El marxismo en México

por Carlos Illades

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PRÓLOGO

       Hace cinco años expuse la contribución de las revistas teórico-políticas de la izquierda a la discusión de los problemas nacionales y globales. Soslayada por la implosión del comunismo y la alternancia hacia la derecha, la participación de la izquierda en el debate público y sus consecuencias para la germinal democracia mexicana era virtualmente desconocida por las nuevas generaciones, por lo que La inteligencia rebelde. La izquierda en el debate público en México, 1968-1989 intentó dejar constancia de aquélla. Si bien la derrota de esa izquierda llevó a muchos a subestimar su capacidad reflexiva concentrándose exclusivamente en corroborar sus pronósticos fallidos, la arqueología intelectual del marxismo puede recuperar vestigios relevantes para reflexionar acerca de un presente que deja poco lugar a la esperanza. Con una exposición ordenada con base en las generaciones intelectuales, las circunstancias históricas que enfrentaron y las influencias teóricas dominantes, completo ahora las grandes líneas del marxismo en nuestro país apenas bosquejadas en aquel volumen, desde su propagación con la Tercera Internacional hasta las distintas rutas que tomó después de la caída del Muro de Berlín.

 

       El marxismo —y su expresión ideológica comunista— es una de las tradiciones intelectuales más poderosas del siglo XX. Sin exagerar, podemos decir que la política, la cultura, la educación, las ciencias sociales y las artes no pueden comprenderse a cabalidad si obliteramos el marxismo o el debate con él. Tan sólo por referirnos a la producción teórica y científica dentro de la vasta contribución marxista al pensamiento mexicano, podríamos mencionar a intelectuales y académicos de la talla de Vicente Lombardo Toledano, Wenceslao Roces, José Revueltas, Adolfo Sánchez Vázquez, Eli de Gortari, Pablo González Casanova, Alonso Aguilar Monteverde, Ángel Bassols Batalla, Enrique Semo, Arnaldo Córdova, Adolfo Gilly, Ruy Mauro Marini, Carlos Pereyra, Bolívar Echeverría, Roger Bartra y Alfredo López Austin. Y obras de gran repercusión en el campo intelectual como Dialéctica de la conciencia, La ciencia en la historia de México, Filosofía de la praxis, La democracia en México, Dialéctica de la economía mexicana, Historia del capitalismo en México, La ideología de la Revolución mexicana, Dialéctica de la dependencia, El sujeto de la historia, La modernidad de lo barroco, La jaula de la melancolía y Los mitos del tlacuache.

 

       La primera generación del marxismo mexicano tuvo por referente político la Revolución rusa y adoptó el marxismo de la Tercera Internacional, es decir, el estalinista. Prácticamente no criticó el modelo soviético, antes bien lo asumió como horizonte deseable para superar el capitalismo y la condición semicolonial de los países atrasados. Eruditos ambos, Lombardo y Roces son las figuras señeras de esta generación. El intelectual poblano, directamente vinculado con la política práctica y forjador de instituciones del México contemporáneo, interpretó la Revolución mexicana con base en el materialismo histórico, mientras el jurista e historiador asturiano fue el principal traductor de la obra marxiana al castellano, además de heredar al público lector la traducción de grandes clásicos de la filosofía y la historia.

 

       La generación siguiente permaneció fiel al materialismo dialéctico (diamat) soviético durante una parte de su trayectoria intelectual, pero con las revelaciones del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) y la invasión de las fuerzas del Pacto de Varsovia a Hungría, rompió con el estalinismo. Eso hicieron José Revueltas y Adolfo Sánchez Vázquez. La Revolución cubana fue el nuevo faro de la transformación continental y el antiimperialismo la bandera de muchas de las tomas de posición de la inteligencia de izquierda. Dentro del plano teórico, el escritor duranguense y el filósofo andaluz recuperaron el marxismo humanista, influidos tanto por la modesta apertura política de Nikita Jruschov —una suerte de antecedente de la perestroika— como por la divulgación de la obra del joven Marx centrada en la problemática ética del “hombre en general”, previa a la crítica de la economía política, producto de su madurez intelectual. La otra figura destacada de esta generación es el filósofo Eli de Gortari, quien no se distanció del diamat en su teorización acerca de la lógica dialéctica, pero sentó las bases de la historia de la ciencia en nuestro país. El compromiso político de Revueltas y De Gortari los hará participar en el movimiento de 1968, lo cual les cuesta el confinamiento en Lecumberri.

 

       En los sesenta el marxismo salta a las ciencias sociales. Todas las disciplinas sufren el impacto por igual. La perspectiva histórica se impone como requisito para explorar los problemas. Incluso un saber cada vez más matematizado como la economía concede un valor fundamental al análisis de los procesos en el tiempo. La sociología, la ciencia política y la geografía toman en cuenta también las transformaciones históricas para contextualizar sus verdades científicas. La antropología llamará la atención sobre las relaciones sociales para comprender la integración de la sociedad indígena a la nación mexicana. Abundarán los estudios sobre el régimen de la Revolución mexicana y más de algún politólogo o sociólogo se graduará con una tesis sobre los cacicazgos revolucionarios. La historiografía se olvida durante algún tiempo de los “hechos únicos e irrepetibles”, preguntándose por sistemas, modelos, patrones y procesos generales. Clío sale por un rato del provincianismo y aventura algunas comparaciones de mayor calado. Pablo González Casanova, Alonso Aguilar Monteverde, Ángel Bassols Batalla y Enrique Semo realizan contribuciones cardinales a la ciencia social mexicana. Y poetas inspirados como Enrique González Rojo disertan acerca de la práctica teórica o lanzan originales explicaciones sobre la naturaleza de los países del Este.

 

       La generación de 1968 desarrolla el marxismo crítico. La invasión soviética en Checoslovaquia mengua la expectativa de la reforma socialista, pero la rebelión juvenil en las grandes ciudades del Primer Mundo y la protesta de la juventud mexicana alientan la esperanza del cambio. Y el golpe de Estado en Chile y el eurocomunismo reabren la discusión sobre las vías al socialismo. Profesores universitarios recién incorporados, o estudiantes todavía, constituirán la reserva intelectual de la nueva izquierda. La teoría critica, el marxismo estructuralista y la historia “desde abajo” reaniman la vuelta a Marx. Ruy Mauro Marini y Bolívar Echeverría se sumergen en El capital para responder las interrogantes contemporáneas acerca de la lógica de la acumulación capitalista y del sistema de la economía-mundo, en tanto que Arnaldo Córdova, Carlos Pereyra y Roger Bartra replantean el problema de la dominación a partir del redescubrimiento de Gramsci o sirviéndose de las provocadoras tesis de Althusser y Poulantzas. Y, en el campo de la historia, Alfredo López Austin elabora estudios notables sobre la cosmovisión mesoamericana apoyándose en los desarrollos marxistas y en la longue durée braudeliana.

 

       La quinta generación marxista es la de la derrota. El colapso socialista, el desencanto con la Revolución cubana, el fiasco nicaragüense y la inapelable hegemonía neoliberal signan la evolución intelectual de quienes se bajaron del carro marxista en la década de los noventa. El abandono del marxismo fue tal que la evolución hacia el neomarxismo y el posmarxismo fue lastrada por el trasvase de los intelectuales al liberalismo (político) y al neoliberalismo (económico), mientras las nuevas generaciones nacieron posmodernas. Por eso debemos congratularnos de que, tras un cuarto de siglo en la oscuridad, o reducidos al mercado de segunda mano, comienzan a verse volúmenes marxistas en las librerías. El propio Fondo de Cultura Económica publicó en 2014 la nueva traducción de Wenceslao Roces de El capital. Y neomarxistas o posmarxistas contemporáneos se pueden leer en sellos mexicanos, aunque predominan las ediciones españolas y argentinas.

 

       En el siglo XXI posiblemente una nueva generación se haga cargo tanto de los saldos sociales del proyecto neoliberal como de las por ahora débiles alternativas desde la izquierda. Los problemas mayores de la civilización del capital materia del marxismo no han desaparecido, incluso se agudizaron; forman parte de nuestro presente y merecen la pena de ser pensados con rigor. Entretanto, esperaremos que este libro sirva para quienes se interesen en la tradición marxista, que funcione como instrumento para identificar temas, autores, problemas, obras y enfoques, reconociendo de antemano que injustamente deja fuera a autores y temas relevantes. Más que un compendio es un mapa para orientar rutas ciertas hacia nuevos objetos historiográficos. Bastará con que ofrezca pistas o ahorre búsquedas engorrosas a jóvenes investigadores que eventualmente se interesen en continuarlo. Diego Bautista elaboró el índice analítico. Agradezco a Enrique Calderón la oportunidad de darlo a conocer.

 

       Chapultepec, junio de 2017

 

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       LOS INTELECTUALES MARXISTAS

 

       ¿Quiénes son los intelectuales? Las respuestas son variadas —oscilan entre el sustancialismo y el nominalismo, dice Christophe Charle—, pero coinciden en que se trata de individuos que elaboran o trabajan con ideas y las presentan al público (académico, común) por distintos medios (conferencias, libros, prensa, radio, televisión) para que pueda formarse una opinión acerca de temas de interés general. La definición básica la ofrece el medievalista Jacques Le Goff, para quien el término designa a los que “tienen por oficio pensar y enseñar su pensamiento”, tales como los profesores que formaron las primeras universidades en la baja Edad Media, separando el ejercicio del pensamiento del dominio monástico. Según los historiadores de la época contemporánea Pascal Ory y Jean-François Sirinelli, intelectual “no será el hombre que piensa […], sino el que comunica un pensamiento”, haciendo referencia al bautizo público de los intelectuales en el affaire Dreyfus; con esto, el intelectual no se dirigía exclusivamente a un auditorio selecto, lanzando ahora un mensaje abierto a toda la sociedad. De acuerdo con la filósofa húngara Agnes Heller, los intelectuales “no pertenecen a ninguna clase ni constituyen ellos mismos una […] la tarea que desempeñan en la división social del trabajo […] [es] la de crear concepciones del mundo significativas […] [portan] la conciencia de la universalidad”; esto es, integran lo singular, articulan los discursos y dan forma a las ideologías. Michel Foucault opone a este intelectual universal el intelectual específico, que sustenta sus intervenciones públicas en un saber particular. El teórico comunista Antonio Gramsci, además de la materia sobre la cual trabaja el intelectual, destaca su función extendiendo la categoría a todo aquel que desempeñara actividades directivas dentro de la sociedad; por tanto, “todos los hombres son intelectuales, pero no todos tienen en la sociedad la función de intelectuales”. De acuerdo con E. P. Thompson, “un intelectual socialista puede ser tanto un minero como un oficial sindicalista o un catedrático”, pero en realidad pocos de ellos disponen del tiempo y los recursos para ejercer como tales. Para Pierre Bourdieu, en la “autonomía más completa con respecto de todos los poderes” reside el fundamento de un “poder propiamente intelectual, intelectualmente legítimo”.1

 

       También hay coincidencia en cuanto a que la labor intelectual se lleva a cabo dentro de colectividades (círculos, salones, partidos, tertulias, universidades, vanguardias, redes), que involucra distintos medios, estructuras y mediaciones, todas las cuales posibilitan el intercambio y el debate ideológico, para llegar finalmente a la opinión pública, la instancia última de esta socialización. Y esto va desde el menosprecio de Gramsci hacia los “caprichos individuales” de los intelectuales que no produce ideologías, hasta la “sociedad intelectual” de Ory y Sirinelli.2

 

       La interacción de los intelectuales no se reduce a la pertenencia a grupos, al trato con el público o a la exposición en los medios electrónicos, incorpora además vínculos generacionales, tanto con la propia como con las generaciones coetáneas (en formación, activa e inactiva, siguiendo a Julio Aróstegui): el diálogo o la polémica se mueve en ambas direcciones. Ya en la década de 1920 José Ortega y Gasset y Karl Mannheim problematizaron ampliamente el tema. Para el filósofo madrileño, cada generación posee una “sensibilidad vital” particular, “es como un nuevo cuerpo social íntegro, con su minoría selecta y su muchedumbre”, siendo, sobre todo, “el concepto más importante de la historia, y, por decirlo así, el gozne sobre el que ésta ejecuta sus movimientos”. Su tensión dinámica daba la pauta del cambio histórico. La “afinidad de posición” de una generación —señala el sociólogo húngaro— no es análoga a la contemporaneidad cronológica, sino que se constituye a partir de “una potencial participación en sucesos y vivencias comunes y vinculados”. De la misma manera, más que entre jóvenes y viejos, el conflicto suele ocurrir entre las generaciones “que están más próximas entre sí”, ya que “son éstas las que se influyen recíprocamente”. Por último, refiriéndose a épocas históricas enteras, el “espíritu del tiempo” significaría “la concatenación continua y dinámica de las ‘conexiones generacionales’ que se suceden entre sí”. También esta lógica relacional está presente en la “teoría del campo” desarrollada por Bourdieu, donde la interconexión entre los productores de los objetos culturales sólo se puede entender “si se sitúa a cada agente o cada institución en sus relaciones objetivas con todos los demás”.


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