LA AMIGA ESTUPENDA

por Elena Ferrante

10 minutos

1

Aquella vez en que Lila y yo decidimos subir las escaleras oscuras que llevaban, peldaño a peldaño, tramo a tramo, hasta la puerta del apartamento de don Achille, comenzó nuestra amistad.

Recuerdo la luz violácea del patio, los olores de una noche tibia de primavera. Las madres preparaban la cena, era hora de regresar, pero nosotras, sin decirnos una sola palabra, nos entretuvimos desafi ándonos a pruebas de coraje. Desde hacía un tiempo, dentro y fuera de la escuela, no hacíamos otra cosa. Lila metía la mano y el brazo entero en la boca negra de una alcantarilla, y yo, a mi vez, la imitaba enseguida, con el corazón en la boca, confi ando en que las cucarachas no se pasearan por mi piel y que las ratas no me mordieran. Lila se encaramaba a la ventana de la planta baja de la señora Spagnuolo, se colgaba de la barra de hierro por donde pasaba el hilo para tender la ropa, se columpiaba y luego se dejaba caer en la acera, y yo, a mi vez, la imitaba enseguida, aunque temiera caerme y lastimarme. Lila se introducía debajo de la piel la punta de un imperdible oxidado que había encontrado en la calle no sé cuándo y que guardaba en el bolsillo como si fuese el regalo de un hada; y yo observaba la punta metálica que excavaba un túnel blancuzco en la palma de su mano, y después, cuando ella lo extraía y me lo ofrecía, la imitaba.

En un momento dado me lanzó una de sus miradas, firme, con los ojos entrecerrados, y se dirigió hacia el edificio donde vivía don Achille. Me quedé petrifi cada de miedo. Don Achille era el ogro de los cuentos, me estaba terminantemente prohibido acercarme a él, hablarle, mirarlo, espiarlo, debía hacer como si él y su familia no existieran. En mi casa y en otras, había hacia él un temor y un odio que no sabía de dónde venían. Tal como hablaba de él mi padre, yo me lo había imaginado robusto, lleno de ampollas violáceas, enfurecido pese al «don», que a mí me sugería una autoridad tranquila. Era un ser hecho de no sé qué material, hierro, vidrio, ortiga, pero vivo, vivo, que soltaba un aliento caliente por la nariz y la boca. Creía que bastaba con verlo de lejos para que me metiera en los ojos algo puntiagudo y ardiente. Y si hubiese cometido la locura de acercarme a la puerta de su casa me habría matado.

Esperé un poco para ver si Lila cambiaba de idea y volvía sobre sus pasos. Yo sabía lo que quería hacer, había esperado inútilmente que se le olvidara, pero no. Las farolas todavía no se habían encendido y tampoco las luces de la escalera. De las casas salían voces nerviosas. Para seguirla debía abandonar el azul del patio y entrar en la negrura del portón. Cuando por fin me decidí, al principio no veía nada, solo notaba un olor a ropa vieja y a DDT. Cuando me acostumbré a la oscuridad, descubrí a Lila sentada en el primer peldaño del primer tramo de escalera. Se levantó y empezó a subir.

Fuimos avanzando pegadas a la pared, ella dos peldaños por delante, yo dos peldaños por detrás e indecisa entre acortar la dis tancia o dejar que aumentara. Me ha quedado la impresión del hombro rozando la pared desconchada y la idea de que los escalones eran muy altos, más que los del edificio donde yo vivía. Temblaba. Cada ruido de pasos, cada voz era don Achille que se nos acercaba por la espalda o venía a nuestro encuentro empuñando un cuchillo enorme, de esos para abrirles la pechuga a las gallinas. El aire olía a ajos fritos. Maria, la esposa de don Achille, me iba a echar a la sartén con aceite hirviendo, sus hijos me iban a comer, él me iba a chupar la cabeza como hacía mi padre con los salmonetes.

Nos paramos a menudo, y cada vez yo esperaba que Lila decidiera volver sobre sus pasos. Yo estaba muy sudada, ella no lo sé. De vez en cuando miraba hacia arriba, pero yo no sabía qué, solo se veía el gris de los ventanales en cada tramo de la escalera. Las luces se encendieron de repente, pero tenues, polvorientas, dejando amplias zonas de sombra erizadas de peligros. Esperamos para comprobar si había sido don Achille quien le había dado al interruptor, pero no oímos nada, ni pasos ni una puerta que se abría o se cerraba. Después, Lila siguió subiendo, y yo detrás.

Ella consideraba que hacía algo correcto y necesario, a mí se me habían olvidado todos los buenos motivos y con toda seguridad estaba allí únicamente porque estaba ella. Subíamos despacio hacia el mayor de nuestros terrores de entonces, íbamos a exponernos al miedo y a interrogarlo.

En el cuarto tramo de la escalera Lila se comportó de un modo inesperado. Se detuvo para esperarme y cuando la alcancé, me dio la mano. Ese gesto lo cambió todo entre nosotras para siempre.

 

2

Ella tenía la culpa. En un tiempo no muy lejano —diez días, un mes, quién sabe, entonces lo ignorábamos todo del tiempo— me había quitado mi muñeca a traición para dejarla caer al fondo de un sótano. Ahora subíamos hacia el miedo, entonces nos habíamos sentido obligadas a bajar, y a toda prisa, hacia lo desconocido. Arriba, abajo, siempre teníamos la impresión de ir al encuentro de algo terrible que, aunque ya existiera antes, era a nosotras a quien esperaba y a nadie más. Cuando se lleva poco tiempo en este mundo resulta difícil comprender cuáles son los desastres que dan origen a nuestro sentimiento del desastre, o tal vez no se siente la necesidad de comprenderlo. A la espera del mañana, los mayores se mueven en un presente detrás del que están el ayer y el anteayer o, como mucho, la semana pasada; no quieren pensar en el resto. Los pequeños desconocen el significado del ayer, del anteayer, del mañana, todo se reduce a esto, al ahora: la calle es esta, el portón es este, las escaleras son estas, esta es mamá, este es papá, este es el día, esta la noche. Yo era pequeña y, a fi n de cuentas, mi muñeca sabía más que yo. Le hablaba, me hablaba. Tenía cara de celuloide con cabello de celuloide y ojos de celuloide. Llevaba un vestidito azul que le había cosido mi madre en un raro momento feliz, y estaba preciosa. La muñeca de Lila, por el contrario, tenía el cuerpo amarillento de tela relleno de serrín, me parecía fea y mugrienta. Las dos se espiaban, se sopesaban, dispuestas a escapar de nuestros brazos si estallaba un temporal, si se oían truenos, si alguien más grande y más fuerte y con dientes afilados quería agarrarlas.

 

Jugábamos en el patio, pero como si no jugáramos juntas. Lila se sentaba en el suelo, al lado del ventanuco de un sótano, yo, del otro lado. Nos gustaba ese sitio, en primer lugar porque, en el cemento entre los barrotes de la abertura, contra la malla de alambre, podíamos colocar tanto las cosas de Tina, mi muñeca, como las de Nu, la muñeca de Lila. Poníamos piedras, tapas de gaseosas, florecitas, clavos, esquirlas de vidrio. Yo captaba lo que Lila le decía a Nu y se lo decía en voz baja a Tina, pero cambiándolo un poco. Si ella cogía un tapón y se lo ponía en la cabeza a su muñeca como si fuese un sombrero, yo le decía a la mía, en dialecto: Tina, ponte la corona de reina, que si no te dará frío. Si Nu jugaba a la rayuela en brazos de Lila, poco después yo le hacía hacer lo mismo a Tina. Pero todavía no estábamos en la fase de decidir un juego e iniciar una colaboración. Incluso aquel lugar lo elegíamos sin ponernos de acuerdo. Lila iba allí, yo me paseaba por ahí, fingiendo ir para otro lado. Al rato, como quien no quiere la cosa, me ponía yo también junto al respiradero, pero al otro lado.

Lo que más nos atraía era el aire frío del sótano, una ráfaga que nos refrescaba en primavera y en verano. Además nos gustaban los barrotes con telarañas, la oscuridad y la tupida malla de alambre que, enrojecida por la herrumbre, se enroscaba tanto en el lado donde yo estaba como en el de Lila, formando dos rendijas paralelas a través de las cuales podíamos lanzar piedras a la oscuridad y oír el ruido cuando golpeaban el suelo. Todo era hermoso y daba miedo, entonces. A través de aquellas aberturas la oscuridad podía arrebatarnos de repente las muñecas, a veces seguras entre nuestros brazos, más a menudo colocadas expresamente junto a la malla retorcida y, por tanto, expuestas al aliento helado del sótano, a los ruidos amenazantes que provenían de ahí, a los murmullos, a los crujidos, a los roces.

Nu y Tina no eran felices. Los miedos que saboreábamos nosotras a diario eran los suyos. No nos fi ábamos de la luz proyectada sobre las piedras, los edifi cios, el campo, las personas dentro y fuera de las casas. Intuíamos sus rincones negros, sus sentimientos contenidos, siempre al borde del estallido. Y atribuíamos a esas bocas oscuras, a las cavernas que se abrían más allá, debajo de los edifi cios del barrio, todo aquello que a la luz del día nos espantaba. Don Achille, por ejemplo, no estaba únicamente en su casa del último piso, sino también ahí abajo, araña entre las arañas, rata entre las ratas, una forma que adoptaba todas las formas. Me lo imaginaba con la boca abierta a causa de los largos colmillos de animal, con cuerpo de piedra vidriada y hierbas venenosas, siempre dispuesto a recibir en una enorme bolsa negra todo lo que tirábamos desde los ángulos desprendidos de la malla. Aquella bolsa era un rasgo fundamental de don Achille, la llevaba siempre, incluso en su casa, y dentro de ella echaba materia viva y muerta.

Lila sabía que yo tenía ese miedo, mi muñeca hablaba de él en voz alta. Por eso, precisamente el día en que sin ponernos de acuerdo siquiera, solo con miradas y gestos, intercambiamos por primera vez nuestras muñecas, ella, en cuanto tuvo a Tina, la empujó al otro lado de la malla y la dejó caer en la oscuridad.

 

3

Lila apareció en mi vida en primer curso de primaria y enseguida me impresionó porque era muy mala. Todas éramos un poco malas en esa clase, aunque solo cuando la maestra Oliviero no nos veía. Pero ella era mala siempre. Una vez rompió en mil pedazos el papel secante, luego metió los trocitos de uno en uno por el agujero del tintero, después se puso a pescarlos con el plumín y a lanzárnoslos. A mí me alcanzó dos veces en el pelo y una vez en el cuello blanco. La maestra chilló como sabía hacer ella, con su voz de aguja, larga y afilada, que nos aterraba, y como castigo le ordenó enseguida que se pusiera detrás de la pizarra. Lila no obedeció y ni siquiera pareció asustarse, al contrario, siguió lanzando por doquier pedacitos de papel secante empapados en tinta. Entonces, la maestra Oliviero, una mujer grandota que nos parecía muy vieja aunque apenas pasaba de los cuarenta, se bajó de la tarima amenazándola, tropezó no se sabe bien con qué, perdió el equilibrio y al caer se golpeó la cara contra el canto de un pupitre. Quedó tendida en el suelo, parecía muerta.

No recuerdo qué ocurrió inmediatamente después; solo recuerdo el cuerpo inmóvil de la maestra, un bulto oscuro, y a Lila que la miraba con cara seria.

Guardo en la memoria muchos incidentes como este. Vivíamos en un mundo en el que, con frecuencia, niños y adultos sufrían heridas que sangraban, luego venía la supuración y a veces se morían. Una de las hijas de la señora Assunta, la verdulera, se hirió con un clavo y murió de tétanos. El hijo menor de la señora Spagnuolo se murió de crup. Un primo mío, que tenía veinte años, fue una mañana a palear escombros y por la tarde murió aplastado, echando sangre por las orejas y la boca. El padre de mi madre se mató al caer de un andamio de un edificio en construcción. Al padre del señor Peluso le faltaba un brazo, se lo había cortado el torno a traición. La hermana de Giuseppina, la esposa del señor Peluso, murió de tuberculosis con veintidós años. El hijo mayor de don Achille —no lo había visto en mi vida y aun así me parecía recordarlo— había ido a la guerra y se murió dos veces, primero ahogado en el océano Pacífico, después devorado por los tiburones. La familia Melchiorre al completo había muerto abrazada, gritando de miedo, en pleno bombardeo. La vieja señora Clorinda se había muerto respirando gas en lugar de aire. Giannino, que iba a cuarto cuando nosotras cursábamos primero, se murió un día porque al encontrar una bomba, la había tocado. Luigina, con la que habíamos jugado en el patio o tal vez no, y era solamente un nombre, se había muerto de tifus petequial. Así era nuestro mundo, estaba lleno de palabras que mataban: el crup, el tétanos, el tifus petequial, el gas, la guerra, el torno, los escombros, el trabajo, el bombardeo, la bomba, la tuberculosis, la supuración. El origen de los muchos miedos que me han acompañado toda la vida se remontan a esos vocablos y a esos años. Podías morirte incluso de cosas que parecían normales. Por ejemplo, podías morirte si sudabas y después bebías agua fría del grifo sin antes haberte mojado las muñecas, porque entonces te cubrías de puntitos rojos, te daba la tos y ya no podías respirar.

Podías morirte si comías cerezas negras sin escupir los huesos. Podías morirte si mascabas chicle y sin querer te lo tragabas. Podías morirte sobre todo si te dabas un golpe en la sien. La sien era un sitio fragilísimo, todas teníamos mucho cuidado con eso. Bastaba con una pedrada, y las pedradas eran la norma. A la salida de la escuela una pandilla de chicos que venían del campo, capitaneada por uno que se llamaba Enzo o Enzuccio, uno de los hijos de Assunta, la verdulera, empezó a tirarnos piedras. Estaban ofendidos porque nosotras éramos más aplicadas que ellos. Cuando llegaban las pedradas todas salíamos corriendo, pero Lila no, seguía andando a paso normal y a veces incluso se detenía. Se le daba muy bien analizar la trayectoria de las piedras y esquivarlas con un movimiento tranquilo, hoy diría que elegante. Tenía un hermano mayor y quizá había aprendido de él, no sé; yo también tenía hermanos pero más pequeños que yo y de ellos no había aprendido nada. Sin embargo, cuando me daba cuenta de que se había rezagado, aunque tenía mucho miedo, me paraba y la esperaba.

Ya entonces había algo que me impedía abandonarla. No la conocía bien, nunca nos habíamos dirigido la palabra y aun así estábamos enzarzadas en una competición continua, en clase y fuera. Pero sentía confusamente que si hubiese salido corriendo junto a las demás, le habría dejado a ella algo mío que luego no me devolvería nunca.

Al principio esperaba escondida, a la vuelta de una esquina, y me asomaba para ver si Lila venía. Después, al ver que no se movía, me obligaba a reunirme con ella, le pasaba las piedras, yo también las lanzaba. Pero lo hacía sin convicción, en mi vida he hecho muchas cosas pero nunca convencida; siempre me he sentido un tanto despegada de mis propios actos. En cambio Lila, de pequeña —ahora no sé decir con certeza si ya a los seis o siete años, o cuando subimos juntas las escaleras que llevaban a la casa de don Achille y teníamos ocho, casi nueve—, se caracterizaba por tener una determinación absoluta. Ya fuera que empuñase el portaplumas tricolor con su plumín o una piedra o la barandilla de las oscuras escaleras, transmitía la idea de que lo que vendría después —clavar con una estocada precisa el plumín en el pupitre, lanzar bolitas de papel empapadas de tinta, golpear a los chicos del campo, subir hasta la puerta de don Achille— lo iba a hacer sin vacilación


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