Mi negro pasado

por Laura Esquivel

20 minutos

Capítulo 1

Todo el problema comenzó con lo de las tortas de navidad.

—¿Por qué?

—Porque se supone que la cebolla debe estar fina­mente picada.

—¿Y?

— Pues que yo la corté en trozos grandes.

—¿Y eso es lo que hizo enfurecer a tu mamá?

—¡Claro que no! El tamaño de los cuadritos de la cebolla fue un mero pretexto que ella utilizó para agredirme. El error que cometí se podía solucionar perfectamente pero ella empezó a decirme que nunca la escucho y que cada vez que rompo las reglas en la cocina se pone en evidencia mi valemadrismo...

—¿Pero tú sabías que la cebolla debía de ir finamente picada?

 

—¿Y eso qué chingados importa? ¿Tú también te vas a poner de su lado? ¿No se supone que como mi psi­coanalista debías apoyarme? ¡Cómo si no supieras que mi mamá me odia! ¿Qué te pasa?

— Lo único que intento saber es cuáles son los re­sortes emocionales que intervienen en tus problemas con la comida.

—¡Yo no tengo problema con la comida!

—¿No? Mmm… ¿Sí sabes que me dedico a atender a comedores compulsivos, verdad?

—¿Sabes qué? Chinga tu madre.

María tomó su bolso y salió del consultorio dan­do un enorme portazo. Se detuvo un momento en las escaleras pues sintió que le faltaba el aire. Estaba fu­riosa. No podía recordar quién le había recomenda­do a esa psicoanalista. Quería llamarle en ese mismo instante para hacerle un reclamo. Con qué tipa más imbécil e insensible la habían enviado. ¿Cómo se le ocurría que debía reaccionar después del repudio de su esposo y del rechazo colectivo al que se estaba en­frentando? Comer como descosida era mucho menos grave que recurrir a cualquier droga y eso de ningu­na manera significaba que ella tuviera problemas con la comida. Pendeja. No pensaba volver a verla nun­ca más. Ya bastantes problemas tenía encima con las fiestas decembrinas como para aparte tener que lidiar con esa mujer.

María sufría de depresión estacional y cada año se tenía que empastillar para poder asistir a las fies­tas familiares de buen talante. No siempre lo lograba. Nunca sabía cómo vestirse para disimular su gordura y evitar las miradas de sus primos y primas sobre su enorme panza. Algunos parientes por ignorancia o sim­plemente mala leche le preguntaban si estaba embara­zada. María invariablemente respondía que sí. Quería ver si el próximo año a esos mismos pendejos les iba a interesar preguntar sobre sus supuestos hijos. Jamás lo hacían. Ahora, por primera vez tenía algo para sor­prender a toda su parentela pero a estas alturas ya todos debían de estar enterados. A comienzos de diciembre había nacido Horacio, su primogénito. Un niño bello y sano pero inexplicablemente negro. Negro como el azabache. Negro como la luna negra que marcó su destino. Negro como la oscura Navidad que le había caído encima. A partir del nacimiento del niño toda su vida se trastocó. Su esposo la acusó de infidelidad. A su mamá literalmente le dio un ataque de nervios. Nadie pareció creerle que el niño era el producto del amor y que había sido engendrado dentro de un matrimonio legítimo.

 

María se había casado muy enamorada. Había espe­rado la llegada de su hijo llena de entusiasmo. Incluso había pensado que ese nacimiento decembrino podía hacerla superar sus problemas con las fiestas navide­ñas. Bueno, pues todo salió peor de lo que esperaba. Lo más triste era que no pudo amamantar al niño. Su esta­do emocional le afectó demasiado. Las hormonas se le alborotaron. La depresión post parto fue un verdadero infierno. Y a pesar de todo hacía un esfuerzo sobrehu­mano para ser una madre funcional que atendía a su hijo diligentemente y que trataba por todos los medios de alimentar a un niño que se rehusaba a beber leche de fórmula y lloraba constantemente. María terminaba llorando junto con él. Cuando ya no había más llanto dentro de sus ojos, cuando sólo quedaban los sollozos, María y Horacio se miraban pidiendo comprensión uno al otro. María le acariciaba los rizos de la cabeza y le pe­día su cooperación. El niño, sin palabras de por medio, la miraba profundamente y con resignación bebía la le­che que su madre le daba.

Cuando Horacio se dormía, María lo observaba con curiosidad. Ese niño era un misterio. No podía dudar de su maternidad. Sin lugar a dudas era su hijo. Ella lo había visto nacer. Salió de sus entrañas. Sus facciones correspondían con las que habían visto infinidad de ve­ces en los videos de los ultrasonidos que le practicaron. Cómo añoraba esa sensación de alegría profunda que le provocaba escuchar el corazón de su hijo cuando aún era un feto. El latido no tiene color. Es sólo un sonido maravilloso que anuncia la vida. El latido de Horacio era tan fuerte. Cuando estaba en su vientre todo parecía normal. No había razón para el extrañamiento. Nunca se imaginó el desconcierto que ocasionaría al nacer. Su esposo Carlos estuvo presente durante el parto. Estaba filmando el evento. María recordaba claramente el ros­tro de Carlos cuando el niño nació. Era de terror. Dejó de filmar, bajó la cámara y volteo a verla. María creyó que algo muy grave estaba sucediendo. Incluso pensó que su hijo había fallecido pero cuando lo escuchó llo­rar, respiró aliviada. ¿Qué era lo que pasaba entonces? El doctor y Carlos se miraron con extrañeza. ¿Qué pasa? —dijo María. El doctor le colocó al niño sobre el pecho como respuesta. Carlos salió de allí antes de que María lo viera llorar. María vio a Horacio y no supo cómo reaccionar. Lo abrazó con cariño pero llena de dudas. Era increíble lo que un color de piel podía provocar. Tanto María como Carlos eran blancos. Carlos incluso tenía el pelo rubio y María ojos verdes. ¿De dón­de había salido Horacio con ese color de piel? Conforme pasaron los días le fue urgiendo obtener una respuesta.

 

Lo primero que se le ocurrió fue hacer una prueba de adn pero Carlos se rehusó. Luego pensó en mandar ha­cer un árbol genealógico de las dos familias. Esperando, claro, que fuera en la familia de Carlos donde hubiera habido un familiar de la raza negra. Por un lado le daba miedo investigar y al hacerlo abrir una caja de Pandora pero por el otro, no le quedaba mejor opción. Ese pre­ciso día, se suponía que después de su cita con la psi­coanalista se iba a entrevistar con una persona que se dedicaba a hacer ese tipo de investigaciones. Acababa de salir del edificio donde se encontraba el consultorio de la doctora para dirigirse a la oficina del Licenciado Ló­pez, cuando entró una llamada a su celular. Era su her­mano Fernando.

—¿Dónde estás?

—Saliendo de la psicoanalista… oye, por cierto, ¿tú fuiste el que me la recomendó?

—No. ¿Por qué?

—Por nada…

—Oye, te llamo para informarte que a mi mamá le dio un infarto. Nos estamos yendo al hospital. Dejé a Horacio con Blanca. Dice que si quieres, ella lo cuida para que puedas venir conmigo.

María no daba crédito a lo que escuchaba. Desde que tenía uso de razón, el mes de diciembre se hacía acompañar de desgracias. ¡Y luego querían que le agra­daran las fiestas decembrinas! ¡Qué horror!

 

CAPÍTULO 2

 

Ese definitivamente no había sido su día. Horacio lloró durante toda la noche. Carlos gruñó y pro­testó varias veces. Con desesperación preguntó si no había alguna manera de hacer callar al niño pues él tenía que ir a trabajar al día siguiente. María hizo lo que pudo pero no tuvo mucho éxito que digamos. No recordaba a qué hora Horacio y ella por fin se durmie­ron. Al despertar, con sorpresa descubrió que Carlos no estaba a su lado. Se había ido. La había abandonado. Se encontró una carta en la que le decía que no podía más y que necesitaba espacio. Que aún sentía amor por ella pero no podía soportar la presencia de Horacio. Lo que más le dolió fue que le dejara sobre el tocador el dvd con la filmación del nacimiento del niño, como se deja una bolsa de basura. Sintió un dolor físico, real, en el centro del pecho y una molesta náusea en el plexo solar.

 

Antes de que pudiera tomar mayor conciencia de lo que la partida de Carlos le provocaba, el llanto de su hijo reclamó su atención. Claramente exigía su alimento. María lo abrazó y lloraron juntos aunque por muy dis­tintos motivos.

Más tarde, María llevó al niño a casa de su her­mano para que Blanca, su cuñada, lo cuidara mientras ella visitaba a su mamá en el hospital. Tenía que rele­var a su hermana Carolina, quien había cuidado a su madre toda la noche. Se le hizo tarde. Había tráfico. El semáforo estaba descompuesto. Todo parecía estar en su contra.

Oprimió el botón del elevador. La puerta se abrió y salió una mujer con uniforme de enfermera, María su­bió inmediatamente después de ella y cuando la puerta se estaba cerrando se percató que ese elevador estaba in­festado con un olor mortal a pedo. Sostuvo la respiración y mientras buscaba entre sus pertenencias un pañuelo para cubrirse la nariz la puerta se abrió nuevamente e ingresó al elevador un doctor realmente guapo, mismo que también aspiró el pedo. María se quería morir de la vergüenza. Sin querer, se había convertido en la pre­sunta responsable de un pedo ajeno. Lo peor de todo no era eso sino que pronto descubrió que el doctor iba al mismo piso y a la misma habitación que ella pues era el cardiólogo de su mamá. Antes de entrar al cuarto, el doctor le preguntó:

—¿Viene a ver a la señora Alejándrez?

—Sí, pero yo no me eché el pedo.

—¿Perdón?

— En el elevador, cuando yo me subí ya me lo en­contré ahí.

El doctor se rió abiertamente mientras abría la puer­ta con caballerosidad y le daba el paso a María. Dentro de la habitación unos ojos recriminaron la escena. Era la mirada de Carolina, la hermana de María, quien sos­tenía la mano de su madre.

—Bueno, mamita, ya llegó María, TARDE… pero ya está aquí y mira, el doctor Miller también vino a verte, así que te dejo con ellos porque yo tengo una IMPOR­TANTE junta en el trabajo. Vengo en la tarde.

—Sí, m’ijita, vete tranquila.

Carolina recogió sus cosas rápidamente y se despi­dió de todos.

El doctor Miller no perdió detalle del intenso cruce de miradas que intercambiaron las hermanas, de la ma­nera en que se tensó el ambiente cada vez que Carolina habló. También le quedó claro que el rostro de María no sabía esconder nada. Esa mujer estaba sufriendo y no precisamente por la agresión pasiva de su hermana o la enfermedad de su mamá. La vio aspirar profundamente y apretar los labios para no discutir con su hermana fren­te a su madre. La vio dar la espalda y fingir que estaba mirando por la ventana para limpiarse disimuladamen­te unas lágrimas. Así que cuando terminó de hacer su visita médica, le pidió a María que saliera un momento al pasillo para hablar con ella.

En cuanto estuvieron solos y cerraron la puerta tras ellos, tiernamente le puso a María la mano sobre el hombro y le preguntó:

—¿Está bien? ¿Quiere que le recete un ansiolítico?

María no pudo más. Soltó el llanto. El doctor la abrazó delicadamente. María se sintió totalmente arro­pada. Un abrazo de esa naturaleza, aunque proviniera de un extraño era justamente lo que necesitaba. El doctor Miller le acarició el pelo, como si estuviera confortando a una niña pequeña. María le agradeció de todo corazón ese momento. Siempre lo recordaría.

Más pronto de lo que imaginaba el doctor le brindó una nueva oportunidad para que le estuviera agradecida. Al día siguiente falleció su madre. A María le correspon­dió quedarse en el hospital para hacer los trámites per­tinentes. Carolina y Fernando estaban en la funeraria haciendo lo propio. A Blanca le pidieron hacer llamadas a familiares y amigos, así que no pudo ayudarla a cuidar a Horacio. María estaba dando vueltas en uno de los pa­sillos del hospital con su hijo entre los brazos, cuando se encontró de frente con el doctor Miller. El cardiólogo se acercó a ella y a manera de pésame le dio un nuevo abrazo. Acto seguido le acarició a Horacio la cabecita y le preguntó a María:

—¿Es su hijo?

—Sí —respondió con timidez.

—Es realmente bello.

María supo que no lo decía por compromiso, sino que en verdad le parecía un niño bello. Era la primera vez desde que su hijo nació que alguien se lo chuleaba con toda sinceridad y sonrió agradecida. Le resultó ab­surdo sentir gratitud sólo porque alguien mencionara la belleza de Horacio, porque lo normal, lo que ella hubie­ra esperado es que la gente mirara a su hijo tal y como el doctor lo hacía: sin prejuicios. Así que sí, estaba agra­decida y conmovida, se le hizo un nudo en la garganta y no pudo responder nada. Sólo asintió con la cabeza y celebró en silencio que una persona valorara lo más amado para ella. En un instante se sintió menos sola, menos repudiada. Y era lógico. Su familia, la cercana, la que debía apoyarla, no lo estaba haciendo. Todo lo con­trario, al día siguiente, cuando iba a entrar a la funeraria su hermana Carolina corrió a su encuentro y antes de

 

que cruzara la puerta, la detuvo. Le explicó que su jefe y algunas personas importantes de su empresa estaban en ese momento velando a su mamá y que no conside­raba prudente que ella entrara con Horacio pues el niño generaba “mucho ruido” a su alrededor y ella no estaba en condiciones adecuadas para dar alguna explicación. ¡Hija de la chingada!, pensó María y antes de decirlo en voz alta buscó con la mirada a Fernando, su hermano, quien al ver lo que estaba sucediendo se acercó a ellas pero, no se atrevió a defender abiertamente a María y poner a Carolina en su lugar. Siempre había sido así. No tenía carácter.

—Mira, hija de tu puta madre, yo entro porque entro. El cuerpo que estamos velando también es el de mi mamá y tengo el mismo derecho que tú de es­tar ahí…

—Claro que no, sabes que mamá murió por tu culpa…

—¡Qué te pasa, pendeja! ¿A qué te refieres? ¿A que tuve un hijo negro?

—Sí, a eso mismo… y quién sabe de qué padre…

—María le dio su hijo a Fernando con la clara inten­ción de tener las manos libres para golpear a su hermana pero en ese instante se escuchó una poderosa voz a sus espaldas que le habló con gran autoridad.

—¿Qué pasa aquí? ¿Por qué están dando este espec­táculo?

—¿Y tú quién eres? —preguntó María.

—¡Tu abuela! —le respondió la anciana mujer —¿y quién es este niño?

—Mi hijo…

—La abuela se dirigió con dureza a Carolina y le preguntó:

—¿Y tú qué? ¿Te avergüenzas mucho de tu sobrino?

—¿Abuela?, ¿eres la abuela Lucía? —preguntó Ca­rolina con incredulidad.

—Sí, la misma a la que nadie tuvo a bien informar­le que su hija había muerto, me tuve que enterar por el obituario…

—Bueno, abue, discúlpame… es que no supe qué ha­cer… no sé si a mi mamá le hubiera gustado que vinieras…

—¿Y por eso no me avisaste? La abuela giró la ca­beza y dirigiéndose a María le preguntó: ¿Y ésta, aparte de racista, siempre es así de pendeja?

María no pudo adorar más a su abuela en ese mo­mento. Tenían años, muchos años de no verla y había olvidado la enorme fuerza de carácter que la distinguía. Lamentó que por tanto tiempo su mamá y ella no se hu­bieran hablado. Tuvo que reprimir las ganas de besar y abrazar a la abuela hasta el cansancio.

—Mira, niña, si tu hermana y mi bisnieto no entran, yo tampoco…

Carolina levantó los hombros en señal de “mejor para mí”. Entonces la abuela se acercó a Fernando y le quitó al niño de los brazos; Carolina, temiendo que la abuela y María intentaran practicar una entrada forza­da a la funeraria, se puso delante de ellas. Fue ridículo que al momento de entregarle a su sobrino a la abuela, Fernando, tímida y totalmente fuera de lugar, saludara.

—Hola, abue, yo soy Fernando…

La abuela le dio a Fernando un pequeño golpe en la mejilla a manera de saludo pero ni siquiera le respon­dió. No era el momento. Y en contra de lo que Carolina esperaba, la abuela dio un giro sobre su pies y dio una orden de retirada contundente.

—¡Vámonos, María! Para velar a alguien no es ne­cesario estar frente a un cadáver rodeado de zopilotes.

María obedeció sin chistar. La abuela le estaba dan­do la oportunidad de retirarse dignamente y mientras se alejaban del lugar le dijo:

—Te agradezco mucho esto, abue, pero no es nece­sario que tú también te vayas…

—Claro que sí, es más, tu hermana tiene razón, no sé por qué fregados vine a un lugar en donde nadie me había llamado… y bueno, también es cierto que tu mamá no deseaba verme… En el avión me pregunté constantemente ¿A qué voy?… ¿A qué voy?… ahora lo comprendo… vine por tu hijo y por ti.

Era una mañana de invierno triste y fría pero mo­mentáneamente el sol salió y en ese preciso momento, y como sólo sucede en los musicales de Broadway, se comenzó a escuchar la voz de Cyndi Lauper interpre­tando On the Sunny Side of the Street, que provenía de una tortería cercana, la cual no tenía el menor empacho en poner su sistema de sonido a todo volumen. María y Lucía, a pesar del trago amargo que acababan de pa­sar, se miraron sorprendidas, sonrieron y continuaron su camino por el lado soleado de la calle acompasadas con la alegre música que les cubría las espaldas en su dramática retirada.

“Grab your coat and get your hat

Leave your worry on the doorstep

Just direct your feet

To the sunny side of the street

Can’t you hear a pitter-pat?

And that happy tune is your step

Life can be so sweet

On the sunny side of the street…”

Toma tu abrigo, toma tu sombrero,

deja tus preocupaciones en la puerta,

encamínate hacia

el lado asoleado de la calle.

¿No escuchas el ritmo?

Oh, la tonada alegre está en tus pasos,

la vida puede ser tan dulce,

en el lado asoleado de la calle.

 

CAPÍTULO 3


Lucía, la abuela, definitivamente le caía bien a María. Durante el vuelo que las llevó a Piedras Negras hizo gala de su enorme calidad humana. Era una mujer de impactante personalidad. Guapa a pesar de sus 81 años. Fuerte, discreta, sincera, cariñosa. Que así como elevaba la voz para reclamar sus dere­chos, sabía guardar el más profundo de los silencios. No se había atrevido a interrogarla —como todos los demás— ni a dudar de la legitimidad de su hijo Hora­cio. Le conmovía ver la ternura con la que abrazaba y besaba a su hijo y la forma en que éste correspondía a su cariño. En cuanto la abuela lo tomaba entre sus bra­zos, Horacio caía en un sueño profundo y dormía como un bendito entre sus enormes pechos. Ver a su hijo dormir de esa forma la relajaba. Le brindaba un poco del alivio que tanto necesitaba. Mucho más en esos momentos. De por sí los aeropuertos la angustiaban y ahora, con un hijo en brazos, pues ni hablar. Antes de viajar, tuvo que tomar demasiadas decisiones. Qué em­pacar, qué dejar, qué podía llevar a bordo y qué no. Al documentar, tuvo que elegir entre ventanilla o pasillo. No era algo muy complicado de hacer pero la mente de María tenía tanto que procesar que no podía tomar esas simples decisiones. No le gustaba la ventanilla por­que si le daban ganas de ir al baño, tenía que molestar a los pasajeros de al lado y tampoco la convencía el pasillo pues al llegar a su destino, le generaba mucha angustia la presión silenciosa que ejercían sus vecinos de asiento para que se levantara de inmediato ya que después del aterrizaje todos querían salir disparados, cual espermatozoide en busca de óvulo. Afortunada­mente en esta ocasión, la abuela Lucía viajaba con ella y le brindó la ayuda que tanto necesitaba. En cuanto llegaron a sus asientos, la abuela tomó a Horacio entre los brazos para que María pudiera descansar un poco. María se acomodó en el asiento del avión y se relajó. Dejar todo atrás e irse por un tiempo a vivir al rancho de la abuela parecía ser la mejor decisión que había tomado en la vida. Significaba estar lejos. No tener que presenciar el derrumbe del mundo que Carlos y ella habían construido con tanto cariño. No ver su casa desmantelada. No saber lo que Carlos se iba a llevar o dejar de los objetos que integraron lo que fuera su ho­gar. No ver cómo se marchitaban las flores de su jardín. Tampoco quería discutir con Carolina por la herencia que su madre les dejó. Básicamente, no quería ver su pasado. Se merecía un alto en el camino y, gracias a que en su trabajo aún gozaba de su licencia de mater­nidad, podía darse ese lujo.

El chofer de la abuela los recogió en el aeropuer­to y de inmediato los llevó al rancho en donde todos los trabajadores los esperaban para darles la bienvenida. Chencha, una mujer casi de la misma edad de la abue­la, —descendiente directa de otra Chencha que traba­jó por años en casa de la familia de la Garza— quien funcionaba como ama de llaves, los condujo a la ha­bitación que prepararon para ser ocupada por Horacio y ella. Era enorme y totalmente acogedora. Le habían puesto una mesa de noche junto a su cama, un escritorio en medio del cuarto, un tocador y hasta una cuna con todo y mosquitero. A María le sorprendió que, a pesar de la premura del tiempo con el que les informaron a los trabajadores de su llegada al rancho, todo estuviera resuelto: las cajas de pañales, la leche, la tina para bañar a Horacio. Todo, absolutamente todo estaba previsto y las necesidades más inmediatas, tanto de ella como de su hijo, plenamente cubiertas. Con el paso de los días, María comprendió que la causa de ese milagro de or­ganización se debía a que la abuela tenía una enorme bodega que sería la envidia de cualquier productora de cine. En su interior había almacenado e inventariado todo tipo de objetos que iban desde camas, ollas, co­bertores, sillas, lámparas, almohadas, sombrillas, hasta cámaras fotográficas, teléfonos obsoletos, discos, radios, proyectores de diapositivas, de cine en diferentes forma­tos, de transparencias… bueno, prácticamente todo lo que a uno se le antojara. Dicho de otra manera, en casa de la abuela fácilmente se podía filmar una película de época sin necesidad de alquilar nada. Lo increíble del caso es que, con la misma facilidad con la que Lucía atesoraba objetos, se deshacía de ellos. No le costaba trabajo desprenderse de cosas superfluas, de baratijas, de objetos carentes de un significado afectivo. Las bol­sas de plástico eran un ejemplo. A la abuela le moles­taba enormemente el daño ecológico que ocasionaban, así que en el rancho estaban prácticamente prohibidas. Para ir de compras contaban con magníficas bolsas de yute, de lona o de papel. Esta postura era congruente con la forma en que se vivía en el rancho. La abuela se sostenía económicamente por medio de una empresa de productos ecológicos que fabricaba jabones de baño, de ropa y de trastes, así como líquidos para limpiar vidrios, para desmanchar ropa, para quitar grasa. También ma­nejaba una línea de productos para la higiene corporal que incluía shampoo, pasta dental, cremas de cuerpo y de rostro. Su empresa era muy exitosa y le permitía vivir holgadamente.

María sólo podía ponerle un pero a la abuela: ¡No tenía Internet! Lo cual resultaba catastrófico para una persona adicta a las redes como ella.

—¿Internet? No, no tengo… ¿Para qué quieres In­ternet?

—Pues para enviar y recibir correos, para mantener­me informada de lo que está sucediendo en el mundo, para…

—No, mi’jita, lo único que necesitas por el momen­to es tener tiempo para ti… Todo lo que el mundo de la tecnología aparentemente te da, en verdad te lo quita…

—¿A qué te refieres?

—A que se vuelve tu patrón, te esclaviza, te contro­la, te dice qué hacer y a qué hora, te marca el ritmo, no te deja tiempo para ti, te mantiene ocupada en muchos asuntos que en verdad no importan… ahora lo único que necesitas es recuperar tu paz…

María, muy a su pesar tuvo que reconocer que la abuela tenía razón y por lo mismo mantuvo la boca ce­rrada. Sabía perfectamente que no le iba a dejar nada bueno buscar en Facebook noticias de Carlos. Ni leer los comentarios de sus amigas respecto a su separación, ni enterarse de cuántos muertos se habían acumulado en el país en las últimas horas. Así que continuó bebiendo en silencio el té de paja de avena que la abuela le había preparado y que supuestamente la iba a ayudar a relajar­se. Se lo tomó por mera cortesía porque dudaba mucho que le fuera a hacer efecto. Si el ansiolítico que el doctor Miller le había recetado no le estaba haciendo efecto, mucho menos le iba a servir tomarse un simple té para calmar sus nervios. Por supuesto que subestimó los pro­fundos conocimientos que la abuela tenía en el campo de la herbolaria. La infusión no sólo la tranquilizó sino que en pocos minutos se sintió tan relajada que por un buen rato dejó de pensar en el asunto del Internet. En cuanto le dio la última mamila a Horacio y lo puso a dormir en su cuna, cayó sobre la cama y no se despertó hasta las ocho de la mañana del día siguiente.

Los ladridos de los perros del rancho la despertaron. Se incorporó sobresaltada. Ya era de día y su hijo ¡no había llorado! Corrió a revisar la cuna y el niño no es­taba dentro. Salió de la recámara y escuchó un canto proveniente de la cocina. Abrió la puerta y ahí estaba Horacio, en brazos de la abuela, durmiendo plácida­mente mientras ella le cantaba una canción en lengua náhuatl. Al verla, Lucía le brindó una amplia sonrisa y le preguntó:

—Buenos días. ¿Cómo amaneciste?

—Bien abue… hasta ahorita me desperté… ya es tardísimo… ¿verdad? —respondió María, todavía ador­milada.

—Depende… el tiempo siempre es relativo. No te preocupes, lo bueno es que te repusiste un poco. Te ur­gía un descanso.

—¿Y Horacio también durmió todo este tiempo?

—No, empezó a llorar como desde las cuatro de la mañana, pero como no lo escuchabas lo saqué de la re­cámara para que te dejara dormir…

—Qué pena, abue, no volverá a pasar…

—No hay problema. Yo me levanto desde esa hora, y cuidar a tu hijo es el mejor regalo que he tenido en mucho tiempo…

—¿Y aceptó la mamila?

—Sí. Al principio, como que no quería porque mez­clé la leche de fórmula con atole de trigo germinado y le pareció extraño el sabor pero cuando pasó la primera im­presión, lo aceptó y mira cómo quedó de tranquilito…

—Pero abuela… ¿Por qué le pusiste ese atole?... ¿No le irá a hacer daño?

 

Lucía rió divertida y le puso a María el niño entre los brazos para darle una verdadera cátedra sobre la ali­mentación a base de germinados al tiempo que prepa­raba el desayuno para ambas. Tomó un viejo comal de hierro forjado y lo puso al fuego. Sacó del refrigerador unos bollos de tortillas de harina que había amasado la noche anterior y comenzó a extenderlos sobre una ta­bla de madera con la ayuda de un rodillo. El paloteo era rítmico y preciso. Cada bola de masa se convertía en una tortilla perfectamente redondeada. El contacto entre el rodillo y la masa y entre la masa y la mesa producía una música totalmente hipnótica. La abuela se deslizaba por la cocina con la precisión de una bai­larina. María había visto a su madre extender tortillas infinidad de veces pero nunca de la manera en que la abuela lo estaba haciendo. Su madre lo hacía mediante una técnica rígida, la abuela le imprimía gran sensuali­dad a cada uno de sus movimientos.

Acto seguido, las puso a cocer sobre el viejo co­mal al que no se le pegaba nada pues se utilizaba sólo para cocer las tortillas de harina y con el uso y el paso del tiempo se le había formado una capa protectora mil veces más poderosa que el mentado teflón que tanto se anunciaba en los comerciales de la tele. Ese comal nunca se lavaba. Cuando se terminaba de utilizar se le limpiaba con un trozo de papel y listo.


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