El color del silencio

por Elia Barceló

5 minutos

Ayer soñé con La Mora. Era uno de esos sueños que al principio no se distinguen de la realidad y a la vez son como los sueños de descubrimiento, que producen esa euforia no solo del reencuentro con lo muy amado, sino de maravillado asombro por todo lo que es nuevo, lo que siempre estuvo allí y uno no fue capaz de ver entonces.

 

La Mora brillaba como una joya en el fondo de un estanque, al mismo tiempo real e imposible, la superficie del agua alterada por ondas y reflejos que revelaban y ocultaban por turnos la existencia de lo que no debería estar allí pero sin embargo estaba.

 

Recorría sus senderos fijándome en las fuentes, en los faroles de hierro y cristales de colores que colgaban de los árboles, en los azulejos de los bancos, con sus dibujos geométricos azules y verdes y negros. Todo estaba florido y yo sabía que había llegado en la mejor época del año, en esa primavera atlántica fresca y fragante que luego morirá bajo el sol del verano, pero que ahora desplegaba sus encantos para todos los sentidos del contemplador, del raro paseante que se dejara arrastrar por la pura belleza de la vida que volvía a surgir, poderosa, después del letargo invernal.

 

Me detuve debajo de uno de esos árboles que nunca supe nombrar, cargado de bolas de flores de color de rosa que cuelgan como adornos de Navidad, disfrutando de la soledad, de la calma y el silencio de aquel jardín, que parecía uno de esos jardines encantados de los cuentos. De un cuento oriental abierto solo para mí.

 

La brisa que venía del mar agitaba las ramas altas, hacía balancearse las flechas oscuras de los cipreses sobre el cielo de un perfecto azul y se frotaba contra las palmas de las palmeras, produciendo ese ruido que, con los ojos cerrados, suena como la lluvia; trayendo desde algún lugar un perfume de clavellinas rojas que competía con el olor de la sal.

 

Sabía que no había nadie en el jardín y que nunca lo habría, que aquella magia era solo para mí. Eso me hizo reír de felicidad y eché a correr por los senderos encontrando tras cada recodo nuevas vistas que no conocía: un laberinto de boj con un reloj de sol en el centro, una gran alberca rectangular salpicada de nenúfares blancos con un surtidor en un extremo que lanzaba al sol su lluvia de diamantes, un templete de mármol desde el que se veía el mar rompiéndose en una playa desierta, un busto romano en una hornacina arropada por una nube de rosas de té.

 

De repente, la soledad empezó a pesarme y deseé intensamente tener con quien compartir toda aquella belleza, pero sabía que los había abandonado a todos, que la culpa era mía, que nunca nadie vendría a aliviar el peso de aquellas sombras que empezaban a salir de debajo de todos los arbustos, a conquistar los rincones más hermosos, a cubrir de tinieblas las estatuas y las flores.

Eché a correr de nuevo tratando de encontrar la casa para guarecerme. Yo sabía que había una casa en algún lugar y que la casa era mía. Las sombras me perseguían y eran sombras calientes, hambrientas, extrañamente vivas.

 

En mi carrera, tropecé contra una fuente, hundí la cabeza en el agua fría y, al sacarla, vi algo brillar en las profundidades, algo que relucía entre las algas intensamente verdes del fondo. Metí la mano en la fuente buscando a tientas el fulgor que había entrevisto, pero el agua se oscurecía por momentos y las sombras se acercaban.

 

Mis dedos se cerraron por fin en torno a algo metálico y frío. Lo saqué venciendo la resistencia de las plantas acuáticas y, cuando abrí la mano para ver qué había recogido, me di cuenta de que el agua se había vuelto roja, como mi mano, que sangraba apretada en torno a un cordón de oro del que pendían varias medallas sanguinolentas lanzando destellos dorados.

 

Dejé caer la joya en la fuente roja y, al alzar los ojos, vi tu sombra, la sombra que me ha acompañado toda la vida y nunca he sido capaz de exorcizar.

 

Luego me desperté en la oscuridad de un cuarto que no era el mío y me eché a llorar, rompiéndome en sollozos.

 

1

 Australia. Época actual

 

Había pasado mala noche, revolviéndose en la cama, despertando brevemente, angustiada, para volver a caer en unos sueños inquietos que no llegaban a ser pesadillas y ya no recordaba pero que le habían dejado una sensación de miedo difuso, una vaga inquietud, como si las sombras que siempre la habían acompañado y que ella llevaba toda la vida exorcizando a través de sus lienzos, estuvieran a punto de encarnarse, salir de la oscuridad y atacarla a plena luz hasta devorarla por completo.

 

No tendría que haberse dejado convencer. Si se hubiera negado, ahora se habría despertado en su propia cama, en su propia casa y, después de nadar un rato en el estanque, podría meterse en su taller y seguir con el cuadro que había empezado la semana anterior. Sin embargo, aquí estaba, en un hotel de Sídney, a apenas una hora de entrar en un ambiente que le resultaba desasosegante y extraño, en busca de algo probablemente inalcanzable que de todas maneras reabriría muchas de las heridas que con tanto mimo había ido cuidando hasta que se habían convertido en retorcidos costurones del alma, ocultos a casi todos.

 

«¿Por qué te empeñas en hurgar en el pasado, Helena? —se preguntó mirando su reflejo en el gran espejo del tocador—. A tu edad y con tu experiencia deberías saber que el pasado no se puede cambiar, que ni siquiera se puede comprender, que la mayor parte de las cosas que sucedieron se han desdibujado hasta el punto de que ni tú misma sabes si fueron como las recuerdas o si, con el tiempo y la narración, han ido cambiando sutilmente hasta acabar convertidas en otra cosa, en otra historia que es la que has elegido contar a base de omitir detalles, de resumir, de tratar de dar coherencia a lo que sucedió.» Esa curiosa manía de los seres humanos de buscar el sentido de las cosas, ese impulso que nos hace ver figuras en las nubes de verano, en las manchas en el techo de una habitación, en las grietas de las paredes, hasta en la superficie de la luna. Pareidolia, se llama. El mismo impulso que nos hace creer que nuestra vida es un todo coherente, que tiene sentido, que todo lo que nos sucedió sirvió para algo positivo, algo que no tendríamos si no hubiéramos pasado por todos esos momentos de dolor, de sacrificio, de fracaso, de renuncia.

 

«¿Serías lo que ahora eres si no hubiera sucedido nada aquella noche de 1969? Si Alicia no hubiera muerto, te habrías limitado a ser la tercera socia en la empresa, a ocuparte de la administración, a pintar solo como hobby, en los ratos libres. Si no hubiera muerto, no habrías salido huyendo despavorida, no te habrías casado con Íñigo, ni habrías tenido un hijo por casualidad, ni los habrías abandonado a todos para lanzarte a la vida de artista que te llevó a recorrer el mundo en los años setenta, una más de los miles de drifters que pululaban por Asia buscando algo que Asia no podía darles porque no estaba dentro de ellos. No habrías tenido tantos amantes, tantas relaciones fallidas. O quizá sí, quizás ese impulso de cazadora estaba desde siempre en tu naturaleza y, de haber elegido una vida más convencional, te habría traído muchos más problemas, ya que, por muy moderno que se crea un marido, a casi ninguno le gusta que su mujer sea sexualmente libre.»

 

Sacudió la cabeza y terminó de pintarse los labios con el nuevo color rojo anaranjado que daba más luz a su piel bronceada. «Deja de darle vueltas. Ya has decidido. Tu vida es lo que es, y no está nada mal. Ahora a ese puñetero seminario, taller o lo que sea, y luego a España, a la boda de la niña, a disfrutar de Madrid unos días, ver si se concreta lo de la exposición y a volver a casa, a Adelaida, a seguir trabajando. El pasado está muerto y enterrado. Nunca sabrás lo que sucedió aquella noche. Te morirás sin saberlo y en el fondo dará igual. Los seres humanos tenemos que aprender a vivir con nuestra ignorancia. Basta ya. ¡A la calle!»

 

Salió del hotel con tiempo de sobra para llegar puntual. Su maldito sentido de la puntualidad, inculcado por su padre, que siempre le había repetido: «La puntualidad es la cortesía de los grandes». Los grandes. La arrogancia de su padre, que también había heredado.

 

Todavía no había conseguido explicarse a sí misma por qué había cedido a la suave y persistente presión de Carlos y se había inscrito en aquella «constelación», que le ocuparía un fin de semana completo y que ni siquiera sabía bien qué era. Algo así como una terapia psicológica, una dinámica de grupo poco convencional, una de esas cosas que ella asociaba con la New Age y las tonterías pensadas para sacarle el dinero a hombres y mujeres, sobre todo mujeres, bien situados, de mediana edad y más bien crédulos. Horroroso.

 

Pero ya no era momento de darle más vueltas: lo había hecho y ahora tenía que apechugar. Igual hasta le servía de algo.

 

Dando la espalda al puerto, se internó por las callejuelas de The Rocks, el viejo barrio portuario de Sídney, llegó a la dirección que figuraba en la invitación, vio una puerta de madera pintada de azul turquesa con una placa sencilla de metal mate y subió la angosta escalera sin tener que tocar ningún timbre.

 

Se oía un murmullo de voces, casi todas femeninas, le pareció. Efectivamente, al llegar, sus ojos se cruzaron con otros cuatro pares de ojos de mujer y, en un instante, todas le sonrieron casi como dándole ánimos por haberse atrevido a comparecer. Lo que esperaba: detestable.

 

Sonrió también, aunque hubiera preferido salir de allí dando gritos, y enseguida la «consteladora» se acercó a ella con la mano tendida. Era una mujer grande y huesuda, de largo pelo gris trenzado a la espalda, vestida con una especie de saco suelto de color violeta sobre el que llevaba un collar aborigen. Seguramente era más joven que ella, pero el pelo sin teñir y el vestido que negaba todas sus formas de mujer la hacían parecer más vieja. Tenía ese aire semiesotérico que a Helena le hacía hervir la sangre, pero parecía genuinamente contenta de verla. Sería porque acababa de cobrar la transferencia por el importe del fin de semana, que no era precisamente barato.

 

—Bienvenida. Soy Maggie. Encantada de recibirte. ¿Tú eres?

—Helena. Helena Guerrero.

—Perfecto. Vienes de Adelaida, ¿no?

—Eso es.

—¿Hablas inglés sin dificultad?

—Claro. —Le pareció casi ofensiva la pregunta, aunque enseguida se dio cuenta de que su nombre no era en absoluto anglosajón y Maggie no podía saber que ella llevaba más de veinte años viviendo en Australia, más de cuarenta hablando en inglés.

—Bien, pues ponte cómoda. Tendremos las sesiones en esa sala de la derecha, elige la silla que prefieras. En los descansos aquí fuera habrá agua, té, café y zumos, algo de picar dulce y salado. Ah, y frutos secos. Todo entra en el precio que has pagado.

 

Le dedicó una última sonrisa y se marchó a recibir a otra participante, dejándola junto a la puerta de la sala donde iba a pasar los próximos tres días.

 

Era un espacio diáfano de unos sesenta metros cuadrados, con ventanas en tres de las paredes y un círculo de dieciocho o veinte sillas iguales de las que siete ya estaban ocupadas: cinco hombres y dos mujeres que cabecearon con amabilidad al verla entrar.

 

Pensó en sentarse en la silla que estaba más cerca de la puerta pero acabó decidiéndose por la de la mitad exacta del círculo. No tenía ni idea de si la «consteladora» sacaría conclusiones a partir de la posición elegida por cada uno, pero prefería que la considerara arrogante al haber elegido la posición central a que supusiera que tenía miedo y quería estar cerca de la salida.

 

Poco a poco fueron entrando los demás, hasta completar el círculo. Dieciocho personas: seis hombres, doce mujeres y Maggie. Todos tenían un aspecto normal y, sin darse cuenta, esta se descubrió pensando si no serían psicópatas disfrazados. Sacudió mentalmente la cabeza. ¡Qué idioteces se le ocurrían! Carlos había asistido a varias «constelaciones» y era perfectamente normal. Ella también lo era y estaba a punto de participar en una. Lo más probable era que todas aquellas personas fueran gente sensata con una gran curiosidad por descubrir cosas sobre sí mismos, o bien gente que llevaba tanto tiempo intentando sin éxito superar un dolor psíquico, un trauma, una herida que no cicatrizaba, que habían decidido darle una oportunidad a algo tan poco convencional como una «constelación». Al menos a ella le parecía poco convencional, aunque por cómo se comportaban algunos de los asistentes, daba la sensación de que para varios no era su primera vez. Si la gente se animaba a volver, eso podía querer decir que no estaba tan mal.

 

Helena apenas sabía qué iba a suceder allí, a pesar de que Carlos y también Stefanie habían intentado explicárselo varias veces. Por lo que había podido comprender, se trataba de una especie de terapia de grupo que consistía en que cada uno de los asistentes, por turno, planteaba un problema íntimo que deseaba resolver, algo que normalmente llevaba muchos años arrastrando. La persona en cuestión formulaba frente a los demás el problema y luego elegía de entre los asistentes a las personas que iban a representar a los familiares, amigos o enemigos que estaban relacionados con esa cuestión en concreto. Una vez elegidos, de modo absolutamente misterioso e incomprensible, al parecer empezaba una dinámica entre ellos que ponía de manifiesto aspectos del problema que en muchos casos nunca habían salido a la luz. Lo que le habían contado Carlos y Stefanie rayaba en lo esotérico y por eso durante muchos años se había negado a participar en una «constelación», a pesar de que sentía curiosidad por ver si aquello podía ayudarla a superar el peor dolor de su vida, ese terrible dolor que yacía enquistado en lo más profundo de su alma y había marcado toda su existencia desde los veintidós años. No albergaba muchas esperanzas, pero no podía negar que muy dentro de ella titilaba una lucecilla de ilusionado deseo, como el de una niña que ha dejado de creer en los Reyes Magos, que sabe muy bien que son solo los padres, pero que aún quiere que exista la magia.

—Bienvenidos —dijo Maggie recorriéndolos con la vista—.

¿Os parece que empecemos?


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