NARCOPERIODISMO

por Javier Valdez

10 minutos

Tamaulipas y el periodismo del silencio

Hay cadáveres en las calles. Explota una granada en alguna parte. Un niño muere durante una persecución de militares tras unos halcones. Hay matones detenidos y armas decomisadas, olor a carne quemada, a cabellos muertos. La ciudad es como un panteón de almas en pena, una Llorona multiplicada que en realidad no tiene lágrimas porque las desparrama hacia dentro y nadie debe saberlo, porque sobrevivir es rendirse y acostumbrarse al imperio de los cañones de fusiles automáticos; esa sangre, esa agua salada, las cavidades acuosas, la muerte, el grito de un dolor podrido, no sale en los periódicos: en sus páginas se publica el silencio, acaso un accidente, la alza en los precios de los productos y algún discurso del gobernador.

¿Por qué? Porque mandan ellos, los narcos. Depende qué región de Tamaulipas hablemos, pueden ser zetas o del Cártel del Golfo. El silencio gana. Reportear es no investigar y más. O menos. Es quedarse callado, mirar para otro lado. Hincarse frente a las exigencias de esos, los otros, los que tienen los genitales hinchados y el alma seca: aquí te la cortas, no más los güevos son míos. Y si publicas algo, te mato. Es decir, te chingaste. Yo mando.

Así se mueven reporteros, editores, directivos y fotógrafos, y hasta los del área de diseño de periódicos que circulan en diferentes e importantes regiones de Tamaulipas. Lo peor está en la zona conocida como la Ribereña, pero también en Reynosa, Laredo y el sur de esa entidad. Todo Tamaulipas –o Mataulipas, como también le llaman– es territorio narco. Les pertenece a Los Zetas o a los del Golfo, a ambos. Se disputan territorios, controlan, monopolizan y se extienden, deciden qué fotos se publican y cuáles no, cómo y dónde, si se destaca o se imprime chiquita. Depende de las regiones, pero también de coyunturas y operativos del gobierno, aunque esto último es lo que menos peso tiene en esta maraña de violencia, asesinatos, levantones, extorsiones, injusticias, abusos, desapariciones, orfandad, sangre en calles y banquetas, e impunidad.

Ante un hecho violento, por mínimo que parezca –incluidos, claro, los percances automovilísticos–, un enviado de la organización criminal –la que sea– llama o le avisa a algún reportero y éste, al resto de los comunicadores y al editor o director del periódico, para que no publique tal información –sobre una aprehensión– porque es uno de los suyos, y una vez terminada la llamada, entra otra para exigirles que sí la publiquen y le den portada o determinado espacio.

Así se hace periodismo. Así se mueven los comunicadores en Tamaulipas. Publicar o no, cubrir o no. Cierran las secciones policiacas porque de plano no se puede escribir nada sobre hechos violentos. Los directivos y dueños de medios se van a Estados Unidos, como pasó con los del diario El Mañana; el gobierno está sólo para recibir dinero de las organizaciones delictivas o protegerlas, y los reporteros están en medio de dos o tres fuegos: los narcos de un lado y de otro, y el gobierno ausente, cómplice y corrupto.

Será por eso que en periodos de aguda crisis de información y ejercicio periodístico, diez o quince empleados de un medio de comunicación renuncian y ni por el finiquito regresan. Dejan ropa, equipo, casas rentadas… para seguir vivos.

Fue en 2006

Para Érick David Muñiz Soto, quien trabajó alrededor de seis años como reportero en Matamoros, Nuevo Laredo y Reynosa, todo empezó en 2006, cuando hombres armados aventaron una granada y dispararon contra las instalaciones del diario El Mañana, en Nuevo Laredo.

El Cártel del Golfo controlaba la zona. Ya contaba con sicarios y ex miembros del grupo de élite del Ejército Mexicano, los del Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales (gafe), este último grupo que en 2010 se separó del cártel para convertirse en una nueva y fuerte organización criminal.

Los narcotraficantes llamaban a los reporteros o al editor para decirles qué información podían publicar y cuál no. La división en esta organización criminal complicó las cosas, y se agravó con el ingreso del Cártel de Sinaloa a la escena violenta de esa entidad.

“Era un solo grupo y llamaban para decir: esto o aquello no lo metas. Hablaban con el reportero o con el editor, y de hecho hubo un momento en que escogieron a alguien, que regularmente era de la sección policiaca, a quien le daban las instrucciones. Pero cuando llegaron los de Sinaloa, todo se complicó. Ya estábamos al uno y uno, y no sabíamos a quién hacerle caso”, sostuvo.

Los de Sinaloa –agregó– llamaban para decir que no publicáramos tal información, y en cuanto colgábamos llegaban los del Golfo para decir que sí incluyé- ramos el material en la edición del día siguiente y hasta aportaban fotos, información sobre la trayectoria delictiva –si se trataba de un detenido o asesinado–, boletines y demás.

Hasta que se dio el granadazo. Una bala le dio a un compañero de la sección policiaca. A partir de ese día, el diario El Mañana dejó de publicar información policiaca y así terminó la sección que tantas ventas generaba.

Versiones de esta empresa periodística señalaron que el número de ejemplares pasó de cuarenta mil a cerca de veinte mil, en ese periodo. Fue como si, en la calle, el mundo se estuviera acabando, entre tantos granadazos, enfrentamientos, asesinatos y desapariciones. Nada de eso publicó El Mañana en sus páginas.

Entre agosto y septiembre de 2006, algunos de sus principales directivos se fueron a Laredo, Texas, por miedo a que las balas los alcanzaran. Durante casi seis meses no apareció la sección policiaca en el rotativo.

“Renunciaron un montón de reporteros. La planta de redacción la integrábamos cerca de cincuenta, entre reporteros, editores, fotógrafos, diseñadores y unos doce se fueron, algunos de ellos ni siquiera avisaron. Cinco de ellos eran reporteros y ni por el finiquito volvieron. Les pagaban el hospedaje en una casa, pero ya no regresaron”, recordó Muñiz Soto.

Los otros medios informativos –agregó– publicaban información sobre las ejecuciones y otros hechos delictivos, y El Mañana sólo los índices de inflación y otra información que no tenía nada que ver con el incendio en las calles de esa región.

La Ribereña

La Ribereña es una zona peligrosísima en Tamaulipas. Es la zona fronteriza del río y, por lo tanto, propicia para la muerte: por ahí los pateros o coyotes pasan migrantes, pero también mujeres que son víctimas de trata de personas, droga y armas. La región es controlada por Los Zetas, que interceptaron a Érick, quien tomaba fotos para un mapa delictivo de la región.

“Yo venía de Piedras Negras a Nuevo Laredo. Estaba en la orilla de la carretera tomando fotos, cuando me cerraron el paso. Eran cuatro, dos en una camioneta que estaba delante y dos más en un carro chico. Me subieron a una camioneta y me preguntaron qué hacía. Les expliqué y les dije que si querían, borraba las fotos. Ellos manejaban y hablaban por teléfono, pasando el reporte. Hasta eso, muy amables. Manejaron como veinte minutos. Uno iba en mi carro, yo en la camioneta con dos y uno más en el otro carro. Se paran, se bajan, me dan las cosas y me dicen que no quieren que tome fotos por ahí, porque andaba su gente y no les gustaría salir. ‘Vete y no quiero verte otra vez por aquí. Dile lo mismo a tus compañeros.’ Yo pensé que iba a haber un problema, pero no… y ahí me dejaron.”

Érick tiene 46 años, pero no los aparenta. De esos, unos 27 en el periodismo, oficio que practica desde que tenía cerca de 19 años, según recuerda. Es corresponsal de La Jornada en Monterrey, donde también envía información a la agencia afp, pero antes, desde 2003, fue editor y reportero en Reynosa, Nuevo Laredo y Matamoros, en El Mañana, Hora Cero y otros medios de comunicación.

Su silueta flaca le resta vueltas al reloj de su vida, aunque en cuanto al periodismo, está bien correteado. Nadie, lo sabe bien, acumula tanta experiencia en el periodismo para decir que lo ha visto todo y todo lo conoce. Aquí siempre hay historias nuevas y también nuevas formas de contarlas. Quizá por eso no se da por vencido y sigue atrincherado sobre el asfalto de ese sol de Monterrey, que antes fue de Tamaulipas.

“Ahorita está el control de los Golfos, aliados con el Cártel de Sinaloa. La bronca está en Reynosa. Nuevo Laredo y la frontera chica la tienen Los Zetas, de la frontera chica hacia Reynosa la están peleando; por eso hay más desmadre ahí, en Reynosa, que en Nuevo Laredo, y al sur de Tamaulipas, como Xicoténcatl, Mante y Victoria, que colindan con San Luis, porque lo tienen Los Zetas. Hay un grupo armado, de autodefensa, una columna armada que se llama Pedro J. Méndez, en el municipio de Hidalgo; hay versiones extraoficiales que los vinculan con los del CDG, el Cártel del Golfo, para darle un rostro de movimiento ciudadano, como en Michoacán, y golpear a Los Zetas.”

Cuando en noviembre de 2008 detuvieron en Reynosa al Hummer –líder de Los Zetas, de nombre Jaime González Durán–, Érick recuerda que varios reporteros iban en grupo y él levantaba la cámara para tomar fotos. Iba pasando un convoy de agentes de la Policía Federal, y ahí estaban Los Zetas. Pero un compañero se le acercó e impidió que tomara fotografías. Él se le quedó viendo, pero también se dio cuenta de que ningún otro reportero estaba tomando fotos. A los pocos minutos, alguien se acercó y dijo “ya muchachos”. Ésa fue la autorización de los narcotraficantes para empezar a tomar fotos y reportear.

“No podíamos tomar fotos, hasta que nos autorizaban. Y era un desmadre. Esa vez, hubo coches quemados, bloqueos, la gente se paraba horrorizada… Los Zetas le avisaron a un colega, un reportero que no necesariamente está coludido. Pero es que no les quedaba de otra, si no jalaban, los madreaban. Aunque también hubo quien les pidió un billetito.”

En 2009, Muñiz decidió regresar a su tierra, Monterrey, para seguir ejerciendo este oficio, huyendo de las balas, amenazas, desapariciones y homicidios, que se estaban generalizando en Tamaulipas.

¿Por qué te regresaste?

En ese entonces yo estaba casado y cuando vi que la lumbre estaba cerca y a los compañeros periodistas les hablaban, los amenazaban o empezaban a ofrecerles lana, me sentí mal. Uno ya sabía quién en la redacción era el responsable de pasar informes a Los Zetas, las redacciones estaban infiltradas, eran colegas, quisieran o no quisieran, y debían dar toda la información sobre nosotros a los delincuentes.

Hablamos de pueblos pequeños, donde todos se conocían. Un día, por ejemplo, el jefe del periódico comía con nosotros y alguien mandó una botella de whisky y nos dijo el dueño “¿Saben quién es?”, nosotros respondimos que no. “Es el Hummer, el jefe de plaza”, contestó. “¿Y por qué lo conoces?”, preguntamos. “Estuvo conmigo en la escuela, yo sé lo que hace y él sabe lo que hago yo, y nos respetamos.” Todos se conocen.

Cuando estaban inaugurando un hotel, el jefe del narco mandó una camioneta para que les regalaran una caja de whisky a los dueños: “Dice el patrón que nada más ahí les encarga que no publiquen nada”, y el jefe del diario le contestó que nomás no hicieran cosas como la de San Fernando, donde amarraron a una persona a una camioneta y la arrastraron, porque eso no podían dejar de publicarlo. El sicario les respondió que estaba bien, pero que no escarbaran.

O sea, como que había un acuerdo, pero cuando se complica todo, que tablean a unos periodistas, sobre todo en los pueblos pequeños, dije yo “no, ya estuvo, vámonos a la chingada”. Estaban abriendo un periódico en Monterrey, me sirvió y me vine, pero no sabía que la bronca se venía para acá.

Recordó que al principio él ayudaba a reporteros como Diego Enrique Osorno y Ricardo Ravelo, que iban desde la Ciudad de México a investigar casos. Pero los narcos les prohibieron esto porque, de lo contrario, los “iban a chingar”. Después, ya ni siquiera podía ir a Tamaulipas, porque sus amigos reporteros eran vigilados por el narco.

“Me tocó decirle a los reporteros que no podían atenderlos ni verlos. También iba a Tamaulipas y no podía llegar a casa de mis amigos reporteros, me decían que no, porque tenían un halcón que les checaba la casa y me decían ‘no te puedo recibir’”, manifestó, luego de recordar a sus amigos muertos; al director de El Mañana en Nuevo Laredo, Roberto Mora, asesinado en 2003, cuando llegaba a su casa; a un primo desaparecido y un tío secuestrado y ejecutado en Monterrey.

¿Qué significaba tener un halcón en la redacción?

 Yo cubría y él decía “yo voy a reportar todo”. Uno sigue siendo cuate de él, que daba luz verde para lo que se publicaba. Uno evitaba andar con ellos, relacionarse, porque ya sabías en qué andaba… está cabrona la cosa. Es la mordaza.

¿Cómo es reportear así?

 Está de la chingada, de la chingada. Yo estuve reporteando en Hora Cero, también para Milenio Semanal, Emeequis y La Jornada, yo iba para allá pero es una chinga, porque tus colegas dicen “no te arrimes, no quiero que me vean contigo”. Las fuentes tampoco quieren, entonces tiene que ser por medio de abogados, fuentes no tradicionales, sin apoyarse en otros periodistas. Es muy delicado, gente que sabe pero que no habla directamente, sino extraoficialmente.

¿Es reportear el silencio?

Pues sí, porque tienes que convencerlos de que hablen, de que vas a escribir lo que dicen. En mayo del año antepasado escribí un texto en el que puse quiénes eran los jefes de plaza en Nuevo Laredo, Reynosa, etcétera. Y me dijeron que no, porque incluí muchos nombres. Así que lo mandé a otros medios. A las tres semanas detuvieron a un güey que yo había mencionado, y eso me dio tranquilidad de que estaba bien con mis fuentes, pues confirmaban mi información. Pero también dije “la gente sí quiere contar las cosas, funciona el anonimato, pero también es muy peligroso”.

Versiones extraoficiales señalaron que el control del narcotráfico hacia los medios y los reporteros toma tal nivel, que impiden que los periodistas lleguen a ciertas regiones, si por alguna razón no les interesa o les afecta. De Matamoros a Reynosa, es común que los periodistas no puedan viajar, porque el narco se los prohíbe.

La complejidad del crimen organizado abarca tantos niveles que abogados, empresarios e inversionistas manejan el dinero del narcotráfico desde Mcallen y Brownsville, Texas, en Estados Unidos, pero nadie los conoce. Desde ahí operan los recursos y mantienen los nexos con políticos poderosos. A quienes detienen el ejército y la policía, en el lado mexicano, son a cabecillas locales sacrificables.

Huevos a güevo

Lo llamaremos Rodolfo. Él trabajó en diferentes medios de Tamaulipas como el periódico La Tarde, en noticieros de radio y otros medios, de 2008 a 2015, en diferentes periodos. Para muchos que lo conocen, Rodolfo tiene preocupaciones éticas, ha sido muy profesional y no deja solo al equipo que ha dirigido. En momentos diversos, en los espacios informativos en que ha trabajado, “se la rifa por la raza”, dice uno de los reporteros que trabajó con él, cuando Rodolfo era jefe.

Ya no está en Tamaulipas porque tiene miedo. Si el corazón le latiera al mismo ritmo en que habla, tendría ataques masivos. Pero Rodolfo sabe tomar pausas y aire para contar sus vivencias en esa región del noreste del país, así como lo ha hecho con su vida personal y su trabajo.

Conoció al grupo Matamoros, cuando éste contrabandeaba whisky, aparatos electrodomésticos y ropa, y eventualmente droga. Es el mismo que controlaba importantes regiones de Tamaulipas, sin los niveles de violencia que ahora se padecen en las operaciones del narcotráfico y que no se metía tanto con el trabajo de los periodistas. El grupo Matamoros creció, se fortaleció y se convirtió en el Cártel del Golfo, en la primera mitad de 2000 “había cierta libertad de acción”.

En ese momento se publicaban cosas importantes. Luego no se pudo hacer nada de periodismo. Así lo recuerda Rodolfo. Los del Golfo cerraron todas las llaves de la libertad de expresión. La ciudad de Reynosa era una sociedad dominada por delincuentes, igual que las redacciones de los medios de comunicación: infiltrados y divididos.

La de febrero de 2009 fue una balacera mítica. La ciudad se paralizó entre dos fuegos y quedó dividida. Las imágenes de militares sacando niños de las escuelas, vehículos incendiados, y sólo cinco delincuentes abatidos, le dieron la vuelta al país y al mundo. Después de este enfrentamiento entre uniformados y narcotraficantes, a los medios se les impidió publicar: los narcos se paseaban afuera de las redacciones, atemorizando abiertamente a los reporteros, y se iban para que llegaran los militares por la dotación de periódicos.

A partir de ese momento, las prohibiciones llegaron a esta región y ahí se quedaron. El Estado del narco se impuso a la autoridad gubernamental. La ley era la de ellos, los malos, porque la autoridad no existía, estaba ausente o era cómplice de los criminales: “Eran ambientes de prohibición, en el que era un reto hacer periodismo. Un reto que podía llevarte a la muerte. Así de fácil.”

En enero de 2010, se dio la división en el llamado CDG. En el puente Broncos, por la carretera a Monterrey, de un lado estaban los del Golfo y del otro Los Zetas, con sus respectivos jefes. Los Zetas tenían en sus manos el sicariato, los ajustes de cuentas, los hechos violentos; los del Golfo eran los que cobraban. La división llegó a enemistad y a un cruento enfrentamiento. Fuentes extraoficiales señalan que uno de los cabecillas de Los Zetas entró a la zona del Golfo y lo mataron. Lo llamaban El Cóncord. Los Zetas reclamaron y retaron a sus primos, y les dieron un plazo de diez días para entregar al asesino. El plazo se venció y esa noche empezaron asesinatos, quema de viviendas y levantones. El extermino. El exilio de matones sacó a muchos de esa región y los orilló a buscar asilo en Nueva Ciudad Guerrero, ubicada a unos 150 kilómetros al norte. También huyeron autoridades municipales y empresarios de diferentes giros, incluyendo los de venta de vehículos nuevos.

“Esto también afectó el trabajo periodístico. Se fueron cuatro periodistas. Los desaparecieron. Dos de ellos trabajaban en El Mañana… esa noche de rompimiento, lo fue para muchos, para todos, no sólo para los narcotraficantes y sus cárteles.”


¡Gracias por leer a Javier Valdez!

Leíste 10 minutos

Llena el siguiente formulario y acumula el tiempo leído. Por cada 10min registrados en esta plataforma, Penguin Random House donará un libro a a Save the children.

Todos los derechos reservados Penguin Random House Grupo Editorial

Aviso de privacidad