Hashtag

por José Ignacio Valenzuela

5 minutos

No puedes negar que hoy en día todo se agrupa, organiza y comunica de manera tan intrascendente como un hashtag. El tema más hot del momento está de moda sólo unos minutos, se hace trending topic, recorre el mundo en una fracción de segundo y después se olvida sin remordimiento alguno. Pero el amor, los sentimientos, la identidad, no son hashtags. No son palabras vacías. ¡Claro que no! Son estados del alma, Eric. Y esos estados duran para siempre. Por eso odio los hashtags, porque por culpa de ellos se hizo costumbre escabullir el romance, la pasión, la piel sudada. Los hipsters del mundo comenzaron a esconder la esencia humana bajo frasecitas de autoayuda, gatos, tazas de café y filtros de tonos pastel. Todo muy limpio, cool y políticamente correcto. Como las fotos de Instagram, esas que tanto te gustan. Y si a eso le sumamos que tienes a la Luna en Escorpio, estamos frente a un caso de extrema gravedad. No, no me mires con esa cara. Si yo fuera tú, estaría prestando muchísima atención a lo que te estoy diciendo. ¿Que qué significa tener a la Luna en Escorpio? Simple. Te guardas los sentimientos. No los dices, no se los comunicas a nadie. Los metes lo más adentro que puedes, para que así no tengan nunca la posibilidad de escapar. Porque para que decidas exteriorizarlos deben darse muchas condiciones a tu alrededor, condiciones que casi nunca son posibles ni realistas. Agrupas tus sentimientos, los organizas y los reduces a una sola palabra. A un hashtag. A un maldito hashtag que publicas en tus redes sociales. Por eso no hablas. Por eso nunca dices nada. Por eso eres el hombre con más secretos que conozco. Por eso te escondes en el interior de un baúl del que nadie tiene la llave. Por eso te comunicas sólo por medio de hashtags, porque un hashtag es algo tan colectivo y anónimo que es el lugar perfecto para esconderse de la crítica de los demás. No, no estoy diciendo que seas débil. Muy por el contrario. A ver, contéstame esta pregunta: ¿qué sucede cuando la energía se acumula y se acumula y se acumula durante mucho tiempo? Exacto. De pronto toda esa energía explota sin que nadie pueda evitarlo. Molesto, tú puedes ser terrible. Mortal, incluso, como el venenoso dardo de un escorpión. ¿Ahora sí me crees? ¿Te reconoces por fin en mis palabras? Asúmelo. De toda la gente que te rodea, Eric, yo soy la persona que más claramente te ve. #Amigos #Sinfiltro #Friendsforever

 

1

#JADE

 

       La noche más larga de mi vida comenzó cuando el sol aún brillaba con fuerza en el cielo. Subí de dos en dos los peldaños de la entrada principal del Cedars Sinai, crucé las altísimas puertas automáticas de vidrio que se abrieron a mi paso, y entré al gélido lobby que desde el primer instante me pareció un enorme acuario vacío, sin peces ni cofres de piratas ni rocas con agujeritos que la decoraran. A partir de ese momento comencé a respirar por la boca, tal como había hecho el día anterior, a ver si de esa manera conseguía no oler el mismo e insoportable aroma a desinfectante que el aire acondicionado soplaba sin descanso.

 

       Me metí las manos al bolsillo. No quería que nadie se diera cuenta de que me temblaban. Tragué con dificultad.

 

       Mientras esperaba subirme al ascensor pensé en sacar el iPhone y tomar alguna fotografía para subirla a Instagram, pero me contuve. #Hospital #CedarsSinai #Pain. No. No me pareció correcto. No era el minuto. Además, tenía la absoluta certeza de que ésa sería la última vez que iba recorrer el trayecto hasta la ICU. Algo me decía que aquella mismísima noche darían de alta a mi madre y podríamos regresar juntos a casa. Mis entrañas me lo aseguraban. O mi voz interna, o lo que fuera. El hecho era que no tenía sentido sacarle fotos a un hospital al que no pensaba regresar por el resto de mi vida. No quería registro alguno de aquella pesadilla.

 

       Cuando salí del ascensor, un inmaculado pasillo se abrió frente a mí. Lo atravesé intentando hacer caso omiso a las enfermeras que no me quitaban los ojos de encima, o al solitario grupo de sillas de ruedas estacionadas en una esquina, o al persistente olor a desinfectante que no tenía intenciones de esfumarse. Una nueva puerta de vidrio me cerró el paso. Pero ésta no se abrió de manera automática de nuevo: tuve que empujarla con ambas manos para poder cruzar.

 

       —Buenas tardes.

 

       Era la misma enfermera sentada tras el mismo escritorio. La misma de la noche anterior. La misma que me recibió cuando entré a esa misma sala, sin poder respirar, aún sin entender nada, absolutamente huérfano de respuestas, de alguien que pusiera toda la información en orden por mí y pudiera explicarme con claridad lo que había ocurrido. En aquella oportunidad lo primero que vi al ingresar fue el enorme cartel de Intensive Care Unit que pendía sobre la cabeza de la enfermera, esa que ahora me sonreía con un gesto de mayor confianza, porque mi rostro era lo único que había visto en aquella sala las últimas veinticuatro horas y, al parecer, ya estaba acostumbrada a él.

 

       De seguro ella también lo adivinó todo. Le debe haber bastado echarme un solo vistazo de pies a cabeza para descubrirlo. Maldita sea.

 

       —Te están esperando —dijo desde el otro lado del escritorio.

 

       Seguí la indicación de su dedo, tan limpio y desinfectado como el resto del espacio que la rodeaba, y me topé con Jade. Mi amiga levantó la vista de su celular y esbozó una sonrisa que no supe si era de simpatía, tristeza o solidaridad, o todas esas cosas juntas. Su cabello, peinado en dos aguas y separado por una recta línea al medio, resplandecía de un intenso rosa Hello Kitty bajo los halógenos de la sala de espera.

 

       —¿Te gusta? —exclamó—. Me lo pinté anoche. El naranja me empezaba a hartar.

       Ante mi expresión de desconcierto por su presencia en el hospital, agregó con rapidez:

       —Vine a acompañarte, Eric.

       —¿Y cómo supiste que estaba aquí?

 

Encendió una vez más su teléfono y orientó la pantalla hacia mis ojos. En ella pude ver una fotografía del enorme letrero luminoso del Cedars Sinai que destacaba nítido entre los colores saturados y las sombras más relevantes del filtro Lo-Fi.

 

       —La subiste esta mañana. Hace once horas, para ser más exacta —puntualizó.

 

       No recordaba haber tomado esa fotografía, ni mucho menos haberla posteado en mi Instagram. La elección del Lo-Fi, sin embargo, había sido todo un acierto. Los ángulos rectos de la arquitectura del hospital, en contraste con el cielo azul de Los Ángeles, y la intensidad casi high definition que le otorgaba el filtro generaban una imagen muy atractiva. Pero me asustó no tener conciencia de haber sacado mi iPhone, ni de haber disparado la cámara, ni mucho menos de haber entrado a mis redes sociales para compartirla con mis 234 seguidores. ¿Qué había sucedido conmigo desde el momento que recibí la llamada telefónica, hasta que regresé hoy a casa, sólo por unas horas, para tomar una ducha, cambiarme de ropa y volver pronto al hospital a recoger a mi madre?

 

       —Perdiste el viaje, Jade —dije—. Te lo agradezco, pero no pienso quedarme aquí mucho rato. En cualquier momento dan de alta a mamá y regresaremos a Pointe Dume.

       —Eric… —musitó y me tomó la mano.

       —La van a dar de alta —repetí, ya no tan convencido.

       —Eric… está bien… Todo va a estar bien —contestó en un susurro—. Conmigo no tienes que fingir ni hacerte el fuerte.

 

       Quise responderle pero la boca se me llenó del mismo sabor salado de las lágrimas. Cuando el día anterior sonó mi celular y una voz vagamente familiar preguntó si estaba llamando al teléfono de Eric Miller, mi paladar se inundó de inmediato de ese gusto tan particular que provoca el anticiparse a una desgracia. Mis entrañas me aseguraron de inmediato que algo había ocurrido. O quizá fue mi voz interna, o lo que fuera. Pero lo supe. Lo supe antes de que me lo dijeran. Y lo supe porque había sido mi culpa.

 

       —¿Eric? Habla Jeremy Kerbis. Soy el abogado de tu padre —había dicho la voz al otro lado de la línea.

       —¿Cómo están ellos? —pregunté mientras alzaba mis manos en el aire para conservar el equilibrio.

       —Es mejor que vengas al hospital —contestó con ese mismo tono de voz lleno de falsa calma que se usa cuando se debe comunicar una tragedia—. ¿Tienes cómo llegar al Cedars Sinai o necesitas que vayan por ti?

       —¡¿Cómo están?! —grité.

 

Maldición. ¿Por qué no lo detuve? ¡¿Por qué no evité que mi padre se subiera a su Audi en ese estado?! Podría haberle mentido. Hubiese bastado un simple engaño para frenar su partida. Pero no lo hice. Porque de alguna manera, quizás en el fondo de mi alma, estaba feliz de que todo hubiera ocurrido. De que por fin las cosas salieran a flote.

 

       —Tu padre murió —dijo el abogado y escuché su voz quebrarse en las últimas sílabas—. Tu madre está hospitalizada. Grave. Es mejor que vengas, Eric. ¿Tienes cómo llegar?

 

       Jade hizo un intento por quitarme un mechón de pelo que me cubría un ojo, pero eché la cabeza hacia atrás de manera instintiva para evitar el contacto con sus dedos. Tenía ganas de llorar. A gritos. Pero hacía veinticuatro horas que no era capaz de derramar ni una lágrima. Se quedaban atascadas en el interior de mi boca, naufragando entre la lengua y el paladar.

 

       —Eric, tu mamá no va a salir hoy del hospital —explicó ella tratando de parecer didáctica y eficiente.

       —¿Y cómo lo sabes? —grité—. ¿Acaso te lo dijeron las estrellas? ¿O tu tarot? ¿O lo leíste en un par de putos caracoles que encontraste en la playa?

       —No —dijo sin inmutarse ante mi desafinada reacción—. Escuché a dos enfermeras hablar sobre ella. No tiene buen pronóstico, Eric. Ésa es la verdad.

 

       Era mi culpa. Que mi padre estuviera camino al crematorio y mi madre agonizara en el Intensive Care Unit del Cedars Sinai era mi culpa. Y ahora, el maldito hijo perfecto no sabía qué hacer o cómo reaccionar.

 

       Qué ganas de que alguien me abrazara.

 

       —¿Familiares de la paciente Anna Miller?

 

       Era la voz de la enfermera. La misma enfermera del día anterior. La misma que me recibió ahora. La misma que parecía un pulcro mueble más de esa sala de espera, tan esterilizada como el resto del hospital donde agonizaba mi madre.

 

       —Puedes verla unos minutos —me dijo con evidente tristeza.

 

       Avancé hacia una puerta de un vidrio tan opaco que no permitía ver hacia el otro lado, y que se abría sólo al acercar a un lector electrónico una tarjeta magnética que todas las enfermeras llevaban colgando de un bolsillo de su delantal, junto a una plaquita con su nombre. Jade me dio un par de palmadas en el hombro que no fui lo suficientemente rápido para esquivar.

 

       —Todo va a estar bien —mintió—. When the world gets cold, I’ll be your cover. Let’s just hold onto each other. No te olvides nunca de eso. Lo recuerdas, ¿verdad? ¿Nuestra canción…?

 

Por toda respuesta pulsé un timbre que sonó como una chicharra reseca en algún lugar de ese laberinto de pasillos y cuartos llenos de gente moribunda. Alguien, quién sabe quién, oprimió un botón que abrió la puerta con un chasquido metálico.

 

       Avancé por un largo corredor rumbo al sector de pacientes que, debido a su gravedad, estaban conectados a tantos aparatos que necesitaban una enorme sala sólo para ellos y su agonía. Crucé veloz frente a la puerta entreabierta de un cuarto. En su interior alcancé a escuchar un sollozo. Era un llanto ronco, sin histeria ni dramatismo. Era un llanto honesto, de un simple y profundo dolor. Sin disfraces. El llanto de un hombre que tenía mucha, muchísima tristeza y que, a diferencia de mí, sí era capaz de expresar sus sentimientos. Una voz femenina intentaba calmarlo. Desde mi lugar en el pasillo pude ver la espalda de una enfermera de pie junto a la cama.

 

       —Sonríe, Chava, sonríe —suplicó la mujer al que yacía en el catre—. Regálame la mejor de tus sonrisas. Yo sé que puedes.

 

       No sé cómo lo supe, pues desde mi posición no podía verlo, pero juraría que Chava sonrió. Y junto con él sonrió también la espalda de la enfermera, y hasta la noche oscura en la que yo estaba enterrado.


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