PEQUEÑO CERDO CAPITALISTA

por Sofía Macías

5 minutos

La mayoría de los gurús de las finanzas personales te dirán que para tener mejores cuentas debes empezar por analizar tus ingresos y tus egresos, hacer un presupuesto, priorizar, ver dónde recortar… por supuesto que esto funciona, pero no vamos a empezar por ahí —lo haremos después, no te preocupes. ¡Cha chán! ¿Y eso por qué? Pues simplemente porque ordenar tu vida financiera cuando no has visto un solo resultado puede ser poco inspirador y un relajo.

En ocasiones, pequeños avances pueden ser la motivación para tener las ganas y la paciencia para sentarse a checar voucher por voucher, anotar nuestros gastos de todo un mes, quitarle aquí, ponerle allá, etcétera, para hacer el famoso presupuesto.

Quien no esté de acuerdo se va directito al Capítulo 3 y luego regresa. Quien sí, quédese leyendo.

Por qué si se puede: cuando eras rico sin trabajar

Hagamos memoria, remontémonos a aquellos ayeres —que para algunos literalmente fue ayer y para otros casi siglos— en los que éramos unos pequeñuelos estudiantes sin trabajo ni sueldo… claro, a menos que cuentes como trabajo eso de ser hijo, donde algunos ganan desde medio salario mínimo mensual hasta sueldo de ejecutivo, dependiendo del jefe, bueno del papi.

¿Recuerdas que la mesada bastaba para el cine, el CD o el cambio anual de gadget reglamentario?, y estirándole un poco, hasta para los regalitos del susodicho o la susodicha. Yo no sé si es producto de una extraña obra de magia negra financiera, pero a la mayoría le alcanzaba más el dinero entonces, que después de entrar a su segundo trabajo.

Alguna vez en Twitter alguien me escribió: “¿Me creerás que llevo más de un año con sueldo y $0 ahorrados?”, y no sólo le creí, de hecho, es de lo más común.

Una de mis adoradas amiguitas, víctima favorita para balconear gracias a sus inexistentes hábitos de planeación financiera, me confesó durante un concierto que pese a su flamante trabajo de abogada en un tribunal, no tenía ni un centavo, ya no digamos en un fondo de inversión o una cuenta de ahorro… ¡Vaya! Ni en la alcancía de cerámica del mercadito.

Mi shock provenía, justamente, de que todas mis amigas de la prepa y yo empezamos a trabajar en el mismo año (más o menos a la mitad de la carrera o casi acabando), entonces ella triplicaba, literalmente, nuestro sueldo de becarias porque ya era funcionaria respetable.

Bueno, entre compritas, comprotas, ganarse a pulso ser cliente consentida de su salón de belleza y viajecitos, se le ha ido el sueldo entero, desde el primer empleo, hasta la fecha. Lo más inexplicable es que sus ingresos representaban una gran diferencia contra sus ingresos de estudiante: su mesada era si acaso el 10% de su salario. ¿Te suena conocido? ¿A cuántas personas conoces así (incluyéndote)?

Varias causas generan este extraño fenómeno:

? Te emociona “ganar tu propio dinero” por primera vez y sientes que eres más libre de gastar.

? Piensas que ahorrarás cuando tengas dinero para hacerlo... lo que sea que esa mentirota signifique.

? Elevas tu benchmark: si antes gastabas $350 en un regalo de cumpleaños para la familia o el novio (a), ahora, aumentas el mínimo a $1??000. Lo mismo aplica con las salidas y la ropa. ? Esperas siempre los aumentos para gastar más y visualizas el ahorro como un sacrificio, en lugar de una inversión para ti mismo o para alcanzar metas mayores, ¿la cuenta de todos tus gadgets equivalen al enganche de un coche? ¡Gulp!

? Dejas de priorizar: como tienes más dinero, en lugar de ser más selectivo con lo que compras (como antes que pudieras), ¡te llevas todo y hasta andas cazando baratas para derrochar!

Muchos dirán: “No se puede”; “no tengo dinero para ahorrar”; “apenas me alcanza con lo que gano”, etcétera, etcétera, pero, ¿qué habría pasado si nunca te hubieran aumentado el sueldo? Simplemente no gastarías más.

Esto explica por qué el nivel de ingresos tiene poco o nada que ver con ahorrar; siempre culpamos a nuestro sueldo, pero, ¿de verdad un aumento te permitirá hacerlo, o sólo es una excusa para posponerlo?

Aunque no lo creas, para revertir tu gastitis aguditis hay muchas soluciones: amarrarte las manitas y encontrar un instrumento de inversión automático que te descuente AL PRINCIPIO de la quincena; buscar una fuente de ingresos adicional y destinarla sólo al ahorro; dejar de ir a “pasear” a los centros comerciales los fines de semana; o dejar en tu cuenta tu aumento de sueldo ÍNTEGRO desde el primer segundo que lo recibas.

Barajearé más lento las opciones en las siguientes páginas del capítulo, pero el principio es muy sencillo: si quieres ahorrar, ¿por qué no te “olvidas” de que te aumentaron el sueldo?

Y no te preocupes por no encontrar la forma, por ideas no paramos, en este capítulo encontrarás muchas, muchísimas formas de lograrlo… claro, si quieres.

¿Y si soy soltero y sin compromisos?

Temo decirte que con más razón tienes que ahorrar. Claro, a menos de que quieras vivir en casa de tus papás hasta los cuarenta o piensas que ahorrar será casi una misión imposible cuando ya tengas hijos.

Como ya no nos urge (tanto) casarnos, cada vez nos quedamos más apapachadotes en la casa y nos “aferramos al nido” hasta con las uñas.

Creo que en la generación de mi papá, los que se quedaban con los progenitores hasta el matrimonio iban dejando el nido entre los 23 y los 27 años… bueno, otros más bien llegaban con la esposa o esposo, pero esa es otra historia.

Ahora existen muchos casos donde los polluelos salen del hogar pegándole a los 30, regresan después de haber vivido solos, de estudiar en el extranjero o nunca se van. Quedarse con los papás podría tener el pro de ahorrar en renta y, además, ¿quiénes son las más consentidoras en casa que las mamás mexicanas? Aunque también existe una desventajota: tienes un poder de gasto “artificial” que puede llegar al punto donde el libre ingreso genere una gastalonez tal, que aunque te quieras salir de casa de tus papás, no puedas.

¿Cómo, cómo? Muy fácil: si tuvieras que pagar de renta o hipoteca esos $4 000, $16 000 o $20 000 (dependiendo el sapo...) que te gastas en chunches, salidas o que desconoces en qué se te van, desaparecerían, y te las tendrías que arreglar para llegar al fin de mes sin ellos. Ergo... eso que no pagas de renta en realidad es como si lo debieras, ¿a quién?, pues a ti, es el ahorro para cuando decidas vivir fuera de casa.

Una de mis muy mejores amigas se quiere ir a vivir sola desde hace meses. Ahora que realmente le urge porque su mamá y ella se dan hasta con la cazuela, no sabe si podrá. Parte del problema es el dinero, pero no porque le falte, sino porque no tiene idea en qué se le va y no sabe cómo ahorrar. Al principio, el impedimento era que trabajaba en una agencia de publicidad, ganaba poco y no le alcanzaba. Ahora, está en otra empresa, es directora de arte, le duplicaron el sueldo y aún así apenas le alcanza la quincena. Ella es la prueba perfecta de que no es un problema de sueldo sino de organización.

Todos tendemos a aumentar nuestro nivel de gasto conforme aumenta el ingreso, pero si seguimos así, aun cuando ganemos como directores generales estaremos confinados a la casa de nuestros papás por gastalones. Si en cambio, desde tu siguiente aumento de sueldo mandas el extra directito al ahorro, como nunca lo viste, no lo extrañarás y será sencillo ahorrar.

Con un nivel de gasto moderado —que incluya la renta que deberías estar pagando— y una cuenta de ahorros cada vez más gordita, lograrás irte a TU primer depa sin tener que hacer grandísimos sacrificios por estar despilfarrando en un estilo de vida que no es realista y al final no vale más que tener tu propio espacio.

Algunas veces los obstáculos son burradas: una de las cosas que encontró mi amiga es que estaba gastando un dineral en taxi por levantarse 10 minutos tarde. Vivía a 20 minutos caminando de su chamba, pero si se retrasaba tomaba un taxi que le cobraba $20, y si no pasaban un taxi libre, abordaba uno del sitio y pagaba $40. Por lo menos $400 mensuales se le iban en diez minutos de flojera.

Quizá $400 sean poco si vives en casa de tus papás y los inviertes en una comida de viernes y una ida al cine, pero es mucho si piensas que con esa cantidad pagarías internet en tu depa, con esto queda muy claro que es hora de poner el despertador más temprano.

Cuando vivimos con nuestros papás estas cosas parecen intrascendentes, pero saber en qué gastas y en cuáles únicamente tiras el dinero a la basura, es un ejercicio súper importante si deseas mudarte y, sobre todo, si no quieres que llegue el día en que el casero se te lance a la yugular.

Una vez un director de inversiones me dijo que cuando eres joven tus gastos son tan flexibles como tú lo decidas (salvo que tengas que mantener algunos hijos regados por el mundo), y es muy cierto. La bronca es que esto lo es para ambos extremos: puedes gastar muchísimo, ser equilibrado o ser frugal. Si de veras quieres “independizarte”, la primera no es opción.

Si estoy más grandecito, ¿tengo solución o ya se me fue el tren?

La mayoría de la gente que ya no está en sus veintes, treintas, o a veces, ni en sus cuarentas, y que se topa con un libro de finanzas personales, piensa: “De haberlo sabido antes”; “es muy buena idea, pero demasiado tarde para empezar”; “no tengo remedio, no hay nada qué hacer” y... la verdad, la verdad, no hay nada que esté más lejos de ser cierto: sin importar tu edad, aprender a manejar el dinero y enderezar las finanzas personales, mejorará SIEMPRE tu calidad de vida.

En cualquier momento puedes aprender a planear, a ahorrar y a alcanzar metas que quizá no has logrado por descuidar esta área de tu vida. Y más que poder, lo necesitas.

En ocasiones estamos muy cómodos con el modo en que hacemos las cosas y nos escudamos en que si hemos sido de determinada manera toda la vida —desorganizados, viviendo endeudados y posponiendo el ahorro— es imposible cambiar, pero es falso.

Un excelente ejemplo es Isela, la autora del blog www. elpesonuestro.com. Ella se “rehabilitó” del mal manejo de sus finanzas a los 36 años, ahora está por cumplir 40. Entonces le quedaban catorce años de pago de hipoteca, lo que implicaba, según sus palabras, que “a los 50 apenas iba a estar saliendo de la mega deuda, y no tenía planeado mi futuro pero ni tantito. El día que me di cuenta que dos semanas de mi sueldo mensual las destinaba a pagar la tarjeta de crédito, me paniqué”. En ese punto, tomó tres meses de terapia y entendió que no era la economía de México quien la estaba afectando, sino que ella misma “se había metido en el hoyo”.

Isela imaginó lo deprimente que sería “ser una cuarentona endeudada e infeliz, no lograría detener el tiempo pero sí cambiar mis circunstancias”, y lo hizo. Tan sólo tres años después, con base en disciplina y frenando las compras compulsivas y adicciones a las baratas, pagó los 82 000 Udis de su hipoteca y se libró completamente de deudas. Incluso, empezó a trazarse metas, que si bien no son sueños completamente materiales, requieren de dinero para realizarse, como terminar el Mildford Track, una caminata de 53.5 kilómetros a lo largo de la cual se pueden observar lugares espectaculares en Nueva Zelanda, en diciembre del 2010.

Admito que Isela es bastante joven aún, pero cargaba una buena cantidad de deudas. Sus problemas económicos no eran exactamente los de una veinteañera sin compromisos que abrió su cuenta en el banco. Si ella logró deshacerse de esas cargotas financieras, todos, a cualquier edad, podemos.

 

Dato de miedo

Sólo 40% de los mexicanos ahorran y en promedio empiezan a los 35 años.

Fuente: SEP, 2009.

Si eres adulto, la diferencia con un chavito que apenas comienza a ahorrar es que debes manejar al mismo tiempo deudas, metas y retiro. No importa si no lo has hecho, lo que importa es que empieces hoy. Precisamente porque tienes menos tiempo que los que son más jóvenes, ocúpate del tema urgentemente.

Si este apartado no te suena porque aún no has llegado a la categoría de “mayorcito”, dáselo a leer a tus papás, tíos, hermanos o suegros… puede que no te hagan caso en todo, pero al menos estarás demostrando que te importa su bienestar y que confías en que pueden hacer algo para retomar el control de su vida financiera.

 

Estrategias de ahorro para manirrotos

Después de tanto regaño, grito y sombrerazo, ahora sí hablemos de por dónde empezar. Te creo que tienes la mejor de las intenciones, que cada mes de verdad piensas: “Ahora sí voy a ahorrar”, y que siempre se confabula el destino: si no se te atraviesa la oferta irrepetible de PS2 a 500 meses sin intereses, encuentras esa blusa verde cotorro para los zapatos color fucsia adquiridos la temporada pasada, no estrenados porque no combinaban con nada, o el cumpleaños de la amiga del primo que no vino a la fiesta, la cenita, el Acapulcazo… ¡Agrega a la lista el último complot contra tu alcancía!

Y este tema es un poco como el cigarro o las dietas: hay mil obstáculos y pretextos para no dejar de fumar o de comer de más, pero si realmente quieres ahorrar, ¡por supuesto que hay manera! Y no es tan tortuoso como piensas. Seguramente no será el proceso más rápido del mundo (bajar 30 kilos tampoco lo es), pero de que se puede, ¡se puede!

Antes de meternos en Honduras te propongo cuatro cositas básicas, básicas, basiquísimas para empezar hoy. Ya después nos hacemos bolas con maneras más estructuradas y formales para ahorrar, por lo pronto, es necesario poner fin a la posponedera:

1.      No lo dejes al último. Una de las causas más comunes de fracaso en el intento por ahorrar es esperar a guardar el dinero hasta hacer todos nuestros gastos. “Ahorrar lo que sobre” es una mala estrategia por un pequeño detalle: nunca sobra. Si no son los pagos diarios, sucede una emergencia o, simplemente, “todavía tengo dinero”, nos damos un gustito y adiós. Además, como no tenemos una idea real de cuánto tendremos disponible al final, es imposible planear.

Lo más efectivo es separar el monto que nos hemos propuesto ahorrar en el instante en que recibimos la quincena, el bono, el aguinaldo, el reparto de utilidades o el pago por una deuda. Si no lo tenemos, ¿cómo lo gastamos?

2.      Haz el hábito. Así sean $50 al mes, empieza HOY. Es más, ahorita sácalos de tu cartera y ponlos aparte. Mejor aún si puedes ir directito a depositarlos en algún lugar donde no los puedas tocar, se los das a alguien para que te los guarde o los metes en la alcancía por el momento. Ah, y nada de: “Lo saco para el estacionamiento o para no ir al cajero y al rato lo repongo.”

Como se trata de adquirir un hábito —es decir, de que se vuelva un comportamiento repetitivo hasta que ya te salga involuntariamente— y no de que con algo tan facilito te llenes la boca y digas que estás ahorrando, marca en un calendario o programa una alarmita en tu celular la fecha de cuándo ingresarás el próximo monto y repítelo con una periodicidad determinada, que no sea mayor a un mes (si no qué chistosito: ¡$50 al año!).

Si quieres ver resultados rápido, una vez que te hayas acostumbrado incrementa el monto poco a poco e inviértelo. Verás cómo sin que lo sientas el efecto se vuelve exponencial.  


¡Gracias por leer a Sofía Macías!

Leíste 5 minutos

Todos los derechos reservados Penguin Random House Grupo Editorial

Aviso de privacidad