Infancia e invención

por Carmen Boullosa

10 minutos

I

       ¿En qué estábamos antes de llegar? ¿No te lo dijeron? Quién pudo decírtelo, si no tuviste a nadie para preguntarlo. Y tú, ¿lo recuerdas? ¿Cómo podrías recordarlo? Sobre todo porque no estás aquí… ¿Y si insisto? Vamos, si insisto puede ser que aparezcas.

 

       ¿Cómo querría yo que fueras? ¡Querría que fueras lo que fueras! Bastaría un poco de sustancia cálida, un poco de masa ni siquiera ardiente para tocar, para rozar… con rozar de vez en cuando en esta soledad me bastaría, rozar un poco, acariciar sin lastimar ni arañar, ni quedarme nada nada nada en las manos… nada… ni una huella…

 

       Pero no hay nadie aquí conmigo. Nadie, aparte del miedo, del temor, del terror… ¿Miedo a quién? ¡No puedo tenerme miedo! Me he demostrado de mil maneras que soy inofensiva, como un pato a la orilla del lago esperando que los niños me avienten un trozo de comida o que dejen algo en el papel que abandonarán descuidadamente… Pero sienten asco de mí, asco, asco, les ensucié su “día de campo”, su desayuno a la orilla del lago les ensucié, les volví un lodazal el muelle de su desayuno… niños, yo soy como ustedes, déjenme algo, alguno espéreme y quédese conmigo, un segundo siquiera, ¡niños!…

 

       Se van. Su papá va a llevarlos ahora directamente a la escuela. No se les notaba en la cara la desmañanada para venir a desayunar aquí…

 

       Sería conveniente empezar por el principio. Cierto, yo era como esos niños, yo era esos niños y aquí estoy, divorciada de su mundo para siempre. ¡Niños! ¡Yo era lo que ustedes son!

 

       Me debo proponer vencer el miedo para empezar a contar mi historia.

 

       Nací en la Ciudad de México en 1954. Recuerdo con precisión el día de mi nacimiento. Claro, el miedo. La comprendo y no se lo reprocho, tal vez si yo llegara a estar en su situación (ni lo imagino, sería demasiada fortuna) yo también sentiría miedo.

 

       El miedo era por la abuela, no por mí. A mí, ¿qué? Todavía ni me veía… yo era tan indefensa… Más indefensa que cualquier niño de mi edad, que cualquier otro recién nacido.

 

       Vuelvo al miedo, a la miedo: la jovencita, bañada en sudor, despeinada, con el cuerpo sometido a la violencia del parto, despojada de todos los signos de coquetería, era inocultablemente hermosa. Ese día estaba más pálida que de costumbre y cuando la vi por primera vez tenía en todos sus rasgos reflejado el miedo que no imaginé brincaría a mí para nunca dejarme.

 

Se llamaba con un nombre totalmente distinto al mío. Un nombre más sonoro, un nombre que yo le pondría a un hijo si lo tuviera. Se llamaba Esther.

 

       Aunque la vi desde siempre con tanta precisión, la quise mucho, como si fuera mi madre.

 

       ¿Cuánto tiempo tardé en darme cuenta de que ella no era mi mamá? Siempre lo supe, pero hasta el día en el que ellos llegaron por mí, todo funcionó como si ella lo fuera.

 

       En cambio no lo recuerdo a él esa noche. ¿Dónde andaría? Diré que trabajando para no ofenderlo, pero en cuanto vi la palidez de ella y la extraña miseria que la rodeaba entre las sábanas y las manos impías (quiero decir sin cariño ni piedad) que la rodeaban, lo supe todo. ¿De qué le servía su arrogante belleza si no era para ser amada por el hombre que ella quería? Tal vez era demasiado hermosa como para ser querida por nadie. No lo sé.

 

       En el momento en que nací, mi abuela dejó de hablar allá afuera. Paró de quejarse. Tomó un respiro y no sé qué la arrulló. ¿Yo? Se quedó dormida de inmediato. La que debiera ser mi mamá, en cambio, no se durmió; me miró con una mirada que me recorrió el cuerpo poniéndome en todas las partes que lo componían su nombre respectivo, volteándome huesos y piel con un sentimiento similar a la ternura, como no me volvió a ver nunca nadie.

 

       Mi abuela me miró con desilusión porque yo no era varón como ella hubiera querido. Mi papá… él no me miró ni ese día ni los siguientes, hasta que perdí la cuenta. Entonces, cuando dejé de notar que no me miraba, lo hizo y jugó conmigo. Era estupendo compañero de juegos.

 

       Ellas no sabían jugar. De niña, al dormirme, me inventaba recuerdos. Recordaba (jugaba a recordar) que alguna de las dos Estheres había jugado conmigo: al té, a la casita, a las muñecas, a cualquier cosa. Eso me decía para arrullarme mientras ellas ponían en mí sus manos exageradamente blandas y me cantaban canciones desentonadas. Las quería mucho, tanto que no sólo me arrullaba con ellas sino que en las mañanas, al despertar, mi primer pensamiento era para ellas dos, y al salir de la escuela también era para ellas dos. Casi toda mi infancia.

 

       Afuera a veces escucho a las que vienen persiguiendo y aún no les dan caza. ¿O serán las mismas? Aúllan, tienen horror de los que las persiguen. Corren, vuelan, son capaces de cualquier cosa para salvarse. Han de ser otras cada noche, seguramente, seguramente porque ninguna podría escapar, es imposible escapar, que nadie intente engañarse. Alguna noche se lo grité a la desesperada en turno, pero no oyó. Prefiero no gritar más, no tiene sentido y me hace mal. Estoy mal. Tengo tanto miedo. Tengo tanto miedo y no hallo cómo gritar mamá. Es un grito que no puedo emitir, porque esa palabra no la tengo.

 

Otras palabras sí, sí que las tengo. Tengo árboles. Tengo casa, tengo claramente la palabra miedo y tengo sobre todo la palabra patosenelparque porque de ella les quiero hablar hoy.

 

       ¿A quiénes, a quiénes les puedo hablar? Me inventaré por esta noche que sí puedo conseguir interlocutores desde mi oscuridad. Patosenelparque, con papá… él nos llevaba. El desayuno se preparaba en casa. Luego, tomaba el camino a la escuela, como siempre, hablando de lo de siempre, de un juego que él creía inofensivo pero que para mí era un juego de asalto y de dolor. “Yo no soy su papá… yo soy un señor que se las va a robar, un robachicos… un ladrón… me las voy a llevar para pedir dinero a cambio de ustedes… Si no me pagan las haré chicharrón…”. Ahí les ganaba la risa, a él y a mis hermanas. Se reían a chorros, a carcajadas y con gusto, mientras yo pensaba: ¿chicharrón? ¿Dinero? ¿De qué demonios —pensaba—, de qué demonios estaremos hechas?

 

       Íbamos al lago de Chapultepec. Nos desayunábamos sin apetito, picoteando aquí y allá, como patos, lo que nos hubieran puesto en la canasta, y nos llenábamos los zapatos de lodo, los choclos bicolores (blancos y azul marino) que llevábamos a la escuela.

 

       Oía en las noches los pasos que entonces me asustaban pero creía inofensivos y si de noche no me permitían dormir, de día creía percibir en ellos un dulce arrullo, y tenía sueño en clase de español y sueño en matemáticas, en inglés, en gimnasia, en todas las materias… Era un sueño dulce, un sueño que nunca me hizo mal, un sueño a tientas, temeroso de mí. Ahora me ha ganado por completo y sé que nunca podría despertar.

 

       Papá nos llevaba a la escuela por distintos caminos. Nunca comprendía (de todos modos) cómo demonios se llegaba a la escuela. Las calles siempre me dieron vértigo, nunca me aceptaron como a una de las suyas. A ellas nunca pude engañarlas. Ni a la ciudad. Pero menos que nadie a mí misma.

 

       Tomaba una ruta distinta y nos contaba cuentos y nos hacía bromas y era enormemente feliz con las que él entonces miraba en toda la extensión como sus legítimas hijas. Y todas lo éramos.

 

       En la escuela… Nunca podré recordar cómo era precisamente la llegada a la escuela. De pronto estaba ahí. Conjeturo que me bajaba del automóvil torpemente, un poco mareada, sintiendo un enorme alivio porque había podido llegar a mi lugar a pesar de las amenazas del señor ese que decía que no era mi papá… Llegaba, procuraba no tropezarme con mi propia mochila y ¡el ruido!, ¡el ruido, el parloteo! Tampoco lo recuerdo, lo imagino, debía estar ahí… Lo que recuerdo era la fila, el estar formadas en el pasillo con la luz del día a la izquierda entrando a chorros por un enorme ventanal mientras alguien, a quien no veíamos, rezaba en voz alta, decía cosas que nunca entendí, y luego el saludo a la bandera, mexicanos al grito y algo así como como remellos cuyos aliños un viento helado marchita en flor… Palabras indescifrables, tanto o más religiosas que aquellas con que había empezado el día.

 

       Una mañana a medio recreo, María Enela (así era su nombre, era —o así lo recuerdo, pero lo defenderé— Enela) me invitó a entrar con ella en el gallinero. En él no había gallinas ni restos de gallinas, sospecho que era un proyecto de las monjas que no arraigó… un edificio abandonado, limpio no sé por qué, oscuro y silencioso. Entré con ella. Entonces los pasos se hicieron más presentes y ella me preguntó:

 

       —¿Qué son esos pasos?

       —¿Qué van a ser? —le contesté—, nada…

       —Sí sabes de qué hablo —me dijo—, sabes muy bien… Me han venido siguiendo… Me dijeron que te preguntara a ti.

 

       Tuve tanto miedo que eché a correr hacia fuera del gallinero. Enela salió corriendo atrás de mí, llamándome por mi nombre con insistencia.

 

       Salí del gallinero, corriendo, pero en cuanto pude alzar la vista me detuve: el enorme patio se encontraba vacío. ¿Se habría acabado la hora del recreo? Sentía atrás de mí los pasos de Enela ya no persiguiéndome sino buscando también (como yo) el camino a nuestro salón. ¿Por qué estaba vacío el patio? Subimos (primero yo y casi pisándome los talones Enela) los escalones que nos dividían de la entrada a los salones y de lo que llamábamos el “patio de gala”: un hermoso jardín meticulosamente cuidado, rodeado de hortensias, con su recortado pasto siempre verde y tupido, al que las niñas no teníamos acceso más que en días de fiesta. Subimos, decía, la escalinata bordeada por el lado izquierdo de un muro (o piso) inclinado, de piedra volcánica, y sentí cómo Enela volteó para ver el patio en toda su extensión —al fondo las canchas de básquetbol, más abajo el terraplén donde se practicaba atletismo: el tiro de jabalina o bala, salto de longitud, de altura (en una alberca de aserrín)— y dijo “no hay nadie”. ¿Cómo no habíamos oído el timbre, el fuertísimo, agudísimo timbre que indicaba el regreso a clase? Tuve miedo, Enela tuvo miedo también. Sentí que no tenía sentido seguir subiendo la escalera, para qué, y volteé esquivando la mirada de Enela, cuando las vi salir de la izquierda, de donde la terraza me tapaba las canchas de volibol, vi surgir como un enjambre a las niñas, un enjambre gris, un ejército de hormigas con sus suéteres grises y sus grises faldas de tablones grises saliendo con barullo del área de la cafetería… Al término de la escalera, en lugar de caminar un poco hacia la izquierda y entrar por la puerta del pasillo, di vuelta a la derecha y bajé corriendo los otros escalones: ahí estaban todas, aglutinadas en la terraza de la cooperativa y atestando la cafetería, recibiendo los premios anuales de la cooperativa escolar, los bonos que esa tienda manejada por las alumnas de sexto había rifado, como todos los años, y que daban carta abierta a dos alumnas durante lo que restaba del año escolar para comer cuanta golosina quisieran. Alguien me jaló de la manga y me dijo: “¡hubo uno para ti!”. A empujones me abrieron paso a la barra de la cooperativa y grité mi nombre. “¿Dónde está?”, me preguntó una de las grandes desde su altura inconmensurable. “Soy yo”, le contesté y gritaron mi nombre, me aplaudieron, otra de las mayores me cargó y me subió a la barra y corearon hurras, vivas, cantaron una porra, me entregaron el bono (una credencial azul, con mi nombre escrito) y entonces fue cuando sonó el timbre para regresar a clase.

 

       …la niña en la terraza lleva rato corriendo tras una lagartija y por fin puede asirla, la detiene y la lagartija corre, ¿cómo corre si aún la está deteniendo? Suelta lo que tiene en las manos: la cola baila feliz y victoriosa en el piso, distrayéndola. ¿Cuánto tardó en dejar de moverse? Mucho más tiempo que el que le llevó a su lagartija huir fuera del alcance… Exactamente igual me ocurrió con el bono de la cooperativa. Lo que tardé en darme cuenta fue lo que tardé en encontrar el salón y toparme con la mirada de Enela y decidir que, a costa de lo que fuera, yo debía esquivarla, esquivarla… No podría soportar mi propio miedo reflejado en ella…

 

       En el recreo del día siguiente me cuidé muy bien de no acercarme a María Enela. No fue fácil, hábilmente supo incorporarse al grupo con el que yo siempre compartía los juegos.

 

       Cuando bajaron a los patios, no me uní a ellas. Esperé al último momento para salir del pasillo. Trato de recordar el nombre de la niña que, buscando algo que nunca encontraría en el fondo de la mochila, hacía tiempo en el salón para evitar ante las otras la vergüenza de salir sola (¡otra vez!) a deambular por los rincones más desiertos de la escuela. Era de cara gordita, la peinaban con una sola trenza restirada en la coronilla y abundante jalea. Tenía el cutis pálido y un poco rosado en las mejillas, mostraba una fragilidad de espíritu que nunca encontraría cómo ocultar, ni siquiera cuando se convirtió prematuramente en una adolescente hermosa. No recuerdo su nombre. La invité a salir conmigo, ésa y otras mañanas en que Enela pudo sostener su pasajera amistad de conveniencia (que nadie conocía, más que yo) con mis amigas; no fueron muchas, para mí las mañanas más largas de la vida escolar. Largas, claras, demasiado lentas y que alguien podría etiquetar como “aburridas”.

 

       No me aburría. Sentadas en los subibajas con forma de rebanada de sandía diseñados para las niñas más pequeñas, nos platicábamos, meciéndonos casi imperceptiblemente, muchas cosas. Estábamos refugiadas en el patio de las más chicas, el que daba a los salones de kínder y que aunque no estaba prohibido nadie usaba para jugar, aislado de los demás patios pertenecía a un territorio aparte, y ahí jugábamos un juego que conocí (porque entonces lo practicaba sin conciencia) cuando era más grande: la plática. ¿Qué tanto nos contábamos? Muchas cosas, intimando verbalmente como hasta entonces nunca lo había hecho con nadie. Que si su papá, que si el mío, que si Esther, que si la maestra de español, que si… nos platicábamos como adolescentes, como mujeres adultas, como viejas, largamente…

 

       Así corrió tiempo entre la entrevista del gallinero y el orden que recuperé trastabillando en la oscuridad del miedo. Pocas eran las noches en que los pasos no me perseguían empecinados ocultándose tras los sonidos que escuchaba intentando dormirme.

 

Esa mañana parecía que estaba a punto de llover. De hecho unas pocas gotas rompieron una larga fila organizada para jugar quemados y corrimos alborotadas para meternos en el pasillo que unía entre sí los salones, para protegernos de la lluvia. Buena para correr, entré primero que ninguna de mis amigas al pasillo. Me topé con el espectáculo siguiente: a la mayor de mis hermanas le habían sacado la mochila del salón y le brincaban encima; mientras ella trataba de recuperarla, colocaban a su mamá unos adjetivos que no comprendí… pensé en los lentes que ella usaba para leer el pizarrón y que estarían haciéndose papilla en la bolsa exterior de la mochila de cuero, nueva todavía antes de pasar por la tormenta de pisotones que a coro iba creciendo con la lluvia. Me abalancé por la mochila, mordiendo la pantorrilla que en turno le saltaba y mordí y mordí… trataban de separarme de ella, pero la rabia que sentía era tan grande que no permitía abrir las quijadas mientras la dueña de la pierna aullaba y las demás gritaban y yo recordaba con los ojos cerrados la mochila en el cuarto de mis hermanas la tarde anterior y pensaba que no era justo cómo la habían dejado y apretaba las quijadas fuertemente, y la maestra me tomó de los cabellos, despeinados de tanto jaloneo, y me condujo de inmediato, en medio de un silencio sepulcral, a la oficina de Mother Michael, la directora.

 

       Debería haber sentido miedo. Nunca antes me habían llevado con la directora, era el último recurso de la disciplina escolar. Primero venían los papelitos que se mandaban a la casa: verde (primera llamada de atención), azul (segunda) y el rosa (tercera y última, casi un latigazo), los cuales había que regresar al día siguiente firmados por ambos padres. Si los papelitos no eran suficientes, la oficina, la temible entrevista con Mother Michael, de la que nadie hablaba porque pertenecía a lo pavoroso. Yo no le tenía ningún miedo a Mother Michael, claro que sería incapaz de no obedecerla o de faltarle al respeto, pero menos le iba a tener ninguna consideración a nadie en el estado en que me encontraba, prendida de ira todavía… No sé cómo le hizo la maestra para separarme de la pantorrilla sin que yo me llevara el pedazo adentro de la boca.

 

       Mother Michael abrió la puerta y yo empecé a hablar. Le expliqué lo de los lentes, lo de la mochila nueva que Esther le había comprado la tarde anterior, lo de las palabras incomprensibles que le gritaban a mi hermana para definir a su mamá, repitiéndoselas una por una como las recordaba. Mother Michael me miró directo a los ojos. “Voy a tener que castigarte —me dijo—, porque si no todas las niñas van a empezar a morder a sus compañeras, pero hiciste muy bien. Quédate conmigo. Teacher, papelito rosa for those who jumped in la mochila”. Me quedé con Mother Michael. Apenas cerró la maestra la puerta, me miró de nuevo y me habló en inglés, su lengua materna, mucho rato, muchísimo rato, paseándose con largos pasos. Nunca la había visto yo tan habladora y no encontraba qué la había puesto así. Salió de su oficina y me dejó ahí a que esperara el timbre de salida.

 

       ¿Me dormí en la oficina de Mother Michael? Los cajones del enorme escritorio de madera crujieron en voz alta, al rato de estar yo aburrida esperando. Crujieron y crujieron, uno por uno, y acto seguido escuché adentro del escritorio los mismos pasos de siempre, los pasos que Enela al mencionar volvió semillero de terror. No podía salir de la oficina, tenía que obedecer a Mother Michael, estaba atrapada, los pasos estaban ahí, junto a mis piernas que colgaban inermes en la silla, ya habían llegado, y rompí a llorar diciéndoles: “ya, por favor, ya no suenen, les tengo miedo, llévense mejor a Enela”.

 

       No sé cómo me atreví a decir eso. Sólo el miedo que sentía puede explicarlo.

       Pararon de sonar de inmediato.

 

A la mañana siguiente, al entrar junto con todas mis compañeras al salón, bajo la tapa del pupitre encontré un recado acomodado encima de mis libros. ¿Quién lo pudo poner ahí? La letra era de un adulto. Antes de acabar de leerlo, cerré el pupitre y haciéndolo bolita en la mano lo guardé en mi mochila. ¿Sería mi maestra? ¡De nuevo sonaron los pasos! Enela pidió permiso para ir al baño y la maestra se lo negó: “¿al baño llegando?”. Vendes a Enela… eso decía el recado, la primera línea del recado… vendes a Enela… y los pasos sonaban en el salón, nadie parecía percibirlos más que yo y evidentemente Enela, Enela aterrorizada pidiendo permiso para ir al baño.

 

       “¡Mire, maestra!”, gritó Rosi atrás de mí. Señalaba un charco en el piso del salón, abajo del pupitre de Enela. “Mire…”. Enela desvanecida tenía la cabeza apoyada en el pupitre, la falda empapada y los ojos abiertos, como los de un muerto. “¡Enela!”. No respondió al llamado de la maestra. “Rosi, corre a la enfermería”.

 

       ¿Cómo se la llevaron del salón? No me di cuenta. No volvió en sí. Todo me daba vueltas.

 

       No escuché la broma de papá en el camino. Al llegar a la escuela, bajé del coche y esperé a Enela con impaciencia. El día anterior, respondiendo a la llamada de la escuela, habían ido por ella sus papás y se la habían llevado a su casa. Yo esperaba que fuera algo pasajero. Me prometía atreverme a platicar con Enela de los pasos. Conversé con ella en silencio. No sé, tal vez juntas podríamos oponernos, vencer un destino que no comprendía yo en toda su extensión pero que empezaba a atisbar con desesperanza.

 

       La esperé también las mañanas siguientes. Enela nunca volvió a la escuela. No me atreví a preguntar a la maestra por ella.

 

       Trataba de olvidarla y lamentaba no haber leído todo el recado que alguien había puesto sobre los libros que guardaba en mi pupitre.

 

       Nunca supe cómo perdí el papel. Llegando a casa me encerré en mi cuarto para desdoblarlo y leerlo, pero no lo encontré, ya no estaba en la mochila. Tuve miedo de que se me hubiera caído y lo leyera alguien antes que yo y me culpara en público de lo que yo me sabía culpable, porque sí, yo había vendido a Enela, pero, ¿por qué había necesitado yo venderla?

 

       “Mirando al león al que había sido entregado como corderillo, le replicó:

       ”—¿Qué haces aquí, bestia feroz? Nada hay en mí que te pertenezca; voy al seno de Abraham donde seré recibido en breves momentos.

       ”De pronto resplandeció su cara como la de un ángel. Él se acercó a sus pies y descansó como una paloma a sus plantas. Pero había llegado la hora de recibir el galardón de sus trabajos. Comenzó a sentir una gran flaqueza y falta de fuerzas y ante los ojos atónitos de los infieles el Santo pasó a mejor vida”.

 

       Leía Mother Michael con su acento inocultable en clase de religión, única que se encargaba de dictar personalmente. La directora cerró el libro de vidas de santos y empezó a comentar exaltada en su media lengua, intercalando palabras en español y en inglés, instándonos a la reflexión, ¡cuánta era la entrega del santo!

 

       Vamos, pensaba, seré cobarde. Entregué a Enela, renegué de Enela… No necesitaba compararme con la carne de los mártires, como lo hacían mis compañeras, para saber cuán poca cosa era… No había necesitado probarme para no pasar la prueba y saber de mis vergonzosas flaquezas. Y sentí más miedo que nunca y los pasos se alimentaban de mi miedo, cebándose con él, de él creciendo, de él engrandeciéndose, volviéndose un monumento de la remordida carne de cañón en que no sabía que me había convertido.


¡Gracias por leer a Carmen Boullosa !

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