Chakras

por Marían de Llaca

5 minutos

PREFACIO

 Sin cuerpo físico no hay alma. Sin alma no hay evolución.

 Pero el alma no sólo necesita un cuerpo físico que la reciba para encarnar y le dé un lugar en el mundo, también requiere una estructura llamada cuerpo sutil, la energía que sostiene y genera el funcionamiento de todo tu organismo: glándulas, sistemas, órganos, tejidos, células, moléculas y partículas cuánticas. Sólo entonces la vida es posible.

 Desde la antigüedad, muchos investigadores, médicos y personas sabias se han dedicado al conocimiento de la energía sutil, lo han registrado y custodiado como herramienta de curación, transformación y evolución. Algunos manuscritos se perdieron a lo largo del tiempo o fueron destruidos por guerras de conquista y dominación; pero otros aún se conservan con la simbología ancestral que les dio origen, además del conocimiento inherente en la tradición oral. Por ello, existen tantas interpretaciones acerca de los chakras como tantas culturas  alrededor del planeta. Sin embargo, hay puntos de convergencia en los que coincide esa variedad de conocimientos: el funcionamiento orgánico de todo ser vivo está generado por un cuerpo sutil compuesto por la energía kundalini, los nadis y los chakras.

 Este libro tiene la intención de que conozcas la energía de tu cuerpo, no como algo extraño a ti mismo, sino para que, de manera consciente, lo honres. Ése con el que naciste, el que te permite crecer, evolucionar, aprender y envejecer.

 Para estar vivo necesitas algunos atributos de la conciencia: valentía, aceptación y amor. Es aceptarte tal cual eres, con los dones que te fueron otorgados, para entregar al mundo lo mejor de ti; con cualidades físicas que te hacen ser irrepetible, con un diseño único y personalizado. De tal manera que tú seas tú, y que el tú que habita en ti tenga la fuerza de transformar su vida creándose y reinventando una mejor versión de sí mismo cada vez, como resultado y aprecio por lo que siembras.

 Por otra parte, este libro también está dedicado en la memoria de todos aquellos que han expuesto su salud y su vida en aras del estereotipo de lo que actualmente se considera “bello”. Si bien es cierto que a lo largo de la historia el ser humano busca acercarse a un estándar estético que lo vincule a su entorno y lo haga parte de su cultura, también es cierto que en ocasiones recurrimos a medidas extremas para lograrlo; recuerdo, por ejemplo, las prácticas de la China medieval para fomentar la belleza femenina: los pies de las mujeres de clase social alta se fracturaban a golpes, desde la infancia, y se vendaban para evitar su crecimiento. Se llamaban pies de loto. Así las mujeres caminaban elegantemente sobre las puntas de sus muñones, como bailarinas de ballet. Esta costumbre fue eliminada en 1949 por considerarse una práctica bárbara y arcaica, cuando finalmente se aceptó que las extremidades fracturadas y vendadas provocaban discapacidades en las mujeres de por vida.

 Lejos de practicar el vendado de pies fracturados para ser atractivas, en la actualidad recurrimos a otro tipo de prácticas. ¿Cuál es el estereotipo que se persigue hoy en día? Los senos grandes, bien levantados, la cintura pequeña, las caderas anchas y la nariz respingada, como las muñecas con las que muy probablemente jugaste en la infancia. Es el modelo al que aspiran llegar miles de mujeres jóvenes. Sin tomar en cuenta el riesgo para la salud y la vida misma nos hemos acostumbrado, como algo natural, a la práctica de las cirugías estéticas, convirtiéndose éstas, incluso, en uno de los mejores regalos que los padres pueden dar a sus hijas de 15 años. Sin tomar en cuenta la afección energética que esto conlleva, se nos olvida que el rostro y el cuerpo son el lenguaje del alma.

 Así, por ejemplo, en la antigua China (2700-2150 a.n.e.) el arte Miang Xiang, considerado como una ciencia, establece sus fundamentos en la lectura del rostro. Esta filosofía oriental afirma que todo aquello que se manifiesta en el exterior está en el interior y viceversa; por tanto, el rostro es el espejo del alma. Cuando el destino de un ser humano cambia, sus facciones lo hacen de igual manera. En este sentido, una cirugía estética no necesaria (las cirugías estéticas necesarias son las que requiere una persona cuyas facciones quedan desfiguradas a consecuencia de un accidente) puede impactar la psicología, los pensamientos e, incluso, el destino de una persona. Un ejemplo de ello es la experiencia que tuve con una paciente, una mujer exitosa y próspera, cuya suerte cambió drásticamente después de operarse la nariz. Cuando le expliqué que la nariz prominente está relacionada con el éxito y la nariz pequeña y puntiaguda con actitudes infantiles, lo entendió todo. Ahora tiene que esforzarse el doble para lograr sus metas.

 Sin embargo, una de las experiencias que más cimbraron mi vida fue haber conocido a Diana, una mujer exitosa y madre de tres hijos. Déjame contarte su historia.

 Eran las diez de la noche cuando Alfonso, un paciente que acudía regularmente a mi consulta para su bienestar físico y emocional, me llamó para decirme que su hermana, a quien yo no conocía, estaba internada en el hospital: había muerto durante una operación, y cinco minutos después el cirujano la había revivido. Esa noche, Alfonso estaba en el consultorio del doctor Ramírez, quien solicitó hablar conmigo. Era la primera vez que un especialista me pedía, de manera personal, que fuera a un sanatorio para ayudar a un paciente a salir de estado de coma. “Yo no puedo hacer más —me dijo el Dr. Ramírez—, llegó muy grave y tuve que operarla de emergencia”. Alfonso volvió al teléfono. “Por favor, lo que puedas hacer por ella”.

 Llegué al hospital a primera hora del día siguiente. Alfonso me recibió en la entrada y mientras subíamos por el elevador y nos encaminábamos al área de cuidados intensivos, me puso al tanto de la situación: Diana sufría de sobrepeso desde la juventud y por la frustración constante de recuperarlo luego de probar diferentes maneras de bajar de peso: la dieta de la Luna, la dieta de sólo frutas, la dieta de puras grasas, la dieta del ayuno, la dieta verde, la dieta de limpieza hepática… ninguna surtía efecto. Alfonso se acercó para decirme, como si fuera un secreto, que en realidad la inconstancia era la verdadera especialidad de su hermana. Así que ella decidió consultar a un médico, propietario de una clínica especializada en cirujías estéticas. Desde la primera consulta, el cirujano prometió dejarla con una figura de modelo que causaría la envidía de cualquier mujer, y Diana tuvo la certeza de lograr, al fin, el cambio que había buscado durante años. En el área de cuidados ntensivos, antes de que me dejaran verla, me lavaron las manos y me vistieron con bata y cubreboca. Tuve que llegar muy puntual: sólo tendría media hora para estar con ella. Inmóvil, con la mirada perdida que impone el estado de coma, me esperaba entre las conexiones que la mantenían viva de manera artificial. “Mira nada más qué manera de conocernos”, le dije, acariciándole la cabeza inerte. Sólo me respondió el silencio. “Sé que puedes escucharme, Diana. ¿Qué puedo hacer por ti?”

 Alfonso no había estado de acuerdo con la operación de su hermana: “Mira, Diana, en primer lugar no pesas 100 kilos; en segundo, tu alimentación es un desorden, rompes las dietas continuamente y no haces ejercicio; en tercero, eres joven, tienes tres hijos, si le echas ganas te aseguro que puedes estar muy bien”. Pero ella no quería escucharlo: “Tú no sabes lo que es despertar sintiendo el peso de la vida como una anciana de cien años, ni lo que significa para mí verme en el espejo como una masa deforme. No vine a escuchar tu juicio, sino a pedirte que me cuides”. Y así lo hizo Alfonso. No se movió de su lado. Aparentemente, Diana había salido bien del bypass gástrico bandeado, incluso el cirujano, en un acto de generosidad, le realizó también la cirugía de abdominoplastia por el mismo precio para que el vientre le quedara tan plano como el de una sirena, y ella, por supuesto, no dejó pasar tan magnífica oportunidad.

 Dos meses después de la intervención le comenzaron los dolores abdominales. Diana fue a ver a su querido médico, quien le dijo que las molestias eran normales, consecuencias “lógicas” de la operación. Se limitó a darle unas palmaditas en la espalda y la despachó a su casa, como respuesta. Después llegaron las fiebres y el dolor se incrementó considerablemente. Alfonso le sugirió que consultara a otro doctor.

 Entonces conoció al doctor Ramírez. “La tengo que internar —dijo el gastroenterólogo—, no sólo para realizar los estudios pertinentes, sino para controlar la infección que tiene en la cicatriz que simula el ‘nuevo’ ombligo”. Repentinamente, Diana se desmayó, convulsionándose por la fiebre elevada. El médico determinó realizarle una cirugía de emergencia. Cuando le abrieron el abdomen, los especialistas hallaron un mar de sangre fétida con pus: necrosis del intestino, siete litros y medio de contenido biliar… y toda esa contaminación ya había migrado a un pulmón. Estaba mal cortada y mal suturada, me dijeron.

 “Acostada sobre la plancha, con el vientre todo abierto, en un instante, te fuiste, Diana. Seguramente tu alma salió por la boca y permaneció en el techo, viendo cómo el cirujano cuidaba que no te desangraras mientras te golpeaban el pecho para hacerte regresar. Cinco minutos más tarde tu corazón empezó a latir otra vez.

 “Dicen que cinco minutos son como una eternidad cuando te mueres. Y aunque tú reviviste físicamente, nunca regresaste del más allá: quedaste en ese estado de paloma resignada que llaman coma. ¿El coma de qué? El coma de algo que todavía no termina; el coma de algo más que no es el final; el coma de la mirada perdida y el cuerpo desparramado, con una herida abierta que te atraviesa el vientre y destila pus; el coma de aferrarse a la esperanza de que pudieras regresar bien a la vida, a pesar del riesgo de quedar ciega, paralítica y muda. Porque si ello fuera el fin, tendría otro signo: se llamaría el estado del punto. Y en el estado del punto final lo único que podemos hacer es llorar una despedida.

 “Sé que me escuchas, Diana. Lo que voy a hacer por ti en estos momentos que me quedan para estar contigo es pasarte las manos por este cuerpo que alguna vez fue hermoso, restablecer tu energía para abrir un camino por el que puedas regresar, si es que hay regreso para ti; dejarte un beso en la frente y decirte que si te hubiera conocido antes, me hubiera parado frente a ti con los brazos abiertos, como agente de tránsito, y te hubiera dicho: ¡Alto!”

 Alfonso no se despegó del hospital: tenerla bajo su amparo fue la promesa que le hizo antes de la primera cirugía. Caminaba muy enojado, de un lado al otro, preguntándome qué nos pasaba a las mujeres que andábamos metiéndonos el cuchillo para vernos dizque bien, que si no entendíamos que ellos prefieren a las mujeres naturales, que si se trataba de competir entre nosotras, que si no nos dábamos cuenta de que poníamos en riesgo nuestra salud de manera absurda. “No las entiendo, no las entiendo”, me repetía.

 Alfonso trató de hablar con el doctor que había realizado la primera operación de Diana, pero se negó a tener una comunicación directa: mandó decir que su trabajo había sido un éxito, que los síntomas postoperatorios eran normales, y que si otro médico había realizado una segunda operación, él no se hacía responsable. Después nos enteramos de que, de ocho mujeres que este hombre había operado en su clínica particular, cinco habían fallecido. El padre de Diana lo demandó, pero el mal llamado médico, contrademandó y ganó el juicio.

 Diana sobrevivió mientras estuvo conectada, pero ¿para qué? Para llenarse de ampollas, para ahogarse con sus propias flemas, para alargar una agonía de lo más desoladora. Tres meses después decidieron desconectarla para llevársela a casa. Entonces, el alma de Diana salió finalmente por sus ojos para no volver.

 Este libro está inspirado en la memoria de Diana, y también lo inspiran las historias de todos aquellos que han expuesto su salud, su bienestar y hasta su vida por cumplir con un estereotipo de lo que se considera “hermoso”, creyendo que una operación va a nutrir su autoestima. Pero es una creencia. Pasado el tiempo postoperatorio, la sensación de no ser suficientemente atractiva o joven volverá a surgir como sombra de mal agüero. El trabajo interior es el único que sostiene la belleza de manera permanente.

 La mayor fuente de inspiración, sin embargo, surge de mis alumnos, pacientes y amigos, cuando me preguntan: ¿cómo llevar lo sagrado a su vida sin tener que renunciar a su cotidianidad?, ¿qué hacer para que los momentos de gozo y paz se prolonguen, cada vez por más tiempo, hasta que se conviertan en el fundamento de su vida diaria?

 Sé que actualmente hay mucha información, tanto en libros, revistas e Internet, acerca de los chakras, pero a menudo lo que está disponible resulta tan complicado que necesitas ser yogui, practicante de meditación, sanador o algún tipo de terapeuta en medicina holística para poder comprenderla. Asimismo, muchas veces, aunque seas docto en la materia, cuesta trabajo llevar el conocimiento intelectual a la vida cotidiana.

 Algo similar ocurre cuando eres principiante en una clase de yoga. Por ejemplo, la maestra, de pie frente al grupo, dirige la postura del árbol: se para sobre una pierna, sube la otra y apoya la planta del pie sobre la parte interior del muslo, con las manos en forma de oración a la altura del estómago, y luego pide al grupo centrar la atención en el tercer chakra. Pero si tienes poca experiencia, más que árbol, pareces un flamenco reumático que se esfuerza en exceso por concentrarse para no caer de un lado o del otro. Enseguida, la maestra pide subir las manos al cuarto chakra, pero nadie se mueve: todos ven de reojo que ella pone las manos a la altura del corazón y luego tratan de imitarla. “Hagamos tres respiraciones profundas”, vuelve a indicar. Entonces, la única pierna en la que te sostienes empieza a temblar.

La voz pausada de la maestra indica después que subas las manos al quinto chakra, y luego al sexto. Mientras todo el grupo sigue los movimientos, tu pierna levantada, que estaba graciosamente apoyada en la parte interna del muslo, se empieza a resbalar, y la otra tiembla cada vez más, así que aprietas los labios y respiras profundamente para ocultar tu desequilibrio. Finalmente, la maestra parece la diosa de los flamencos con los brazos arriba de la cabeza y las palmas juntas, mientras tu cuerpo, lentamente, se va de lado. Al final de la clase alguien pregunta: “Maestra, ¿para qué sirven los chakras?” Claramente, aunque haya mucha información, pocos saben cómo aprovecharla y ponerla en práctica.

 Chakras pretende llenar ese vacío con información certera —y al mismo tiempo accesible—, práctica y concisa. Este libro salpicado con notas de simbología mexicana, como un tributo a la sabiduría de mis ancestros, es el resultado de años de investigación y de práctica; pero también, y de manera más importante, es una contribución que surge desde el corazón para construir el puente que va del saber de la mente al saber de la vida; una invitación dirigida a todo aquel que esté dispuesto a vivir la aventura de emprender un viaje al interior, circulando con libertad en todas direcciones. Una invitación personal a que te adueñes de tu energía, te enamores de tu cuerpo y honres tu trayectoria.

 Ésta es una invitación a reordenar tu vida, a que te conviertas en tu propio discípulo y te reeduques, a que enfoques un poco de tu tiempo y energía para conseguir un fin: convertir tu vida cotidiana en la vida que amas, en la que te apasiona, con tu propósito perfectamente definido y apuntalado. Para ello no necesitas ser monje, huir a las montañas lejos del mundanal ruido, ni vivir en aislamiento perpetuo, recluido en los confines de una intimidad en la que tú y sólo tú te puedas comunicar con el tú que está a punto de volverse loco.

 Es una invitación para que vivas armoniosamente, conectado con el mundo de afuera y de adentro, al mismo tiempo; en la observación  del ruido que generan los pensamientos incesantes, como si tuvieras varias estaciones de radio encendidas simultáneamente; en la media en que seas capaz de apagar cada una de ellas, descubrirás que el silencio vine de un estado de serenidad. Y entonces, el ruido de fuera quedará afuera, sin la necesidad de que huyas lejos a esconderte de él, o de ti mismo.

 En las páginas siguientes aprenderás sobre la energía del universo y cómo se manifiesta en tu cuerpo y tu alma a través de cada chakra.

 En los capítulos encontrarás la explicación de todos los conceptos que se emplean a lo largo del libro, desde qué es un chakra hasta cómo fluye la llamada energía kundalini y cada uno de los centros de energía, incluido el ombligo, cuya importancia se resalta restituyéndole el lugar que le pertenece. Ahí podrás leer cómo se interrelacionan generando la energía de tu cuerpo físico. También conocerás los principales símbolos, atributos y cualidades, así como las acciones prácticas que puedes realizar de manera cotidiana para que los tengas en balance y equilibrio.

 Cabe mencionar que ningún chakra lleva el nombre numérico que lo define; es decir, nos hemos acostumbrado a relacionarnos con los centros de energía como primer chakra, segundo chakra, y así sucesivamente. Sin embargo, me parece más importante llamar al chakra por la fuerza energética que lo representa, por ejemplo, el Chakra Mulhadara, conocido como el primero, en este libro es, simplemente, el Chakra del Arraigo. También encontrarás varias recomendaciones para su equilibrio y salud: los nutrimentos que necesita tu cuerpo, tu mente y tu espíritu para vivir en armonía; las acciones cotidianas para enlazarte al gran telar del universo desde la nutrición y el ejercicio, hasta ilustraciones y la música que les es más propicia. Al final de cada capítulo encontrarás cuadros sinópticos de consulta rápida que te ayudarán a sintetizar el conocimiento.

 ¿Estás listo? Bienvenido al viaje.


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