La sonata del diablo

por Oscar d eMuriel

5 minutos

23 de junio de 1883

El doctor Clouston apenas podía mantenerse en el asiento. Las ruedas del carruaje crujían sobre baches y charcos, rompiendo el silencio nocturno en una carrera desesperada hacia el norte de Escocia.

 

Había pasado todo el trayecto dando saltos y golpeándose la cabeza contra el techo del carruaje; sin embargo, los malestares físicos eran nada comparados con su ansiedad. La noticia que había recibido era tan horrible, tan monstruosa que aún no podía asimilarla, y en lo más profundo de su mente intentaba mantener una chispa de esperanza.

 

Se repetía a sí mismo que tan sólo había leído el telegrama apresurado de un sirviente, y el viejo George siempre había sido propenso a exagerar. Buscó en su bolsillo y encontró la nota arrugada; apenas unas cuantas líneas emborronadas, pero que incluían las palabras demente, mutilado, muertos… y los nombres de cada miembro de la familia McGray. ¿Cómo podía un papel tan pequeño albergar un mensaje tan devastador?

Clouston se estremeció de nuevo. En vano intentó distraerse mirando a través de las ventanas, pues el cielo estaba cubierto de nubes espesas y el camino se veía tan oscuro como las fauces de un lobo. En las últimas horas del viaje incluso prefirió concentrarse en el ajetreo del carruaje y en la ligera náusea que le provocaba.

Al fin, cuando pensó que había pasado una eternidad viajando, vio la casa emerger frente a él. Aunque eran los días más largos del verano y los primeros rayos de sol ya se asomaban, los campos aún estaban muy oscuros, y lo primero que Clouston vio fue el tenue resplandor de un fuego saliendo de una ventana.

El carruaje apenas se había detenido cuando Clouston pateó la puerta y saltó a la tierra lodosa. Los caballos relinchaban y resoplaban; eso y el golpeteo de sus pezuñas eran los únicos ruidos que podían escucharse.

—Qué prospecto tan alegre —murmuró.

Thomas Clouston era un hombre de mediana edad, delgadopero fuerte y tan ágil como su trabajo requería: llevaba diez años siendo el director del Real Manicomio de Edimburgo, y el puesto no era para pusilánimes.

Caminó rápidamente hacia la casona y casi de inmediato alguien abrió la puerta principal. Dos figuras salieron a recibirlo, e instantáneamente reconoció a los únicos sirvientes que acompañaban a los McGray en sus viajes de verano: George y Betsy, ambos viejos y arrugados, pero recios y curtidos por el trabajo en el campo.

Sus rostros estaban alumbrados por una sola vela que la encorvada Betsy sostenía con mano firme. Una vez cerca,

Clouston vio la cera caliente escurriendo sobre unos dedos desprotegidos.

—¡Por Dios, mujer, use un candil!

—No se preocupe, ’ñor —le respondió con su marcado acento escocés.

—¡Qué bueno que vino, doctor! —exclamó George. Tenía los ojos hinchados y su cabello gris era un desastre—. No esperábamos que llegara tan pronto, bendito Dios. Pase, pase, por favor…

Pero Clouston no se había detenido y ya estaba cruzando el marco de la puerta.

—¿Dónde están? —urgió.

El estrecho recibidor, helado y muy oscuro, le trajo a la mente una cripta. Sólo había un leve resplandor, el que Clouston había visto desde el camino, y que venía del salón adjunto. La puerta estaba entreabierta.

—Los tenemos ahí —dijo George en un susurro, como si temiera… despertarlos.

Clouston tragó saliva, al tiempo que Betsy empujaba la puerta rechinante. Vio que sólo había un leño quemándose lánguidamente en la gran chimenea, proyectando sombras titilantes a su alrededor. Y entonces su corazón dio un vuelco.

Cercanos al fuego, como dos sombras recortadas entre la media luz, había dos rudimentarios ataúdes de madera.

—Oh, Dios mío… —profirió Clouston.

Se acercó con paso vacilante, mientras un miedo helado se expandía en su pecho.

Sólo después de atisbar sobre los ataúdes abiertos lo creyó.

El cuadro era tan espantoso que Clouston tuvo que cubrirse la boca, reprimiendo unas arcadas repentinas. Por un momento su mente quedó en blanco, intentando desesperadamente asimilarlo que veían sus ojos.

—¿Cuándo… a qué hora pasó? —dijo finalmente. Le era difícil hablar con aquel nudo en la garganta.

—Anoche —contestó George, casi en un lamento—. El ’ñor de la funeraria terminó de prepararlos hace unas horas. Clouston asintió y respiró profundamente. Eso siempre lo ayudaba.

—¿Fue usted quien mandó llamar a la funeraria?

—No, fue el chico, Adolphus —respondió George, limpiándose unas lágrimas que ya no podía contener—. Ay, el pobrecillo… No sé de ’ónde ha sacado fuerzas; llamó a la funeraria, ordenó todos los papeles… ¡Hasta se vendó él solito después de que…!

George se estremeció y no pudo decir más.

—Ya’stá descansando —agregó Betsy—, si a eso le puede llamar descanso…

—Quiero verlo —dijo Clouston sin demora, y George y

Betsy lo guiaron hacia un estudio cercano, el que le había pertenecido al ahora difunto James McGray, padre de Adolphus.

George abrió la puerta con cuidado, intentando no despertar a su patrón, y Betsy entró para alumbrar el cuarto con la vela que acababa de pegar a un plato sucio. Clouston le arrebató la luz y avanzó con pasos silenciosos.

Su corazón se hundió aún más al ver al pobre muchacho, postrado en un sillón raído. El hijo de los McGray, alto y fuerte, en aquel momento yacía casi como un cadáver: sus mejillas estaban pálidas y la piel alrededor de sus ojos estaba enrojecida como si se tratara de carne viva. El joven Adolphus respiraba profunda y dolorosamente, y sus pupilas se agitaban con frenesí bajo sus párpados. Su mentón y manos saltaban ocasionalmente.

Clouston había visto ese sueño agitado en más pacientes de los que podía recordar, pero nunca imaginó que llegaría a observarlo en el apuesto y vivaz hijo de los McGray.

—Dudo que el pobre vuelva a dormir en paz… —vaticinó

Clouston—. Ojalá me equivoque…

La mano de Adolphus dio otro espasmo y entonces Clouston vio el aparatoso vendaje que la envolvía. Acercó la vela y vio que la tela estaba húmeda y sucia, con un manchón oscuro de sangre a medio coagular en un extremo. Las manchas de tierra sugerían que Adolphus también había ayudado a cargar los ataúdes.

—Hay que cambiar estas vendas —espetó Clouston.

—Uy, preferiría que no, ’ñor —se apresuró a decir Betsy—.

El pobre muchacho no ha dormido desde que empezó todo.

Apenas pudo sentarse cuando llegaron los cajones y…

—¡Mujer, el muchacho necesita vendas limpias! Lo último que queremos es que se le infecte la mano.

Betsy hizo una torpe reverencia y salió del estudio, buscando a tientas en la oscuridad. Clouston se volvió hacia George y tuvo que hacer la pregunta que más temía:

—¿Dónde está la jovencita?

La cara del mayordomo perdió el poco color que le quedaba.

—Tuvimos… tuvimos que encerrarla, ’ñor. ¡Se ha vuelto completamente loca!

Clouston le dio una palmada en el hombro.

—No se sienta culpable, George. Hicieron lo que era necesario.

—Ya sé, ’ñor, pero… —George lloriqueaba miserablemente, temblando de la cabeza a los pies. Las arrugas en su frente estaban enrojecidas de tanto fruncir el ceño—. ¡La señorita McGray, doctor! Nuestra niña…

Betsy regresó, cargada con vendas y derramando gruesas lágrimas.

Fue hacia Adolphus apresuradamente, intentando ocultar su dolor.

Clouston sabía que aún no se había enfrentado al peor horror de aquella noche. Siguió a George por las escaleras, hacia un corredor en tinieblas. Todas las puertas estaban cerradas, y la más alejada aún tenía una llave en el cerrojo.

—¿Cómo lograron encerrarla?

—Ay, doctor, no fuimos nosotros. Éramos dos jardineros, el sargento y yo, ¡y no pudimos contenerla! No, ella corrió sola a su cuarto. Lo único que pudimos hacer fue encerrarla en cuanto estuvo dentro. Nadie se atrevió a hacer más. Usted mismo vio lo que le hizo al joven Adolphus.

Clouston se estremeció sólo de pensar en el vendaje ensangrentado que Betsy debía estar cambiando en aquel momento.

La situación era, después de todo, tan horrible como George había descrito en su telegrama.

En cuanto Clouston estiró una mano para girar la llave,

George le sujetó el brazo: —¿Va a entrar? ¿Así como así? ¡Le estoy diciendo que la

niña…!

Si se hubiera tratado de cualquier otro hombre, Clouston simplemente lo habría hecho a un lado de un empujón, peroen vez de ello palmeó la espalda de George y lo apartó gentilmente.

—Mi buen George, he lidiado con casos muy tristes en mi carrera. Créeme, puedo manejar esto.

Por un momento George no se movió, hasta que Clouston volvió a girar la llave. El mayordomo se apartó instantáneamente.

Clouston abrió sólo lo suficiente para dejar pasar su delgado cuerpo, y una repentina ráfaga de viento helado lo golpeó en la cara. En cuanto estuvo dentro cerró la puerta, y cuando escuchó el chasquear del cerrojo se sintió más vulnerable que nunca. El cuarto estaba tan silencioso que el zumbar de sus propios oídos se volvió un clamor persistente.

La ventana que miraba al oriente estaba abierta de par en par, y Clouston vio el azul pálido del cielo, pues empezaba a amanecer. En medio de las sombras encontró la silueta esbelta de Amy McGray.

Estaba sentada sobre la cama, agazapada y balanceándose lentamente hacia atrás y hacia adelante. Su ligero vestido blanco parecía refulgir ante la débil luz del sol, y bastaba una mirada para saber que la muchachita de dieciséis años no tenía salvación: la tela de su vestido, delgada y fina, estaba manchada de sangre. Sobre su pecho, abdomen y muslos.

Clouston dio un grito ahogado y avanzó, creyéndola herida, pero se detuvo al ver que la muchacha sostenía un enorme cuchillo que reflejaba los tenues rayos del sol.

Clouston pensó que debía ser la cuchilla que Betsy usaba en la cocina para cortar huesos. El pálido índice de la muchacha acariciaba suavemente el filo del metal, manchado de rojo. Sus manos y brazos estaban igualmente embarrados de sangre seca, que empezaba a descamarse.

Clouston habría podido dejarse caer de rodillas y romper en llanto. Aquélla era la jovencita que había tocado los villancicos más hermosos en Navidad; la muchacha que aún sonreía emocionada cuando le ofrecían caramelos de whisky, y que podía arrancarle una sonrisa al gruñón de su padre, que en paz descanse, sólo con un abrazo. Sus padres y hermano solían llamarla Pensy —Pensamiento— porque sus ojos, grandes y muy oscuros, enmarcados por largas pestañas, la hacían parecerse a las flores favoritas de su madre.


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