Lobos

por Xavier M. Sotelo

7 minutos

LOBOS

   

  31 de marzo de 1990

       12:13 a.m.

 

       El oficial Esteban Rey salió por la puerta de entrada tambaleándose. Sus piernas apenas le respondían y su corazón latía insaciablemente. Sangre corría por todo su rostro. En la mano izquierda cargaba su revólver. En la derecha, la cabeza de su esposa. Llegó hasta las escaleras del cobertizo y dejó caer su cuerpo. Le costaba mucho trabajo respirar, el aire frío de la madrugada entraba en sus pulmones como una cuchilla.

 

       Por unos momentos se sintió desorientado y miró alrededor. Reconoció la entrada de su casa. Sí, definitivamente era su casa. “No pienses”, se dijo, “no pienses en lo que acaba de suceder”, se decía una y otra vez. “Concéntrate en la nada… en el paisaje… en el frío de la mañana… en el horizonte que está a punto de darle entrada a la mañana… en… en… ¿Por qué mi mano izquierda está tan pesada?” El oficial Esteban Rey levantó su brazo y miró perturbado su arma, manchada de sangre. El cañón aún emanaba humo. “Qué curioso”, pensó, “no recuerdo haberla disparado”.

 

       Acomodó la cabeza de su esposa junto a él, para que también mirase hacia el bosque, y buscó sus cigarrillos. Encendió uno y esperó hasta que el humo invadiera sus pulmones. Concentró toda su atención en los sonidos de la naturaleza. A lo lejos, unos pájaros comenzaban con su rutina matinal. El aire se sentía fresco. Empezó a tranquilizarse, se estaba calmando. Lentamente se pasó la mano por el rostro y sintió el ardor de sus heridas. Seguía sangrando, pero el flujo había disminuido.

 

Un grito desgarrador le atravesó el cerebro y le devolvió las revoluciones a su corazón. Rápidamente se paró y apuntó su arma contra la puerta de entrada. Se acercó lentamente hacia ella. El revólver le temblaba en la mano y la sangre que corría por su rostro le bloqueaba la visibilidad.

 

       La gran puerta de madera de la entrada de su casa pareció agrandarse y alejarse al mismo tiempo. A cada paso que daba el oficial, la puerta retrocedía dos. O al menos así le pareció. Los pájaros ya no cantaban a lo lejos. Todos los sonidos habían disminuido a su alrededor. Sólo sentía el tambor de su corazón en sus heridas. Titubeó unos instantes, apretó los dientes y retrocedió. Se volvió a sentar sobre las escaleras.

 

       Miró alrededor y no encontró su cigarrillo. Sacó otro y lo encendió.

 

       El sol ascendía en el horizonte. El cielo rojizo comenzaba a expulsar la oscuridad del cielo. Un aullido de lobo se escuchó entre los árboles. Esteban Rey apagó el último de sus cigarrillos con su bota y respiró profundamente. Dejó el arma junto a él y se talló el rostro. La sangre de sus heridas había comenzado a secarse.

 

       —Ya voy, cariño —se dijo y tomó la cabeza de su esposa para ponerla en su regazo.

       El oficial agarró su arma y se la llevó a la sien. La amartilló y sujetó fuertemente la cabeza.

       —Dios —dijo—, no dejes que alguien tenga que vivir lo que me pasó hoy. No se lo deseo a nadie… a nadie.

       Y comenzó a apretar lentamente el gatillo.

       Clic.

       Nada.

       La carga no se disparó.

 

       No se escuchó el estruendo de la pólvora al ser accionada. Ya había utilizado todas las balas durante la noche. Esteban Rey arrojó el revólver y comenzó a sollozar fuertemente. Su pecho se comprimió y antes de que su garganta se cerrara por completo alcanzó a expulsar un grito desgarrador. El oficial lloraba y se mecía en las escaleras con la cabeza de su esposa en los brazos.

 

       No era su momento.

       No era su momento de partir.

       Aún le quedaban varios años de sufrimiento, sabiendo que sobrevivió a su esposa… y a su hija.

 

SOBREVIVIENTES

 

       El Real, Jalisco

       Domingo 8 de julio de 2007

       10:32 a.m.

 

       La vieja camioneta de policía se detuvo a un lado de la cinta amarilla, que delimitaba el área donde había ocurrido la masacre. El comandante Esteban Rey, resignado, giró la llave del encendido y apagó el vehículo. Su ceño estaba fruncido y entumecido por la fresca mañana. Se frotó varias veces el rostro.

 

       A veces creía que días como éste no se repetirían. Que todo estaba ya controlado. Pero la realidad era que había sido testigo de muchas muertes en sus días como elemento de la policía municipal de El Real, había presenciado el entierro de muchos amigos y sepultado a sus seres más queridos.

 

       A lo lejos, desde el portal del Hotel Lago, el regordete oficial José Ramírez lo saludó y apresuradamente comenzó a caminar hacia él. A Esteban Rey le asombró la ligereza en el paso de su pesado subordinado y disimuladamente abrió la guantera de su camioneta. Reconfortado, miró a través de la botella el brillante líquido color ámbar que se encontraba a excelente temperatura y listo para hacerlo sentir bien.

 

       El comandante era un hombre maduro, de gran personalidad, pero había perdido su físico en los últimos años. Su altura exhibía un gran contraste con su peso, que apenas era de 65 kilogramos. Su cabello negro y abundante denotaba algunas canas. Las facciones de su rostro parecían pertenecer a las de un superhéroe de las historietas, pero los días de gloria habían quedado atrás y ahora estaba hecho un guiñapo. Sus ojos miraban fijamente la botella y dudó por unos instantes. No recordaba con exactitud cuántos años tenía desayunando whisky.

 

       Esteban Rey tomó la botella, dio un gran sorbo, regresó el envase a la guantera, agarró su sombrero y descendió de la vieja camioneta. Sus botas crujieron al caer sobre la tierra y sus pulmones se llenaron de un aire boscoso revitalizante. El brillo del sol le caló los ojos.

 

       El oficial José Ramírez se acercaba cada vez más, estaba por llegar a la línea amarilla que sus compañeros del departamento habían colocado.

 

       —Buenos días, señor —expresó el subordinado.

       —José —contestó Esteban Rey mientras se colocaba su sombrero blanco.

       El oficial José Ramírez levantó la cinta amarilla para que su comandante cruzara.

       —¿Qué tenemos? —preguntó el comandante Esteban Rey sin querer conocer realmente la respuesta.

 

       José Ramírez lo miró un par de segundos, distraído, y sintió un pequeño escalofrío que le erizó la piel. Tenía más de veinte años de conocer a Esteban Rey y, aunque las tres cicatrices que atravesaban todo el rostro de su comandante tenían ya varios años, todavía le costaba trabajo mirarlo y no recordar cómo las había obtenido.

 

       —Lo que sucede siempre en El Real, señor —agregó finalmente.

       Ambos caminaron hacia la entrada del Hotel Lago.

       —¿Ya saben cuántos cuerpos son?

       —No, señor —contestó José Ramírez con aire desanimado—. Estamos tratando de juntar la mayor cantidad de restos y corroborando por separado las versiones de los sobrevivientes. Tenemos a todo el personal trabajando en esto.

       El comandante Esteban Rey se detuvo en seco y lo tomó del brazo.

       —¿Hubo sobrevivientes? —le cuestionó utilizando un tono más severo.

       —Sí, señor.

       —¿Forasteros?

       —Sí, señor.

El comandante trazó una leve sonrisa en su rostro. Había esperado muchos años para escuchar esas palabras. El oficial José Ramírez lo miró con extrañeza.

       —¿Qué? —dijo el comandante Esteban Rey desconcertado.

       —No recuerdo cuándo fue la última vez que lo vi sonreír, señor —y sonrió con él.

       —¿Dónde los tienes?

       —En varias habitaciones del hotel, señor. El doctor los está revisando uno por uno.

       —Bien, muy bien.

 

       El comandante Esteban Rey y el oficial José Ramírez llegaron hasta el gran portal de madera del Hotel Lago. Adentro, el resto de los policías examinaba el lugar, separando pistas y marcando las evidencias de los hechos ocurridos. Casquillos de escopeta, manchas de sangre y una gran cantidad de muebles destrozados decoraban el interior del viejo hotel y su granero.

 

       Todos los oficiales dejaron de trabajar cuando se percataron de que su comandante estaba en el lugar.

 

       Esteban Rey se acercó a José Ramírez para evitar que los demás policías pudieran escucharlos.

 

       —Nadie entra en contacto con ellos. Nadie platica o intercambia palabra alguna sin mi expresa autorización.

       —Sí, señor.

       —Yo seré su único enlace con el mundo exterior. Pon a Gonzalo a cuidar el perímetro. Nadie entra o sale sin que yo se los permita. Tenemos que pensar la mejor manera para resolver esto, hasta que los sobrevivientes estén listos para lidiar con lo que les pasó.

       —¿Y qué hacemos con los familiares y la prensa, señor? —dijo preocupado José Ramírez—. Tarde o temprano los tendremos por todo el municipio.

       —Lo que hemos hecho siempre, mi estimado José —y le lanzó una mirada penetrante mientras lo agarraba por los hombros. Después agregó—: mentir.

 

LAS CONSECUENCIAS

 

       Noticia publicada por el diario La Diana, Guadalajara, Jalisco, el día lunes 9 de julio de 2007:

 

       Hallan cuerpos mutilados

 

       Tres personas más se encuentran en estado delicado; se desconoce el número total de víctimas.

       El Real, Jalisco. Restos humanos fueron encontrados la mañana del 8 de julio en el municipio de El Real, estado de Jalisco. Esteban Rey, comandante de la policía de este municipio, declaró que aún se desconoce el número total de víctimas y las circunstancias bajo las cuales se perpetraron los hechos. Los restos encontrados “están completamente despedazados y mutilados”, apuntó el jefe de la policía.

       Asimismo, el comandante agregó que “ya se ha organizado un equipo de búsqueda para localizar los restos de los cuerpos. Lo que sí podemos confirmar es que las partes encontradas no pertenecen a ningún habitante de El Real, ya que no se han reportado personas desaparecidas hasta el momento. Todo parece indicar que se trataba de turistas, de la ciudad de Guadalajara, que acampaban en el lugar donde ocurrió la tragedia”.

       Finalmente, el comandante Esteban Rey no reveló los nombres de las cuatro personas que aún se encuentran hospitalizadas, así como su género, y agregó: “Es por protección de los sobrevivientes, ya que presentaban un grave estado de shock y tuvieron que ser sedados y hospitalizados al instante”.

       Se desconoce hasta el momento si la Policía Estatal se unirá o no a las investigaciones.

 

Fragmentos publicados por Semanario de lo Insólito en Jalisco, Guadalajara, Jalisco, el día viernes 13 de julio de 2007:

 

       Descuartizados por lobos

 

       Lo que se pretendía fuera un fin de semana mágico se convirtió en una fiesta infernal. Hombres lobo irrumpieron en un campamento y despedazaron los órganos vitales de más de diez personas, todos ellos adultos jóvenes, a quienes engulleron casi por completo. Las bestias incluso se dieron el lujo de esparcir pedazos de cuerpos a lo largo de uno de los bosques del municipio de El Real, en el estado de Jalisco.

       Lo poco que fue recuperado de las víctimas no sirve para identificar a los que días antes se encontraban con vida y llenos de ilusiones… La Policía Municipal aclaró que existen cuatro sobrevivientes de los hechos y agregó, sin revelar ningún nombre, que los responsables serán buscados y capturados, aunque no descartaron que las muertes pudieran haber sido provocadas por animales salvajes, dada la naturaleza en la que fueron encontrados los cuerpos desmembrados.

       Al cuestionar al jefe de la Policía Municipal, el comandante Esteban Rey, sobre la posibilidad de que los asesinatos fueran realizados por hombres lobo, respondió: “¡Ésas son estupideces! Deberían de tener más respeto para las familias de las víctimas…” Pero la verdad es otra, ya que personas allegadas a quienes practicaron la autopsia en los pedazos de los cuerpos encontrados aseguraron que los ahora occisos fueron atacados por hombres lobo. Los segmentos de humano estaban desgarrados, carcomidos y roídos hasta el hueso. Todos ellos presentaban marcas de feroces colmillos que encontraron su camino hasta lo más profundo del tuétano.

       El Real, en el estado de Jalisco, siempre se ha caracterizado por ser un pueblo lleno de historias y leyendas, siendo la más comentada y recurrida la relacionada con los ataques de los licántropos u hombres lobo.


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