientos físicos, que por supuesto también tienen repercusión en la esfera psíquica. Entonces, cuando hablo de sufrir me refiero a lo que nos duele pero que no decimos o no hacemos por cambiar; a algo que soportamos como si no hubiera nada más que hacer.

Es verdad que para llegar adonde queremos, debemos cruzar a veces por lugares o situaciones en las que no nos gusta estar y como ejemplo de esto está tu vida de todos los días. Cuando sales de tu casa (Punto “A”) para ir a la escuela, al trabajo o adonde vayas

(Punto “B”), cruzas calles, colonias, tránsito, personas, clima y otros contratiempos que no deseas, pero en tanto no se invente una máquina para teletransportarnos, es la manera de llegar a donde se quiere. Ese camino puedes sufrirlo o no; eso dependerá de lo que pase, pero especialmente de lo que te digas acerca de lo que pase y lo que en su momento hagas con eso. Tampoco estoy diciendo que ahora debes disfrutar el tráfico o el calor del transporte público y que basta con que te sientas con vida para que agradezcas al señor sol los favores recibidos en una tarde de verano encerrado en el metro. Hay días que no son tan buenos como otros, eso que ni qué, pero el hecho de que sufrir en algún momento de la vida sea inevitable no significa que no se pueda hacer nada con eso y con nosotros para apartarnos de esa condición.

Sufrir depende mucho de lo que tu mente está habituada a pensar ante ciertas circunstancias. Si alguien muere es probable que te duela la ausencia de esa persona. Pero si además tu mente empieza a producir pensamientos de indefensión (estaré solo para siempre), de desamor (ya nadie va a quererme), de injusticia (por qué te lo llevaste Señor) o de idealización (si era tan bueno y no hacía mal a nadie), seguramente tu sufrimiento será mayor. Además, como lo que queremos cambiar es el suceso (en este caso la muerte) en vez de nuestra postura ante ella, pues llega a nosotros la cruel compañera del sufrimiento, que es la indefensión. ¡Qué frustrante es querer cambiar algo que duele y no poder! En todo caso, el sufrimiento podemos verlo como una señal de alarma que se activa para hacernos salir del dolor; para buscar un cambio y crecimiento en la vida fuera de ese dolor. El objetivo, como solía decir el Buda, es ser felices y dejar de sufrir.

No es lo mismo el “sufrimiento” transitorio y de corta duración (que no haya salsa verde para los tacos) al que se presenta como una amenaza permanente e irreversible en nuestras vidas (la muerte de alguien), pero aun así lo reitero: yo no pienso que esta vida es para sufrirla ni creo que el sufrimiento purifica a nadie.

Si puedes compartir conmigo este pensamiento, entonces los siguientes capítulos tendrán mucho sentido porque lo que deseo que tengas en mente es que siempre se puede hacer algo con lo que nos pasa, que siempre “hay de otra”, así sea empezar a pensar o a relacionarnos de diferente modo con aquello que no podemos cambiar o es irreversible.

Cuando pensamos que sufrir es natural e inevitable, empezamos a soportar renuncias y sacrificios. La madre abnegada que se sacrifica por sus hijos y deja de estudiar, trabajar, incluso de cuidarse por ser una “buena madre”. ¿Quién mira con malos ojos a una madre sacrificada? Y no estoy diciendo que esa madre debe desentenderse de sus hijos y vivir la “vida loca” (ya hablaremos de vivir en los extremos y del pensamiento blanco—negro).

No es lo mismo poner en espera algunos proyectos y establecer prioridades que les confieren sentido, a renunciar definitivamente a una vida completa en nombre del amor o de ser “correctos”.

No se trata de dejar de ser uno para diluirse en la familia como si nos tragara. Una familia sana permite la individualidad de sus integrantes sin pedir sacrificios ni fomentar que “cada quien jale por su lado y vea para su santo”. Por supuesto no cierro los ojos a los que dicen que a otros

“les gusta sufrir” o “sufren porque quieren”. Yo no creo que a nadie en su sano juicio le guste sufrir, más bien hay quién aprendió a través del sufrimiento a obtener algo. Hay quien obtiene cariño, aceptación, lástima y otros se conforman sólo con ser vistos. Son personas que temen mucho dejar de sufrir porque piensan que si lo hacen, dejarán de ser tomados en cuenta.

Siempre he pensado que estas personas pagan un precio muy alto por algo que es gratis para todo el mundo. Hay otros, un poco más retorcidos, que dicen sufrir para chantajear a otros a través de la culpa. Sienten que no sufren cuando hacen como que sufren y por dentro se ríen pensando: “Éste piensa que estoy sufriendo cuando en realidad soy muy listo al hacerle creer eso.”

La verdad es que tampoco se la pasan bien porque no pueden ser ellos mismos y viven con sus máscaras sufrientes sin mostrar nunca su verdadero rostro. Son como almas atormentadas y condenadas a una eterna máscara de dolor, como las del teatro.

Son personajes que provocan culpa y remordimiento en otros porque es la única manera de liberarse de eso mismo que dentro de sí deben sentir y no pueden ver, pero lo sufren.

La idea entonces es buscar la salida del sufrimiento y no ponerse “cómodo” en él. ¿Para qué aprender como faquir a acostarse en clavos cuando ya se inventaron los colchones?


¡Gracias por leer a Mario Guerra!

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