Ciberespías al rescate

por Lydia Cacho y Patricio Betteo

3 minutos

Bruno estaba súper concentrado en su videojuego, se acomodó los lentes con el hombro, casi sin quitar la mano izquierda de la pantalla de su tablet; el giroscopio le permitiría dar el salto mortal para salvarse, por tanto, el movimiento era absolutamente estratégico. Acostumbraba ponerse sólo uno de los audífonos para escuchar el timbre que anunciaba que el recreo había terminado. Aunque sabía que no debía jugar Honorables, Bruno estaba feliz con ese videojuego de inteligencia arti?cial en mundo abierto. De?nitivamente le resultaba imposible resistirlo, debía seguir jugando. Estaba a punto de dar un salto gigantesco para salvar a Teo, un gamer colaborador de la Gran Batalla contra los invasores interestelares, cuando Sam, un compañero retraído y rabioso, se sentó a su lado. Sam estaba concentrado en su teléfono inteligente y él sí tenía audífonos puestos para ignorar todo a su alrededor.

 

El toque que distingue a Sam del resto de los chicos, además de su ropa al revés, son unos lentes de pasta gruesa que quedan pegados a su cabeza con un resorte multicolor aparentemente adaptado de unos goggles para nadar. Bruno había notado a Sam en el salón. Ese chico respiraba todo el tiempo como si estuviera huyendo de alguien, lo habitaba un silencio con olor a miedo. Mientras ambos jugaban  en lo suyo, Bruno notó que Sam rotaba incesantemente el pie izquierdo, como si quisiera desatornillar algo que le estorbaba.

 

Los dos chicos se miraron de reojo sin abandonar por un segundo cada cual su aventura. De pronto, Bruno sintió una ?gura humana frente a él. No solamente cubría la luz del sol que bañaba su rostro; por un instante, en la intensidad del momento, sintió que algún ninja había escapado del juego para enfrentarlo en la vida real. Aterrado, se acomodó los lentes-goggles de nuevo y miró los zapatos: eran los tenis Converse pintados a mano con tonos estridentes, unos jeans doblados en los tobillos y una playera de beisbol blanca y roja.

 

—¡Hey, Myriam! —dijo sin despegar los dedos de la pantalla de su tablet.

—Qué pasó, Bruno —respondió su mejor amiga en tono paciente—. Desarma la bomba de crigs que está a punto de estallar, tus dos guardias ya valieron cacahuate. ¡No te distraigas porque seguro te toca a ti! Niom hizo check-out y no te va a poder cuidar.

 

Bruno la escuchaba y sabía que en esa última frase Myriam estaba sonriendo, pues ella era Niom, la guerrera ninja que lo acompañaba en su exploración por el Monte Everest para aniquilar a los zombis cabeza de elote que intentaban dominar el mundo desde la montaña más alta del planeta Tierra. Moviendo las manos con la destreza del mejor gamer, Bruno anunció su salida de la aventura a sus compañeros de juego que estaban regados por todos los países del mundo.

 

—KInju out —expresó en voz alta, como si los lejanos jugadores pudieran escucharlo a través de su mensaje con un ícono en el minimapa de la pantalla. Entonces cerró la cubierta en su tablet y se puso de pie.

 

Myriam y Bruno miraron a Sam. Él, creyendo que sus lentes-goggles lo protegían de la mirada de los otros, tenía los ojos clavados en los amigos que estaban apenas a medio metro de él. Myriam le sonrió sin obtener respuesta; el chico volvió a la pantalla de su teléfono. La chicharra de la escuela sonó, entonces Bruno y Myriam caminaron hacia el salón de clases mientras Sam, temblando todo por la estridencia del timbre, los siguió con la mirada ?ja como la de un lince que no quiere perder de vista a su próxima presa.


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