Asesinato en el Parque Sinaloa

por Élmer Mendoza

7 minutos

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   Maté al pendejo de tu novio. ¿Escuchó bien o eran los whiskies ingeridos? Me pidieron que te avisara. El pistolero había cerrado la puerta tras él y Larissa lo miró atentamente. ¿Es un regalo de quien creo? Era noche cerrada y estaban en la sala de su casa, Sin Bandera a bajo volumen, la pistola del asesino en su cintura, fuera de la camisa azul cielo, con una ligera mancha negra en una manga. Supo que el tipo no le diría más sobre eso. Mucho tiempo anheló escucharlo, Pedro Sánchez era un maldito estorbo que la había colmado hacía tiempo; era tan idiota que al toparse con el Grano Biz en el lugar y el momento equivocados, es decir, en esa misma sala y cuando estaba con ella, no hizo lo que toda persona sensata habría hecho: largarse a ver qué puso la puerca. Larissa vestía una falda floja y una blusa holgada sin brasier, ambas blancas, leía un documento sobre los derechos sexuales de las mujeres. Por el contrario, el imbécil provocó al Grano hasta que un sicario, así de flaco como éste, lo sacó a patadas. Vivió aterrorizado por unos días hasta que concluyó que nada le pasaría y que podría regresar a Culiacán tranquilamente, con más pena que gloria; sin embargo, Pedro era un hombre poco inteligente y pésimo a la hora de prever.

 

   ¿Cómo está el más cabrón de los seres hermosos? El jefe, feliz, parece que su nueva conquista está embarazada y vive celebrando. Algunas plantas reales, un librero con libros y cuadros originales en las paredes hacían la estancia más habitable. Para una mujer que tiene un novio estúpido y se convierte en amante de un narco poderoso es fácil explicar la vida, aunque a veces perciba las puertas del infierno. Sobre la mesa de centro dos vasos vacíos.

 

   Una noche de ésas en que no paraba de sonar su celular el Grano lo sentenció: Voy a matar a ese hijo de la chingada, me tiene hasta la madre, se cree tu dueño, el puto. Es pendejo, ya te dije, todos los días le doy gas y no agarra la onda. Pues voy a hacer que la agarre, y apaga esa chingadera que ya me tiene hasta los huevos; si insiste no amanece el cabrón, y no quiero que lo veas, ¿entendiste? Manifestó esto tres semanas antes, y ellos se siguieron encontrando porque cortar a un imbécil requiere de exageradas dosis de crueldad que ella no practicaba, aunque era dura y vocinglera. ¿Te refieres a miss Municipio? Es la que rifa ahora. Me alegro por él, aunque esos niños tendrán la madre más puta de Sinaloa. El sicario, un hombre delgado que olía bien, la miró a los ojos. Verdes. El pedo es que estás en la polla, mi reina. Percibió el rictus de su boca, la volcadura de su corazón, el hierro en la sien. ¿Y mi niña, quedará completamente sola? Reflexionó. Valiendo madre, el Grano fue muy claro: Si sigues con ese cabrón a ti también te va a cargar la chingada, pinche puta; luego agregó: Desde chiquito, cuando prometo algo, lo cumplo, sea lo que sea, y si amenazo, olvídate de que me eche para atrás o se me olvide. Aunque estés echa bolas, nada te salvará, mi reina: irás directo al infierno, añadió el sicario con voz segura.

 

Una lámpara iluminaba el sillón donde se encontraba, el resto de la sala se hallaba en penumbras. Lo tenía claro. Pinche Pedro, hasta ella resultó atropellada por su estupidez. ¿Qué tenía que hacer yo con este idiota?, ¿nomás porque era simpático? Ni siquiera era bueno en la cama, y lo peor, el Grano tampoco, ¿qué les pasa a los hombres de ahora?, ¿por qué nos dejan morir solas?

 

   ¿Es la orden que tienes? Is barniz. Ni hablar, el Grano era hombre de palabra, ¿valdría la pena coquetear un poco con el flacucho? Es el recurso femenino de la dignidad. ¿Me vas a matar? Vieras cómo me da pena. ¿Qué pregunta era esa, Larissa? Quien juega con fuego se quema, lo sabes. Naranja dulce, limón partido, dame un abrazo que yo te pido. Si no tiene remedio, me consuela saber que me mata un hombre sexi, se ve que eres más cabrón que bonito, ¿o no? El tipo se atragantó, Larissa era una belleza de cuerpo perfecto y rostro hermoso que imponía; aunque el terror la tuviera al borde del infarto, su mirada y sus labios eran una invitación a la intimidad. Primero muerta que apocada, era su frase, algo que Pedro sufrió con paciencia. ¿Por qué no me das mi despedida, papi? Se corrió la falda, dejó ver unas piernas frutales y una tanga de lunares falaz. El sicario experimentó un leve impacto en su miembro, ¿valdría la pena? Bueno, ¿por qué no? Sus tetas eran puntiagudas. ¿Me coges rico, papi? Le tocó el bulto más bien laxo. Uy, qué grande, te estás viniendo, papá. No tenía ningún deseo y tampoco creía en Dios como para esperar un milagro, pero era su última oportunidad, había visto al tipo en dos ocasiones cuando le llevó recados del Grano y le parecía abominable, ese rostro seco y feroz la indisponía, lo mismo experimentaba ahora pero tenía que intentar algo: Que no tenga razón el poeta cuando dice “algunos ilusos aún esperan que los asesine la vejez”. Recordó de nuevo a su hija, una niña de nueve años que vivía con su abuelo; en ese momento era evidente que sus palabras habían causado efecto; se puso de pie, el arma del sicario continuaba en su sitio, el tipo olía también a tabaco y sudor. La canción que se oía le pareció una puñalada: Entra en mi vida, te abro la puerta. Ven, despídeme como el hombre que eres, papá; Larissa apretó el bulto aún flácido, se quitó la ropa, olfateó su tanga de licra. Mmm, sonrió y la colocó en la cacha de la pistola. Lo tomó de la mano: dura y fría, la de ella igual de fría, y lo llevó a su cama. Se acostó mostrando su sexo depilado.

 

   El tipo la observó, no sabía qué hacer con los ochocientos demonios que revoloteaban en su mente. Larissa pensó: Tengo cuarenta y tres años, diez más que la edad de Cristo que es un referente para los hombres, ¿qué significa para las mujeres alcanzar esa edad? Nunca lo pensé, ¿y este cabrón?, podría darle una mamada de ensueño pero me da asco, mejor que venga aquí y me penetre; tampoco se la di a ese pendejo que se acaba de ir y que se quiere casar conmigo. Meditaba en esto cuando tocaron la puerta y susurraron su nombre. Abrió sin ver y se volvió a sentar, pensó que era el galán que le proponía matrimonio que ya le había llamado algunas veces. No creo que deba hacerlo, murmuró el sicario, tomó la pistola con todo y tanga y black. Le acertó en un ojo.

 

   Calor húmedo.

 

   Sin echar un último vistazo al cuerpo que segundos antes se le ofrecía, tomó la tanga, la olió con un profundo suspiro, la dejó caer en la alfombra, colocó el arma en el abdomen de la víctima y abandonó la habitación.

 

   La música era el recuerdo de la primera angustia.

 

   Los parques son los ojos con que las grandes ciudades miran el mundo. Trotaba lento, sintiendo cada paso en las piernas, short azul, playera negra, tenis Nike. No sabía por qué pero estaba triste. Dos chicas de cuerpos perfectos lo rebasaron en una de las entradas del bulevar Rosales. Se ven mejor que la pinche Larissa, qué mujer tan batallosa, Dios mío, realmente no tiene lado, y ese viejo cabrón que me pidió que me retirara por las buenas porque le había propuesto matrimonio. ¿Qué hice? Lo mandé a la chingada. Del bulevar le llegaba el sonido del tráfico, de algunos cláxones. Estaba amenazado, lo sabía. Maldito narco apestoso, nomás porque les armé un pancho en la sala. Pinche vida, y él que desde siempre trataba de vivir correctamente, trabajando en lo que saliera sin preocuparse demasiado ni molestar a su papá; ahora estaba enamorado hasta las cachas de una mujer que se acostaba con cualquiera y todos se sentían sus dueños, hasta ese carcamal que se quería casar con ella y que presumía de hacer respetar la ley. Se clavó en las muchachas, en sus trajes de licra rojos y se le antojó acariciar sus cuerpos húmedos. Las mujeres han creado el mundo, saben todo sobre el amor, la locura y la guerra. Le gustaba estar en forma y allí no lo buscarían. Son el pensamiento que todo hombre necesita para cumplir sus sueños. Pero se equivocaba, alguien tenía prisa por mandarlo al infierno. Trotaba en una curva cuando se le atravesaron dos sujetos. Compa, qué bien te ves corriendo, expresó con cierta simpatía uno que fumaba. Con razón dicen que eres el güey más calote de la ciudad. Al más serio lo reconoció, eso le dio la idea de quién los enviaba y para qué. Las mujeres se hallaban fuera de su vista, sólo en el campo de golf aledaño, a unos doscientos metros, un trabajador regaba el césped recién cortado. ¿Qué era pertinente responder? Ni idea. Se detuvo y los miró a los ojos: fríos, rojizos, parpadeos lentos. La naranja se pasea, de la sala al comedor, no me partas con cuchillo, párteme con tenedor. Ustedes deben ser los hermanos Coen. Los tipos, perfectamente afeitados y vestidos con gusto, se echaron una mirada, el que fumaba soltó el humo. ¿Quiénes son esos güeyes, compa? Observó los rostros siniestros de los que conviven con la muerte. En una de las casas del otro lado del muro que limitaba el parque se apagó una luz, el calor debía estar en los 38 grados. ¿No son hermanos? Se parecían: blancos, uno setenta y cinco, delgados. Dios me libre de ser hermano de esta sabandija, ¿no le han dicho lo sanguinario que es? El aludido le clavó una mirada de pez buitre. Somos quienes lo vamos a matar, compa, nomás que este güey siempre se pone a platicar con los sentenciados. Sabía que era cierto y que nadie lo salvaría, así que tragó saliva y dejó que su cerebro se perdiera. ¿Por qué? Era abogado, regenteaba un despacho de cobranzas y vivía al día, todos sabían que su cordialidad era su principal virtud; sin embargo, en las últimas semanas la vida se le había convertido en alfombra de clavos; la relación con Larissa estaba colapsada y sin tener razones demoraba su regreso a Culiacán, seguramente dudaba de si sería una decisión correcta; lo había comentado con su padre que no mostró demasiado entusiasmo. ¿Quién los manda? Lo esperaba, después de provocar estúpidamente al Grano estaba seguro de que su destino se hallaba marcado; sus deseos de vivir le hicieron pensar que se tardarían, pero se había equivocado. Al lado, un árbol de tronco grueso protegido por una cerca. Especuló que no lo buscarían en el parque, por eso trotaba descuidado, algo que su padre le pidió que evitara, pero el viejo vivía lejos, y el Parque Sinaloa era tan bello que recorriéndolo se podía pensar en todo menos en morir. ¿Y si fuera el viejo? Nos dijeron que usted era muy pendejo, que nunca imaginaría quién nos mandaba pero que sí sabría para qué. Bueno ya, vamos a darle piso y allá que le pregunte a san Pedro. ¿Crees que vaya al cielo? No. ¿Lo ve, compita, ya se dio cuenta de por qué este lagartijo no puede ser mi hermano? Suficiente plática, ¿no? Compa, venga para acá, vamos a terminar esto, ese pozo se ve bien, para que no lo encuentren pronto. Y si lo hallan pues ya estaría de Dios. No sean crueles, está muy martirizador eso de morir en un pozo. Usted camine y no diga pendejadas, fumó con fuerza. ¿Cómo la ves, Valente? Digo que está bien. Ya escuchó al esperpento, lo tomaron de ambos brazos, abandonaron el camino por donde todo mundo caminaba o corría. En la mínima oscuridad llegaron al pozo. Dos autos aceleraron en el bulevar, tocaron el claxon. Está seco. Mejor, para que no le coman los ojos los pescados. Compa, dicen que usted es un bato simpático, pendejo pero agradable, y me pesa matarlo. Le expresó el parlanchín y disparó dos veces al pecho salpicándose un poco la manga de la camisa, el otro le descerrajó un tiro en el abdomen. El cuerpo se derrumbó sobre el brocal. Sólo lo empujaron con cierta delicadeza para que cayera dentro. El hablador lanzó el cigarro al suelo mojado y se alejaron.

 

   Un claxon mentaba madres frente al teatro de la ciudad.


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