La ladrona de libros

por Markus Zusak

5 minutos

PRÓLOGO

Una montaña de escombros

 

Donde nuestra narradora se presenta a sí misma.

 

La muerte y tú

 

Primero los colores.

Luego los humanos.

Así es como acostumbro a ver las cosas.

O, al menos, así intento verlas.

 

UN PEQUEÑO DETALLE

Morirás.

 

   Sinceramente, me esfuerzo por tratar el tema con tranquilidad, pero a casi todo el mundo le cuesta creerme, por más que yo proteste. Por favor, confía en mí. De verdad, puedo ser alegre. Amable, agradable, afable… Y eso sólo son las palabras que empiezan por «a». Pero no me pidas que sea simpática, la simpatía no va conmigo.

 

RESPUESTA AL DETALLE

ANTERIORMENTE MENCIONADO

 

¿Te preocupa?

Insisto: no tengas miedo.

Si algo me distingue es que soy justa.

 

    

 Por supuesto, una introducción.

 Un comienzo

¿Qué habrá sido de mis modales?

 

   Podría presentarme como es debido pero, la verdad, no es necesario. Pronto me conocerás bien, todo depende de una compleja combinación de variables. Por ahora baste con decir que, tarde o temprano, apareceré ante ti con la mayor cordialidad. Tomaré tu alma en mis manos, un color se posará sobre mi hombro y te llevaré conmigo con suma delicadeza.

 

   Cuando llegue el momento te encontraré tumbado (pocas veces encuentro a la gente de pie) y tendrás el cuerpo rígido. Esto tal vez te sorprenda: un grito dejará su rastro en el aire. Después, sólo oiré mi propia respiración, y el olor, y mis pasos.

 

Casi siempre consigo salir ilesa.

Encuentro un color, aspiro el cielo.

Me ayuda a relajarme.

 

   A veces, sin embargo, no es tan fácil, y me veo arrastrada hacia los supervivientes, que siempre se llevan la peor parte. Los observo mientras andan tropezando en la nueva situación, la desesperación y la sorpresa. Sus corazones están heridos, sus pulmones dañados.

 

   Lo que a su vez me lleva al tema del que estoy hablándote esta noche, o esta tarde, a la hora o el color que sea. Es la historia de uno de esos perpetuos supervivientes, una chica menuda que sabía muy bien qué significa la palabra abandono.

 

Junto a las vías del tren

 

Vi a la ladrona de libros en tres ocasiones.

Lo primero que apareció fue algo blanco. Un blanco cegador.

Probablemente estarás pensando que el blanco en realidad no es un color y toda esa clase de tonterías. Pues yo te digo que lo es. El blanco es sin duda un color y, personalmente, no creo que te convenga discutir conmigo.

 

UN ANUNCIO RECONFORTANTE

Por favor, a pesar de las amenazas anteriores,

conserva la calma.

Sólo soy una fanfarrona.

No soy violenta.

No soy perversa.

Soy lo que tiene que ser.

 

 

   Sí, era blanco.

Daba la impresión de que todo el planeta se había vestido de nieve, que se la hubiera puesto como tú te pones un jersey. Las pisadas junto a las vías del tren se hundían hasta la rodilla. Los árboles estaban cubiertos con mantos de hielo.

   Como debes de imaginar, alguien había muerto.

No podían dejarlo tirado en el suelo. Por el momento no era un gran problema, pero la vía pronto quedaría despejada y el tren tenía que continuar la marcha.

 

   Había dos guardias.

   Había una madre con su hija.

   Un cadáver.

   La madre, la niña y el cadáver estaban quietos y en silencio.

 

   —¿Y qué quieres que haga?

 

   Uno de los guardias era alto y el otro bajo. El alto siempre hablaba primero, aunque no era el jefe. Miró al bajo y rechoncho, de cara rubicunda.

 

   —No podemos dejarlos así, ¿no crees? —respondió.

 

   El alto estaba perdiendo la paciencia.

 

   —¿Por qué no?

 

   El más bajito estuvo a punto de estallar.

 

   —Spinnst du?! ¡¿Eres tonto o qué?! —gritó a la altura de la barbilla del alto. La repugnancia le inflaba las mejillas, la piel se le tensaba—. Vamos —ordenó, avanzando con dificultad por la nieve—. Si hace falta, cargamos a los tres. Ya informaremos en la siguiente parada.

 

   En cuanto a mí, ya había cometido el más elemental de los errores. No encuentro palabras para describir cuánto me enfadé conmigo misma. Hasta ese momento lo había hecho todo bien. Había estudiado el cielo cegador, blanco como la nieve, al otro lado de la ventanilla del tren en movimiento. Prácticamente lo había inhalado, pero aun así vacilé, me dejé doblegar: la niña llamó mi atención. La curiosidad pudo conmigo y, resignada, me quedé el tiempo que me permitió mi apretada agenda, y observé.

 

Veintitrés minutos después, cuando el tren ya se había detenido, bajé con ellos.

Llevaba en brazos una pequeña alma.

Me quedé un poco apartada, a la derecha.   

 

   El eficiente dúo de los guardias se volvió hacia la madre, la niña y el pequeño cadáver. Recuerdo con claridad que ese día podía oír mi respiración, alta y fuerte. Me sorprende que los guardias no advirtieran mi presencia al pasar a su lado. El mundo se estaba hundiendo bajo el peso de la nieve.

 

   La pálida y famélica niña estaba a unos diez metros a mi izquierda, aterida.

   Le castañeteaban los dientes.

   Tenía los brazos cruzados y congelados.

   Las lágrimas se habían helado sobre el rostro de la ladrona de libros.


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