ORFANATO LACHINA

por TAMAR COHEN

10 minutos

Sus papás lo abandonaron a la puerta del orfanato. Lenny tenía diez años, las agujetas desamarradas y la playera del Pachuca. Los papás de Lenny llevaban ya varios años amenazándolo con que lo mandarían a la China si no hacía su tarea, si no lavaba sus dientes, si no recogía su plato de la mesa. El día que Lenny cumplió ocho y recibió de regalo un globo terráqueo, dejó de preocuparse. China se encontraba al otro lado del mundo, muchísimo más lejos que Acapulco. Lenny hizo las cuentas y llegó a la conclusión de que un boleto de avión a China costaría una fortuna.


Miles de pesos más que ese coche rojo a control remoto que papá no le había querido comprar por el Día del Niño. Así que pensó: “Si no tenemos dinero para ese carrito, menos podremos cruzar el océano”. Después de esa mágica revelación, Lenny se volvió un experto en travesuras. Vaciaba el jugo de naranja en la pecera o formaba caminitos de papas trituradas de la cocina a su cuarto. Sus papás se ponían como panteras feroces, le gritaban de cosas y remataban siempre con la fantástica amenaza de: ¡Lenny, te vamos a mandar a la China! Y claro que él se botaba de la risa. Pero el domingo, doce horas después de la travesura de los popotes, la historia dio un giro de 180 grados. Todo empezó muy temprano por la mañana, cuando sus papás lo invitaron a conocer el nuevo rascacielos de 128 pisos que habían construido en la zona industrial. Sólo un cabeza hueca hubiera dicho que no. Se puso unos pantalones de mezclilla, la playera del Pachuca y abrió la llave de agua para mojar el cepillo de dientes, por si mamá hacía su revisión diaria.

—¿Y mis hermanos no van? —preguntó cuando estuvieron en la calle.

—No —dijo mamá sin dar más explicaciones.

—¡Genial!

 

La zona industrial no quedaba muy lejos de casa, había que cruzar dos calles, dar vuelta a la derecha en la sastrería Beto’s, cruzar el Viaducto por el puente ese que tiene el grafiti de dos vacas pastando con lentes oscuros, y caminar otro poco más hasta dar con la taquilla del teatro Tin Tan. Ahí enfrente se levantaba el rascacielos. Sus papás no le hablaron durante todo el camino, se notaba que aún seguían enojados por el asunto ese de los popotes. Lenny trató de pasársela bien, de vez en cuando pateaba una piedrita y tarareaba “Pijamas” de los Babasónicos. Pero en cuanto llegaron al rascacielos y miró hacia arriba, una nube lo cubrió casi todo. Contó los pisos que quedaban a la vista. Doce. Los demás parecían no existir. De pronto sintió que algo malo estaba a punto de suceder y echó a correr hacia donde se encontraban sus papás, quienes sin darse

cuenta se habían adelantado un montón. Los alcanzó justo cuando se detenían frente a una casa de cemento gris sin ventanas. A la entrada había un rótulo enorme que decía:

ORFANATO LACHINA

 

Lenny se quedó quieto, apenas respiraba aunque tenía la boca abierta, tan abierta que un chorro de saliva le bajó por la barbilla, pero como era una estatua de marfil, no logró mover los brazos para limpiarse la asquerosa baba que se le pegaba a la piel.

—Te quedarás aquí unos días —le dijo su mamá—, sólo mientras duren las vacaciones de verano.

—La pasarás bien —dijo su papá golpeándole el hombro.

—¿Y el viaje a Acapulco? —preguntó Lenny—. Seré buen niño, nunca más volveré a cocinar popotes, lo prometo…

Su mamá suspiró antes de responder. Tenía el cabello esponjado como algodón de dulce.

—Lo que sucede, querido Lenny, es que… no hay lugar para ti en el auto.

—Pero… ¿qué dijiste? —Entre las maletas, la comida, las pelotas inflables, las cubetas y palas, no queda espacio más que para tus hermanos.

—Además está la cuestión de los accidentes —dijo su papá elevando las cejas.

—¿Qué hay con los accidentes? —preguntó Lenny.

—¿Sabes cuánta gente muere al año en choques automovilísticos?

—¿Eso qué tiene que ver?

—Pues… que no queremos que te pase nada, somos tus padres y nos preocupamos por ti.

—¿Y a ustedes? ¿No les da miedo que el auto se estrelle o se patine por la barranca? —preguntó Lenny casi a gritos.

Su mamá sonrió con ternura. Papá apoyó la rodilla en la acera, lo tomó de las manos y susurró:

—No nos va a pasar nada, estaremos bien, no te preocupes.

Lenny hizo un esfuerzo por mantener la calma. Respiró durante diez segundos, pero el corazón le seguía latiendo a mil por hora. “Me voy a echar a correr”, pensó desesperado, “tengo que huir de esta espantosa pesadilla y… ¿Pesadilla?”

 

Entonces se le vino a la cabeza una idea de lo más infantil: que sólo estaba dentro de un sueño o, bueno, una pesadilla, pero sueño al fin y al cabo, y pues, casi siempre en esos casos se pellizca el brazo para despertar (lo hace cada que está a punto de ser devorado por un cocodrilo prehistórico), pero esta vez le pareció un acto bastante trillado, como si a los 10 años no estuviera ya grandecito como para poder distinguir entre la realidad y lo que uno se inventa. Así que no lo hizo, ni pellizco, ni huida. Se portó como un imbécil, se despidió de sus papás con un abrazo frío y giró la manija ficticia de la puerta ficticia del orfanato ficticio. Un minuto después cayó en la cuenta de su error. Ya era demasiado tarde.

 

Capítulo 2

 

Al cerrar la puerta del orfanato, Lenny se encontró al comienzo de un pasillo que parecía no tener fin. Las paredes estaban hechas del mismo concreto gris que el piso y el techo. Lenny las tocó, estaban más frías que un cadáver. Tragó saliva y los ojos se le llenaron de lágrimas. No tuvo tiempo de hacer ningún drama poniéndose a llorar. En seguida observó que, a lo lejos, una figura se aproximaba. Era una chica delgada, de tez morena y con el pelo largo hasta el piso. No parecía muchos años mayor que Lenny. Vestía shorts, playera de manga corta, calcetas largas que le llegaban casi hasta la rodilla y llevaba puestos unos tacos de fut. Todo del mismo color negro. En el cuello le colgaba un cordón con un silbato negro también.

 

—¿Lenny Darío Buendía? —preguntó con una voz de tenor que contrastaba con su pequeña estatura.

—Sí, soy yo —dijo Lenny con la voz quebrada.

—Bienvenido al Orfanato Temporal Lachina. Te esperábamos desde las nueve, ¿hubo algún contratiempo?

—Mmm, no…

—Da lo mismo —lo interrumpió—. Soy la profesora Felipa y trabajo en OTL desde hace dos años bajo las órdenes del director técnico.2

—¿OTL? —preguntó Lenny.

—Orfanato Temporal Lachina, ningún cerebro infantil es capaz de recordar un nombre tan largo. Ahora las reglas —dijo la profesora Felipa señalando con el dedo índice—. Uno: respetar los tiempos marcados; en OTL no nos gusta perder el tiempo, así que cada segundo cuenta. Dos —dijo extendiendo el dedo medio—: prohibido cualquier contacto con el mundo exterior; de presentarse un caso así, el director técnico podrá tomar las medidas pertinentes para castigar a dicho huérfano. Y supongo que no le gustaría escuchar que el director técnico tiene una gran imaginación —dijo la profesora cerrándole un ojo—. Tres —dijo levantando el dedo anular—: no se permite la entrada de computadoras, ipods, game boys, xbox, y demás objetos inservibles. Y cuarta y última regla — dijo extendiendo el dedo meñique—: prohibido quitarse los zapatos, ni siquiera para dormir. El director técnico tiene el sentido del olfato muy desarrollado y detesta el olor a queso rancio de los pies de los huérfanos. ¿Está claro?

—Sí —titubeó Lenny. La imagen del director técnico en un orfanato le sonaba muy extraña.

—Ahora acompáñame al salón de clases.

—¿Salón de clases?

—Exacto, aquí vienes a estudiar, querido huérfano, ¿o creías que Lachina era un parque de diversiones?

Lenny negó con la cabeza. “¿Por qué lo llamaba huérfano si aún vivían sus papás?”

—Tenemos 43 segundos para llegar al salón —dijo la profesora—. Colócate detrás de mí; si no, temo que será un fuera de lugar —agregó con seriedad.

 

En cuanto pitó el silbato, echó a correr y Lenny detrás de ella. Atravesaron un pasillo de cemento gris, giraron a la izquierda, de nuevo un pasillo, giro a la derecha, pasillo, giro, escaleras hacia arriba, pasillo, giro, escaleras hacia abajo. A Lenny le daba vueltas la cabeza y justo cuando negociaba con su cuerpo si seguir adelante o tumbarse en el piso como rata muerta, la profesora se detuvo.

—Hemos llegado.

 

Lenny sintió que el corazón se le salía, se recargó en la pared y se encogió para apoyar las manos en las rodillas. Frente a él había una puerta, tenía el mismo tono gris del pasillo, era casi invisible, la profesora giró la manija y ambos entraron. Lo primero que vio fue un típico salón de clases de primaria, con tres filas de bancas, pizarrón verde, un escritorio grande y un mapamundi pegado en la pared. La profesora Felipa intercambió unas frases con el profesor en turno y, antes de salir, le indicó a Lenny un lugar vacío en la segunda fila, junto a una niña de pelo chino color naranja y piel tan blanca como la crema de rasurar; vestía una camiseta sin mangas azul cielo, del mismo color de sus ojos.

 

—Hola, me llamo Monse —susurró ella en cuanto Lenny se sentó a su lado.

—Yo soy Lenny —dijo imitando el bajo tono de voz.

—Bonito nombre.

—Gracias —contestó él con las mejillas coloradas. Después giró de inmediato la cabeza para clavar toda su atención en el nuevo profesor.

 

Era un hombre joven, alto y delgado, igualito a esos que caminan en zancos vendiendo globos en las funciones del circo, sólo que éste no vestía un traje a rayas, sino que llevaba el mismo uniforme que la profesora Felipa: shorts, playera de manga corta, calcetas largas, tacos de fut y un silbato colgando. Todo de color negro. “Otro más que se viste como árbitro”, pensó Lenny.

 

—Bienvenidos a su primer día en OTL, yo seré su profesor en Acciones Malignas e Ingeniosas, conocidas comúnmente como las famosas travesuras. Monse y Lenny se miraron con la misma cara de sorpresa, la boca abierta, las cejas a mitad de la frente y los ojos, los ojos eran dos almejas vivas.

 

—Por sus caras noto que el tema les es familiar, eso me llena de emoción. Les aseguro que nos divertiremos mucho —el profesor tomó un gis y escribió unas letras en el pizarrón—. Mi nombre es profesor Otón y trabajo desde hace tres años en OTL bajo las órdenes del director técnico. Lenny se recargó en la silla y cruzó los brazos.

 

—Debajo de cada uno de sus pupitres —continuó el profesor— encontrarán una caja de herramientas, cójanla con cuidado y deposítenla sobre su mesa… Aún no la abran, esperen a que dé la orden. Lenny siguió las instrucciones al pie de la letra. Cosa bastante rara en él. Las cajas de las que hablaba el profesor eran de color azul metálico con una hebilla oxidada al frente. Eran idénticas a las que usaban los trabajadores del rascacielos de 128 pisos para guardar su comida. Lenny las recordaba a la perfección. Había pasado por ahí un día a la hora del almuerzo y tenía grabada la escena en la mente: un montón de albañiles comiendo comida chatarra, sentados sobre pilas de ladrillos, el radio a todo volumen, las cajas azul metálico abiertas en el piso con restos de chetos y envases de frutsi de uva. En cuanto llegó a casa le contó a su mamá lo que vio. Le dijo que ser albañil parecía una profesión muy divertida, y que estaba pensando seriamente en estudiar esa carrera cuando fuera grande. Ella le contestó, con esa actitud de sabelotodo tan típica de los adultos, que todavía era muy niño para pensar en esas cosas. Lenny no dijo más porque no tenía ganas de discutir, pues ese mismo día, el Pachuca le había ganado al Querétaro cuatro a cero. Cuatro a cero. Lenny estaba de lo más contento y nunca olvidaría esa victoria.

 

—Ahora sí, huérfanos, abran la caja y descubran sus maravillas. Todas las cajas contenían lo mismo: una resortera, un paquete de tachuelas, una caja de lápices, una libreta, popotes, una bomba de olor a vómito, un paquete de bichos disecados, una caca sintética, una funda para silla, tres ligas, un sobre con polvo pica-pica, unas tijeras, un bote de pegamento, una colección de piedras de distintos tamaños, tres clips y un frasco con veneno.

 

—Es importante, huérfanos, que no abran ni prueben del frasco que contiene veneno —informó el profesor Otón con una voz suave y tranquila, como si estuviera hablando de algo sin importancia como el clima o el vuelo de las gaviotas—. Lo usarán sólo en casos de emergencia y con un permiso firmado por el director técnico.

 

—Pero… ¿el veneno es de verdad? —preguntó Tito, un niño con la cara salpicada de pecas y dientes tan amarillos como el elote. Al profesor no le cayó en gracia la pregunta y clavó una mirada retadora en la de Tito. Todos en el salón se quedaron mudos, el único ruido que se oía era el tronar de los dientes del profesor Otón. Pasó una eternidad hasta que de pronto habló, lo hizo con voz chillona, de esas que se usan para burlarse de los demás:

 

—No, lo trajimos del país de las hadas, es una combinación de polvos mágicos con esencia de sirena.

 

Todos en el salón soltaron la carcajada, incluso Tito, que no quiso quedarse atrás. Pero más que carcajadas sonaban a risa nerviosa, como cuando estás junto a un muertito y por más que tu mamá te pide que pongas cara triste y te controles, no aguantas y te tiras a reír ahí en pleno velorio.

 

—Claro que es real —aclaró el profesor—. ¿De qué nos serviría un frasco con veneno de mentiritas? Lo único que deben recordar es que sólo debe usarse en casos de emergencia y con un permiso firmado por el director técnico, ¿queda claro?

 

Lenny asintió al igual que el resto de la clase, aunque no tenía las cosas tan claras: “En primera, ¿quién era ese director técnico?, ¿por qué lo llamaban así? En segunda, ¿qué sería una emergencia?, ¿un ataque terrorista?, ¿una epidemia de ratas y sanguijuelas?, ¿o una derrota del  achuca contra el América?” Todo era demasiado confuso.

 

Confuso pero fascinante. Nunca había estado tan cerca de un frasco de veneno. Se sentía más emocionado que en un estadio de futbol, como si de pronto le hubieran inyectado litros y litros de adrenalina. Y éste era sólo el comienzo de la clase…

 

Capítulo 3

 

—Trabajaremos en equipo —continuó el profesor Otón y, haciendo girar su mano como si tuviera entre los dedos una varita mágica, fue señalando a los cinco integrantes de cada uno de los equipos.

 

El de Lenny quedó conformado por Daniela, una niña de cabello oscuro y voz empalagosa; Fabio, un niño narizón peinado con una onda al frente e incapaz de pronunciar la “s”; Tito, el del veneno, y Monse, la que se sienta junto a él.

 

—Bien, ahora saldré del salón por cinco minutos exactos, tienen ese tiempo para organizarse y planear una travesura por equipo, la que me sorprenda más será la ganadora —dijo el profesor antes de pitar y salir disparado por la puerta con cronómetro en mano. La primera reacción de todos fue quedarse tan quietos como bloques de lego, pero pasados diez segundos, comenzaron a moverse y a transformar el salón en un campo de batalla.

 

El primer equipo optó por una travesura típica: colocó estratégicamente las tachuelas sobre la silla del profesor y al terminar la cubrió con la funda. El segundo equipo se mostró más atrevido: arrancaron hojas de la libreta y las cortaron en tiras, las hicieron bolita, las bañaron en saliva y las juntaron encima de una banca a un lado de cuatro popotes. En seguida, practicaron tiro libre con la resortera y las piedras hasta dar con el mejor tirador de los cinco. Y entonces sí, volvieron a sus lugares con unas sonrisas imposibles de perder de vista.

 

El equipo de Lenny tardó más en ponerse de acuerdo.

—Yo opino que metamos la bomba de olor en su portafolios — dijo Tito mientras se frotaba las manos como si estuviera en el Polo Norte a cero grados centígrados.

—Eso es de tetos —era Fabio, casi no se le entendía porque no sabía pronunciar la “s”—. Mejor escondámonos atrás de la puerta y, cuando entre, le vaciamos el polvo pica-pica encima; se va a mear de la comezón.

—¿Come… qué? —preguntó Monse.

—Comezón —le tradujo Lenny.

—Yo estimo que podríamos edificar una fortaleza con los clips, los popotes, los lápices y las piedras… —era Daniela.


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