Una tribu

por Antonio Malpica

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Ocurrió un viernes por la mañana de inicios de 1982. Jamie, la secretaria del señor Robbins le anunció que había un hombre esperándolo en el vestí­bulo. En aquel entonces la compañía de ropa para exte­riores aún se llamaba Mountain Paraphernalia y se puede decir que se encontraba en esa franja de incerti­dumbre en la que aún no se sabe si se va a triunfar o a quebrar estrepitosamente. El señor Robbins no tenía demasiados pendientes y sólo preguntó a Jamie si te­nía idea de qué asuntos llevaban a ese hombre con él. Lo único que le transmitió Jamie es que se trataba de un hispano de mediana edad. Royal Robbins lo hizo pasar a su oficina.

–Gracias por recibirme –dijo el hombre al en­trar, en un inglés californiano perfecto.

 

–Tome asiento, señor... –esbozó Robbins a ma­nera de saludo, mientras le estrechaba la mano.

–Connors, Don Connors –declaró el sujeto.

Con cierta tonalidad de piel cobriza, el hombre, en efecto, parecía hispano, pero el apellido engañaba. Iba vestido con uno de los suéteres de lana de Mountain Paraphernalia, además de pantalón de lona y botas de trabajo. Puso sobre el escritorio del director de la com­pañía una libreta forrada en cuero y atada con una cinta.

–¿Qué puedo hacer por usted, señor Connors?

–Es bueno este suéter que venden, ¿eh? Para no quitárselo en todo el invierno.

Robbins sólo sonrió. Hubiera podido compartir con él que los estaban importando de Lake District en Inglaterra, pero su natural templanza le forzó a, simple­mente, esperar. Tal vez se tratara de un posible cliente, de un posible proveedor. Tal vez ninguno de los dos y sólo se tratara de algún activista social en busca de fondos.

–Hace un rato ya que no va al Yosemite, señor Robbins.

Algo cambió en el semblante del director de Mountain. Por supuesto, la palabra no le era indiferente.

–¿Es usted de allá, señor Connors? ¿De la Sierra Nevada?

 

–Puede decirse que sí. Le sorprendería saber de quién desciendo, pero antes... permítame intentar algo con usted.

Tomó un bolígrafo del escritorio sin pedir permi­so. Robbins se puso un poco a la defensiva. Nunca se sabe si éste será el día en que entre un loco a la oficina.

–Téngame un poco de confianza, señor Robbins –dijo Connors–. Déjeme decirle que soy un fan. Leí Basic Rockcraft y Advanced Rockcraft con gran interés. Siento gran admiración por lo que ha hecho como alpinista.

Al escuchar Robbins que mencionaba los dos li­bros que había escrito sobre montañismo, se relajó un poco. Además... siempre que alguien le mencionaba el valle del Yosemite, sentía propensión a la amistad.

–Présteme su brazo, Royal... –dijo Connors–. Cualquiera de los dos.

Robbins le extendió el brazo derecho y Connors le descubrió la muñeca por el lado de la palma. Luego tomó el bolígrafo. Iba a hacer una marca pero antes habló:

–Tengo que confesarle que estoy aquí por un sueño. Un sueño en el que se mostró ante mí Witapy. Petirrojo.

–No lo comprendo.

 

–Creo que ambos comprenderemos en un minu­to. O tal vez me marche del mismo modo en que llegué.

Robbins no pudo evitar mirar el cuadernillo que había puesto Connors sobre su escritorio.

El visitante, entonces, trazó con lentitud un par de líneas paralelas en la muñeca del hombre tras el escri­torio. Ambas líneas en forma perpendicular al dibujo de las venas, en el nacimiento de la mano. Luego, sin liberar el brazo de Robbins, le ofreció el bolígrafo.

Royal Robbins entonces, como si obedeciera a algún mandato instintivo, tomó la pluma. Miró a los ojos a Connors y creyó comprender. Con su propia mano ini­ció el dibujo de una tercera línea paralela pero, a la mi­tad, cambió el rumbo y abrió un poco la terminación, consiguiendo que ésta tuviese un ángulo de unos treinta grados de apertura con respecto a las otras dos.

–Lo sabía –resolvió Connors, soltando el brazo de su interlocutor.

–Aunque no lo crea... sigo sin comprender.

–Pero completó el trazo. Y es exacto.

–Y, no obstante, no sé cómo o por qué. He tenido esa imagen en mi cabeza por algunos años. Y nunca he sabido interpretarla.

–Es el tatuaje que llevaba Petirrojo en la muñeca.

 

Royal Robbins se sentía excitado, confundido, atur­dido. Pero, en cierto modo, feliz. Ese hombre traía respuestas consigo. Y eso era, en gran medida, maravi­lloso. Con nadie había hablado de la imagen de las tres líneas, ni siquiera con Liz, su esposa. Y ahora... súbita­mente... un viernes cualquiera...

Don Connors se echó hacia atrás en la silla. Son­rió. Estudió a Robbins con la mirada.

–Usted no es descendiente de mexicanos –dijo el director de Mountain.

–No. Soy descendiente de indios miwok del valle del Yosemite.

–Debí suponerlo.

Robbins también se echó hacia atrás. Sonrió igual­mente. Ambos hombres se midieron con la mirada. El de piel morena sacó unos cigarros y preguntó si podía fumar. El otro le concedió el permiso acercándole un cenicero, aunque no aceptó el pitillo que Connors le ofrecía. Una primera voluta de humo surcó el aire de la habitación antes de que se reiniciara la plática.


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