Paz en la guerra de los sexos

por Juan Miguel Zunzunegui

3 minutos

LA GUERRA Y LA PAZ

El miedo es la causa de todos los conflictos y el origen de todas las guerras. Ése es el ingrediente fundamental en la guerra de los sexos, el de una sociedad donde ambos géneros temen el uno al otro, guardan diversos rencores, y en lo profundo de su mente inconsciente llegan al odio, un odio hacia el hombre o la mujer, el mismo que siempre es la generalización de los odios más profundos, íntimos y personales.

Yo no entendía que una mujer pudiera tenerme miedo, hasta que comprendí que la mujer que me teme no me ve a mí, ve a los hombres y a su historia personal con los hombres. Lo mismo pasa con muchos hombres que sienten miedo o rencor hacia las mujeres. En cada una las ven a todas, a su idea generalizada y ficticia de todas, basada en su historia íntima y personal. En ambos géneros, dicha historia siempre involucra al padre y a la madre, a los arquetipos de la civilización y a los dogmas religiosos. Es decir, a la estructura social y cultural.

Experimenté el miedo que las mujeres pueden sentir ante un hombre, un día mientras caminaba por la calle. Deambulaba sin rumbo en particular, al atardecer, por una banqueta poco transitada.

Algunos metros delante de mí, una mujer se acercaba caminando en sentido contrario. Me miró de reojo, muy sutilmente y, como algo absolutamente casual, se cambió al otro lado de la calle para continuar su camino por la otra acera. Entonces fue cuando descubrí que esa mujer me tenía miedo.

Nunca nos habíamos visto, nunca le había hecho nada, no tenía miedo de mí en particular. Pero evidentemente cargaba una historia acerca de los hombres, varias historias en realidad: la personal, la de su familia y su entorno, la de su país, su cultura y su civilización y, desde luego, la de su religión.

Comencé a poner más atención y descubrí que en otras ocasiones me ocurrió lo mismo. Una mujer o grupo de mujeres prefieren cambiarse de lado, a esperar que ese hombre en particular no sea “como todos”. Con más atención y tiempo de observación noté que lo mismo les pasaba también a otros hombres, y lamayor parte de las veces no se daban cuenta de ello.

Hay temor ante la violencia de cualquier tipo: directa o indirecta, física, verbal, psicológica o económica. Hay rencores por las experiencias personales y las de otras mujeres, hay odios escondidos, hay historias con mamá y papá, con parejas, con jefes, con ministros de culto, con maestros.

“La culpa es del patriarcado.” Ésa es una frase que no he dejado de escuchar desde que el tema de la guerra de los sexos se clavó en mi mente. Hombres y mujeres la repiten mucho, pero muy pocos la comprenden. Limita el concepto de cultura patriarcal al hecho de que exista el dominio del hombre. Es mucho menos simplista y más complejo.

Pero veo también hombres temerosos y por lo tanto violentos.

Violentos porque la cultura patriarcal, que también somete al hombre, le ha negado tajantemente al varón cualquier tipo de expresión de sentimientos y contacto con sus emociones. Es así como el miedo reprimido y negado se transforma en violencia.

Veo hombres temerosos, con miedo a perder el poder que muchos piensan que tienen, temor de sentir que se les arrebata el único rol social que se les ha enseñado, y el único por el que se les debería respetar: ser proveedor. Veo a un hombre completamente atemorizado de no saber cómo mantener a su lado a una pareja una vez que el sostén económico deja de ser necesario.

Hombres que aprendieron el machismo, en todas sus diversas y sutiles expresiones, como la forma de ser hombre, y que ahora no saben cómo deben ser. Hombres que solucionaban problemas que hoy ya no requieren su atención, e incluso miedo y enojo porque con el desarrollo de la ciencia y la tecnología el hombre ya ni siquiera es necesario para que la mujer se reproduzca.

Con la píldora anticonceptiva la mujer obtuvo la libertad de tener sexo sin reproducirse; ahora tiene la opción de reproducirse sin tener sexo. Extraños parámetros de libertad los que hemos desarrollado en nuestra sociedad. Se entienden, desde luego, si comprendemos que el origen de todo es el miedo, y los odios y rencores que siempre se derivan de él.

La historia que hoy se cuenta tiene un pasado. Todo conflicto que hoy se vive representa una historia. La guerra de los sexos posee mucho de ambos y el conflicto personal que tienen muchos hombres y mujeres entre sí, está totalmente contaminado por el pasado. El miedo de la mujer al hombre y la reacción del hombre frente a la mujer tienen un pasado. Toda historia, por más que parezca individual, debe ser entendida en un contexto histórico.

Si se encuentra un judío con un musulmán, un musulmán con un cristiano o un cristiano con un judío, su encuentro nunca parte de cero. Por muy individuales que sean y por mucho que vivan en este tiempo presente, cada uno arrastra el pasado que asumen como parte de una cultura o religión. Su encuentro parte desde ahí. No puede ser de otra forma. Ocurre lo mismo en la guerra de los sexos, miles y miles de años de historia se esconden tras el encuentro de cada hombre y cada mujer.

Nací con una historia de guerra sexual como herencia. Nací en una civilización patriarcal. Esto es, en una civilización basada en estructuras y jerarquías, donde uno manda y los demás obedecen sin cuestionar, en una pirámide con muy pocos arriba al mando y muchos abajo obedeciendo. Una estructura donde se ejerce control, poder y dominio, o por lo menos se vive bajo esa ilusión. Toda civilización depende del poder y toda civilización de poder es necesariamente promotora de guerra y conflicto, de división, desigualdad y competencia.

Nací en la civilización occidental, la herencia grecorromana y judeocristiana, la imposición del hombre por encima de todo; sobre la polis, como en Grecia; sobre la familia, como en Roma, y sobre todo el universo, como en la gran cadena religiosa de judaísmo, cristianismo, islam, en la que Dios es Él, y la mujer fue responsable del pecado original.

Nací y crecí en una civilización absolutamente enferma en torno al tema del sexo, una cultura esquizofrénica cuya religión nos enseñó a tener miedo, vergüenza e incluso asco del más poderoso de nuestros instintos y el más hermoso de nuestros regalos: la sexualidad.

Soy hijo de una tradición social, cultural y religiosa en la que

Dios pide aquello de “creced y multiplicaos”, pero condena el sexo; en la que el hombre busca eternamente obtener los “favores” de la mujer, pero la condena en cuanto los obtiene; en la que la mujer desea el sexo tanto como el hombre, pero está socialmente obligada a rechazarlo como algo sucio. Una cultura que empantanó tanto el sexo a lo largo de milenios, que generó tal represión y negación, que es la campeona de la pornografía y la violencia sexual.

Eso somos todos, hijos de una civilización occidental, grecorromana, judeocristiana, que está completamente sumergida en patologías sexuales, que piensa que el sexo es correcto en algunos momentos e incorrecto en casi todos los demás, que regula los gustos y las posiciones, que decide por dónde sí y por dónde no, que hace de la actividad sexual una lucha de poder, un mercado dentro de la pareja, una forma de engaño y manipulación.

Una tradición socio religiosa en la que un dios, que es amor absoluto, todopoderoso, y sumo creador de un universo infinito, está muy al pendiente de quién tiene sexo con quién, de qué forma y en qué lugar, respetando o no los rituales, si lo hace por procreación o por diversión, si lo disfruta o no… y de alguna manera será condenado casi irremediablemente.

Nací, crecí, aprendí y absorbí una civilización occidental patriarcal y machista, y aprendí esos valores como correctos, como todos los hombres y mujeres de la misma civilización. Todos somos una inconsciente esponja que absorbe el pasado sin cuestionarlo.

Durante mucho tiempo fui macho, porque lo aprendí. Nunca fui violento contra una mujer… por lo menos no conscientemente, no deliberadamente, no con el afán de serlo. Aunque tiempo después, con conciencia, descubrí que prácticamente todas las estructuras de la civilización y la cultura en la que nací y crecí son intrínsecamente violentas contra la mujer. Después comprendí que esas estructuras son violentas en general, contra hombres y contra mujeres.

Fueron mis padres, los dos, al igual que mis maestros en la escuela, mi familia extensa, los políticos, los ministros de culto, de manera repetitiva e inconsciente, los que me enseñaron el machismo. No fue deliberado, no eran malas personas. Sólo me repitieron a mí lo que ellos aprendieron de sus padres y éstos a su vez de los suyos. Hombres y mujeres venimos aprendiendo, repitiendo y padeciendo esos valores.

A mí me colgaba entre las piernas algo que no le colgaba a la otra mitad de la humanidad, y aprendí que eso me hacía especial, diferente… superior.

También padecí de muchas formas los traumas y complejos que una tradición machista deja tanto en hombres como en mujeres.

Crecí en una cultura patriarcal y machista que hace que cada matrimonio sea un campo de batalla, una lucha de poder, un conflicto de egos. Crecí en una estructura cultural que mata el amor, atiza el odio y promueve la guerra. Crecí viendo cómo todos los que dicen amarse también se odian. Eso afecta a hombres y a mujeres.

Durante mucho tiempo fui hombre y macho porque lo aprendí, lo vi en todas las películas y telenovelas, lo leí en escrituras sagradas, lo viví en la escuela y en cada estructura familiar.

Y también durante mucho tiempo me sentí culpable de ser hombre, porque lo aprendí de las mujeres a mi alrededor. Aprendí que ser hombre, que ese azar cromosomático, era la primera afrenta que yo cometía contra todas las mujeres. Descubrí que todos los hombres son iguales, todos cabrones, todos malévolos, y, por lo tanto, yo era todo eso.

Aprendí la guerra de los sexos.

Después aprendí a desaprender. Desaprendí mi religión hasta que finalmente encontré a Dios; desaprendí mi nacionalismo, mis identidades y etiquetas hasta que encontré mi verdadero ser.

Desaprendí los paradigmas machistas y encontré a un hombre de verdad, uno que llora y que tiene emociones, uno que no necesita poder, un hombre que ama, que abraza y besa a sus amigos, un hombre feliz con su género y en paz con el otro.

Desaprendí los traumas de la cultura patriarcal y encontré el amor por mí, por las mujeres y por todos mis hermanos humanos.

También descubrí lo difícil que es desaprender, porque finalmente significa cuestionar todo aquello que te fue programado por tu sociedad, tu entorno y tu cultura.

Desaprender es quedarte completamente solo, y todos temena la soledad. Pero necesitamos esa soledad mental, ese silencio, ese alejamiento de nuestra cultura y costumbres para poder ver el mundo desde una mente que no esté programada ni limitada.

En el mundo exterior, en mi mente llena de prejuicios, ideas y valores inculcados por ese mundo, aprendí la guerra. En el mundo interior, en una mente pura y en blanco, sin trazos del pasado, descubrí la paz.


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