GUITARRA JAGUAR

por Erick De Kerpel

20 minutos

Al sur de los Estados Unidos hay una leyenda que cuenta la

historia de un músico de nombre Robert Johnson. Se dice

que una noche en que la luna estaba llena y los grillos cantaban

sin cesar, Johnson se levantó de su cama sin motivo

aparente, tomó su guitarra y caminó a un lado del cause del

río Sunflower hasta llegar al cruce de dos senderos. Ahí se

topó de frente con un ente alto y oscuro que llevaba un rato

esperándolo. Con unas manos largas y afiladas le arrebató a

Johnson su guitarra y comenzó a afinarla con cuidado. Una

vez que hubo terminado, tocó las cuerdas con una destreza

inusual, creando una música bellísima, jamás escuchada por

ningún otro hombre. Después de interpretar algunas canciones,

el extraño reveló su identidad: era el diablo.

El diablo le ofreció a Johnson un trato: ese mágico sonido

a cambio de su alma. El tímido joven aceptó el trato y se

convirtió en el mejor guitarrista que ha existido en el mundo.

Fue así, tocando la música del diablo, o the blues como

se le empezó a conocer coloquialmente, que Johnson se convirtió

en una leyenda a lo largo y ancho del río Mississippi.

Seis años después, el diablo decidió reclamar su parte

del trato, buscó a Robert Johnson y le arrebató el alma.

Acababa de cumplir veintisiete años.

Leyenda popular americana

 

A diferencia de los grandes virtuosos de la guitarra, cada que

toco un riff debo poner especial atención en ver por cuáles

trastes desfilan mis dedos, de lo contrario las posibilidades

de cagarla aumentan exponencialmente. Mirar en otra

dirección es un riesgo calculado que reservo para la intimidad

de los ensayos. Mi concentración siempre es total, soy

un profesional y no puedo descuidar un detalle que le abra

la puerta al error. Es por eso que procuro acercarme al Marshall

MG para escuchar con mayor claridad lo que de él sale

y para pegarle un trago a la cerveza que descansa encima. En

eso estoy, tocando el riff de Shine, el último sencillo de la

banda. Me siento hipnotizado observando cómo la plumilla

rasga la cuarta y quinta cuerdas a ritmo sincopado y cómo

los dedos de mi mano izquierda se deslizan a través del brazo

de Woodstock, como bailarinas haciendo suertes sobre

el piso abrillantado de un salón. Según yo, la ejecución está

resultando impecable, pero de repente escucho a Imbécil

desafinar. Sin dejar de poner atención a la guitarra me hago

un poco hacia la izquierda para quedar ahora enfrente de su

monitor. En efecto, su bajo suena como si le hubiera pasado

un tractor encima. Lo miro de reojo y le doy una patada en la

espinilla para hacerlo reaccionar. Nada. Está tan drogado que

no es capaz de sentir nada, aunque le hubiera pegado con un

bat en la espalda. Sin darme cuenta, lanzo hacia él una mirada

de reproche que hace a mi riff desbaratarse en un universo de

disonancias. La audiencia no tiene piedad, no está dispuesta

a permitir que corrijamos otro error, por lo que comienza

la lluvia de hielos, vasos y monedas de a peso. Harris sale

de ritmo y se achica entre sus tambores en un intento inútil

por esquivar los proyectiles; Imbécil sigue en lo suyo disfrutando

lo que para él es un concierto de “suputamadre”.

Antes de que los ánimos se calienten más, desconecto

el plug de la guitarra, dejo caer el cable al piso y me dirijo a

toda velocidad a refugiarme atrás del escenario.

El backstage del Costa Negra está muy lejos de ser un

backstage como los que habito en mis sueños, con sillones

de piel, jacuzzis, fruteros repletos de cocaína y botellas de

champán. Es más bien una mugrosa bodega donde se apilan

cajas vacías de cerveza, bocinas desconadas y retazos de aparatos

eléctricos.

Entro rápido, dándole una patada al estuche donde

Harris acostumbra transportar el bombo. Es un objeto muy

versátil porque además de facilitar la movilidad del enorme

tambor, se convierte en un locker donde guardamos las pertenencias

que no tienen cabida en el show, tales como chamarras,

celulares y llaves. Me alcanza Harris, limpiándose

con un trapo los líquidos que no pudo esquivar.

—¿Qué pasó gúey? —pregunta sin entender por qué

abandoné el escenario.

—¿No oíste? Imbécil estaba tocando del culo, se le debe

haber pasado la mano con la dosis —me tiro de nalgas sobre

la alfombra y hundo la cabeza entre las rodillas.

Éste es el cuarto show en el mes que se va al diablo por

alguna razón ajena a mi control. Me reincorporo con pesar

para abrir el estuche del bombo, saco una botella de whisky,

le doy un trago largo y permanezco inmóvil escuchando

cómo detrás de la rechifla se mantiene una incoherente línea

de bajo. Por fortuna, la concurrencia no rebasa las cincuenta

personas. De haber sucedido el concierto en otro foro y

presentándose otra banda, sin duda el lugar estaría más lleno.

Segundos después aparece Lulú, muy nerviosa, con el pelo

azul alborotado.

—¡Te dije que nos teníamos que deshacer de él! —me

arranca la botella de las manos y la mete de vuelta en el estuche.

Se queda seria, esperando a que al fin le dé la razón,

pero yo sólo pienso en la forma de sacar a Imbécil del escenario

sin tener que enfrentarme al ridículo. Por suerte, la

última vez que tocamos ahí, descubrí el interruptor que alimenta

de energía al escenario. Recorro una cortina negra

que cubre una de las paredes para destapar la caja de fusibles.

Pum. Se acaba el show. En la oscuridad, me quito la

playera del c.b.g.b. y me pongo una negra genérica que

ajusta en los bíceps y que según yo crea el efecto de hacerlos

ver más grandes, pero en realidad lo único que ayuda a

resaltar es mi gran barriga cervecera. Encima, me pongo el

saco de piel de víbora que una vez encontré en un botadero

navideño en Macy’s y con el que me siento igualito a Sailor

Ripley. Salgo titubeando del backstage esperando que

nadie reconozca que soy el frontman de The Heartbeasts,

de lo contrario algún borracho puede ensañarse conmigo,

no sería la primera vez.

Me instalo en un banco frente a la barra y, para no perder

el ritmo, ordeno otro whisky que liquido de un trago.

Mientras se evapora el alcohol de mi boca, las ganas de moler

a golpes a Imbécil también se esfuman.

—¿Te sirvo otro? —pregunta el bartender.

Lo analizo por un instante, tiene un rostro curioso.

Debe estar en sus cincuenta, su cara es ovalada y lleva un

bigote recortado a la Django Reinhardt. Limpia los vasos

con tal hueva que es obvio que no tiene prisa por salir temprano.

Hago girar un portavasos sobre la barra, como si se

tratara de una moneda.

—Que si quieres otro Jack —insiste con voz profunda.

Cierro los ojos para tratar de medir el nivel de mi peda,

buscando entrar en contacto con un centro de control mental

desde donde se me autoriza a seguir bebiendo.

—Bueno, gracias.

Django saca la botella de whisky de entre un montón de

botellas de whisky y con pericia la gira en el aire para luego

rellenar el vaso en un mismo movimiento.

—¿Eres de los güeyes que bajaron a hielazos, correcto?

Dejo caer el portavasos sobre la barra, la mirada también.

—Ei —entonces él devuelve la botella a su lugar, coloca

las manotas encima de la barra y me ve con lástima.

—No te preocupes. He visto bandas mejores a las que

les ha ido mucho peor —inhalo hondo. Será necesario más

que eso para animarme. Después de una pausa sigue—. Hace

varios años, cuando trabajaba en Tijuana, me tocó ver tocar

a Nirvana. También les fue re-mal, pobres cabrones.

Abro muy grandes los ojos y me reclino súbitamente

hacia delante para escuchar mejor; tal vez la música fuerte

me hizo oír otra cosa.

—¿Nir-va-na? ¿Nir-va-na en Ti-jua-na? —pregunto

marcando las sílabas, con voz fuerte.

—Simón… También les llovió chingadera y media.

Pobres güeros, estaban bien sacados de onda —sin interrumpir

su relato, comienza a vaciar una bolsa de hielo encima de

la tarja.

—No, no… Debes estar confundido. ¿Estás hablando

de Nirvana, la de Kurt Cobain? —pregunto otra vez, balanceándome

entre la risa y la incredulidad.

—Esos meros.

Este sujeto debe de creer que estoy más borracho de lo

que aparento. Puedo apostar que nunca tocaron en México

y mucho menos en Tijuana.

Mi desconfianza es palpable, así que se apura a precisar:

—Tocaron en el noventa. Creo que por ahí de febrero

o marzo, tal vez abril —voltea los ojos tratando de recordar—.

La neta no me acuerdo, pero si no me crees, búscalo

en internet.

Es cierto que en el noventa apenas estaban empezando.

Eran casi tan desconocidos como The Heartbeasts lo es ahora.

Liquido el vaso con alcohol y me seco las manos sudorosas

restregándolas varias veces sobre mis jeans. Kurt

Cobain es de mis ídolos. Aunque yo era muy chico cuando

él estaba en la cúspide de su carrera, lo comencé a seguir

durante la adolescencia. Me gusta su música, sus letras,

su forma de ver la vida. Siempre he creído que tengo más

cosas en común con él que con ningún otro artista. Se debe

necesitar unas pelotas muy grandes para empujarse el cañon

de una Remington adentro del hocico, ya ni se diga para

jalar del gatillo.

—Buena onda el Kurt. Nos caímos bien.

—¿Qué quieres decir con “nos caímos bien”? —pregunto

ansioso.

—Bueno… Es un decir. Se quedó platicando en la barra

conmigo hasta tarde, así como tú.

Me acomodo sobre el banco y con una mano levanto la

solapa de mi saco de piel. Me imagino en los zapatos de Kurt

Cobain; un incipiente rockstar platicando generoso con un

bartender que algún día contará la feliz anécdota de cómo lo

conoció cuando no era nadie.

—¿Y qué platicaban?

—Nada importante. De viejas, sobre todo. Me acuerdo

que primero se acercó a mí porque andaba buscando drogas…

No quería regresar a su tierra sin probar mercancía

mexicana, como si no supiera que toda la de allá es la misma

de acá. Luego se le pasaron los tragos y se quedó ahí sentadito

platicándome de su chava, de su banda, de que un pastor

alemán en la garita no lo dejaba en paz porque su chamarra

olía a mota, en fin. Estoy seguro de que le caí bien.

Intento ocultar mi entusiasmo, mas Django no es nuevo

en esto de las charlas de ocasión. Los bartenders también

tienen

su público y sin duda soy el mejor que ha tenido en años.

Sin dejar de acomodar las botellas, dice animado:

—Cuando le pasé la cuenta, resultó que el cabrón no

traía un clavo y los compas de su banda ya se habían largado

a seguirla a otra parte, así que me tuvo que dejar en prenda

su guitarra, una guitarra de marca Jaguar.

Siento a mi corazón pegar un vuelco, así que me lanzo

sobre la barra para tomar la primera botella que encuentro a

la mano y darle un trago que me quema la garganta.

—¡La Fender Jaguar año 65! —suelto salpicándole la

cara con una mezcla de saliva y alcohol—. ¡Es una leyenda,

es una guitarra mítica! Dicen que con ella compuso todo el

Nevermind —lo tomo del antebrazo y lo jalo hacia mí—.

¿Regresó por ella?

Sin pensárselo, Django me arrebata la botella y me

avienta hacia atrás de un empujón.

—Cálmate amigo, cálmate. No nos llevamos así —despacio

pasa su manota encima de su camisa varias veces como

para borrar las arrugas, luego vuelve a colocar la botella de

brandy en su lugar. Saco mi cartera, tomo el dinero que hay

dentro y lo meto en el puerquito destinado a las propinas que

dejan poquísimos comensales. El tipo sonríe un poco para luego

decir—. No, no regresó nunca y como no me imaginé que

se fueran a convertir en una banda famosa, la empeñé al día

siguiente; me acuerdo que con lo que me dieron compré unos

pollos a las brasas que le llevé a mi mamá. Seguro esa guitarra

debe valer hoy una lana. De haber sabido, ¡pendejo de mí!

Todo comienza a dar vueltas, por lo que me sostengo

con ambas manos de la barra. Está hablando de la Jaguar

65, el santo grial de la música contemporánea, el pincel con

el que Cobain trazó algunas de las piezas más emblemáticas

del rockanrol, sin duda una de las guitarras más célebres

en la historia de la música intercambiada por un puto pollo

a las brasas.

Son las dos de la tarde y estoy echado en la cama, girando de

un lado a otro, buscando alguna posición que ayude a calmar

el dolor de cabeza. De vez en vez, me rasco compulsivamente

las pelotas para luego llevarme la mano a la nariz. Un reflejo

ancestral tatuado en lo más profundo del inconsciente; de

la época en que los antepasados simiescos tenían que correr

todo el día para escapar de salvajes depredadores. Luego estiro

el brazo para tomar el control remoto y encender la televisión

de sesenta pulgadas que me regalaron mis padres. Me

pongo a cambiarle de canal en canal en búsqueda de algo que

no sé lo que es, hasta que detengo la respiración al encontrarme

con Drugstore Cowboy, la peli favorita de León. Tengo

años de no verla; el vhs se fue junto con todas sus cosas y es

una película indie que no es común que pasen por televisión.

Siempre creí que me costaría trabajo volver a verla, pero en

vez de hacerme pensar en León, pienso en Matt Dillon. ¿Qué

habrá sido de su carrera? El tipo tenía futuro, parecía que se

convertiría en una estrella, pero después de esa película se fue

apagando poco a poco. Ahora debe estar sumergido en los

sótanos de la industria hollywoodense, haciendo películas

de serie B o participando como secundario en programas de

mediano presupuesto. Es una pena.

De repente, suena la puerta tres veces: una vez, pausa,

y luego dos veces a toda velocidad. Es la forma en que siempre

toca Dalia, quien de inmediato abre la puerta, emperifollada

como de costumbre.

—Vidita, tengo que salir unas horas —dice con poca

convicción, violando como si nada mi privacidad—. Es el

Brit Milá del nieto de Raquel Béjar, así que te voy a dejar

solo con tu abuela. Los Tórtolos ya le dieron de desayunar

y le cambiaron el pañal antes de irse. Sólo te pido que

le eches un ojito. No te preocupes por nada que ya no debe

tardar Rosi.

Cuatro años atrás, un severo derrame cerebral convirtió

a mi Bobe en un ente sin voluntad, apenas capaz de elaborar

frases cortas y deglutir las asquerosas papillas y licuados

proteicos que le administran con mucha paciencia los

empleados de la casa.

Disfruto pasar tiempo con ella. Aunque ya no podemos

tener las conversaciones de antes, me da paz estar a su

lado; estoy convencido que no hay nadie en el mundo que

me entienda mejor. Suelo sentarme en su cama para quejarme

de mis padres, platicarle los problemas con la banda o enseñarle

las canciones nuevas. No tengo problema con que su

única reacción sea agitar frenéticamente la cabeza mientras

sus ojos parecen luchar para no apuntar siempre hacia el cielo,

gesto que siempre interpreto como de total aprobación.

Ruedo lento sobre las sábanas para quedar de costado y

así darle la espalda a Dalia, quien mira con repulsión el enorme

hoyo que tiene mi playera conmemorativa del tour del

2008 de los Misfits.

—Ay niño… ¡mira esa pijama! Te la voy a tirar, te prometo

que te la voy a tirar —antes de salir de la habitación,

agrega rápido, con la voz todavía más dulce—: por cierto…

tampoco ha pasado el camión de la basura, si viene nada más

saca las bolsas. ¡Te quiero chiquitín!

Me levanto despacio y de mal humor. Siento la boca

pastosa y las piernas me duelen como si la noche anterior

hubiera corrido un maratón de espaldas. Por culpa de los

Tórtolos, que pidieron el fin de semana para ir a una fiesta

en su pueblo, no sólo tengo que atender a la Bobe y sacar la

basura, sino que además debo prepararme el desayuno.

Meto al horno eléctrico tres wafles de caja y me sirvo

un vaso con leche deslactosada light, que es la que empezó

a comprar Dalia cuando consideró que ya estaba pasada de

peso. En lo que suena el timer que indica que el desayuno

está listo, aprovecho para ir a buscar a la Bobe, quien está

en su recámara viendo en la tele un asqueroso programa de

revista.

—Ay Bobe… Por eso no mejoras. Esos programas son

para idiotas, no te hacen bien. ¿Cómo estás?

—¡Eeegb! —responde.

—Te voy a sacar a orearte al jardín, ¿está bien? —empujo

la silla de ruedas a través del pasillo que conduce hacia

la sala y pasamos junto a la enorme vitrina que contiene la

colección de pájaros del Don. Siempre que paso por ahí no

puedo evitar detenerme un momento para ver al faisán azul.

Me incomoda que tiene el pico muy abierto.

Se dice que cuando los hombres llegamos a la mediana

edad pasamos por un proceso de transformación a través del

cual hacemos lo posible por aferrarnos a la juventud. Hay

quienes se compran un auto convertible, los que comienzan

una relación con su secretaria veinte años menor y otros

como el Don, que lo manejan de formas impredecibles.

Meses después de su cumpleaños cincuenta adquirió un

hobbie poco habitual: la colección de aves disecadas. Todo

comenzó por un amigo suyo que traficaba con aves vivas que

traía del sureste del país. En una ocasión le mostró un Diamante

Mandarín, un animal pequeño y muy colorido originario

de Asia pero que también se cría en alguna parte de

Belice. El Don quedó cautivado por los colores y le pidió a

su amigo que le consiguiera un ejemplar que pudiera poner

en el jardín. El sujeto hizo dos intentos por traer el pájaro,

pero en ambas ocasiones el ave murió durante el traslado.

Finalmente, y para no faltar a su palabra, el pedazo de traficante

tuvo la ocurrencia de llevarle un hermoso ejemplar

disecado. A partir de entonces, el Don adquirió una enorme

vitrina que comenzó a retacar con aves muertas.

Miro al faisán, hasta que a lo lejos escucho al horno

eléctrico pegar tres campanadas, así que retomo el paso hasta

llegar a la puerta que conduce al jardín japonés. “A la abuela

le encanta todo lo que tiene que ver con Japón”, nos dijo el

Don cuando lo mandó construir, aunque sabíamos que era

otro arranque suyo, como todo lo que sucede en esta casa. Al

centro del jardín, hizo poner un pequeño estanque que llenó

con carpas de color anaranjado que no lograron sobrevivir

más de dos semanas al exceso de cloro que tiene el agua

en la zona; también sembró unos árboles de cerezo y puso

un caprichoso caminillo de piedras que, al igual que su juicio,

no va a ninguna parte.

Saco con pericia a la Bobe a través de la rampa para acomodarla

bajo el sol de medio día.

—Son las doce y diez. En veinte minutitos regreso por

ti, ¿vale? —le doy un beso todavía con olor a alcohol y corro

de regreso a la cocina.

Estoy a punto de darle el primer bocado a un wafle

cuando escucho venir a lo lejos el camión de la basura, que

siempre se distingue por llevar la música a todo volumen. De

mala gana tomo las dos bolsas que contienen los restos del

coctel que tuvo Dalia con las señoras de la Fundación y las

arrastro al exterior.

Siempre me ha parecido un misterio el hecho de que

los camiones de basura lleven la música a niveles que deberían

ser ilegales; que musicalicen su trabajo con canciones

rancheras que suenan potentes a través de bocinas que alguna

vez habitaron la casa de un tipo que decidió que era hora

de hacerse de un modelo más reciente. Seguro rescatadas

de algún botadero, entre despojos de hospitales y pañales

humeantes por tanta mierda. Tal vez es sólo eso, un intento

inútil por volver menos denigrante el ganarse la vida

levantando

desechos ajenos. Lo que resulta premonitorio es

que lo que musicaliza el momento, lleno de botellas vacías

de chardonay y restos de bocadillos kosher, no son los éxitos

de Vicente Fernández, sino Lithium de Nirvana.

I’m so happy ‘cause today

I’ve found my friends…

They’re in my head.



Abandono las bolsas a medio jardín y corro a buscar en el

interior de mi saco la tarjeta que me entregó Django antes

de salir del bar. No estoy seguro de tener claro el propósito,

pero marco ansioso al Costa Negra. Como es de esperarse,

a esta hora nadie atiende la llamada. Luego voy a mi habitación

a buscar entre la colección de viniles el Bleach. Me

cuesta encontrarlo porque a decir verdad es un álbum que

no escucho seguido y se ha ido desplazando poco a poco

hacia los confines del estante que almacena mi colección. Lo

coloco en el tornamesa, enciendo el amplificador y me cuelgo

la guitarra con la intención de seguir una a una cada canción.

Me veo tocar en el espejo que está apoyado junto a la

puerta del baño; fantaseo con que esas canciones son mías y

que hablan de cosas íntimamente relacionadas con mi vida.

Entre la pausa que hay entre “Swap Meet” y “Mr. Moustache”

escucho lo que parece el aullido ahogado de un perro.

Detengo la música para tratar de identificar el origen de ese

sonido tan extraño; por fortuna no me toma mucho entender.

Bajo corriendo treinta y cinco escalones en sólo tres

zancadas, doblo a la derecha del pasillo pegándole un caderazo

involuntario a la vitrina de las aves muertas haciendo

caer algo que parece un canario y salgo corriendo al jardín.

—¡Auj-ooooo! ¡Auj-ooooo! —grita desesperada mi

Bobe, quien ahora tiene la piel del mismo color que un jefe

Sioux.

—¡Viejita de mi corazón! —suelto alarmado, haciendo

girar la silla a toda velocidad para conducirla al fresco interior—.

¿Pero, qué te pasó? Debe de estar el sol muy fuerte el

día de hoy —ella se retuerce en su silla entre orines y sudor.

Una vez en la cocina, empapo una jerga con agua del

grifo y se la paso por brazos y cara. Luego le doy a beber

pequeños tragos de leche directo del envase que saco del

refrigerador. En alguna parte escuché que la leche es buena

para las quemaduras de sol.

—¡Mira cómo quedaste por andar de paseadora!

—observo con asco cómo un pequeño charco se forma debajo

de la silla de ruedas. Aunque es grande mi amor, no lo es

tanto como para limpiar ningún tipo de fluido—. ¿Dónde

estará la cabrona de Rosi? —digo pegándole una pequeña

patada a la estufa—. Ya debería haber llegado hace cuarenta

minutos.

Sin saber qué otra cosa más hacer, me siento en la barra

a comer wafles fríos.

—Discúlpame Bobe, es que tuve concierto ayer y ya

ves que, cada que tengo concierto, al día siguiente se me va

la onda. Fue un éxito total. Deben haber ido unas dos mil

o seis mil personas, el lugar estaba a reventar. No quisimos

tocar canciones del álbum pasado, fueron todas del que estamos

próximos a grabar. Andamos en pláticas con un productor

en Los Ángeles que está muy interesado en producirlo.

Es un tipo que fue microfonista de Nine Inch Nails y que

ahora anda produciendo a talentos nuevos. Si este cuate nos

produce, ahora sí agárrate, mi carrera se va a ir al cielo Bobe.

Te voy a llevar a Lollapalooza a verme tocar, pero con gorrita

y bloqueador de sol, no quiero que te broncees otra vez

—hago una pausa como para ponerle más miel a los wafles,

pero en realidad la hago porque comienzo a gestar una idea,

un proyecto de vida—. Después de tocar platiqué con un

tipo que conoció a Kurt Cobain, el vocalista de Nirvana…

—en ese momento se escuchan unas llaves abrir la puerta de

la casa. Me levanto de un brinco y camino a través del pasillo

a toda velocidad para encontrarme con Rosi, sudorosa como

siempre, vistiendo un uniforme blanco brillante y arrastrando

un tanque de oxígeno de diez kilogramos.

—Rosa Bertha, ¿dónde estaba, carajo? ¿No se supone

que tenía que haber llegado hace más de una hora? —la

mujer se angustia ante el reclamo y contesta con voz apenas

audible—: discúlpeme joven, pero le avisé a su mamá que iba

a llegar un poco más tarde porque tuve que pasar al almacen

a recargar el tanque.

—Pues por su culpa mi abuela se quedó más tiempo del

debido en el jardín, así que voy a hablar con mi madre ahora

que regrese, es urgente hacerla considerar un cambio de

enfermera.

La mujer abandona el tanque en el pasillo y camina a

pasos acelerados hacia la cocina, la sigo nervioso.

—¡Válgame dios madrecita mía, mire nada más cómo

me la dejaron! —dice compungida, para luego hacerse cargo

de la situación.

Un baño, un poco de suero intravenoso y crema corporal

son suficientes para dejar a la viejita como nueva. La

miro sonriente, casi con orgullo. El bronceado la hace ver

más guapa que de costumbre.

La oficina del Don huele a cuero viejo y humedad; es un

apéndice arquitectónico que mandó construir al fondo del

jardín para que yo pudiera ensayar. Hoy me parece irreal

que haya sucedido algo así, pero lo hizo en la época en que

le resultaba esperanzador que el flemático de su hijo se interesara

en algo. Poco después, al descubrir con terror que ese

interés se estaba transformando en vocación, me dijo que

necesitaba sacar de ahí mis porquerías porque iba a convertir

el cuarto en oficina. En vez de tambores y guitarras eléctricas,

a un lado de la puerta hay un gran librero repleto de

viejas enciclopedias intercaladas con algunos libros de ornitología.

Su escritorio se encuentra cubierto de revistas y

papeles apilados en torres entre las cuales siempre es difícil

hallar su cabeza cuando se sienta a trabajar. Casi todos los

días se encierra en la oficina, aunque sea por un rato; él dice

que tiene que resolver asuntos importantes, aunque es bien

sabido que lo hace para esconderse de Dalia.



Por todas partes se acumulan objetos que recolectó

sin darse cuenta en los últimos años, todos ellos entraron

ahí con algún propósito y terminaron por convertirse en

formas indistintas: aves disecadas que no cumplieron el

filtro de calidad indispensable para formar parte de la colección,

diplomas enmarcados y sin enmarcar, reconocimientos,

fotografías, palos de golf, muestras de telas, regalos navideños

de proveedores que permanecieron siempre dentro de

sus envoltorios, y un sinfín de porquerías imposibles de clasificar.

Aquí estoy esperándolo, con la espalda pegada contra

la pared, observando a un triste tucán desplumado, cuando

el Don entra en la habitación arrastrando como siempre la

pierna izquierda y arrastrando con ella el recuerdo del accidente

ocurrido años atrás.

—Quiubo niño. ¿Qué pasó con tu abuela? —suelta con

voz profunda, sentándose despacio en su silla giratoria.

Desvío la mirada al piso y comienzo a acomodar los

pelitos de un tapete persa con la punta del pie.

—No pasó nada. Que me pidió quedarse un rato más en

el jardín, estaba muy contenta afuera, pero el sol estaba muy

fuerte y se asoleó de más.

Se reclina para luego entrelazar los dedos de ambas

manos a la altura de la panza.

—¡No me digas mano! ¿A poco le regresó el habla?

Según Rosi se te olvidó meterla. Seguro te quedaste dormido,

¿verdad, huevón? Pero a ver, dime, ¡ilústrame! ¿Qué tal

estuvo la peda de ayer? Se debe haber puesto muy chingona.

Inclino la cabeza y coloco mi dedo pulgar detrás de mis

dientes superiores, una manía que desde niño me ayuda a

mantener la calma.

—¡Sácate el dedo de la boca, cabrón, pareces retrasado!

Conforme elabora el sermón, el volúmen de su voz y la

intensidad de sus gesticulaciones van in crescendo, pero por

más que me esfuerzo no logro entender ni una palabra de lo

que dice; es como si cada sílaba que sale de su boca se convirtiera

en una nota musical que en conjunto con las otras produjera

una melodía lenta y desafinada.

Extraño la época en que vivía en Boston, lejos de este abominable

despacho. Tenía un pequeño departamentito en

Bacon Hill que comencé compartiendo con Silverio, un chileno

con cara de idiota que estudiaba producción musical en

la misma escuela que yo. A los ocho meses de vivir con este

tipo conocí a Lourdes, una linda y sexy compatriota que estaba

haciendo la carrera en composición. Una vez llegado

el momento, no tuve problema en avisarle a Silverio que

debía largarse a otro lado porque mi nueva novia se mudaría

pronto conmigo. Ante la noticia, su cara de idiota se potenció

a un grado impensable.

El departamento se encontraba en una pequeña calle

empedrada con edificios de ladrillo rojo y macetas que adornaban

las ventanas de personas de clase alta, en su mayoría

gente relacionada, de una forma u otra, con la cultura. Me

gustaba mucho el barrio, lleno de bares, cafés y calles angostas,

entre las cuales perderse era cosa bastante común. No sé

si es porque a la distancia todo siempre es mejor, pero tengo

la idea de que durante los años que estuve por allá respiraba

con más soltura; y no me refiero a un aumento en la capacidad

pulmonar por un asunto de calidad del aire, sino a esa

misma sensación de libertad y alivio que debe experimentar

un pez varado en la playa cuando alguien lo tira de vuelta

al mar. No vivía en una casa de tres plantas, ni tenía personal

doméstico a mi disposición. Ni soñar con tener auto propio

o crédito ilimitado. De hecho, a partir de que Lulú se

mudó conmigo, sobrevivimos apenas con lo indispensable.

Ella no pagaba la mitad de la renta como hacía Silverio, bueno,

en realidad no pagaba una madre, así que la nuestra fue

una relación bastante austera: contadas salidas a conciertos

y restaurantes, nada de viajes, ni de equipo nuevo y la ropa

teníamos que comprarla en Walmart, donde además de nosotros

sólo compraban ropa los negros. Los fines de semana los

pasábamos viendo televisión, fumando mariguana hidropónica,

comiendo pizza y echando el Baba Ganoush —según

la versión oficial, el abuelo Ariel murió a los setenta y ocho

años de un ataque cardiaco durante una comida con los viejitos

del club, pero había otra versión mucho más interesante.

León contaba que nuestro venerable abuelito había muerto

a la mitad de un acto sexual en el departamento de una puta.

No estoy seguro de que eso haya sido cierto o no, lo que es

un hecho es que cuando León hacía alguna insinuación al respecto,

el Don se ponía rojo y refunfuñaba diciendo que ésas

eran puras pendejadas, que el abuelo había muerto disfrutando

de un delicioso Baba Ganoush, su platillo favorito. A partir

de entonces, León y yo comenzamos a referirnos al sexo

como Baba Ganoush: “Rebequita ha de estar echándose un

Baba Ganoush con su novio”, decíamos cada que veíamos el

carro del novio estacionado afuera de la casa de la vecina.

En un inicio, invité a Lulú a vivir conmigo para tener

siempre Baba Ganoush en casa y así no tener que salir a buscarlo

en bares repletos de gringas alcoholizadas, mas no me

tomó mucho enamorarme de ella y de su simpleza para ver la

vida. Estuvo cerca de convencerme de ir juntos a Los Angeles

al terminar la escuela; estaba convencida de que podíamos

trabajar de meseros en lo que conseguíamos colocarnos

en algún proyecto que tuviera que ver con la música; “ésa va

a ser la única forma de empezar en las grandes ligas”, insistía,

y tal vez hubiera sido buena idea de no ser por mi padre,

quien me obligó a regresar a México al terminar la escuela.

La mayor ilusión del Don era que estudiara medicina, igual

que León; pero cuando accedió a mandarme a Berklee se

olvidó de eso y mejor se concentró en lo que era su siguiente

plan para mí: “El negocio está creciendo y yo no te voy

a vivir por siempre Tobías. Necesito que empieces a hacerte

cargo. Ya tuviste tu chance de jugar al musiquito, ahora déjate

de pendejadas y empieza a trabajar, ¡huevón!”

Al final de cuentas, para calmarlo un poco tuve que

sacrificar a Lulú. Como ella no es paisana, él no veía con

buenos ojos nuestra relación. Así es mi padre, una especie

de Dios antiguo a quien es necesario satisfacer a base de

ofrendas. A Lulú tuve que mentirle diciéndole que no tenía

tiempo para ella, que me debía enfocar en la música al ciento

por ciento. Durante los primeros meses me sentí una

mierda de persona, la extrañaba muchísimo: su cara de hada,

el pelo siempre teñido de colores artificiales, sus piernas flacas

y hasta su olor a humedad; tenía la absurda creencia de

que al poner a secar su ropa a la sombra se conservaría por

más tiempo, pero lo único que lograba con eso era oler a trapo

viejo. De cualquier forma, mi rompimiento con ella se

convirtió en uno de los periodos más fructíferos dentro de

mi carrera musical. No sé por qué, pero cuando en el alma

nace ese característico sentimiento de angustia que provoca

el desamor, surgen otras cualidades que nos hacen ver que

todavía no es tiempo de morir; yo creo que es un mecanismo

de autodefensa sin el cual nos iríamos todos derechito a

la mierda. En unos seis meses compuse alrededor de veinte

canciones, la mayoría de ellas instrumentales y otras tantas

baladas en inglés que luego sirvieron como base para armar

las primeras canciones de The Heartbeasts.

—A ver, por enésima vez… Ya es momento de que te dejes

de tanta pendejada —se levanta de su asiento, hunde las

manos en su pantalón y camina hacia la puerta. Sigo en silencio

su recorrido y no puedo evitar sentir lástima. Siempre

me ha parecido un misterio el hecho de que a pesar de tener

tanto dinero vista como un pordiosero: pantalón abrillantado

en rodillas y nalgas por el uso, camisa de manga corta

que se ha adelgazado a través de los años y que hace que se

transparenten sus pezones; zapatos de suela de goma, a los

que les manda sustituir la goma cuando ésta ya no resiste y

en ocasiones un suéter o un saco —literalmente un suéter

o un saco, no tiene más—. Dalia dice que por eso tiene tanto

dinero, porque salvo por sus pájaros y su jardín japonés, no

le interesa gastar en cosas superfluas; pero claro, eso lo dice

ella, una señora de Las Lomas a quien no le parece que un

bmw del año sea superficial.



¡Gracias por leer a Erick De Kerpel!

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