HISTORIA DE UN CANALLA

por Julia Navarro

10 minutos

Me estoy muriendo. No, no es que sufra una enfermedad terminal ni que los médicos me hayan desahuciado. La última vez que me vieron fue para decirme que me encontraban bien, y más después de haber sufrido un infarto y una operación para cambiarme las válvulas del corazón. Tengo, sí, un poco alto el azúcar y el colesterol, y la tensión en el límite, pero, dicen, nada que no pueda corregirse tomando unas cuantas pastillas todos los días, haciendo dieta y prescindiendo del tabaco y el alcohol.

—Camine, lo que le conviene es caminar. Es la mejor medicina. Ya les gustaría a muchos con su historial tener su aspecto —me dijo el doctor intentando animarme.

No le dije nada. ¿Para qué? Yo sé que me estoy muriendo más allá del resultado de los análisis de sangre o del cardiograma. ¿Que cómo lo sé? Lo sé porque me miro al espejo cada mañana y observo las manchas parduscas que me han aflorado en el cuerpo. Parecen lunares, pero en realidad son la señal de que la piel se muere. No hay centímetro de mi piel que no haya perdido elasticidad.

Miro mis manos y ¿qué veo? Unos hilos azules transparentándose a través de la piel. Los mismos hilos azules que cruzan mis piernas. Son las venas que adquieren la rigidez de la piedra.

«Estás más interesante ahora que a los veinte», escucho decir a algunos hipócritas. Mienten. Sobre todo las mujeres. Lo único que tengo de interesante es la cuenta corriente y estar en la lista de Who’ Who.

Hace tiempo que descubrí que los otros no te ven por cómo eres, sino por lo que representas o tienes. Las mismas canas, la misma piel grisácea serían contempladas con indiferencia o incluso con asco si sólo fuera uno de esos seres anónimos que te encuentras en cualquier rincón de la ciudad.

¿Cuánto me queda de vida? Acaso un día, una semana, cinco, seis, diez años… o puede que mañana me despierte con un dolor agudo en el pecho, o que me descubra un bulto mientras me estoy duchando, o que pierda el conocimiento por un mareo, y entonces el mismo médico zalamero me dirá que tengo un cáncer en el pulmón, en el páncreas o en cualquier otro lugar. O quizá me diga que mi corazón cansado vuelve a fallar y necesita una nueva válvula. Lo que sea para justificar que de un día para otro la muerte acabó dando la cara.

Pero yo no necesito que me salga un bulto, o marearme, o que me lata deprisa el corazón. Yo sé que me estoy muriendo porque he llegado a esa edad en la que no cabe engañarse e intuyes que empiezas a vivir en tiempo de descuento.

Esta noche la muerte me ronda el pensamiento y me he puesto a elucubrar cómo será el último minuto de mi vida. Temo que sea en la cama de un hospital sin poder decidir sobre mi propia existencia. Me imagino incapaz de moverme y acaso ni de hablar, comunicándome sólo con gestos o con la mirada sin que nadie me entienda ni comparta mi sufrimiento.

No elegimos dónde ni cuándo nacemos, pero al menos deberíamos poder decidir cómo afrontar el último minuto de nuestra vida. Pero hasta eso lo tenemos negado.

Como sé que ha llegado la hora en que la muerte va a presentarse, intento hacerme a la idea de cómo recibirla, cómo sortearla durante un tiempo, pero sobre todo cómo iniciar el camino a la no existencia.

Por eso, a la espera de la visita traicionera, esta noche me asaltan los recuerdos de mi vida, y al hacerlo me están dejando un sabor tan amargo como la hiel.

Soy un canalla, sí, es lo que siempre he sido y no logro arrepentirme por serlo, por haberlo sido. Aunque si fuera verdad lo que dicen los físicos de que el tiempo no existe, deberíamos tener la posibilidad de dar marcha atrás para así lograr vivir esa vida que pudimos vivir pero que no hemos vivido.

¿Me equivoco si pienso y digo que todos cambiaríamos hechos de nuestro pasado? ¿Que haríamos las cosas de manera diferente a como las hicimos? Si pudiéramos volver sobre nuestros pasos… Quizá incluso yo las haría de distinto modo.

Hay individuos que dicen en alto: «No me arrepiento de nada». No los creo. La mayor parte de la gente tiene conciencia incluso a su pesar. Yo nací sin ella, o al menos nunca la he encontrado, aunque quizá esta noche llama a mi puerta. Pero me resisto a dejarla pasar, porque nada puede modificar lo que nos atormenta.

Esta noche, mientras miro de frente a la muerte, hago recuento de lo vivido. Sé lo que hice y también sé lo que debería haber hecho.

INFANCIA

1

Tendría siete u ocho años, y caminaba junto a la mujer que cuidaba de mí y de mi hermano. Debía de ser media tarde, hora en que salíamos del colegio. Estaba de malhumor porque la maestra me había regañado por haberme distraído mientras explicaba no sé qué.

Mi hermano iba agarrado de la mano de María, pero yo prefería caminar a mi ritmo. Además, a María le sudaban las palmas y me molestaba el contacto de su piel húmeda sobre la mía.

Yo corría de un lado a otro ignorando las quejas de María.

—Se lo voy a decir a tu madre. Todos los días me haces lo mismo, te sueltas de mi mano y lo peor es que ni siquiera dejas que te agarre cuando cruzamos de una calle a otra, y no miras nunca si viene un coche. Un día va a pasar algo.

María protestaba pero yo no le prestaba atención. Me sabía de memoria su retahíla de reproches. De repente llamó mi atención un pequeño bulto junto a la acera. Me aproximé a ver qué era. Lo moví con el pie y para mi sorpresa vi que se trataba de un pájaro, un gorrión de esos que pueblan los árboles de la ciudad. Me pareció que estaba muerto y le arreé un puntapié desplazándolo fuera de la acera. Me acerqué con curiosidad para ver dónde estaba y descubrí que se movía, el suyo era un movimiento lento, como el último estertor. Bajé de la acera y volví a darle una patada. El gorrión dobló la cabeza.

—Pero ¿qué haces bajándote de la acera? Hoy sí que se lo digo a tu madre, me tienes harta.

María me cogió de la mano y me obligó a caminar junto a ella. Me produjo una enorme irritación que tirara de mí y en cuanto se distrajo, le di una patada en la pantorrilla.

No me arrepiento de la patada que le di aquel día a María, pero no puedo olvidar el cuerpo inerte del gorrión. Fui yo quien le arrebató el último aliento.

—¡Qué bruto! —exclamó Jaime mirándome con reprobación, no sé si por la patada a María o por la que le había dado al gorrión.

—Tú cállate o te doy también a ti —respondí irritado.

Jaime no contestó. Sabía que, a poco que se descuidara, tendría que encajar otra de mis patadas o incluso un puñetazo en los riñones. Le sacaba dos años a mi hermano, de manera que siempre estaba en desventaja conmigo.

—Se lo voy a decir a tu madre. Es que no puedo contigo… Si sigues así no iré más a buscarte al colegio. Eres un niño muy malo.

Malo. Sí, ése era el reproche favorito de la maestra, de María e incluso de mi madre.

Mi padre me reprendía, pero nunca me calificó de «malo». Me conocía demasiado bien para despacharme con esa frase tonta de «eres un niño malo».

Si pudiera volver atrás… La escena sería parecida:

Yo caminaría junto a María y Jaime, sin que me importara poner mi mano en la palma sudorosa de mi cuidadora. Tendría que haberle comentado el motivo de mi malhumor a cuenta de la regañina de mi maestra, la señorita Adeline, y seguramente habría recibido alguna palabra de consuelo de María. Algo así como «no te preocupes, no es tan grave distraerse, ya verás que si mañana estás atento, a la señorita Adeline se le pasa el enfado».

Yo me fijaría en el bulto que se movía en la acera y le pediría a María que nos acercáramos. «Mira… ahí hay algo, ¿podemos mirar?»

María refunfuñaría: «¿Qué más da?; anda, que llevamos prisa…», pero habría terminado accediendo. Yo, al darme cuenta de que era un gorrión, lo cogería con cuidado. Jaime observaría con curiosidad y diría: «¡Pobrecito!». Y los dos, conmovidos, insistiríamos a María para que nos permitiera llevar el gorrión a casa. Mi madre era enfermera, de manera que algo podría haber hecho por salvar la vida del gorrión. Lo habríamos tenido dos o tres días y, una vez curado, lo habríamos devuelto a la libertad.

Pero no fue así y no me arrepiento.

Aquella tarde, cuando llegamos a casa, mi madre se estaba arreglando para irse al hospital. Esa semana tenía turno de noche y parecía cansada, quizá por eso prestó poca atención a las quejas de María. Apenas me regañó: «¿Cuándo vas a portarte bien? ¿Qué voy a hacer si María pierde la paciencia y se va? Tengo que trabajar y sin ella no podría hacerlo».

—Pues busca otra cuidadora —respondí desafiante.

—¡Como si fuera tan fácil! Además, María es una buena mujer. ¡Eres un niño muy malo! No sé qué vamos a hacer contigo… Vete a tu cuarto a hacer los deberes. Hablaré con tu padre y ya te dirá él el castigo. Ahora tengo que irme.

—Como siempre. Nunca estás aquí.

Sabía lo que decía. Quería hacer daño a mi madre, que se sintiera culpable por no dedicarnos más tiempo. En alguna ocasión la había escuchado hablar con mi padre culpándose por pasar más horas en el hospital que en casa, y aunque mi padre solía consolarla diciéndole que lo importante era el cariño que nos daba y no el tiempo que nos dedicaba, mi madre no dejaba de sentirse en falta. De manera que la golpeé donde más le dolía.

Ella se quedó mirándome y vi en su mirada un destello de tristeza y, a continuación, de ira.

—¡Vete a tu cuarto!

De camino a mi habitación aproveché para darle la patada prometida a mi hermano Jaime, que soltó un alarido que alertó a mi madre.

—Pero ¿qué pasa?

—¡Thomas me ha dado una patada! —se quejó mi hermano entre lágrimas.

—María, por favor, hágase cargo de los niños… me tengo que ir… Y tú, Thomas, castigado en tu cuarto sin salir, y este fin de semana no te llevaré a ninguna parte.

—¡Y a mí qué me importa! ¡Me da igual! Además, yo no quiero estar contigo. No me gustas como madre, no eres como las madres de mis amigos, nunca estás.

Mi madre ni siquiera me miró. Salió de casa dando un portazo. Supongo que era su manera de controlar la rabia y no soltarme un bofetón.

Sí, aquella tarde debería haber sido diferente:

—¡Mamá, mamá! Mira, hemos encontrado un gorrión y está herido, ¿nos ayudarás a curarlo? —le habría dicho yo mientras mi hermano Jaime se agarraba a su falda.

—Voy con prisa pero le echaré un vistazo. A ver… Tiene una patita rota, nada grave. Buscad un palo finito, quizá alguno de vuestros lápices… Ya veréis, le pondremos un vendaje y en unos días estará curado y listo para volar. Thomas, pídele a María una caja de zapatos y algodón, lo pondremos ahí para que esté calentito.

—¿Nos podemos quedar con el gorrión para siempre? —preguntaría Jaime.

—No, su mamá lo estará buscando y estará preocupada. Además, los pájaros deben ser libres. En cuanto esté curado os acompañaré a donde lo habéis encontrado y lo soltaremos para que regrese a su nido.

—Gracias, mamá —diría yo, y me acercaría a darle un beso.

Mi madre me acariciaría el cabello y nos diría: «Qué buenos sois. Así me gusta, que os compadezcáis del que sufre, aunque sea un pajarillo».

Debería haber sucedido así. Pero lo cierto es que yo pasé el resto de la tarde en mi cuarto sin molestarme en hacer los deberes, sacando de sus cajas todos los juguetes y esparciéndolos por la habitación sabiendo que María tendría que colocarlos, lo que la fastidiaría doblemente; no sólo por el trabajo añadido sino porque sufría de la espalda.

Cuando mi padre llegó poco antes de cenar, María estaba quejándose.

—¿Qué sucede, María? ¿Han hecho alguna trastada los niños? —quiso saber mi padre.

—Jaime es un santo, señor, no hace ruido, pero Thomas… es muy malo, señor, sólo se le ocurren cosas para fastidiar a los demás.

—Vamos, vamos, María. Hay niños que son más movidos que otros, pero eso no significa que sean malos. A ver, ¿qué es eso que ha hecho Thomas…?

María le contó los incidentes de la tarde y él me llamó a su despacho. Como yo sabía que María se quejaría de mí, ya había maquinado mi venganza. Mientras ella hablaba con mi padre fui a la cocina y volqué todo el salero en la sopa que estaba preparando. No tendría otro remedio que hacerla de nuevo.

Mi padre era abogado. Trabajaba mucho. Salía de casa por la mañana temprano y no regresaba hasta la noche. Era raro que almorzara en casa. Sin embargo nunca le reproché que no pasara más tiempo con nosotros. Me parecía que su trabajo era importante y me sentía orgulloso de él. Siempre vestía con elegancia, incluso los fines de semana cuando se quitaba la corbata. Mientras que mi madre, cuando se desmaquillaba y se ponía una bata, se me figuraba que encogía, que se volvía insignificante.

—¿No has sentido pena por ese gorrión? —me preguntó mi padre.

Dudé antes de responder. Sabía que tenía que encontrar las palabras adecuadas para ponerle de mi parte.

—Me pareció que ya estaba muerto y… bueno, es que no me di cuenta, ni lo pensé.

Pensar. Ésa era mi excusa. Mi padre siempre me disculpaba alegando que yo era un niño atolondrado que no me paraba a pensar y que por eso me metía en líos.

—Pero tienes que pensar, Thomas, ya te lo he dicho otras veces. Si te hubieras fijado bien podrías haber salvado al gorrión. Mamá te habría ayudado. En cuanto a dar una patada a María… eso no te lo puedo consentir. María es una persona mayor y a los mayores hay que tratarlos con más respeto. También le has dado otra patada a Jaime, ¿no te avergüenza pegar a alguien que es más pequeño que tú?

Bajé la cabeza. Conociendo a mi padre sabía que estaba sopesando qué castigo imponerme que no me resultara demasiado gravoso. Por fin lo encontró.

—Mira, vas a leer un cuento que te voy a dar, que trata sobre un chico que no deja de hacer trastadas, pero un día le ocurre algo que le hace cambiar. Cuando lo leas me lo comentas. Ya verás como aprendes algo.

—Mamá ha dicho que no me llevaréis a ninguna parte este fin de semana —susurré con mi voz más inocente.

—Bueno, hay que comprender que mamá se enfade. La pobrecita trabaja mucho, no sólo en el hospital sino también aquí, en casa, ocupándose de todos nosotros. Ya hablaré yo con ella.

En ese momento escuchamos el grito de María.

—Pero ¡será malo! ¡Lo que ha hecho, Dios mío! —llegó diciendo al despacho de mi padre.

—Pero ¿qué más has hecho? —preguntó él ya alarmado.

—¡Ay, señor! Ha volcado toda la sal en la sopa… ¡Yo no aguanto más! Llevo en pie desde las siete de la mañana… y ahora vuelta a empezar. Tendré que hacer otra sopa.

Cuando María salió del despacho mi padre me miró con severidad.

—No me gusta lo que has hecho. María no se merece que te portes así con ella. Tienes que pedirle perdón. Luego vete a tu cuarto y empieza a leer lo que te he dicho. Lo tienes que haber terminado de leer para la hora de cenar.

La mirada reprobadora de mi padre me producía un hormigueo molesto en la boca del estómago, pero aun así no estaba dispuesto a pedirle perdón a María.

Podría haberlo hecho. Me habría gustado que María le hubiera dicho a mi padre que me había portado bien, que había hecho mis deberes sin rechistar e incluso ayudado a Jaime a hacer los suyos.

Él se habría sentido satisfecho y me habría sentado en sus rodillas. Seguramente me habría propuesto que leyéramos un rato juntos alguno de esos libros que guardaba en la biblioteca y que cuidaba como si de tesoros se tratasen. Yo habría disfrutado de ese momento de intimidad con mi padre, porque después de haber dedicado un rato a la lectura, me habría preguntado por mis amigos, por la maestra, por las lecciones aprendidas. Es probable que, como premio a mi buen comportamiento, me hubiera dejado prepararle la pipa y habríamos hecho planes para el fin de semana. Quién sabe si habría encontrado tiempo para acompañarnos a Jaime y a mí a montar en bicicleta, o incluso para comer fuera de casa con mamá.

Nada de eso pasó. Fui a mi cuarto y le di una patada a un coche teledirigido, luego me senté en el suelo en medio del caos que yo mismo había creado. No pensaba leer el cuento. Tenía un truco para salir airoso de las preguntas de mi padre. Leía algunos párrafos por página y luego, cuando él me preguntaba, yo respondía sobre lo que apenas había leído fingiendo estar nervioso. No me molestaba engañarlo, a pesar de que era la única persona por la que sentía afecto. Así era yo. Así soy yo.

La señorita Adeline era una buena maestra aunque exigente. Nunca dijo una palabra más alta que otra, ni mucho menos se le escapó ninguna colleja. Mis compañeros de clase parecían apreciarla, pero yo la aborrecía tanto como a María. Todo en ella me molestaba. El rostro amarillento, los ojos que semejaban empequeñecerse cuando te miraba causando la impresión de que estaba leyendo dentro de tu mente. Su ropa monjil; siempre vestía faldas y jerséis en tonos oscuros, las medias gruesas, los zapatos bajos. Rondaría los cuarenta cuando llegué a su clase y, según decían, llevaba ya veinte años en el colegio donde de seguro se jubilaría.

Sin ser afectuosa, era amable y paciente con los alumnos, siempre dispuesta a repetir hasta la saciedad la lección del día hasta estar segura de que todos habíamos entendido sus explicaciones.

Yo solía quejarme a mi padre de la señorita Adeline. Le decía que me tenía manía, que me regañaba por cualquier cosa, que no explicaba bien las lecciones. Mi padre me creía y de cuando en cuando le pedía a mi madre que hablara con la maestra. La respuesta de ella siempre era la misma: «Lo haré, pero teniendo en cuenta cómo es Thomas, si le regaña es porque se lo merece. Para soportar a nuestro hijo hace falta ser un santo».

Preparé meticulosamente mi venganza.

Una mañana, a la hora del recreo, yo mismo me golpeé la cabeza contra la pared. Me hice daño y de inmediato me salió un chichón que me enrojeció la frente. Antes de que terminara la hora del recreo, subí al aula sabiendo que allí estaría la señorita Adeline corrigiendo nuestros cuadernos. Al verme entrar con la frente enrojecida se preocupó.

—Pero ¿qué te ha pasado? ¿Te has caído? Ven, enséñame ese golpe que tienes en la frente.

Me acerqué despacio, pendiente de que mis compañeros entraran de un momento a otro en clase. Cuando el primero estaba abriendo la puerta, la maestra me tenía sujeta la cabeza observando el chichón. En ese instante empecé a gritar con todas mis fuerzas.

—¡No me pegue, no me pegue!

Mis compañeros, que entraban en clase, no sabían qué estaba pasando. La señorita Adeline parecía sujetarme mientras yo gritaba, y tanto y tan fuerte grité que entró la señorita Ann, la profesora del aula contigua a la nuestra, para ver qué sucedía.

—Me está pegando… ¡Yo no he hecho nada! —grité llorando ante la mirada incrédula de la otra profesora.

—Por Dios, Adeline, ¿qué pasa aquí?

—Nada… Te aseguro que nada… Thomas ha entrado con ese golpe en la frente. Yo sólo le estaba mirando.

—Que no me pegue más, por favor —gimoteé como si estuviese asustado.

La señorita Adeline me miró desconcertada, y en cuanto me soltó el brazo yo hice un último truco: caí al suelo como si me hubiese empujado.

—¡Pero, Adeline! —exclamó la señorita Ann sin saber muy bien qué estaba ocurriendo—. Vamos, Thomas, levántate… Te llevaremos a la enfermería, allí te curarán. Y tú, Adeline, en fin, creo que debemos ir a Dirección a aclarar el incidente.

Por más que mi maestra juró al señor Anderson, el director, que no me había pegado, y aunque mis compañeros de clase no pudieron dar fe a ciencia cierta de quién decía la verdad, mi chichón se había convertido en la prueba de cargo.

El señor Anderson llamó a mi madre al hospital requiriendo su inmediata presencia en el colegio. Mientras tanto, yo opté por lloriquear quejándome de lo mucho que me dolía el chichón. Mis lágrimas resultaron tan sentidas como las de la señorita Adeline, que para entonces se había derrumbado viendo que el director parecía darme más crédito a mí que a ella.

—Pero ¿qué ha pasado? —preguntó alarmada mi madre apenas llegó al despacho del señor Anderson.

—Tranquilícese, doña Carmela, el niño está bien —respondió el director evidenciando su nerviosismo—, aunque en realidad no sabemos muy bien lo que ha sucedido.

—Pero ¿cómo puede poner en duda mi palabra? —se quejó mi maestra.

El director no respondió y en ese momento supe que tenía la batalla ganada.

Mi madre escuchó en silencio la explicación de lo inexplicable de labios de la señorita Adeline. Mi maestra juró lo que era verdad: que yo había entrado en la clase ya con el chichón y, cuando ella se dispuso a ver qué me pasaba, me puse a gritar acusándola de estar pegándome.

—Bueno… yo no sé qué decirle, doña Carmela. Siento este incidente, le aseguro que nunca había sucedido algo así en el colegio. La señorita Adeline es una maestra querida por los niños y nunca hemos tenido quejas sobre su comportamiento, pero… no sé, quizá Thomas la ha puesto más nerviosa de lo habitual, ya sabe que su hijo es muy inquieto. —El director se retorcía las manos mientras hablaba.

—¿Qué ha pasado, Thomas? —me preguntó mi madre con voz cansada.

Noté que dudaba de que la señorita Adeline me hubiera pegado, que intuía que había sucedido algo que se le escapaba.

Yo no respondí sino que lloré con más fuerza mientras me abrazaba a su cintura. Mi madre me apretó contra ella intentando consolarme. De reojo miré a la señorita Adeline y la supe vencida.

Pensé que era mejor no decir una palabra más y seguir llorando, no fuera a contradecirme. Para entonces mi cara estaba tan enrojecida como el chichón y los ojos se me habían empequeñecido a causa de las lágrimas. Fue una actuación extraordinaria, ni un actor profesional lo hubiera hecho mejor, porque a pesar de sus primeras reticencias mi madre acabó creyendo mi versión. Ella me conocía bien pero no lo suficiente como para creerme capaz de tamaña villanía.

—Espero que tome usted una decisión. Lo que le ha sucedido a mi hijo es imperdonable.

—Sí, sí… sin duda, claro que adoptaremos medidas… Reuniré al claustro de profesores.

—Tendrá que hacer algo más, señor Anderson. No creo que los padres de los alumnos de este colegio puedan estar tranquilos sabiendo lo que le ha ocurrido a mi hijo. Hoy ha sido Thomas el agredido, mañana puede ser cualquier otro.

Por primera vez veía a mi madre conmovida por mi llanto, acaso porque era difícil verme llorar. Fue eso lo que la convenció.

Al día siguiente no fui al colegio. Mi madre ni siquiera me despertó. Cuando abrí los ojos bien entrada la mañana, la encontré sentada en el borde de mi cama mirándome con atención. Me sobresaltó su mirada pero me tranquilicé al verla sonreír mientras me cogía una mano. Creo que se sentía culpable por dudar de mí.

—No irás al colegio hasta que el señor Anderson no resuelva qué va a hacer con la señorita Adeline. Y más vale que lo decida pronto.

—¿No has ido a trabajar?

—No, hoy me quedo contigo. Saldremos a dar un paseo y esta tarde iremos a buscar a papá al despacho, ¿te parece bien?

—¿Y Jaime? —Quise saber si tendría que compartir a mis padres con mi hermano.

—María se ocupará. Hoy estaremos juntos sólo los dos.

Cuando regresé al colegio la señorita Adeline ya no estaba. La habían despedido. No sólo eso; el colegio había puesto el caso en manos de las autoridades de Educación, lo que suponía que sufriría una sanción y que su carrera como maestra había terminado.

Me felicité por mi éxito. La muy estúpida había calculado mal sus fuerzas al medirse conmigo.

Escuché a algún profesor lamentarse de la suerte corrida por la señorita Adeline. Por sus murmuraciones supe que la que fuera mi maestra estaba viuda y mantenía a una hija imposibilitada. Si no volvía a trabajar, ambas mujeres tendrían que vivir de la caridad. No me conmovieron aquellos chismorreos.


¡Gracias por leer a Julia Navarro!

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