ORGULLO Y PREJUICIO

por Jane Austen

3 minutos

1

Es una verdad reconocida por todo el mundo que un soltero dueño de una gran fortuna siente un día u otro la necesidad de una mujer.

Aunque los sentimientos y opiniones de un hombre que se halla en esa situación sean poco conocidos a su llegada a un vecindario cualquiera, está tan arraigada tal creencia en las familias que lo rodean, que lo consideran propiedad legítima de una u otra de sus hijas.

–Querido Bennet –le decía cierto día su esposa–, ¿has oído que Netherfield Park ha sido alquilado al fin?

Mr. Bennet contestó que no lo había oído.

–Pues así es –prosiguió ella–; lo sé porque Mrs. Long acaba de estar aquí y me lo ha contado todo.

Mr. Bennet no respondió.

–¿No te interesa saber quién lo ha alquilado? –preguntó su mujer con impaciencia.

 –Estás deseando decirlo y no tengo inconveniente en escucharlo.

Aquello fue suficiente para ella.

–Has de saber, querido, que Mrs. Long dice que Netherfield Park ha sido alquilado por un joven muy rico del norte de Inglaterra, que vino el lunes en un coche tirado por cuatro caballos y quedó tan encantado que de inmediato llegó a un acuerdo con Mr. Morris; tomará posesión antes de San Miguel, y algunos de sus criados estarán en la casa a finales de la semana próxima.

–¿Cómo se llama ese joven?

–Bingley.

–¿Es casado o soltero?

–Soltero, naturalmente, querido; un soltero de gran fortuna: cuatro o cinco mil libras al año de renta. ¡Qué partido estupendo para nuestras hijas!

–No entiendo cómo puede afectarles semejante cosa.

 –Querido Bennet –replicó su mujer–, ¿por qué en ocasiones te cuesta tanto entender las cosas? Has de saber que es mi intención hacer que se case con una de ellas.

–¿Es ése el motivo por el que proyecta establecerse aquí?

–¿Proyectar? ¡Qué majadería! ¿Cómo puedes hablar así? Pero es muy probable que se enamore de una de ellas, y por eso debes visitarlo en cuanto llegue.

–No encuentro motivo para hacerlo. Puedes ir tú con ellas, o puedes enviarlas solas, que quizá sea lo mejor; tú eres tan hermosa como cualquiera de nuestras hijas, de modo que no me extrañaría que se enamorase de ti.

–Me adulas, querido. No negaré que he sido bella en mi juventud, mas ahora no puedo presumir de eso. Cuando una mujer tiene cinco hijas ya crecidas, no debe pensar en sus propios encantos.

–En esos casos a la mujer no le quedan muchos encantos de que presumir.

–Pues bien, querido, has de visitar a Mr. Bingley en cuanto tome posesión de su nueva casa.

–No puedo prometértelo.

–Piensa en tus hijas. Considera sólo lo que representaría para una de ellas. Sir William y lady Lucas han resuelto ir sólo por eso, pues sabes que no suelen visitar a los recién llegados. Has de ir sin falta, porque si no lo haces ni yo ni ellas podríamos visitarlo.

–Eres demasiado escrupulosa. Estoy seguro de que Mr. Bingley se alegrará mucho de verte. Si lo consideras conveniente le escribiré unas líneas dando mi consentimiento para que se case con la que elija, aunque no sé si podré evitar recomendarle a Elizabeth, nuestra pequeña Lizzy.

–Espero que no lo hagas. No es mejor que las otras, y estoy segura de que no es ni la mitad de hermosa que Jane, ni la mitad de alegre que Lydia. No sé por qué es tu preferida.

–Ninguna tiene cualidades que la hagan recomendable –replicó él–; todas son necias e ignorantes como tantas otras jóvenes; pero Lizzy, al menos, es más astuta que sus hermanas.

 –¡Bennet!, ¿cómo puedes hablar así de nuestras hijas? Lo haces para importunarme. Compadécete de mis pobres nervios, por favor.

–Te equivocas, querida; tus nervios me merecen el mayor de los respetos. Los conozco desde hace mucho tiempo. Te oigo hablar así de ellos desde hace al menos veinte años.

–¡Ah!, no sabes lo mucho que me haces sufrir.

–Pues espero que te dejen vivir el tiempo suficiente para que veas llegar al vecindario a muchos jóvenes con rentas de cuatro mil libras al año.

–Aunque vengan veinte, no sacaremos nada si no los visitas.

–Ten por seguro, querida, que cuando los veinte hayan llegado, los visitaré a todos.

Mr. Bennet era tan singular mezcla de suspicacia, humor sarcástico, reserva y caprichos, que veintitrés años de experiencia no habían bastado a su mujer para descifrar su carácter. Ella era más comprensible. De escasa inteligencia, poca instrucción y temperamento indeciso, cuando algo la disgustaba se imaginaba nerviosa. El objetivo de su vida era casar a sus hijas; su diversión favorita, visitar a sus vecinos y cotillear.

2

Mr. Bennet fue de los primeros en visitar a Mr. Bingley. Siempre había pensado hacerlo, por mucho que le asegurara a su esposa que no lo haría, y hasta la tarde siguiente a la visita no tuvo aquélla conocimiento de la entrevista. El hecho quedó entonces revelado del modo siguiente: Mr. Bennet estaba observando a su segunda hija adornar su sombrero, cuando de pronto le dijo:

 –Espero que a Mr. Bingley le guste, Lizzy.

–Hasta que no lo visitemos –arguyó la madre con tono áspero–, no conoceremos los gustos de Mr. Bingley.

–Por lo visto olvidas, mamá –dijo Lizzy–, que lo encontraremos en las reuniones y que Mrs. Long ha prometido presentárnoslo.

–No creo que Mrs. Long haga semejante cosa. Tiene dos sobrinas, es egoísta, hipócrita; no creo que cumpla con su promesa.

–Yo tampoco lo creo –añadió Mr. Bennet–, y me alegro de que no dependas de sus favores.

Mrs. Bennet no replicó, pero, incapaz de contenerse, comenzó a reprender a sus hijas.

–¡Deja ya de toser, Kitty, por Dios! Ten piedad de mis nervios; estás destrozándomelos.

–Kitty nunca es oportuna para escoger el momento de toser –dijo el padre.

–No toso por diversión –replicó la muchacha, malhumorada–. ¿Cuándo es tu próximo baile, Lizzy?

–De mañana en quince días.

–Así es –exclamó su madre–, y Mrs. Long no regresa hasta la víspera, de modo que le será imposible presentárnoslo, porque ella tampoco lo conocerá.

 –Entonces, querida, puedes adelantarte a tu amiga presentándole tú a Mr. Bingley.

–Imposible, Bennet, imposible; ¿cómo quieres que lo haga si no lo conozco?

–Celebro tu sensatez. Quince días de relación es, en verdad, muy poco. En realidad, al cabo de ellos no se puede saber qué clase de persona es. Pero si no nos aventuramos, otra lo hará; y después de todo, Mrs. Long y sus sobrinas quieren probar fortuna. Por consiguiente, si tú te niegas, ya me encargaré yo de hacerlo.

Las muchachas miraron fijamente a su padre. En cuanto a Mrs. Bennet, sólo exclamó:

–¡Qué tontería!

–¿Qué significa esa enfática exclamación? –dijo él–.

¿Consideras una tontería algo tan importante como las ceremonias de presentación? No puedo estar de acuerdo contigo. ¿Qué dices, Mary, tú, que eres muchacha reflexiva y, según creo, lees libros muy serios y gustas de citar los pasajes más importantes?

Mary quería decir algo importante, pero no atinaba a encontrar las palabras.

–Mientras Mary coordina sus ideas –continuó él– volvamos a Mr. Bingley.

 –Estoy harta de Mr. Bingley –exclamó la esposa.

–Lamento que digas eso; pero ¿por qué no me lo informaste antes? Si lo hubiera sabido esta mañana, no lo habría visitado. Es una verdadera desgracia; mas puesto que lo he visitado, no puedo eludir su amistad.

El asombro de las mujeres fue tal como él esperaba, y el de Mrs. Bennet mayor incluso que el de las hijas. Pero cuando hubo pasado el júbilo inicial, comenzó a decir que siempre había dado por sentado que él lo haría.

–¡Qué bueno eres, querido Bennet! Ya sabía yo que acabaría convenciéndote. Estaba segura de que amabas demasiado a tus hijas para perder una relación como ésa. ¡Qué dichosa soy! Y vaya broma la tuya, no decirnos una palabra.

–Ahora, Kitty, puedes toser a tu antojo –dijo Mr. Bennet.

–¡Qué padre tan maravilloso tenéis, hijas mías! –exclamó cuando la puerta se hubo cerrado–. No podéis reprocharle falta de cariño, ni a mí tampoco. A nuestra edad, os lo aseguro, no es grato entablar nuevas relaciones cada día; pero algo hemos de hacer por vosotras. Lydia, amor mío, aunque seas la menor, me atrevo a asegurar que Mr. Bingley bailará contigo en el próximo baile.

–¡Oh, no te preocupes, mamá! –repuso Lydia resueltamente–, porque aunque soy la más joven, también soy la más alta.

El resto de la velada se pasó en conjeturas sobre cuándo devolvería Mr. Bingley su visita a Mr. Bennet y en determinar qué día lo invitarían a comer.


¡Gracias por leer a Jane Austen!

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