Que quede entre nosotros

por Mónica Salmón

10 minutos

COCA-COLA LIGHT

       Con dificultad trató de entrar a la habitación. Aquel viento parecía que detenía su entrada al comienzo de un destino que ella jamás hubiera imaginado que rozaría. Del otro lado, la fuerza del brazo izquierdo de Xavier logró que pareciera ligero el jalón de puerta, al mismo tiempo que los dedos de su mano derecha tomaron el borde de los jeans para acercarla hacia él.

 

       La abrazó con fuerza, con deseo, con ansia y sobre todo con admiración. Su respiración tomó una pausa; nunca antes había sentido un abrazo con tanto deseo.

 

       El premio de la victoria y Victoria estaban en sus brazos. Ella se sintió tocada por la brisa del mar, por la humedad del clima, pero sobre todo por la caricia del beso.

 

       —Estás aquí. Por fin serás mía. Estamos alejados de las miradas del mundo. Si te encontraran andarías en boca de todas aquellas mujeres frígidas, secas, arrugadas, malhumoradas, moralistas y soberbias.

 

       Xavier intimidaba a cualquiera, no por su fama ni por su tamaño, sino por la seguridad con la que hablaba, por la confianza con la que se acercaba al oído. En voz baja y tono grave la comenzaba a enredar, le presentaba el encanto del miedo. Sí, el miedo tiene cierto encanto para seducir a la rutina. El miedo se presenta encantador, amable, educado cuando se trata de probar nuevas experiencias. Ser convertida en su presa o ser vista por aquella sociedad en la que ella se desenvolvía.

 

       Al mismo tiempo rodeó la pequeña cintura, abarcando con sus manos gran parte de su cadera y espalda. Bajó suavemente la mano hasta el coxis y subió rozando con los dedos el camino creado por la columna y el cuello. Cuando llegó a la nuca la tomó con fuerza para prepararla para el beso. Ella cerró los ojos, mojó sus labios, exhaló vida, y justo antes de besarlo, él se inclinó hacia atrás y con la punta de la lengua dibujó el contorno de los labios mojados de Victoria, se detuvo a jugar con la comisura de la boca y se retiró cada vez que ella lo buscaba para terminar el beso.

 

       Victoria volvió con ese mareo de amor y deseo con los ojos en blanco y la cabeza inclinada. Regresó al mundo con recato, disimuló su excitación. Recorrió con la mirada la suite donde se encontraban. Llevaba todavía la bolsa en el hombro, pero la emoción de encontrarse con Xavier pesó más que aquella bolsa llena de libros y una computadora, preparada para trabajar todo un fin de semana.

 

       —Tu bolsa está más pesada que mi maleta. ¿Qué traes aquí?

—Traigo dos libros. Uno que estoy a un capítulo de terminar de leer y otro que me compré en el aeropuerto. La computadora, mi bolsa de maquillaje… —se quedó pensando por un momento— y mi cartera.

 

       —No vienes con tu marido, Victoria. No vas a tener tiempo de leer, mucho menos de abrir el nuevo. ¿Y la computadora la trajiste de vacaciones?

 

       La tomó de la mano, la llevó a la terraza para mostrarle la vista de ese azul majestuoso. Aquel sol brillante parecía evitar ser testigo de esos besos y con rapidez se escondía en el horizonte.

 

       —Qué valiente eres, Victoria. Tomar un avión a escondidas y cambiar tu destino. Nadie sabe que estás aquí. Eso lo considero un acto de valentía.

 

       Victoria era dueña de sus propias palabras, pero en esos momentos el silencio lo ocupó para recuperar el aliento de aquel beso que la había hecho sentirse completamente viva. Comenzó a sentirse primitiva, hembra, no quería apariencias. Las quería dejar del otro lado de la puerta de madera. No quería ser la dama en la mesa ni la puta en la cama. Quería simplemente descubrirse sin ningún tipo de expectativa.

 

       Años atrás sonreía como disfraz. Era el ama de casa; no perfecta pero con un manejo pertinente de su rol. No sentía culpa ni miedo por haber mentido. Tampoco había asombro al estar en esa suite de lujo. Se dejaba llevar simplemente por el olor embriagador de Xavier. Olía a hombre, a protección, a cuidado, a seguridad.

 

       No era socialmente rebelde, pero tampoco era sumisa. Victoria era curiosa, altanera y consentida. Su belleza era particular, no sabía si lo que enamoraba era el encanto de sus ojos o la mirada hambrienta con la que observaba las circunstancias de la vida. Victoria gozaba del momento. Ése era uno de sus secretos: gozar de aquellos momentos que la vida ofrece. No encontraba diversión en el alcohol.

 

       —¿Quieres un tequila?

 

       —No, gracias. Prefiero una Coca-Cola Light.

 

       —Es pésima, ¿cómo tomas eso? ¿Sabes que causa celulitis?

 

       —No, bueno. Sí sé, o pensé que sabía, pero me gusta el sabor.

 

       Sin parpadear ni vacilar, Xavier dijo con voz de mando:

 

       —¡De hoy en adelante no vas a volver a tomar Coca-Cola! Es un asco. Si la dejas hirviendo por media hora se hace una masa de caramelo que parece plastilina. Tú eres demasiado hermosa para tomar ese tipo de cosas. ¿Tienes celulitis?

 

       La pregunta fue tan inapropiada, tan inesperada, tan grosera, tan fuera de lugar. A Victoria le regresó el aliento que había perdido con el beso. Abrió los ojos y su boca. Se llevó la mano al pecho.

 

       “¡Imbécil!”, no lo dijo, lo pensó. Por un segundo le quiso soltar: “¿Quién tiene más celulitis, tu mamá o tu esposa que te tiene tan traumado?”

 

       Pero disimuló su enojo y dijo con educación:

 

       —Antes no tenía nada, pero después del nacimiento de Emiliano me salió un poco. Bueno, después de tres hijos es normal que te salga un poco de celulitis. ¿No lo crees?

 

       Respiró profundamente sin dejar de ver ese azul turquesa.

 

Se enderezó y se secó el sudor de las manos con los jeans. Pensó: “¿Con quién se habrá acostado este idiota que no tenga celulitis? Tendría que ser una chavita. Todas tienen aunque sea un poco. Seguro que es la esposa la que está llena de celulitis y por eso le aterra la idea de que yo tenga”.

 

       Victoria contempló el horizonte recuperando su ritmo cardiaco por aquella pregunta tan grosera y fuera de lugar.

 

       Mientras, él mostraba su seguridad; era encantador metido en la música, y cuando tomó del mini bar la botella de tequila. Levantó los brazos para sacarse su playera azul. Tenía los músculos de la espalda y los brazos marcados. Al ver ese torso tan perfecto y musculoso, era imposible no sorprenderse ante tanta belleza, pero Victoria, orgullosa, bajó la mirada. Tenía que expresar todo ese mundo de emociones y dijo:

 

       —Qué hermoso es…

 

       Cuando Xavier volteó con aire de grandiosidad, Victoria se levantó y volteó hacia el mar. Terminó su frase al decir:

 

       —¡Qué hermoso es… el atardecer!

 

       Xavier, sonriente planeó agradecerle, pero no le quedó más que hacer un sonido extraño.

 

       Victoria no podía controlar su mirada. Sus ojos se posaban en ese abdomen musculoso, ese torso marcado, esos brazos que podían abarcar el mundo. Sólo al desviar la mirada y contemplar el mar pudo recuperar el aliento y pensó: “Con celulitis o no, juro que estas nalgas serán tu perdición”.

 

       Victoria inclinó la cabeza y, con la mano izquierda, acarició su hombro lleno de pecas: sintió la suavidad de su piel. Cuatro dedos habían rozado el marcado hombro de Xavier y ella sentía que con sólo tocarlo podría viajar al cielo.

 

       Llamaron a la puerta. Victoria aprovechó ese momento para entrar a la regadera. Se quitó los jeans y se bañó lo más rápido posible. Trató de no hacer ruido para que él no se diera cuenta de que estaba debajo del chorro del agua. Era importante hacerle creer que tenía el olor de un bosque fresco por la mañana. Quería deslumbrarlo como él lo había hecho con aquel torso desnudo. Meterse a bañar le provocaba más adrenalina que el viaje encubierto.

 

       En casa dijo que daría una conferencia en Veracruz. Dudó sobre el porqué de Veracruz; tal vez porque era un puerto que no invitaba al pecado.

 

       Se lavó el cuello, las axilas y entre las piernas. Mientras se secaba miró en el espejo sus nalgas y descubrió que la luz de los baños de los hoteles era lo peor que podría haber para la celulitis. No importaba qué tan elegante o caro fuera el hotel, la luz de los baños permitía ver todo tipo de imperfecciones. Apagó la luz y se paró de puntillas, y ahí fue donde descubrió que al estar en esa posición sus nalgas tomaban una forma encantadora.

 

       La estresaba preocuparse por cosas tan cotidianas e insignificantes, pero en ese momento cobraban un sentido primordial. Xavier se quitó la camisa como un pavo real que alzara sus largas plumas, y hubo un temblor como el susurro de hojas sobre el viento. Victoria, frente su marido, caminaba desnuda con total libertad y con toda la seguridad, cual flamenco cruzando de un lado a otro.

 

En ese momento el tema la ponía nerviosa. No sentía culpa ni miedo de ser descubierta. Le temía a la mirada crítica, más después de haber visto aquel hermoso espectáculo que Xavier exhibía. Temía que al verla desnuda él encontrara celulitis. Se vería ridícula al salir con un vestido de playa caminando en puntas, así que optó por los tacones y descubrió por qué todas las strippers los usan.

 

       Sintió que había descubierto el hilo negro, pero no se sintió incómoda con ellos y pensó que, para lo cabrón que era Xavier, con seguridad estaría acostumbrado a las mujeres en bikini y con tacones. Le tenía que demostrar quién era o quería ser, por llamarlo de una manera atrevida, pero también le excitaba la idea de jugar a ser su puta, pero con estilo diferente, o, al menos, una puta, digamos, respetable.

 

       Estaba tomando la decisión de quitarse los tacones, cuando Xavier llamó a la puerta.

 

       —Victoria, ¿estás bien?

       —Sí, sí, ahora salgo —respondió con voz agitada.

       —¿Te estás haciendo cono? —preguntó Xavier en tono de burla.

       —¿Perdón? —replicó con asombro.

 

       Nunca nadie, ni por error, le había hecho esa pregunta. Mucho menos un galán con el que supuestamente la atmósfera debía ser romántica.

 

       Victoria no compartía el baño ni con su esposo. El pudor era algo que cargaba desde su nacimiento. Sus papás nunca compartieron baño. Podría presumir que su pudor era generacional.

 

       —Sí. Lo que quiero decir es: ¿está la princesa cagando? Bueno, para que no te ofendas: ¿estás haciendo popó? —Xavier se atacó de risa.

       —¡No! ¡Claro que no!

 

       Victoria no quería que su amante le viera un gramo de celulitis, mucho menos quería que la imaginara así. Abrió la puerta de inmediato y lo jaló de las manos para que entrara al baño y él mismo constatara que no había hecho popó.

 

       —¿Apoco te da pena decir que vas al baño? Ah, claro, ¡las princesas como tú no cagan! —y soltó una carcajada con mayor fuerza.

       —Por supuesto que me da pena —respondió Victoria mientras el rubor subía a su rostro.

 

       Entre risas Xavier logró decir:

 

       —Eso se te va a quitar muy pronto. Esos traumas de “señora Limantur” no son nada sanos, mi amor. De ahora en adelante, cada vez que quieras ir al baño yo te voy a acompañar.

 

       Victoria soltó una carcajada más fuerte que la de Xavier. No había posibilidad de ir al baño ni frente a sus amigas, mucho menos ante un hombre. Lo que él proponía era imposible.

 

       —Legorreta, ¡eh! No Limantur. Que el apellido de mi papá no lo menciono desde que murió en un accidente.

 

       Xavier guardó silencio, dejó caer su cabeza y se tocó la ceja. Él desconocía que el papá hubiera muerto en un accidente. Prefirió omitir el comentario y llevarla a una zona más cómoda y segura.

 

—Ya tenemos dos cosas en las cuales trabajar: no vas a tomar nunca más Coca-Cola Light y siempre te voy a acompañar al baño.

 

       Victoria sentía escalofríos y la necesidad de salir corriendo. No había apariencias y ella las pedía a gritos. No sabía cómo controlar tanta frescura, tanto cinismo y tanta naturalidad.

 

       Las palabras de Xavier eran cotidianas, como las de alguien con quien llevaba años siendo pareja, pero sólo tendrían un par de horas de estar juntos. Xavier se adueñaba de ella sin haberla penetrado siquiera.

 

       Pasó a la recámara de aquella inmensa suite y abrió las puertas corredizas de madera que se deslizaban hacia ambos lados. El viento agitó dos palmeras que había frente a ella. Los tonos rosados se tornaban morados sobre aquel horizonte y, junto al atardecer, hacían que Victoria se cuestionara la historia de su vida.

 

       Aquel creador del universo, el artista de esa gama de colores, del mar, de esa combinación perfecta, majestuosa, inigualable, ese Dios creador de esa obra, ¿podría juzgar a una mujer casada que cometía adulterio?

 

       No, al menos no para Victoria. Su Dios, o el creador de esa obra tan bella, estaba más ocupado en asuntos más importantes que en aquellas debilidades humanas. Nadie sabía que estaban ahí, nadie imaginaba que estaban juntos. Sin dejar de mirar el horizonte, ella dijo:

 

       —Xavier, te quiero confesar una cosa que pensé callarme.

 

       Con agudeza, él respondió:

 

       —¡Con ese tono y con esa voz podrías convencer hasta a un ateo de que Dios existe!

 

       Victoria ladeó su cabeza y sacó el aire por la nariz, aceptando el cumplido.

 

       —Hace años estabas comiendo en un restaurante cerca del WTC, y mis hermanos los gemelos se emocionaron mucho al verte.

 

       ”Me pidieron que por favor fuéramos a tu mesa a pedirte un autógrafo. Yo tenía 16 años y era justo la edad en la que todo da vergüenza. Les dije: ‘Primero muerta que levantarme de esta mesa para ir a pedirle un autógrafo’.

 

       ”Pedro, que es menos penoso que Antonio, se levantó y fue a pedírtelo. Le dijiste que esperara al postre. Regresó muy triste a la mesa con el papel en blanco. Antonio se burló de él. Me enojó muchísimo porque nada te hubiera costado.

 

       ”A los cinco minutos llegaron dos rubias y no sólo les diste autógrafos; te levantaste y te tomaste fotos con ellas. Antonio siguió burlándose de Pedro, le decía que le faltaban un par de tetas para que le dieras el autógrafo.

 

       ”Odié ver a mi hermano frustrado. Le dimos 500 pesos al capi de meseros para que nos trajera dos autógrafos, uno para Pedro y otro para Antonio. No sabría a cuánto equivalen esos 500 pesos 16 años después, pero seguro tu autógrafo no lo valía, y no lo valió. ¿Sabes qué le pusiste?

 

       ‘Con cariño para Pedro Picapiedra. Tu siempre amigo, Pablo Mármol’.”

 

       Xavier no dejó de carcajearse, estaba privado de la risa. Victoria se había enojado al recordar la escena. Ella mostraba su enojo y él se reía más y más.

 

—Hubieras ido a pedirme el autógrafo tú, chiquita, y con esas nalgas hasta a comer los hubiera invitado.

—No, Xavier, no te equivoques: ¡mujeres como yo no pedimos autógrafos! De verdad te odié. Quién iba a decir que 16 años después iba a estar contigo en una habitación de hotel.

       —¡Condenadota! Me gustas hasta cuando te enojas.

 

       Xavier descorchó una botella de champaña sin importarle mucho la reflexión de Victoria ni la copa de tequila que apenas había saboreado.

 

       —¡Festejemos, Victoria! Festejemos lo afortunado que soy por tener a una mujer como tú sólo para mí durante este fin de semana.

 

       Le sirvió champaña. No era muy del agrado de Victoria, pero se la tomó como si ella y la champaña hubieran nacido para estar juntas. Xavier bebía tequila, champaña y se mantenía imperturbable, pero, eso sí, jamás, por nada, bebería Coca-Cola, y mucho menos Light.

 

       —Victoria, ya que estamos en el momento de decirnos las cosas, también te quiero decir la verdad.

 

       Victoria enmudeció al escuchar “Te quiero decir la verdad”, pues sonaba aterrador. Al menos para ella, pensaba: “¿Decir la verdad? Confesarse de algo. Pero si él es una persona sin filtros. Lo que piensa, lo dice. ¿Qué se podría guardar?”

 

       Esa frase aterraba a Victoria. No sabía si quería escuchar “la verdad”, o más bien desconocía si la supuesta verdad le iba a agradar. Se imaginó ser parte de un plan, que muchos conocían del fin de semana secreto, que había una apuesta. Se imaginó todo. En cuestión de minutos rememoró sus primeros encuentros antes de llegar a tocar esa puerta de madera que evitaba su entrada al codiciado fin de semana. “¿Tendría una enfermedad? ¿No se le paraba? ¿Qué diablos era esa verdad?”


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