El amante japonés

por Isabel Allende

5 minutos

Lark House

Irina Bazili entró a trabajar en Lark House, en las afueras de Berkeley, en 2010, con veintitrés años cumplidos y pocas ilusiones, porque llevaba dando tumbos entre empleos, de una ciudad a otra, desde los quince. No podía imaginar que encontraría su acomodo perfecto en esa residencia de la tercera edad y que en los tres años siguientes llegaría a ser tan feliz como en su infancia, antes de que se le desordenara el destino. Lark House, fundada a mediados de 1900 para albergar dignamente a ancianos de bajos ingresos, atrajo desde el principio, por razones desconocidas, a intelectuales progresistas, esotéricos decididos y artistas de poco vuelo. Con el tiempo cambió en varios aspectos, pero seguía cobrando cuotas ajustadas a los ingresos de cada residente para fomentar, en teoría, cierta diversidad social y racial. En la práctica todos ellos resultaron ser blancos de clase media y la diversidad consistía en sutiles diferencias entre librepensadores, buscadores de caminos espirituales, activistas sociales y ecológicos, nihilistas y algunos de los pocos hippies que iban quedando vivos en el área de la bahía de San Francisco.

 

En la primera entrevista, el director de esa comunidad, Hans Voigt, le hizo ver a Irina que era demasiado joven para un puesto de tanta responsabilidad, pero como tenían que cubrir con urgencia una vacante en el departamento de administración y asistencia, ella podía ser suplente hasta que encontraran a la persona adecuada. Irina pensó que lo mismo que de ella se podía decir de él: parecía un chiquillo mofletudo con calvicie prematura a quien la tarea de dirigir ese establecimiento seguramente le quedaba grande. Con el tiempo la muchacha comprobaría que el aspecto de Voigt engañaba a cierta distancia y con mala luz, pues en realidad había cumplido cincuenta y cuatro años y había demostrado ser un excelente administrador. Irina le aseguró que su falta de estudios se compensaba con la experiencia en el trato con ancianos en Moldavia, su país natal.

 

La tímida sonrisa de la postulante ablandó al director, quien se olvidó de pedirle una carta de recomendación y pasó a enumerar las obligaciones del puesto; podían resumirse en pocas palabras: facilitar la vida a los huéspedes del segundo y tercer nivel. Los del primero no le incumbían, pues vivían de forma independiente, como inquilinos en un edificio de apartamentos, y tampoco los del cuarto, llamado apropiadamente Paraíso, porque estaban aguardando su tránsito al cielo, pasaban dormitando la mayor parte del tiempo y no requerían el tipo de servicio que ella debía ofrecer. A Irina le correspondería acompañar a los residentes a las consultas de médicos, abogados y contadores, ayudarlos con formularios sanitarios y de impuestos, llevarlos de compras y menesteres similares. Su única relación con los del Paraíso era organizar sus funerales, para lo que recibiría instrucciones detalladas según el caso, le dijo Hans Voigt, porque los deseos de los moribundos no siempre coincidían con los de sus familiares. Entre la gente de Lark House había diversas creencias y los funerales tendían a ser ceremonias ecuménicas algo complicadas.

 

Le explicó que sólo el personal doméstico, de cuidado y enfermería estaba obligado a llevar uniforme, pero existía un tácito código de vestimenta para el resto de los empleados; el respeto y el buen gusto eran los criterios en esa materia. Por ejemplo, la camiseta estampada con Malcolm X que lucía Irina resultaba inapropiada para la institución, dijo enfáticamente. En realidad la efigie no era de Malcolm X sino del Che Guevara, pero ella no se lo aclaró porque supuso que Hans Voigt no había oído hablar del guerrillero, quien medio siglo después de su epopeya seguía siendo venerado en Cuba y por un puñado de radicales de Berkeley, donde ella vivía. La camiseta le había costado dos dólares en una tienda de ropa usada y estaba casi nueva.

 

—Aquí está prohibido fumar —le advirtió el director.

—No fumo ni bebo, señor.

—¿Tiene buena salud? Eso es importante en el trato con ancianos.

—Sí.

—¿Hay alguna cuestión que yo deba saber?

—Soy adicta a videojuegos y novelas de fantasía. Ya sabe, Tolkien, Neil Gaiman, Philip Pullman. Además trabajo lavando perros, pero no me ocupa muchas horas.

—Lo que haga en su tiempo libre es cosa suya, señorita, pero en su trabajo no puede distraerse.

—Por supuesto. Mire, señor, si me da una oportunidad, verá que tengo muy buena mano con la gente mayor. No se arrepentirá —dijo la joven con fingido aplomo.

 

Una vez concluida la entrevista, el director le mostró las instalaciones, que albergaban a doscientas cincuenta personas con una edad media de ochenta y cinco años. Lark House había sido la magnífica propiedad de un magnate del chocolate, que la donó a la ciudad y dejó una generosa dotación para financiarla. Consistía en la mansión principal, un palacete pretencioso donde estaban las oficinas, así como las áreas comunes, biblioteca, comedor y talleres, y una serie de agradables edificios de tejuela de madera, que armonizaban con el parque, aparentemente salvaje, pero en realidad bien cuidado por una cuadrilla de jardineros. Los edificios de los apartamentos independientes y los que albergaban a los residentes de segundo y de tercer nivel se comunicaban entre sí por anchos corredores techados, para circular con sillas de ruedas a salvo de los rigores del clima, y con laterales de vidrio, para apreciar la naturaleza, el mejor bálsamo para las penas a cualquier edad. El Paraíso, una construcción de cemento aislada, habría desentonado con el resto si no hubiera estado cubierto por completo de hiedra trepadora. La biblioteca y sala de juegos estaban disponibles a todas horas; el salón de belleza tenía horario flexible y en los talleres ofrecían diversas clases, desde pintura hasta astrología, para aquellos que todavía anhelaban sorpresas del futuro. En la Tienda de Objetos Olvidados, como rezaba el letrero sobre la puerta, atendida por damas voluntarias, vendían ropa, muebles, joyas y otros tesoros descartados por los residentes o dejados atrás por los difuntos.

 

—Tenemos un excelente club de cine. Proyectamos películas tres veces por semana en la biblioteca —dijo Hans Voigt.

—¿Qué clase de películas? —le preguntó Irina, con la esperanza de que fueran de vampiros y ciencia ficción.

—Las selecciona un comité y dan preferencia a las de crímenes, les encantan las de Tarantino. Aquí hay cierta fascinación por la violencia, pero no se asuste, entienden que es ficción y que los actores reaparecerán en otras películas, sanos y buenos. Digamos que es una válvula de escape. Varios de nuestros huéspedes fantasean con asesinar a alguien, por lo general de su familia.

—Yo también —replicó Irina sin vacilar.

 

Creyendo que la joven bromeaba, Hans Voigt se rió complacido; apreciaba el sentido del humor casi tanto como la paciencia entre sus empleados.

 

En el parque de árboles antiguos correteaban confiadamente ardillas y un número poco usual de ciervos. Hans Voigt le explicó que las hembras llegaban a parir y criar allí a los cervatillos hasta que pudieran valerse por sí mismos, y que la propiedad también era un santuario de pájaros, especialmente alondras, de las que provenía el nombre: Lark House, casa de alondras. Había varias cámaras colocadas estratégicamente para espiar a los animales en la naturaleza y, de paso, a los ancianos que pudieran perderse o accidentarse, pero Lark House no contaba con medidas de seguridad. De día las puertas permanecían abiertas y sólo había un par de guardias desarmados que hacían ronda. Eran policías retirados de setenta y setenta y cuatro años respectivamente; no se requería más, porque ningún maleante iba a perder su tiempo asaltando a viejos sin ingresos. Se cruzaron con un par de mujeres en sillas de ruedas, con un grupo provisto de caballetes y cajas de pinturas para una clase al aire libre y con algunos huéspedes que paseaban a perros tan estropeados como ellos. La propiedad lindaba con la bahía y cuando subía la marea se podía salir en kayak, como hacían algunos de los residentes a quienes sus achaques no habían derrotado todavía. «Así me gustaría vivir», suspiró Irina, aspirando a bocanadas el dulce aroma de pinos y laureles y comparando esas agradables instalaciones con las guaridas insalubres por las que ella había deambulado desde los quince años.

 

—Por último, señorita Bazili, debo mencionarle los dos fantasmas, porque seguramente será lo primero que le advierta el personal haitiano.

—No creo en fantasmas, señor Voigt.

—La felicito. Yo tampoco. Los de Lark House son una mujer joven con un vestido de velos rosados y un niño de unos tres años. Es Emily, hija del magnate del chocolate. La pobre Emily se murió de pena cuando su hijo se ahogó en la piscina, a finales de los años cuarenta. Después de eso el magnate abandonó la casa y creó la fundación.

—¿El chico se ahogó en la piscina que me ha enseñado?

—La misma. Y nadie más ha muerto allí, que yo sepa.

 

Irina pronto iba a revisar su opinión sobre los fantasmas, porque descubriría que muchos de los ancianos estaban permanentemente acompañados por sus muertos; Emily y su hijo no eran los únicos espíritus residentes.

 

Al día siguiente a primera hora, Irina se presentó al empleo con sus mejores vaqueros y una camiseta discreta. Comprobó que el ambiente de Lark House era relajado sin caer en la negligencia; parecía un colegio universitario más que un asilo de ancianos. La comida equivalía a la de cualquier restaurante respetable de California: orgánica dentro de lo posible. El servicio era eficiente y el de cuidado y enfermería era todo lo amable que se puede esperar en estos casos. En pocos días se aprendió los nombres y manías de sus colegas y de los residentes a su cargo. Las frases en español y francés que pudo memorizar le sirvieron para ganarse el aprecio del personal, proveniente casi exclusivamente de México, Guatemala y Haití. El salario no era muy elevado para el duro trabajo que hacían, pero muy pocos ponían mala cara. «A las abuelitas hay que mimarlas, pero sin faltarles el respeto. Lo mismo a los abuelitos, pero a ellos no hay que darles mucha confianza, porque se portan malucos», le recomendó Lupita Farías, una chaparrita con cara de escultura olmeca, jefa del equipo de limpieza. Como llevaba treinta y dos años en Lark House y tenía acceso a las habitaciones, Lupita conocía íntimamente a cada ocupante, sabía cómo eran sus vidas, adivinaba sus malestares y los acompañaba en sus penas.

 

—Ojo con la depresión, Irina. Aquí es muy común. Si notas que alguien está aislado, anda muy triste, se queda en cama sin motivo o deja de comer, vienes corriendo a avisarme, ¿entendido?

—¿Y qué haces en ese caso, Lupita?

—Depende. Los acaricio, eso siempre lo agradecen, porque los viejos no tienen quien los toque, y los engancho con un serial de televisión; nadie quiere morirse antes de ver el final. Algunos se alivian rezando, pero aquí hay muchos ateos y ésos no rezan. Lo más importante es no dejarlos solos. Si yo no estoy a mano, avisas a Cathy; ella sabe qué hacer.

 

La doctora Catherine Hope, residente del segundo nivel, había sido la primera en darle la bienvenida a Irina en nombre de la comunidad. A los sesenta y ocho años, era la más joven de los residentes. Desde que estaba en silla de ruedas había optado por la asistencia y compañía que le ofrecía Lark House, donde llevaba un par de años. En ese tiempo se había convertido en el alma de la institución.

 

—La gente mayor es la más divertida del mundo. Ha vivido mucho, dice lo que le da la gana y le importa un bledo la opinión ajena. Nunca te vas a aburrir aquí —le dijo a Irina—. Nuestros residentes son personas educadas y si tienen buena salud, siguen aprendiendo y experimentando. En esta comunidad hay estímulo y se puede evitar el peor flagelo de la vejez: la soledad.

 

Irina estaba al tanto del espíritu progresista de la gente de Lark House, conocido porque en más de una ocasión había sido noticia. Existía una lista de espera de varios años para ingresar y habría sido más larga si muchos de los postulantes no hubieran fallecido antes de que les tocara el turno. Esos viejos eran prueba contundente de que la edad, con sus limitaciones, no impedía divertirse y participar en el ruido de la existencia. Varios de ellos, miembros activos del movimiento Ancianos por la Paz, destinaban los viernes por la mañana a protestar en la calle contra las aberraciones e injusticias del mundo, especialmente del imperio norteamericano, del cual se sentían responsables. Los activistas, entre quienes figuraba una dama de ciento un años, se daban cita en una esquina de la plaza del barrio frente al cuartelillo de policía, con sus bastones, andadores y sillas de ruedas, enarbolando carteles contra la guerra o el calentamiento global, mientras el público los apoyaba a bocinazos desde los coches o firmando las peticiones que los furibundos bisabuelos les ponían delante. En más de una ocasión, los revoltosos habían aparecido en televisión mientras la policía hacía el ridículo tratando de dispersarlos con amenazas de gas lacrimógeno, que jamás se concretaban. Emocionado, Hans Voigt le había mostrado a Irina una placa colocada en el parque en honor a un músico de noventa y siete años, que murió en 2006 con las botas puestas y a pleno sol, tras sufrir un ataque cerebral fulminante mientras protestaba contra la guerra de Irak.

 

Irina se había criado en una aldea de Moldavia habitada por viejos y niños. A todos les faltaban dientes, a los primeros porque los habían perdido con el uso y a los segundos porque estaban cambiando los de leche. Pensó en sus abuelos y, como tantas veces en los últimos años, se arrepintió de haberlos abandonado. En Lark House se le presentaba la oportunidad de darles a otros lo que no pudo darles a ellos y, con ese propósito en mente, se dispuso a atender a las personas a su cargo. Pronto se los ganó a todos y también a varios del primer nivel, los independientes.

 

Desde el comienzo le llamó la atención Alma Belasco. Se distinguía entre las otras mujeres por su porte aristocrático y por el campo magnético que la aislaba del resto de los mortales. Lupita Farías aseguraba que la Belasco no calzaba en Lark House, que iba a durar muy poco y que en cualquier momento vendría a buscarla el mismo chofer que la había traído en un Mercedes Benz. Pero fueron pasando los meses sin que eso ocurriera. Irina se limitaba a observar a Alma Belasco de lejos, porque Hans Voigt le había ordenado concentrarse en sus obligaciones con las personas del segundo y tercer nivel, sin distraerse con los independientes. Bastante ocupada estaba atendiendo a sus clientes —no se llamaban pacientes— y aprendiendo los pormenores de su nuevo empleo. Como parte de sus entrenamientos, debía estudiar los vídeos de los funerales recientes: una judía budista y un agnóstico arrepentido. Por su parte, Alma Belasco no se habría fijado en Irina si las circunstancias no la hubieran convertido brevemente en la persona más polémica de la comunidad.


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