EL CABALLERO DE LOS SIETE REINOS

por George R. R. Martin

20 minutos

La tierra estaba blanda por las lluvias de la primavera y Dunk cavó la fosa sin dificultad. Eligió la falda occidental de una colina, porque al viejo siempre le había gustado ver ponerse el sol. “Otro día que se va”, solía suspirar. “A saber qué nos deparará el de mañana, ¿eh, Dunk?”

Pues bien, uno les había deparado lluvias que los habían calado hasta los huesos, el siguiente viento a rachas y húmedo, y el tercero frío. Amanecido el cuarto, el viejo ya no tenía fuerzas para montar. Ahora estaba muerto. Hacía pocos días aún cantaba a caballo la vieja tonada de la doncella de Puerto Gaviota, sólo que cambiaba el nombre de la ciudad por Vado Ceniza. “Voy a Vado Ceniza, a ver a mi bella dama, vaya, vaya, vaya”, recordaba Dunk, cavando con tristeza.

Cuando el agujero le pareció bastante hondo, tomó en brazos el cadáver del viejo y lo llevó al borde. Había sido un hombre bajo y delgado, y ahora que ya no llevaba cota de malla, yelmo ni cincho para la espada, pesaba igual que un saco de hojas secas. Dunk poseía una estatura descomunal para su edad. A sus dieciséis o diecisiete años —nadie sabía de cierto cuántos— su cuerpo larguirucho y poco grácil alcanzaba ya los cinco codos, y eso que aún no robustecía. El viejo había dedicado muchos elogios a su fortaleza. Siempre había sido pródigo en ellos. Nada más tenía que dar. Dunk lo depositó en la fosa y aguardó un poco antes de cubrirla. El aire volvía a oler a lluvia. Habría que echar tierra antes de que cayeran las primeras gotas, pero no era fácil sepultar aquel rostro viejo y cansado. “Debería estar un septón para dedicarle unas oraciones, pero sólo me tiene a mí.” El viejo le había transmitido toda su ciencia sobre espadas, escudos y lanzas, pero no había sido buen profesor de palabras.

—Le dejaría la espada, pero se oxidaría —dijo Dunk al fin, como quien pide perdón—. Yo creo que los dioses le darán otra. Ojalá no hubiera muerto, ser —enmudeció unos instantes sin saber qué añadir; no conocía ninguna oración entera, pues el viejo no había sido hombre de oraciones—. Fue un caballero cabal y jamás me golpeó sin merecimiento —logró decir al cabo—, salvo aquella vez en Poza de la Doncella. Ya le dije que el pastel de la viuda se lo comió el mozo de la posada, no yo. En fin, ya no importa. Vaya con los dioses, ser.

Echó tierra con el pie. Después llenó la fosa de manera metódica, sin mirar lo que yacía al fondo. “Tuvo una larga vida”, pensó. “Seguro que estaba más cerca de los sesenta que de los cincuenta. ¿Cuántos pueden presumir de lo mismo?” Al menos había visto otra primavera.

Cerca del crepúsculo dio de comer a los caballos. Eran tres: el jamelgo de Dunk, el palafrén del viejo y Trueno, su caballo de batalla, un corcel zaino reservado para los torneos y la guerra. Trueno había perdido la rapidez y fuerza de antaño, pero conservaba el coraje, el brillo en la mirada y era la posesión más valiosa de Dunk. “Si vendiera a Trueno y al viejo Castaño, con sus sillas y bridas, me darían suficiente plata para…” Frunció el entrecejo. Sólo conocía una vida, la de caballero errante: cabalgar de castillo en castillo, servir a tal o cual señor, luchar en sus batallas, comer en sus salones y, terminada la guerra, proseguir el viaje. De vez en cuando también había torneos, si bien con menor frecuencia. Dunk sabía que en los inviernos crudos algunos caballeros errantes se dedicaban al robo. No había sido el caso del viejo.

“Podría buscarme a otro caballero errante que necesitara a un escudero para cuidarle las bestias y limpiarle la cota”, pensó, “o ir a alguna ciudad, Lannisport o Desembarco del Rey, y unirme a la Guardia de la Ciudad. También podría…”

Había dejado amontonadas las pertenencias del viejo al pie de un roble. El monedero de tela contenía tres piezas de plata, diecinueve peniques de cobre y un granate mellado. La mayor parte de las riquezas terrenales del viejo había sido gastada en caballos y armas, como era la norma entre caballeros errantes. Ahora Dunk era dueño de varias cosas: una cota de malla a la que había quitado mil veces la herrumbre, un morrión de hierro con barra nasal ancha y una muesca en la sien izquierda, un cincho de cuero agrietado, una espada larga con funda de madera y cuero, una daga, una navaja de afeitar, una piedra de afilar, grebas, gola, una lanza de seis codos —de fresno, con punta de duro hierro— y un escudo de roble con ribete mellado de metal y las armas de Arlan del Árbol de la Moneda: un cáliz con alas, plata sobre marrón.

Contempló el escudo y levantó el cinturón. Después volvió a mirar el escudo. El cincho se había confeccionado para las caderas estrechas del viejo y a Dunk le quedaba tan pequeño como la cota. Ató la funda a una cuerda de cáñamo, se la pasó por la cintura y desenvainó la espada.

La hoja era recta, muy pesada: buen acero forjado en el castillo. La guarnición era de cuero blando sobre madera y el pomo una piedra negra pulida. Era una espada sencilla, pero que se amoldaba bien a la mano. Dunk conocía su filo por haberlo aguzado muchas noches con piedra de afilar y hule, antes de acostarse. “La empuño con la misma facilidad que él”, rumió, “y en Vado Ceniza se celebra un torneo”.

El trote de Paso Quedo era más ágil que el del viejo Castaño. Aun así, cuando divisó la posada, una estructura alta de madera y adobe, Dunk ya estaba cansado y dolorido. La cálida luz amarilla que se derramaba por las ventanas era tan acogedora que fue incapaz de pasar de largo. “Tengo tres monedas de plata”, se dijo. “Bastante para una buena cena y toda la cerveza que me venga en gana.”

Mientras desmontaba vio llegar del río a un niño desnudo que empezó a secarse con una capa marrón de tela basta.

—¿Eres el mozo de cuadra? —preguntó Dunk. Enclenque, paliducho y con barro hasta los tobillos, el chico no aparentaba más de ocho o nueve años. Lo más raro era que no tenía pelo—. Me gustaría que me cepillen el palafrén y les pongan avena a los tres. ¿Te encargas tú?

El niño miró a Dunk con descaro.

—Sólo si quiero.

Dunk frunció el entrecejo.

—No me hables así, que soy un caballero. No me obligues a demostrártelo.

—No lo pareces.

—¿Son todos iguales?

—No, pero tú no lo pareces. Llevas una cuerda por cinturón.

—Lo importante es que la funda aguante. Vamos, llévate los caballos. Si me los cuidas bien te daré una moneda de cobre, y si no un golpe en la oreja.

Dio media vuelta, sin importarle la reacción del mozo, y abrió la puerta con un hombro.

Lo previsible a aquella hora era encontrar la posada llena, pero en el comedor casi no había nadie. En una de las mesas roncaba un joven señor con buen manto de damasco, sobre un charco de vino. Por lo demás, ni un alma. Dunk miró la sala sin saber qué hacer hasta que salió de la cocina una mujer baja, rechoncha y de tez blanca.

—Siéntese donde guste —le dijo—. ¿Qué le sirvo, cerveza o comida?

—Las dos cosas.

Escogió una silla al lado de la ventana, lejos del joven dormido.

—Hay cordero asado con hierbas, que está muy rico, y mi hijo cazó unos cuantos patos. ¿Qué se le antoja?

Hacía más de medio año que Dunk no comía en una posada.

—Las dos cosas.

Ella rio.

—Espacio no le falta —llenó una jarra de cerveza y la llevó a la mesa de su nuevo cliente—. ¿También quiere una habitación?

—No —Dunk soñaba con dormir bajo techo, en un blando colchón de paja, pero había que administrar las monedas con prudencia. Se conformaría con el suelo—. En cuanto tenga comida y cerveza en el estómago seguiré el viaje hacia Vado Ceniza. ¿Cuánto falta?

—A caballo, un día. Cuando llegue al molino quemado y vea que el camino se bifurca, vaya hacia el norte. ¿Y sus caballos? ¿Se los cuida mi niño o volvió a escaparse?

—No, ya me los cuida —dijo Dunk—. Veo poca clientela.

—Medio pueblo se fue a ver el torneo. Los míos también querían, pero se los prohibí. Cuando muera les dejaré la posada, pero el niño prefiere estar de vago con la soldadesca, y la niña… Cada vez que mira pasar a un caballero sólo ríe como tonta y suspira. ¡Le juro que no entiendo! Son como los demás hombres, y no sé de ninguna justa que haya cambiado el precio de los huevos —lanzó a Dunk una mirada curiosa; la espada y el escudo eran indicio de algo que al mismo tiempo desmentían el cinturón de cuerda y la túnica de tela basta—. ¿También va al torneo?

Antes de contestar, Dunk tomó un trago de cerveza. Era de color tostado, algo pastosa al paladar, tal como le gustaba.

—Sí —dijo—. Quiero ser paladín.

—¿De veras? —preguntó la posadera con educación.

Al fondo, el joven señor levantó la cabeza del charco de vino. Tenía el pelo enmarañado, la cara con mal color y la incipiente barba más rubia que el cabello. Después de pasarse la mano por la boca, miró a Dunk.

—Acabo de soñar con usted —dijo y lo señaló con una mano temblorosa—. No se acerque a mí, ¿eh? Manténgase bien lejos.

Dunk lo miró con semblante perplejo.

—¿Mi señor?

La posadera se agachó para decirle algo.

—No le haga caso. Se pasa el día bebiendo y hablando de sus sueños. Voy por la comida.

Y se alejó.

—¿Comida? —el joven señor pronunció la palabra como si le diera asco; después se levantó con dificultad, con una mano apoyada en la mesa—. Estoy a punto de vomitar —declaró; tenía la parte delantera de la túnica cubierta de manchas viejas de vino—.Quería una puta, pero no queda ninguna. Todas se fueron a Vado Ceniza. Que los dioses me asistan. Necesito vino.

Salió del comedor con pasos vacilantes. Dunk lo oyó subir por la escalera con una canción en los labios.

“Qué triste espectáculo”, pensó. “Pero ¿por qué creyó reconocerme?”, meditó entre tragos de cerveza.

El cordero era de los mejores que había probado, pero el pato lo superaba, cocinado con cerezas, limón y menos grasa de lo habitual. La posadera trajo chícharos con mantequilla y un pan de avena aún caliente. “Ser caballero es esto”, se dijo Dunk, chupando los huesos con ahínco: “Buena comida, cerveza a pedir de boca y nadie que te lance coscorrones”. Pidió tres jarras más: una para el resto de la cena, otra para digerir y la cuarta porque nadie se lo impedía. Cuando estuvo satisfecho pagó una moneda de plata a la posadera y aún recibió un puñado de las de cobre.

Al salir de la posada descubrió que era de noche. Tenía la barriga llena y el monedero un poco más liviano, aunque se dirigió al establo con una sensación de bienestar. Escuchó un relincho.

—Tranquilo —dijo una voz de niño.

Dunk apretó el paso con el entrecejo fruncido.

Encontró al mozo a lomos de Trueno, con la armadura del viejo puesta. La cota de malla le llegaba por debajo de los pies y había tenido que inclinar el yelmo hacia atrás para que no le tapara los ojos. Estaba muy concentrado. Y muy ridículo. Dunk se quedó riendo a la puerta del establo.

El niño levantó la cabeza, se ruborizó y saltó a tierra.

—¡Ser, yo no quería…!

—Ladrón —dijo Dunk, intentando poner voz seria—. Quítate la armadura y da gracias de que Trueno no te haya pegado una coz en esa cabeza de chorlito. Es un caballo de batalla, no un poni para niños.

El mozo se quitó el yelmo y lo tiró por la paja.

—Yo sabría montarlo tan bien como tú —dijo en el colmo del atrevimiento.

—Cierra la boca, que no quiero insolencias. Y quítate también la cota de malla. ¿Qué te proponías?

—¿Cómo quieres que lo diga con la boca cerrada?

El niño se quitó la cota con cierta dificultad y la dejó caer.

—Ábrela, pero sólo para contestar —dijo Dunk—. Ahora recoge la cota, quítale el polvo y devuélvela al lugar de donde la tomaste. Lo mismo para el morrión. ¿Cumpliste mis instrucciones? ¿Les diste de comer a los caballos y cepillaste a Paso Quedo?

—Sí —contestó el muchacho, sacudiendo la cota para desprender la paja—. Te diriges a Vado Ceniza, ¿verdad? Llévame contigo.

Ya se lo había advertido la posadera.

—¿Y qué diría tu madre?

—¿Mi madre? —el niño arrugó la cara—. Nada, porque está muerta.

Dunk se sorprendió. ¿Entonces no era hijo de la posadera? Quizá lo tuviera como aprendiz. La cerveza le había enturbiado un poco el entendimiento.

—¿Eres huérfano? —preguntó.

—¿Y tú? —replicó el niño.

—Lo fui —reconoció Dunk.

“Hasta que el viejo me tomó a su cargo.”

—Si me llevas contigo sería tu escudero.

—No me hace falta.

—Todos los caballeros necesitan escuderos —dijo el niño—, y tú tienes aspecto de necesitarlo más que ninguno.

Dunk levantó la mano en actitud amenazadora.

—Y tú, de necesitar un buen golpe en la oreja. Lléname un saco de avena. Salgo para Vado Ceniza… yo solo.

El niño disimulaba bien su miedo, si es que lo tenía. Permaneció unos instantes con los brazos cruzados y encarándolo, pero justo cuando Dunk estaba a punto de dejarlo por necio, dio media vuelta y salió en busca de la avena.

Para Dunk resultó un alivio. “Lástima”, pensó, “pero aquí en la posada vive bien, mejor que sirviendo a un caballero errante. No le haría ningún favor si me lo llevo”. Aun así permaneció sensible a la desilusión del niño. Al montar en Paso Quedo y tomar la rienda de Trueno, pensó que tal vez un penique lo alegraría.

—Ten, muchacho, por tu ayuda.

Le tiró la moneda con una sonrisa, pero el mozo no hizo el ademán de recogerla. Cayó al suelo entre sus pies descalzos y ahí se quedó.

“En cuanto me marche la tomará”, se dijo Dunk. Hizo dar media vuelta al palafrén y se alejó de la posada, seguido por los otros dos caballos. La luna iluminaba los árboles y el cielo despejado relucía de estrellas. Al avanzar por el camino Dunk sintió a sus espaldas la mirada del niño, hosco y silencioso.

Mientras se extendían las sombras vespertinas, Dunk tiró de las riendas al borde del gran prado de Vado Ceniza. Ya había sesenta pabellones: pequeños, grandes, de lona, de lino, de seda… Si en algo coincidían era en sus colores vivos y en los largos estandartes sujetos al poste central, que ofrecían un espectáculo cromático superior al de un prado de flores silvestres: rojos intensos, amarillos luminosos, matices infinitos de verde y azul, negros, grises, morados…

Algunos de los caballeros habían sido compañeros del viejo. A otros Dunk los conocía por historias que se contaban en los mesones y alrededor de las hogueras. Nunca había aprendido la magia de la lectura y la escritura, pero el viejo había puesto todo de su parte para inculcarle nociones de heráldica en forma de largos sermones cuando iban a caballo. Los ruiseñores pertenecían a lord Caron de las Marcas, tan buen arpista como justador. El ciervo coronado identificaba a ser Lyonel Baratheon, la Tormenta que Ríe. Dunk reconoció el cazador de los Tarly, el relámpago morado de la casa de Dondarrion y la manzana roja de los Fossoway. El león de Lannister rugía en oro sobre gules y la tortuga marina de los Estermont nadaba, verde oscuro, en campo de sinople. La tienda marrón sobre la que ondeaba un caballo rojo sólo podía alojar a ser Otho Bracken, merecedor del apodo de Bestia de Bracken por haber matado a lord Quentyn Blackwood tres años atrás, durante un torneo en Desembarco del Rey. Se decía que el golpe de ser Otho con el hacha roma había sido tan fuerte, que había hundido la visera del yelmo de lord Blackwood y le había destrozado la cabeza. Dunk también vio algunos estandartes de los Blackwood. Estaban en el límite occidental del prado, lo más lejos posible de ser Otho. Marbrand, Mallister, Cargyll, Westerling, Swann, Mullendore, Hightower, Florent, Frey, Penrose, Stokeworth, Darry, Parren, Wylde… Parecía que todas las casas nobles del norte y el sur hubieran enviado a Vado Ceniza a uno o más caballeros para ver a la bella dama y justar en su honor.

Por gratos que aquellos pabellones fueran a la vista, Dunk era consciente de que no estaban destinados a él. Pasaría la noche con el único abrigo de una capa raída de lana. Los grandes del reino y los caballeros cenarían capones y lechones, mientras que él se conformaría con un tasajo de buey correoso. Bien sabía que el hecho de acampar en aquel prado multicolor lo sometería a mudos desdenes y burlas abiertas. Quizá unos pocos lo trataran con consideración, pero en cierto modo eso era peor.

Para un caballero errante el orgullo era una cuestión capital, pues sin él valía tan poco como un mercenario. “Debo ganarme un puesto entre esta gente. Si combato bien es posible que algún señor me tome a su servicio; entonces cabalgaré en noble compañía, cenaré a diario carne fresca en una sala del castillo y plantaré mi propia tienda en los torneos. Lo primero, sin embargo, es destacar.” No tuvo más remedio que dar la espalda al campo de justas y volver al bosque con sus caballos.

Por los alrededores del prado, a unos mil pasos de la ciudad y el castillo, encontró el recodo de un riachuelo donde el agua era profunda. Estaba bordeado de un juncar muy poblado, a la sombra de un olmo de gran copa. Ningún estandarte era más verde que aquella hierba primaveral, mullida al tacto. El lugar era hermoso y aún no había sido reclamado por nadie. “Será mi pabellón”, se dijo Dunk, “un pabellón con techo de hojas y más verde que los estandartes de los Tyrell y los Estermont”.

Lo primero eran los caballos. Una vez atendidas sus necesidades, Dunk se desnudó y se metió en el agua para quitarse el polvo del camino. “Cualquier caballero que se precie debe ser tan limpio como pío”, solía decir el viejo, que insistía en que se bañaran de pies a cabeza cada cambio de luna, tanto si olían mal como si no. Dunk juró hacerlo porque ya era caballero.

Se sentó desnudo al pie del olmo para secarse y disfrutar de la calidez primaveral que le acariciaba la piel. Contempló el vuelo perezoso de una libélula por los juncos. “¿Por qué las llamarán dragones?”,* se preguntó. “No se parecen en nada.” No es que Dunk hubiera visto algún dragón, pero el viejo sí. Dunk lo había oído contar cincuenta veces la misma historia, aquélla de cuando era niño y su padre lo había acompañado a Desembarco del Rey, donde vieron al último dragón, un año antes de que muriera. Era una hembra de color verde, pequeña y debilitada, con las alas atrofiadas. Todos sus huevos se habían echado a perder. “Hay gente que dice que la envenenó el rey Aegon”, contaba el viejo. “Deben de referirse al tercero, no el padre del rey Daeron, sino aquel al que llamaban Veneno de Dragón o Aegon el Funesto. Vio al dragón de su tío devorar a su propia madre y les tenía mucho miedo. Desde la muerte del último dragón los veranos se han acortado y los inviernos son más largos y crueles.”

Cuando el sol se ocultó en las copas de los árboles empezó a refrescar y llegó un momento en que a Dunk se le puso la piel de gallina. Sacudió la túnica y los pantalones contra el tronco del olmo para desempolvarlos lo mejor posible y volvió a ponérselos. La inscripción en el torneo, previa búsqueda del maestro de justas, podía esperar a la mañana siguiente. Sus esperanzas de participar dependían de que aprovechara la noche en otros menesteres.

No le hizo falta ver su reflejo en el agua para saber que no ofrecía un aspecto demasiado caballeresco. Se echó pues el escudo de ser Arlan a la espalda, a fin de dejar el emblema a la vista. Después maneó los caballos y dejó que pacieran bajo el olmo, mientras él caminaba hacia el escenario de las justas.

Como era costumbre, el prado surtía de tierras comunales a los habitantes de la villa de Vado Ceniza, situada en la otra orilla del río. El torneo la había transformado. De la noche a la mañana había surgido otra población, no de piedra, sino de seda, mayor que su hermana y más hermosa. Al borde del prado habían plantado sus puestos decenas de comerciantes que vendían toda clase de artículos: fieltro, fruta, cinturones, zapatos, pieles, piedras preciosas, halcones, objetos de metal, especias, plumas… Entre el público circulaban juglares, titiriteros y magos. También putas y ladrones, que aprovechaban para ejercer su profesión. Dunk vigilaba sus monedas.

A su nariz llegó el olor de las salchichas, que al freírse desprendían un humo espeso, y se le hizo agua la boca. Se gastó una moneda de cobre en una salchicha y un cuerno de cerveza. Mientras comía, presenció la lucha entre un caballero de madera pintada y un dragón del mismo material. No menos pintoresca resultaba la persona que movía los hilos del dragón, una joven alta, con la piel oscura y el cabello negro típicos de Dorne. Era delgada como una lanza, apenas con pecho, aunque a Dunk le gustó su cara y el movimiento de dedos con que hacía caracolear el dragón al otro extremo de los hilos. Si le hubiera sobrado una moneda se la habría arrojado, pero no era el caso.

Sus esperanzas de encontrar vendedores de armas y armaduras quedaron confirmadas. Vio a un tyroshi con barba azul en doble punta que ofrecía yelmos profusamente adornados, piezas prodigiosas de oro y plata con formas de pájaros y otros animales. También encontró a un espadero que pregonaba hojas de acero a bajo precio, y a otro que las comercializaba mucho más finas, pero Dunk ya tenía espada.

El hombre al que buscaba estaba al final de una hilera de puestos, sentado a una mesa en la que descansaban una cota de malla de excelente factura y un par de guanteletes que Dunk inspeccionó con detenimiento.

—Eres un buen artesano —dijo.

—El mejor.

El armero en cuestión superaba a duras penas los siete palmos. Empero, tenía el torso igual de ancho que Dunk, además de una barba negra, manos enormes y ni el menor asomo de humildad.

—Necesito una armadura para el torneo. Una buena cota de malla, gola, grebas y yelmo completo.

El morrión del viejo era de su talla, pero Dunk deseaba protegerse la cara con algo más que una simple barra nasal.

El armero lo miró de arriba abajo.

—Eres alto, pero he hecho armaduras para otros que lo eran todavía más —salió de detrás de la mesa—. Arrodíllate y te mediré los hombros, y ese cuello que parece un tronco de árbol —Dunk obedeció. El armero le pasó por los hombros una cinta de cuero con nudos, gruñó, usó la misma cinta para el cuello y volvió a gruñir—. Levanta el brazo. No, el derecho —gruñó por tercera vez—. Ya puedes levantarte —la parte interior de una pierna, el grosor de la pantorrilla y el tamaño de la cintura suscitaron nuevos gruñidos—. Es posible que te convengan algunas piezas que llevo en el carro —dijo al acabar—. Sin adornos, ¿eh? Ni oro ni plata. Sólo acero, sencillo pero del bueno. Yo hago yelmos que parecen yelmos, no cerdos alados ni frutas exóticas. Ahora bien, si recibes un lanzazo en la cara te serán de mayor utilidad los míos.

—No pido más —dijo Dunk—. ¿Cuánto pides?

—Ochocientas monedas, y te estoy haciendo un favor.

¡Ochocientas! Era más de lo esperado.

—Hum… Podría darte una armadura usada, hecha para un hombre más bajo… Un morrión, una cota de malla…

—Pate sólo vende lo que fabrica él mismo —declaró el armero —, aunque el metal podría aprovecharse. Si no está demasiado oxidado, me lo quedo y te armo por seiscientas.

Dunk tenía la posibilidad de rogar a Pate que le fiara, pero no se hacía ilusiones de la respuesta. Había pasado bastante tiempo en compañía del viejo para saber que los comerciantes recelaban sobremanera de los caballeros errantes, algunos de los cuales eran poco menos que ladrones.

—Te doy dos monedas de plata y mañana traigo la armadura y las que faltan.

El armero lo miró con atención.

—Con dos monedas te doy un día de plazo. Si no lo cumples, venderé la armadura a otra persona.

Dunk sacó las monedas de la bolsa y las depositó en la mano encallecida del mercader.

—Las tendrás todas. Vine al torneo para ser un paladín.

—Claro —Pate mordió una de las monedas—. Y supongo que los demás sólo vinieron a apoyarte.

Cuando emprendió el camino de regreso al olmo, la luna ya estaba muy por encima del horizonte. A sus espaldas, el prado de Vado Ceniza aparecía salpicado de antorchas. Se oían cantos y risas, pero Dunk no estaba de humor para festejos. Sólo se le ocurría una manera de conseguir el dinero para la armadura. Y si lo derrotaban…

—Sólo necesito una victoria —musitó—. ¡Tampoco es tanto!

Poco o mucho, el viejo jamás lo habría deseado. Ser Arlan no había participado en ninguna justa desde la de Bastión de Tormentas, donde había sido arrojado de su montura por el príncipe de Rocadragón, y de eso hacía ya muchos años. “Pocos hombres pueden presumir de haber quebrado siete lanzas contra el mejor caballero de los Siete Reinos”, decía. “¿Para qué insistir si jamás obtendría mayor gloria?”

Dunk había sospechado que el retiro del viejo guardaba más relación con su edad que con el príncipe de Rocadragón, pero nunca se había atrevido a decirlo. El viejo había conservado su orgullo hasta el final. “Soy rápido y fuerte”, pensó Dunk, obstinado. “Él mismo me lo decía. Que él no pudiera no significa que no pueda yo.”

Caminaba entre matojos, barruntando sus posibilidades de victoria, cuando entrevió una hoguera a través de la vegetación. ¿Qué sería? Desenvainó la espada sin pensárselo dos veces y avanzó por la hierba.

Emergió de allí profiriendo palabras malsonantes, pero frenó en seco al ver junto a la hoguera al niño de la posada.

—¿Tú? —bajó la espada—. ¿Qué haces aquí?

—Pescado a la brasa —dijo el crío, siempre lenguaraz—. ¿Se te antoja?

—Lo que te pregunto es cómo llegaste aquí. ¿Robaste un caballo?

—Subido al carro de un hombre que llevaba corderos al castillo para la despensa del señor de Vado Ceniza.

—Pues ve averiguando si sigue por aquí o búscate otro carro, porque yo no te quiero.

—No puedes obligarme —dijo el niño con impertinencia—. Ya estoy harto de la posada.

—Basta de insolencias —advirtió Dunk—. Lo que debería hacer es echarte a lomos de mi caballo y devolverte a casa ahora mismo.

—Te perderías el torneo —dijo el niño —, porque soy de Desembarco del Rey.

“Desembarco del Rey.” Dunk sospechó que le tomaba el pelo, pero aquel muchacho no podía saber que él también era nativo de la misma ciudad. “Seguro que es otro pobre diablo del Lecho de Pulgas. No me extraña nada que quisiera marcharse.”

Se sintió ridículo con la espada en la mano, delante de un huérfano de ocho años. La envainó con mala cara, para que el niño se diera cuenta de que no toleraría más desplantes. Pensó que debería propinarle unos azotes, pero le daba demasiada lástima. Echó un vistazo alrededor. La hoguera ardía con fuerza en su círculo de piedras. Los caballos habían sido cepillados y la ropa puesta a secar en el olmo, por encima del fuego.

—¿Qué hace mi ropa colgando?

—La lavé —contestó el niño—. También limpié los caballos, encendí el fuego y pesqué esto. Quería montar la tienda, pero no la encontré.

—Éste es mi pabellón.

Dunk levantó el brazo para señalar las ramas que los cubrían.

—Eso es un árbol —dijo el niño, impasible.

—A un caballero de verdad no le hace falta otro pabellón. Preferiría dormir con las estrellas como techo que en una tienda llena de humo.

—¿Y si llueve?

—Me protegerá el árbol.

—Traspasa.

Dunk rio.

—Es verdad. Te seré sincero: no tengo con qué pagar un pabellón. Y ya que estamos en esto, te aconsejo que gires el pescado o se chamuscará de un lado y quedará crudo del otro. No sirves para pinche.

—Si quisiera sí —dijo el niño.

Aun así giró el pescado.

—¿Qué pasó con tu pelo? —preguntó Dunk.

—Me lo raparon los maestres.

El niño se puso la capucha de su capa marrón, como si de repente se avergonzara.

Dunk había oído contar que era un remedio contra los piojos o determinadas enfermedades.

—¿Estás enfermo?

—No —dijo el niño—. ¿Cómo te llamas?

—Dunk.

El pobre muchacho se rio a carcajadas, como si fuera lo más divertido que hubiera oído en su vida.

—¿Dunk? —repitió—. ¿Ser Dunk? No es un nombre de caballero. ¿Es una abreviación de Duncan?

¿Una abreviación? Dunk no recordaba haber sido llamado de otra manera por el viejo ni guardaba demasiados recuerdos de su vida anterior.

—Sí —contestó—. Ser Duncan de… —No tenía apellido ni linaje. Ser Arlan lo había encontrado viviendo por los lupanares y callejones del Lecho de Pulgas, como un simple vago que no conocía a sus padres. ¿Qué contestar? “Ser Duncan del Lecho de Pulgas” no sonaba muy caballeresco. Podía ponerse del Árbol de la Moneda, pero ¿y si le preguntaban dónde quedaba eso? Dunk nunca había estado en Árbol de la Moneda ni sabía mucho de la población por boca del viejo. Frunció el entrecejo, guardó silencio y acabó por añadir—: Ser Duncan el Alto.

Lo de alto era indiscutible y sonaba imponente.

El renacuajo no dio muestras de compartir su opinión.

—Es la primera vez que oigo el nombre de ser Duncan el Alto.

—¿O sea que conoces a todos los caballeros de los Siete Reinos?

El niño lo miró con descaro.

—A los buenos sí.

—Yo no estoy por debajo de nadie. Al final del torneo quedarán convencidos. ¿Y tú, ladrón? ¿Te llamas de alguna manera?

El niño titubeó.

—Egg** —dijo al fin.

Dunk evitó reírse. “Es verdad que tiene una cabeza que parece un huevo. Los niños pequeños pueden ser muy crueles, igual que las personas mayores.”

—Egg —dijo—, debería darte una buena paliza y despacharte, pero la verdad es que no tengo pabellón ni escudero. Si juras cumplir mis órdenes te permitiré servirme lo que dure el torneo. Después veremos. Si decido que me convienen tus servicios, irás vestido y comido. Puede que la ropa que te dé sea muy tosca y la comida, tasajos de carne y pescado con alguna que otra pieza de caza cuando no haya guardias forestales rondando, pero hambre no pasarás. Además, prometo no pegarte si no te lo mereces.

Egg sonrió.

—Sí, mi señor.

—Ser —lo corrigió Dunk—. Sólo soy un caballero errante.

Se preguntó si el viejo lo estaría viendo desde las alturas. “Le enseñaré las artes de la batalla, ser, las que tú me enseñaste a mí. Parece que tiene madera y no se debe descartar que llegue a caballero.”

El pescado, cuando lo comieron, resultó un poco crudo por dentro y el mozo no había quitado todas las espinas, pero no dejaba de ser una exquisitez en comparación con la dureza del tasajo de buey.

Egg no tardó en caer dormido junto a las brasas. Dunk se tendió de espaldas, a poca distancia, con las manos en la nuca, contemplando el firmamento estrellado. A sus oídos llegaba la música del prado, a unos mil pasos de distancia. Las estrellas se contaban por millares. Vio caer una, trazando un rastro verde que brilló y desapareció.

“Las estrellas fugaces dan suerte al que las ve”, pensó, “pero a estas horas los demás caballeros se encuentran en sus pabellones, viendo seda en lugar de cielo. La suerte, por lo tanto, es toda mía”.

En la mañana lo despertó el canto de un gallo. Egg seguía acurrucado debajo de la peor de las dos mantas del viejo. “No aprovechó la noche para escapar. Por algo se empieza.”

Lo sacudió con el pie.

—Arriba, que hay trabajo —el niño se levantó con rapidez, frotándose los ojos—. Ayúdame a ensillar a Paso Quedo.

—¿Y el desayuno?

—Hay tasajo de buey, pero será para después.

—Preferiría comerme el caballo —dijo Egg—. Ser.

—Si no obedeces te comerás mi puño. Ve a buscar los cepillos. Están en la alforja. Ésa, sí.

Cepillaron juntos la gualdrapa del palafrén, le echaron al lomo la mejor silla de ser Arlan y ataron las correas. Dunk comprobó que, cuando Egg se concentraba, era buen trabajador.

—Calculo que estaré fuera todo el día —le dijo después de montar—. Tú quédate, arregla el campamento y cerciórate de que no merodee ningún otro ladrón.

—¿Me puedes dejar una espada para ahuyentarlos? —preguntó Egg.

Dunk reparó en que tenía los ojos azules y muy oscuros, casi violetas. Su calvicie hacía que parecieran enormes.

—No —contestó—. Bastará con un cuchillo. Y más vale que te encuentre aquí a mi regreso, ¿eh? Como me robes y huyas juro que te perseguiré. Con perros.

—No tienes —señaló Egg.

—Ya los conseguiré —dijo Dunk—. Sólo para ti.

Dirigió a Paso Quedo hacia el prado y salió al trote, confiado en que la amenaza persuadiera al muchacho. A excepción de la ropa que llevaba, la armadura de la alforja y el caballo que montaba, dejaba el resto de sus pertenencias en el campamento. “Fue una sandez fiarme tanto del niño”, pensó, “pero el viejo hizo lo mismo por mí. Debió de enviarlo la Madre para darme la oportunidad de saldar mi deuda.”

Al cruzar el prado oyó martillazos a la orilla del río. Eran carpinteros que montaban barreras y una tribuna de considerable altura. También se erigían nuevos pabellones, mientras los caballeros que ya estaban aposentados descansaban de la juerga nocturna o desayunaban. Dunk olió a humo y tocino.

Al norte del prado corría la Ría de los Mejillones, afluente del caudaloso Mander. La ciudad y el castillo estaban al otro lado del vado, de escasa profundidad. Durante sus viajes con el viejo, Dunk había visto varias villas de mercado. Vado Ceniza se contaba entre las más bellas. Las casas encaladas, con techumbre de paja, presentaban un aspecto acogedor. De pequeño siempre había tenido curiosidad por saber cómo se vivía en aquellos lugares: dormir siempre bajo techo, despertarse cada mañana entre los mismos muros… “Es posible que no tarde en descubrirlo. Y Egg también.” ¿Por qué no? Cosas más raras se veían a diario.

El castillo de Vado Ceniza era una construcción de piedra de forma triangular, dotada de torres redondas de cuarenta varas de altura en cada ángulo y un grueso recinto amurallado que las unía. En sus almenas había estandartes anaranjados con el blasón de su señor: un sol y un cheurón blancos. Varios alabarderos con librea anaranjada y blanca guardaban las puertas del castillo; observaban a la gente y parecían menos ocupados en mantenerla a distancia del portón que en cruzar bromas con alguna lechera de buen ver. Dunk tiró de las riendas delante del individuo bajo y con barba al que tomó por el capitán y preguntó por el maestro de justas.

—Al que buscas es a Plummer, el mayordomo. Sígueme.

Una vez en el patio de armas dejó a Paso Quedo en manos de un mozo de cuadra, se echó al hombro el escudo mellado de ser Arlan y siguió al capitán de la guardia desde el establo hasta una pequeña torre cobijada en un ángulo de la muralla. Los escalones que llevaban al camino de ronda eran muy empinados.

—¿Vienes a inscribir a tu señor para el torneo? —preguntó el capitán durante el ascenso.

—No, quiero inscribirme yo.

—¿De veras? —le pareció ver una sonrisa burlona en el rostro del capitán, pero no estaba seguro—. Es aquella puerta. Yo vuelvo a mi puesto.

Dunk abrió la puerta y encontró al mayordomo sentado a una mesa de caballete, escribiendo a pluma en un pergamino. Tenía el pelo blanco, con entradas, y una expresión muy seria.

—¿Sí? —dijo al levantar la cabeza—. ¿Qué quieres?

Dunk cerró la puerta.

—¿Eres Plummer, el mayordomo? Vengo por el torneo, a apuntarme en la lista.

Plummer apretó los labios.

—El torneo de mi señor está reservado a los caballeros. ¿Tú eres uno?

Dunk asintió con la cabeza, preguntándose si se le habrían puesto rojas las orejas.

—¿Y por ventura tienes nombre?

—Dunk —¿cómo se le ocurría?—. Ser Duncan. El Alto.

—¿Y de dónde vienes, ser Duncan el Alto?

—De todas partes. He sido escudero de ser Arlan del Árbol de la Moneda desde los cinco o seis años. Éste es su escudo —lo enseñó al mayordomo—. Veníamos al torneo, pero se resfrió y murió. Antes del último suspiro me armó caballero con su propia espada.

Dunk desenvainó el arma y la dejó sobre la castigada mesa de madera. El maestro de justas apenas la miró.

—No cabe duda de que es una espada, aunque debo decir que desconocía al tal Arlan del Árbol de la Moneda. ¿Eras pues su escudero?

—Siempre dijo que se proponía verme armado caballero. Antes de morir pidió su espada e hizo que me arrodillara. Después me tocó una vez en el hombro derecho, otra en el izquierdo y pronunció unas palabras. Cuando me levanté dijo que ya era caballero.

—Hum —el tal Plummer se rascó la nariz—. Es cierto que cualquier caballero tiene derecho a armar a otro, si bien lo habitual, antes de hacer los votos, es someterse a una vigilia y ser ungido por un septón. ¿Hubo algún testigo en la ceremonia?

—Sólo un zorzal en un espino. Lo oí cantar mientras mi viejo señor pronunciaba las palabras. Me exhortó a ser buen caballero, obedecer a los siete dioses, defender a los inocentes y los desvalidos, servir a mi señor con lealtad y defender el reino con todas mis fuerzas. Yo juré hacerlo.

—Estoy seguro de ello —sin poder evitarlo, Dunk se fijó en que Plummer no se dignaba llamarlo “ser”—. Tendré que consultarlo con lord Ashford. ¿Hay entre los presentes algún caballero de renombre que sea capaz de identificarte a ti o a tu difunto señor?

Dunk reflexionó.

—Creo haber visto un pabellón con el estandarte de la casa Dondarrion. Negro, con un relámpago amarillo.

—Sólo puede ser el de ser Manfred, miembro de la casa a la que te refieres.

—Hace tres años ser Arlan sirvió a su padre en Dorne. Es posible que ser Manfred me recuerde.

—Yo te aconsejaría que hablaras con él. Si responde por ti, tráelo mañana a la misma hora.

—Así lo haré, mi señor.

Dunk dio un paso hacia la puerta.

—Ser Duncan —lo llamó el mayordomo.

Dunk dio media vuelta.

—¿Estás consciente de que salir derrotado de un torneo significa entregar las armas, la armadura y el caballo al vencedor y pagar por su rescate?

—Sí, lo sé.

—¿Posees la suma necesaria para el rescate en cuestión?

Esta vez se sintió seguro de que tenía las orejas rojas.

—No la necesitaré —dijo, rezando por que fuera cierto.

“Sólo necesito una victoria. Si venzo en mi primera justa, tendré la armadura y el caballo del perdedor, o sus monedas, y podré superar una derrota.”

Bajó con lentitud por los escalones, reacio a dar el siguiente paso. Al llegar al patio interpeló a uno de los mozos de cuadra.

—Tengo que hablar con el caballerizo de lord Ashford.

—Ahora mismo le aviso.

El establo era frío y oscuro. Pasó al lado de un caballo gris, que se le encabritó. En cambio, Paso Quedo relinchó con suavidad y tocó con el morro la mano que le acercaba Dunk.

—Tú sí que eres buena —murmuró él.

El viejo siempre había dicho que a un caballero no le convenía encariñarse con ningún caballo, porque lo lógico era que se le murieran unos cuantos con la silla puesta, pero él había sido el primero en no seguir su propio consejo. Más de una vez Dunk lo había visto gastarse la última moneda de cobre en una manzana para el viejo Castaño o un poco de avena para Paso Quedo y Trueno. Ser Arlan había usado el palafrén como caballo de viaje, cabalgando miles de kilómetros sobre su lomo a lo largo y ancho de los Siete Reinos. Dunk tuvo la sensación de traicionar a un viejo amigo, pero no tenía elección. Castaño era demasiado viejo para valer gran cosa y a Trueno lo necesitaba para las justas.

El caballerizo se apersonó con cierta demora. Durante la espera, Dunk oyó trompetas en la muralla y una voz en el patio. La curiosidad lo hizo llevar a Paso Quedo hasta la puerta del establo para averiguar qué ocurría. Estaba llegando al castillo una gran comitiva de caballeros y arqueros a caballo, cien hombres o más a lomos de unas monturas superiores a cuantas hubiera visto Dunk. “Ha venido un gran señor.” Tomó por el brazo a un mozo de cuadra que pasaba corriendo.

—¿Quiénes son?

El muchacho lo miró con extrañeza.

—¿No ves los estandartes?

Se zafó de Dunk y prosiguió su carrera.

“Los estandartes…” Justo cuando Dunk volvía la cabeza, una ráfaga de viento levantó del asta el negro pendón de seda y fue como si el fiero dragón de tres cabezas de la casa Targaryen desplegara las alas y respirara fuego. El abanderado era un caballero alto, con oro engastado en la armadura blanca. Llevaba una capa blanca inmaculada que flotaba al viento. De blanco iban también otros dos jinetes. “Caballeros de la Guardia Real, con el estandarte del monarca.” Nada hubo de extraño en que lord Ashford y sus hijos salieran corriendo por las puertas del castillo, como lo hizo también la hermosa doncella, una joven baja y rubia, de cara redonda y sonrosada. “A mí no me parece tan hermosa”, pensó Dunk. La titiritera era más guapa.

—Chico, suelta ese penco y cuídame al caballo.

Era la voz de un caballero que acababa de desmontar frente al establo. Dunk se dio cuenta de que se dirigía a él.

—No soy mozo de cuadra, mi señor.

—¿Por falta de seso?

El autor de la pregunta llevaba una capa negra con ribete de raso granate, pero las vestiduras de debajo eran una llameante sinfonía de rojos, amarillos y dorados. Era un joven delgado y derecho como hoja de daga, aunque de estatura mediana, y rondaba la edad de Dunk. Su rostro, enmarcado por bucles muy rubios, era altivo y de facciones perfectamente dibujadas: frente alta, pómulos marcados, nariz recta y piel clara, sin la menor irregularidad. Sus ojos eran de color violeta oscuro.

—Si te superan los caballos, tráeme vino y una moza bien guapa.

—Es que… Le pido perdón, mi señor, pero tampoco soy criado. Tengo el honor de ser caballero.

—La caballería ha caído muy bajo —dijo el joven.

Justo entonces acudió corriendo uno de los mozos de cuadra, y el príncipe dio la espalda a Dunk para entregarle las riendas de su palafrén zaino, un animal espléndido. Aliviado, Dunk volvió a meterse en el establo a la espera de que apareciera el caballerizo. Bastante incómodo se sentía ya entre los nobles y sus pabellones. Hablar con príncipes no era lo suyo.

¿Y qué otra cosa podía ser aquel bello mozalbete sino un príncipe? Los Targaryen llevaban la sangre de la perdida Valyria, allende los mares; su rubísimo cabello y sus ojos violáceos los diferenciaban de la gente normal. Dunk sabía que el príncipe Baelor era mayor, pero acaso aquel joven fuera uno de sus hijos: Valarr, llamado con frecuencia “el Príncipe Joven” para diferenciarlo de su padre o Matarys, “el Príncipe aún más Joven”, como en cierta ocasión lo había llamado el bufón del anciano lord Swann. También había príncipes de menor rango, primos de Valarr y de Matarys. El buen rey Daeron había engendrado a cuatro hijos mayores de edad, tres de los cuales tenían a su vez descendencia. En vida de su padre el linaje de los reyes dragón había estado a punto de extinguirse, pero se comentaba que Daeron II y sus hijos lo habían afianzado por los siglos de los siglos.


¡Gracias por leer a George R. R. Martin !

Leíste 20 minutos

Todos los derechos reservados Penguin Random House Grupo Editorial

Aviso de privacidad