El encuentro de los peces Koi

por Jessica Iskander

20 minutos

 Su vida la gobernaba la entropía y su ser estaba a punto de caer en una vorágine fatal. Sólo una respuesta le ayudaría a salir de aquel vórtice interminable. ¿Cómo arreglarlo?

Mariano decide terminar su jornada laboral antes de lo previsto. La playa está a tres cuadras de su oficina y piensa que ejercitarse un poco lo ayudará a refrescar sus pensamientos.

En el baño privado de su despacho empieza por desabrocharse la camisa, lo que deja al descubierto un torso amplio y vacío. Jamás ha tenido un solo pelo en el pecho. “Genética”, piensa, y se cubre con una camiseta celeste. “Impide que su piel sufra el roce a causa del sudor”, había dicho el vendedor, quien completó el conjunto con unos tenis “diseñados para cuidar la espalda en cada pisada”. Transformado de ejecutivo exitoso en deportista de élite, se mira en el espejo. Su reflejo no es lo que recordaba. Frente a él están un cuerpo encorvado y una mirada perdida, como una planta que languidece porque ha sido regada más de lo debido. Ata temblorosamente el reloj a su muñeca y comienza a programarlo: quiere comprobar que todo, en apariencia, empieza en ceros: las calorías quemadas, el cronómetro, el pulsómetro; el gps tiene la ruta marcada y el sonido de advertencia a cada milla, en silencio.

Antes de dirigirse a la playa pasa por la cocina del despacho, toma una botella de agua y se despide de su secretaria. Acompañado de sus pensamientos, sale a la calle escuchando la calma de sus latidos y se percata de que hay una quietud inusual en la hilera de árboles cercanos; en un intento de alejar cualquier indicio de razón se coloca los auriculares y de inmediato la música lo invade, aunque las notas graves de Chopin no silencian su corazón. Cuando llega a la playa decide recorrer el malecón acelerando el paso al ritmo de la música. Su respiración va y viene a gran velocidad, tan rápido como lo permiten sus piernas. Con los ojos clavados en el suelo siente crecer la idea que lo atormenta. Igual que un monstruo gigante acomodado en su cabeza, el eco del vacío empieza a devorar cada uno de sus recuerdos. Al llegar cerca del final de la playa la falta de aire ya no le importa; él avanza más y más rápido, y pese a que el dolor muscular aumenta, continúa acelerando sus pasos. A los veinte minutos de un ir y venir digno de los mejores corredores, el aire empieza a parecerle espeso; corre tan deprisa que su aliento no tiene tiempo de llegar a sus pulmones; el pelo, lacio, corto y descuidado, empieza a gotear y los latidos suplican que se detenga. La noche ha llegado sin que lo note y el tictac del tiempo que le taladra su cabeza llega hasta sus venas. Ese agujero se vuelve cada vez más profundo y crea una melodía sutil aunque potente. De pronto, el ritmo de su interior comienza a fundirse con él. Tictac, tictac… “Voy a hacerlo, tomará un segundo.” Tic, corre y el suelo es la realidad que le permite hacerlo. Toc, su corazón golpea convirtiendo aquel tambor en la única evidencia de su vida. Tic. El ritmo de la sangre bombeada en sus venas es cómplice de la decisión que ha tomado. Tictac, tictac. Estira sus pasos corriendo a mayor velocidad. Tictac, tictac, tictac.

El sonido retumba con tanta fuerza que teme que alguien lo perciba. Desciende a la arena y, decidido a exigirse aún más, alza su mirada buscando la parte más oscura de la playa. Tictac, tictac, tictac. Perdido en su huida no se da cuenta de que ha llegado a la feria de Santa Mónica. Bajo el muelle, la oscuridad se rompe en varios destellos y su cuerpo comienza a palpitar tan rápido que siente las punzadas hasta en los dedos de los pies. Suelta el agua que lleva en la mano y se frota los párpados. Las siluetas lo golpean de pronto a pesar de la distancia. Cree verla. La intuye. Minutos después, derrotado y exhausto, se descubre arrodillado en la arena. El dolor aún grita al mismo tiempo que pelea a puñetazo limpio con sus pensamientos. Nadie gana. Abre los ojos, la música regresa lentamente a sus oídos y ve a dos jóvenes apartarse rápidamente de él. Avergonzado, se pone de pie de inmediato, tratando de recuperar la normalidad de su aliento. Se aleja lentamente y, bajo las sombras intermitentes de los autos, decide que es hora de caminar a casa.

Alas nueve de la mañana su perfecta silueta sigue dibujada en la cama. Se quedó dormido. Mariano abre lentamente los ojos, y observa la amplitud de sus cortinas, su habitación está tan oscura como una noche sin luna, pero el reloj le anuncia que ya es de día; apresurado, se acerca a la ventana, corre las amplias cortinas y, al dejar entrar la luz del sol, el gran jardín de la casa le ayuda a serenarse. Su hogar, de un diseño moderno creado exclusivamente para él, viste de madera y piedra combinadas con gigantescos cristales. Es una construcción eficiente y ecológica, pensada para transmitir paz a medida que los ojos la recorren. “Está pensada para que la inspiración que tanto admiras te llegue cada mañana”, había dicho el arquitecto al entregarle las llaves. Años después, al recordar ese momento, le es inevitable sonreír con melancolía. “La inspiración es una bella enfermedad que desgraciadamente tiene cura.” Ésa era la conclusión que, desde hacía meses, se había formado en su mente. Él sabía por experiencia que la mejor medicina era la rutina. De pronto, frente a la terraza de la habitación y en medio de la agitación que el atraso le ha causado, es más consciente que nunca y sabe con certeza que debe hacer lo que quiere sin importar lo que dicte el protocolo. —Vidas sin vida. Saliva que a ningún lado llega —susurra y se encamina al baño.

Mariano es un hombre metódico que impone orden en su vida para evitar caer en la locura. El despertador repite su alerta, cinco de cada siete días, a las seis y veinte de la mañana, y él, aún entre sueños, gira su cuerpo hacia la izquierda y se yergue con los ojos cerrados; sus pies no cuelgan, sino que, largos y desnudos, se posan en el pequeño kilim adquirido hace dos años en uno de sus viajes a Marruecos, mientras sus manos, casi robóticas, se dirigen a su celular, que ya tiene abierta la agenda semanal. Diariamente, en su camino al baño, mira por el gran ventanal el inmenso árbol que hay junto a la pequeña piscina rodeada de hamacas y una mesa de madera con cuatro sillas. Esa mañana, bañado por la luz del sol y con su delineado y musculoso cuerpo casi desnudo, se detiene a medio camino y regresa a su buró, de donde recoge el vaso de agua que dejó lleno la noche anterior. Es un hombre de poco apetito, pero con gran energía. Hábitos saludables, poco alcohol y ningún cigarrillo, ésas son sus directrices. Todas las mañanas a las seis y cuarenta y cinco abre la puerta principal de la casa y le dedica a su vida treinta minutos. Correr es su desayuno. Corre porque eso le ayuda a pensar. Corre porque quemar sus fuerzas le da fuerza. El ejercicio le limpia el cuerpo, le ordena la mente y le despreocupa. En la ducha, después de avisar que llegará con retraso a su reunión, medita mientras se afeita. Esa práctica, como un ejercicio físico y rutinario, le ayuda a mantener la mente en blanco. Al salir, a pesar de que su guardarropa contiene una gran colección de corbatas de seda y de que la mayor parte de su vestimenta ostenta marcas de renombre, elige unos pantalones de mezclilla y una camisa de lino de manga larga. Antes de abandonar el vestidor se mira al espejo y recuerda nítidamente una frase que escuchó una noche en el teatro: “Somos hasta donde nos llega la piel”. La obra fue reveladora y el título, Del otro lado de la camisa, le ayudó a desprenderse más fácilmente de su preocupación por las apariencias.

A las diez de la mañana, mientras maneja, piensa que su coche necesita un lavado. Acciona los limpiaparabrisas y éstos aclaran la calle. Lo compró apenas hace unos meses por capricho, igual que la mayoría de los óleos y las fotografías en blanco y negro que decoran su oficina: un despacho cómodo, de grandes dimensiones y ventanales que parten del suelo y llegan hasta el cielo raso, permitiendo al sol sentirse un inquilino más. Para sus compañeros de trabajo, Mariano es un jefe que inspira confianza y, sin que su sonrisa posea el dibujo perfecto, cautiva a todas las personas que lo conocen. Sus exigencias son pocas pero le gusta que se respeten las normas. Sus empleados lo describen como una persona sencilla, afable y comprensiva. Todos consideran que su cercanía, su voz pausada y aquel gesto alegre de sus labios son producto del éxito que tiene en los distintos aspectos de la vida. Cuando llega al vestíbulo de la oficina, la recepcionista lo recibe con un comentario amable y juguetón. Su lugar de trabajo es como una delicada melodía de Schubert. El pasillo está cubierto con madera blanca y tapetes orientales, y en las paredes se exhibe orgullosa la colección de arte que inició hace catorce años, cuando, con apenas veinticinco, consiguió su primer cliente importante. Son siete privados.

El suyo, el de su socio y los del resto del equipo; más distintas áreas para los visitantes y una sala de juntas que Mariano mandó poner junto a la cocina, donde está la máquina de hacer café que Rigo, su mejor amigo y socio único, compró en Madrid. Esa cafetera industrial de tonos ocres sirve expresos de calidad inigualable y además, junto a ella, se protagonizan incontables conversaciones, negocios de altos vuelos, confesiones y momentos de gran valor. Después de saludar a varios compañeros de trabajo y aclarar algunas dudas, entra a su oficina y coloca sobre el escritorio varias cartas que le ha entregado la recepcionista. Cuando pulsa el botón de encendido de su computadora, dos pantallas blancas regidas por un solo teclado iluminan su rostro. Aquella modalidad le permite trabajar más rápido. En su despacho, equipado con sillones de respaldo alto y dotados con cojines de la India, hay algunos marcos con fotos suyas donde lo acompa­ ñan amigos y clientes. Su sonrisa predomina en las imágenes. En apariencia, Mariano es un círculo perfecto, con un diámetro de medida justa y listo para ser enmarcado; sin embargo, si uno consigue acercarse lo suficiente, puede notar que esta circunferencia está rota. Él lo sabe, falta un trazo. Aquella talla de exhibición, delgada y atlética, cojea en su interior; sus ojos enigmáticos y su encantadora sonrisa son opacos y difusos. Ésa es la certeza que día a día lo atormenta. Levanta la mirada y observa el cuadro de Vik Muniz que adquirió el año pasado para contrarrestar ese vacío. Son innumerables las texturas que esconde The Cottingley Fairies, Elsie Wright, y por mucho que él ya las haya recorrido, nunca ha conseguido descubrirla por completo. Aquella pieza rectangular de cerca de tres metros de largo le ayuda a concentrarse, a desaparecer en momentos de estrés, a relajarse, a pensar, a olvidar, a ser él mismo. Juliette es su secretaria personal desde hace cuatro años. Es la última pieza de un rompecabezas. Perfecta. El acierto de uno a uno en todos los números de una lotería millonaria. Ella es de esas maravillas que llegan de improviso y que uno teme que cualquier día, al despertar, haya desparecido. Es práctica y apenas le basta una llamada telefónica para brindar una solución. Una mujer de contactos. Mariano mantiene con ella una relación fresca, profesional, cuidadosa e inocente. Aun así, tras aquel envoltorio hay un amor platónico enterrado y silenciado.

Ella besa el suelo que él pisa; sus ojos crecen ante su presencia; su cordura ensordece y en ocasiones se desborda. Su jefe, sin embargo, ama únicamente su eficiencia, comparable a la de un reloj suizo. Ella lo sabe y, para evitar perderlo, siempre cumple —como aquella mañana en que, después de haber llegado casi con dos horas de retraso, Mariano encontró pegada en su computadora una pequeña nota amarilla con los detalles de las reuniones que se reprogramaron en su ausencia—. Junto al ratón hay una taza de café. “¡Qué bien me conoce. No soy capaz de hacer nada sin un expreso en la mañana!”, piensa mientras la sujeta y da un paso hacia la puerta de la terraza, donde años atrás acomodó un pequeño desayunador. Lentamente, como si el tiempo no existiera, bebe su café y pasea la mirada por la ciudad. En la calle, bajo el balcón, ve gente enojada, apresurada, triste y emocionada. Gente habladora; en silencio; tecleando a conocidos o desconocidos; gente chocando y jugándose la vida en cualquier instante. Multitudes a un lado y otro, con o sin destino. Tiendas, pequeños comercios y numerosas bolsas colgadas de los dedos y, como guardianes o supervivientes, los árboles custodiando los pequeños negocios que se alinean uno tras otro en las calles. Hay un bistró, una heladería, una joyería y la grandiosidad de una tienda de muebles haciendo pequeño todo lo que está a su alrededor; y piedras, miles de piedras ordenadas horizontal y verticalmente. El epítome perfecto del sueño americano: capitalismo prefabricado donde la felicidad es algo externo y nadie pasea por su interior. Mariano, aunque afronta la vida con la facilidad de quien ha alcanzado la cima, siente por momentos que opera como un autómata. A gritos, sin un solo oído que lo escuche, pide un cambio. El enamoramiento ajeno pasea a diario por cualquier calle y él nota cómo se le eriza cada uno de los pelos de la espalda cuando lo mira y no se reconoce en él. En el afecto de los seres cercanos es donde puede refugiarse. Ha conseguido la confianza de grandes e importantes conocidos. Personas que siempre están listas para cualquier tipo de conversación: amena, trascendental, banal o divertida. Las tiene al descolgar el telé­ fono, en un café a media mañana o con una copa después del trabajo. Sin embargo, ahí aparece el límite: ellos no saben que hay una puerta cerrada, un muro alto y opaco que rodea un espacio impenetrable. Sus amigos, incapaces de notar aquella ausencia, no detectan que ante cualquier pregunta que intente remover su capa de perfección externa él responde que todo está bien, que él, completo e íntegro, es feliz.

Mariano da por terminado el día cuando el sol aún calienta con fuerza los cristales. Al apagar su computadora siente la necesidad de pedalear junto a la playa, quiere esconderse del ruido bajo los auriculares. Elige a Gui Boratto interpretando Telecaster y, a su ritmo, acelera sobre su bicicleta hasta que sus piernas arden y las ruedas se emborronan ante sus ojos. Aquella tarde su esfuerzo le permite regresar a casa vacío y ligero. De pie ante el refrigerador, lee las notas que le indican qué comida pertenece a qué día. Las ignora y toma sólo una bebida isotónica, camina hasta la mesa de la cocina y busca la hora en el reloj que cuelga de lo alto de la pared. Se siente en calma y, relajado, mira hacia la puerta de entrada, al techo y finalmente de nuevo a la botella. El tiempo corre demasiado rápido cuando espera que alguien abra la puerta. Termina su bebida y tira la botella en un pequeño contenedor de reciclaje que esconde en una esquina. Los azulejos de la cocina forman un laberinto en blanco y negro, y Mariano únicamente pisa los cuadros claros al salir de ella. Aquella noche decide no ducharse. Son pocas las veces que puede abandonarse en la cama sin ninguna convención, quiere el sudor del ejercicio durante el sueño. Pone el vaso de agua lleno sobre la mesita y abre las últimas páginas de un texto sobre inversiones internacionales. Piensa que debería leer ficción o quizás algún poema, pero no lo hace. Lee dos líneas y parpadea lentamente. Le pesa la mirada y, tras deshacerse del libro, se queda a esperar el sueño en medio de la cama y tendido boca arriba para que por ahí salga todo: el silencio, la soledad y el cansancio.

 Una de las cosas que más apasionan a Rigo es el dise­ ño industrial. Este detalle lo supo cuando hace más de una década, mientras él y Mariano se embarcaban en la idea de formar un despacho de fondos de cobertura, su primera compra fue una silla que se mueve divertidamente para delante y para atrás. La historia de esa compañía de inversión comenzó en el mismo edificio que ocupa ahora, pero dos pisos abajo y con la mitad de metros cuadrados. Desde el primer día, Mariano había aceptado que su amigo era un genio para los números pero no tenía sentido común. “Por eso formamos un equipo admirable”, decía siempre, agregando que la sensatez que él adquirió en la Universidad de Wharton no era comparable a la liviandad que su socio experimentó en Columbia.

Esta dicotomía era precisamente lo que había apoyado su amistad a lo largo del tiempo, volviéndola una relación fresca y divertida donde el papel de hermano mayor se intercambiaba según las circunstancias. Esta mañana, la oficina está alborotada debido a que tienen una junta importante: vienen de Inglaterra los altos ejecutivos de una cadena de tiendas que ha tenido éxito en Europa. Quieren traer a Norteamérica sus divertidos y dinámicos establecimientos, donde se venden todo tipo de artículos exclusivos y de diseño industrial, y han pedido la ayuda de Tivoli Cove Investments. Mariano, que revisó su catálogo hace unos días, piensa, mientras el tráfico lo detiene, en comprar una motocicleta que al doblar se se convierta en un maletín, y animándose por la idea incluso sopesa pedir de regreso un caballo de plástico, que había obligado a Rigo a devolver debido a que medía más de un metro y medio de altura. Su socio lo había adquirido con la ilusión de que cualquiera de sus clientes, o incluso él mismo, lo utilizaran como si estuvieran en un rodeo de Texas. Después de llegar a la oficina y saludar a todos, Mariano hace una pausa en la cocina para servirse un café. Intenta huir de Rigo, que trata de explicar a los otros miembros del equipo cómo Marc Newson influyó como ningún otro a los creativos de su generación, pero al salir con su taza en la mano no puede evitar al grupo y termina frente a un sillón reclinable escuchando la explicación de su amigo, que no oculta su emoción.

—Un ejemplo perfecto es su sillón Lockheed Lounge, que a pesar de ser de fibra de vidrio y aluminio es sorprendentemente cómodo. Todos sus diseños son divertidos y útiles

—dice mientras demuestra lo ergonómico de aquel objeto. Mariano, que no puede evitar burlarse un poco de su socio, se retira con cautela hacia su oficina, y cuando está a punto de llegar su gesto lo delata ante Juliette.

—¿Rigo sigue mostrándoles los objetos de ese diseñador?

—Parece una colegiala a punto de conocer a su rockstar favorito

—contesta Mariano mientras imita los saltitos de una niña emocionada. —No te burles. Para él, como para muchos otros, Marc Newson es un símbolo y por ello su visita lo emociona, más aún sabiendo que será él quien se encargará de aconsejarlo sobre el mercado norteamericano.

—Sí, ya, aun así… Mariano entra a su oficina sin completar la frase. Una vez en su escritorio prende su computadora y con la vista repasa los mensajes recibidos. Sale al balcón con su expreso en la mano y se permite quince minutos para contemplar el mundo. Estos instantes son muy importantes para él ya que es cuando le llegan buenas ideas, las que organiza en forma de lista, enumerando los pasos a seguir y los pros y contras de cada una. Esta mañana no es la excepción, y apenas un par de minutos después llega a la conclusión de que invertir en una empresa de papel elegante francés no tiene sentido. “El papel es algo que está llegando a su extinción”, sentencia, y da por zanjado el tema con el último sorbo. Hay momentos en que ahí arriba, en su balcón, Mariano se pierde en la nada. Su mente se abstrae de la realidad y sus ojos dejan de parpadear. Esto lo hace entrar en una especie de estado vegetativo que realmente disfruta. En ocasiones juega a meterse en la mente de las personas que pasan por la calle empedrada, se imagina en qué piensan, se convierte en un artista ambulante, en adolescente y en mujer. Hay un viejo que ha visto más de dos veces y que le inspira un extraño sentido de longevidad por lo conforme que parece su cara de haber llegado a esa edad. Generaciones completas pasan por ahí debajo y él se convierte en todas ellas. Esa mañana, mientras busca un sujeto de análisis, ocurre algo que despierta las partes de su cuerpo. El movimiento en el árbol que está al final de la acera hace que voltee en su dirección, dejando sus pensamientos a un lado y la taza sobre la mesa. Al principio piensa que es un pájaro atrapado que lucha por salir, por lo que inclina su cuerpo hacia delante para lograr una mejor vista; mientras investiga, el árbol se mueve bruscamente, como si un primate hubiese saltado entre sus ramas.

Eso asusta a Mariano, pero aun así se acerca más a la orilla; apoyándose en el barandal, inclina su cabeza, primero a la derecha y después a la izquierda, pero no puede ver nada. En cuestión de segundos, ese mismo sonido lo produce el árbol de junto, que, además, deja caer un par de hojas. Por un instante, piensa en bajar a la calle para entender mejor lo que sucede; está considerándolo cuando la fuente que decora la cuadra se prende bruscamente y tira un chisguete de agua tan fuerte que lo obliga a dejar de asomarse por el barandal.

El chorro, que intenta llegar al cielo, es de un blanco perfecto, y cuando cae en su sitio se convierte en agua color azul violeta. Siguiendo el colorido camino que marca este espectáculo, atisba tres o cuatro peces nadando tranquilamente en la pileta. Mariano se limpia los ojos con las manos para confirmar si lo que ve es parte de su imaginación, pero los peces siguen ahí y puede distinguir cuán grandes son; además, reconoce sus llamativos colores. Uno de ellos es completamente blanco y está coronado por una perfecta circunferencia roja. Su mente se distrae de nuevo cuando el primer árbol vuelve a producir el mismo sonido, aunque esta vez sus hojas no sólo crujen, sino que cambian de color. Está nublado, pero en la calle se dibuja un camino de luz que poco a poco empieza a formar una sinfonía perfecta con el ruido que produce el chorro de agua al caer nuevamente en la fuente. “¿Qué pasa? ¿Demasiado café?” Su pensamiento, que empieza a analizar la escena con detalle, se interrumpe al ver unos tenis blancos; desde la altura descubre que se trata de una mujer joven que viste jeans y suéter azul. Sus ojos comienzan a seguirla mientras descubre, asombrado, que las tonalidades de los árboles se transforman conforme ella pasa por debajo. La mujer se nota fresca y luce un semblante que augura buenas noticias. En cuanto la mira, Mariano se siente despierto y con miedo de que la mujer voltee y lo sorprenda observándola. Sus ojos se enganchan a su belleza y no pueden dejar de seguirla; hipnotizado, la observa entrar al Starbucks de abajo y se descubre inmóvil en el balcón, esperando en contra de su voluntad a que la mujer vuelva a salir. Se pone de puntillas para poder ver más claro y nota que el verde del logotipo de la tienda parece haber cobrado vida, con la sirena del emblema susurrándole algo que no alcanza a escuchar. Espera atento y gustoso de saberse un espía.

De pronto, un relámpago lo distrae de su nueva profesión de detective privado obligándolo a mirar de lado y buscar la razón del sonido. La puerta de la tienda de muebles se abre y, dando la impresión de que ahí abajo se produce un concierto, la siguiente fuente en medio de la calle se prende con la misma fuerza que lo hizo la anterior. Mariano mira con atención el suceso y no se da cuenta de que la mujer de pelo largo y ondulado a la que estaba espiando ha salido de la cafetería y camina, con su bebida en la mano, del otro lado de la calle. Cuando la reconoce, casi por instinto se tapa la boca para no reír. El sonido de los árboles le va indicando por dónde camina, aunque parece volar sobre la calle; sus pasos son rápidos y ligeros, como si no tocaran la Tierra; al llegar a la esquina da vuelta a la izquierda llevándose con ella el verde brillante de las hojas y el sonido tembloroso que producían. A él le parece extraño, pero lo ignora. Le emociona aquel descubrimiento y, con esperanzas de verla de nuevo, se queda esperando a que algo pase. Rigo interrumpe su aventura tocando a la puerta de vidrio que da al balcón. Le informa con voz amable que los inversionistas de Inglaterra han llegado y que está todo listo para recibirlos. Mariano recoge su taza de café y entra a su oficina. Recuperado de aquel episodio, se asegura de llevar todo lo necesario y se dirige a la sala de juntas. Cerca de la puerta se percata de que le falta una pluma, regresa a su escritorio y la encuentra junto a una fotografía enmarcada. La mira y lo que ve produce que la felicidad que traía puesta en la cara desaparezca y también que sus hombros bajen con fuerza, como si su cuerpo aterrizara de aquel viaje. El sentimiento lo incomoda tanto que guarda el retrato en un cajón y sale apresurado, acomodándose el cabello. La reunión dura un par de horas y es un éxito; por la tarde, Mariano está cansado y ha tomado más café que nunca. Los peces que vio en la fuente lo intrigaron durante toda la mañana, y ahora que se ha desocupado invierte varias horas en buscarlos...


¡Gracias por leer a Jessica Iskander!

Leíste 20 minutos

Todos los derechos reservados Penguin Random House Grupo Editorial

Aviso de privacidad