Ready player one

por Ernest Cline

7 minutos

Quienes tienen mi misma edad recuerdan dónde estaban y qué hacían la primera vez que oyeron hablar de la competición. Cuando en el canal de vídeo apareció un boletín de noticias que anunciaba que James Halliday había muerto esa noche, yo estaba viendo dibujos animados en mi escondite.

 

     No era la primera vez que oía hablar de Halliday, claro. Todo el mundo sabía quién era: el diseñador de videojuegos que había creado OASIS, el ambicioso juego online multijugador masivo que había ido evolucionando hasta convertirse en la realidad virtual en línea más visitada a diario, tanto para hacer negocios como para comunicarse y divertirse. El éxito sin precedentes de OASIS había convertido a Halliday en una de las personas más ricas del mundo.

 

     Al principio no entendí por qué los medios de comunicación concedían tanta importancia a la muerte de aquel multimillonario. Como si los habitantes del planeta Tierra no tuvieran otras preocupaciones. La crisis energética. El catastrófico cambio climático. El hambre, cada vez más generalizada, la pobreza, las enfermedades. Media docena de guerras. Ya se sabe, lo de siempre: «perros y gatos cohabitando, la histeria de las masas». Por lo general, los boletines de noticias no interrumpían las comedias o series interactivas a menos que hubiera sucedido algo muy grave. Como el descubrimiento de un virus asesino o la desaparición de alguna ciudad bajo una nube atómica. Cosas así. Por muy famoso que fuese, el fallecimiento de Halliday no debería de haber merecido más que un espacio breve en el informativo de la noche, para que las masas desharrapadas menearan la cabeza, muertas de envidia, cuando los presentadores pronunciaran la suma obscena de dinero que pasaría a engrosar la fortuna de los herederos del multimillonario.

 

     Pero es que ahí, precisamente, estaba la noticia: James Halliday no tenía herederos.

 

     Había muerto soltero, a los sesenta y siete años, sin parientes vivos y, según se decía, sin un solo amigo. Había pasado aislado por voluntad propia los últimos quince años de su vida, tiempo durante el que (si había que hacer caso de los rumores) había enloquecido por completo.

 

Así que la noticia bomba que dejó a todo el mundo boquiabierto, la revelación que hizo que, desde Tokio hasta Toronto, la gente se cagara en los cereales del desayuno, estaba relacionada con las últimas voluntades y el testamento de Halliday, con el destino de su inmensa fortuna.

 

     Halliday había preparado un breve mensaje de vídeo y había dispuesto que los medios de comunicación lo emitieran en el momento de su muerte. También ordenó que se enviara por correo electrónico una copia del vídeo a todos los usuarios de OASIS esa misma mañana. Todavía recuerdo aquel aviso electrónico, aquel sonido como de campanilla, cuando llegó a mi bandeja de entrada apenas segundos después de que hubiera oído la noticia en el informativo.

 

     Aquel mensaje de vídeo era, de hecho, un cortometraje muy bien producido titulado Invitación de Anorak. Excéntrico como era, Halliday había mantenido a lo largo de su vida una obsesión por los años ochenta del siglo XX la década que había coincidido con su adolescencia, e Invitación de Anorak estaba plagado de lo que posteriormente descubrí eran veladas referencias a la cultura popular de aquellos años, aunque casi todas ellas se me pasaron por alto la primera vez que lo vi.

 

     De principio a fin duraba poco más de cinco minutos, y en los días y semanas que siguieron se convertiría en el documento audiovisual más analizado de la historia, superando incluso al del asesinato de Kennedy en Dallas, captado por Abraham Zapruder, si tenemos en cuenta el número de veces que fue estudiado fotograma por fotograma. Todos los miembros de mi generación llegaríamos a aprendernos de memoria el mensaje de Halliday, de cabo a rabo.

 

     Invitación de Anorak empieza con el sonido de las trompetas de los primeros compases de una canción antigua llamada Dead Man’s Party.

 

     Durante los primeros segundos, la canción suena sobre un fondo negro. A las trompetas se une una guitarra y entonces aparece Halliday. Pero no es un hombre de sesenta y siete años, devorado por el paso del tiempo y la enfermedad. Su aspecto es el que lucía en la portada de la revista Time en 2014. Un hombre alto, delgado, saludable, de poco más de cuarenta años, algo despeinado y con sus características gafas de pasta. También lleva la misma ropa con la que aparecía en la foto de la revista: vaqueros desgastados y la camiseta retro de Space Invaders.

 

     Halliday se encuentra en un baile de instituto que se celebra en un gran gimnasio cubierto. Está rodeado de adolescentes cuyas ropas, peinados y bailes dejan claro que pertenecen a los años ochenta.[1] Halliday también baila (algo que nadie le vio hacer jamás en la vida). Con una sonrisa de loco dibujada en los labios, da vueltas muy deprisa y mueve los brazos y la cabeza al ritmo de la música, componiendo, impecablemente, varios de los pasos característicos de aquella época. Pero Halliday no tiene pareja de baile. Como suele decirse, está «bailando solo».

 

     En el ángulo inferior izquierdo de la pantalla aparecen unas líneas que indican el nombre del grupo, el de la canción, la discográfica y el año de lanzamiento, como si se tratara de un videoclip antiguo emitido en la MTV: Oingo Boingo, Dead Man’s Party, MCA Records, 1985.

 

     Cuando empieza la letra de la canción, Halliday mueve los labios y hace playback sin dejar de dar vueltas. «All dressed up with nowhere to go. Walking with a dead man over my shoulder. Don’t run away, it’s only me...»

 

     Entonces deja de bailar de improviso y con los dedos de la mano derecha hace el gesto de cortar. La música se detiene al momento. En ese preciso instante quienes bailaban en el gimnasio tras él desaparecen y la escena a su alrededor cambia.

 

     Halliday se encuentra en una funeraria, junto a un ataúd abierto.[2] Un segundo Halliday, mucho mayor, aparece tendido en la caja, su cuerpo devorado por el cáncer. Sendas monedas relucientes le cubren los párpados.[3]

 

     El Halliday más joven baja la vista y contempla su cadáver, anciano, con tristeza impostada, antes de volverse a los compungidos asistentes para dirigirles unas palabras.[4] Halliday chasquea los dedos y en la mano derecha aparece un pergamino. Lo desenrolla con gran parsimonia, hasta que el papel toca el suelo y se extiende por el pasillo que se abre frente a él. Rompe la cuarta pared y, dirigiéndose al espectador, empieza a leer.

 

     —Yo, James Donovan Halliday, en plenitud de mis facultades mentales, por la presente dispongo y declaro que este instrumento sea mi Última Voluntad y Testamento, con el que quedan revocados todos y cada uno de los documentos y anexos firmados por mí hasta la fecha... —Sigue leyendo, cada vez más deprisa, pasa sobre varios párrafos llenos de jerga legal, hasta que las palabras resultan ininteligibles. Entonces se detiene abruptamente—. Olvidaos de todo esto —afirma—. Por muy rápido que leyera, tardaría un mes en terminar. Y, aunque es triste, no dispongo de tanto tiempo. —Suelta el pergamino, que desaparece tras una lluvia de polvo de oro—. Permitidme que haga saber solo lo más destacado.

 

     La funeraria desaparece y la escena cambia de nuevo. Halliday se encuentra ahora frente a la puerta de la inmensa cámara acorazada de un banco.

 

     —Todo mi patrimonio, incluida mi participación mayoritaria en acciones de mi empresa, Gregarious Simulation Systems, quedará en depósito hasta que se cumpla la única condición que he dispuesto en mi testamento. El primer individuo en satisfacer dicha condición heredará toda mi fortuna, valorada en la actualidad en más de doscientos cuarenta mil millones de dólares.

 

La puerta de la cámara acorazada se abre y Halliday accede a su interior. Se trata de un espacio enorme que contiene una montaña inmensa de lingotes de oro, del tamaño aproximado de una casa de grandes dimensiones.

 

     —Aquí está la pasta que dejo para quien la quiera. —Sonríe de oreja a oreja—. En los bolsillos no os va a caber, ¿verdad?

 

     Halliday se apoya en la montaña de lingotes de oro y la cámara toma un primer plano del rostro.

 

     —Seguro que os estáis preguntando qué tenéis que hacer para pillar todo este dineral. Pues echad el freno, niños, que ya llegamos... —Hace una pausa dramática y adopta la expresión de quien está a punto de desvelar un gran secreto.

 

     Halliday vuelve a chasquear los dedos y la cámara acorazada desaparece. En ese preciso instante, mengua y se transforma en un niño pequeño, vestido con un pantalón de pana marrón y una camiseta descolorida de Los Teleñecos.[5] El pequeño Halliday aparece en un salón abigarrado de elementos, una moqueta naranja desgastada, paredes con paneles de madera y una decoración hortera de finales de los setenta. Cerca de él, hay un televisor Zenith de 21 pulgadas con una consola Atari 2600 conectada.

 

     —Esta fue la primera consola de videojuegos que tuve en mi vida —prosigue Halliday con voz mucho más aguda—. Una Atari 2600. Me la regalaron en la Navidad de 1979. —Se sienta frente a la consola, levanta el joystick y empieza a jugar—. Este era mi juego preferido —añade, señalando con un movimiento de cabeza la pantalla, donde un pequeño cuadrado viaja a través de una serie de laberintos sencillos—. Se llamaba Adventure. Como muchos de los primeros videojuegos, Adventure fue diseñado y programado por una sola persona. Pero en aquella época, Atari se negaba a conceder el menor mérito a sus programadores, por lo que los nombres de los creadores de los juegos no aparecían en ninguna parte.

 

     En la pantalla del televisor vemos cómo Halliday usa una espada para matar a un dragón rojo, aunque a causa de la baja resolución de los gráficos del juego, parece que es un cuadrado que intentara clavarle una lanza a un pato deforme.

 

     —Así pues, el hombre que inventó Adventure, un hombre que se llamaba Warren Robinett, decidió ocultar su nombre en el interior del propio juego. Escondió una llave en uno de los laberintos. Si encontrabas la llave, un pequeño punto gris pixelado, podías usarla para entrar en una habitación secreta donde Robinett había escondido su propio nombre.

 

     En la pantalla, Halliday conduce a su protagonista cuadrado hasta la habitación secreta del juego y, en el centro, aparecen las palabras CREADO POR WARREN ROBINETT.

 

     —Este —continúa Halliday, señalando la pantalla con sincera veneración— fue el primer «Huevo de Pascua» que apareció en un videojuego. Robinett lo ocultó en el código del juego, no se lo dijo a nadie, y Atari lo fabricó y lo envió a todo el mundo sin tener conocimiento de aquella habitación secreta. Y no lo descubrieron hasta que, unos meses después, niños del mundo entero empezaron a encontrarlo. Yo fui uno de aquellos niños, y encontrar por primera vez el «Huevo de Pascua» de Robinett fue una de las experiencias con los videojuegos más maravillosas de mi vida.

 

     El pequeño Halliday suelta el joystick y se pone en pie. Al hacerlo, el salón se difumina, desaparece, y da paso a otra escena. Halliday aparece en una caverna lúgubre, donde la luz de las antorchas que quedan fuera de plano ilumina intermitentemente las paredes húmedas. En ese instante, la apariencia de Halliday también vuelve a cambiar, y el niño se transforma en su famoso avatar de OASIS: Anorak, un mago alto, ataviado con una túnica y que hace gala de un rostro algo más atractivo que el de la versión adulta de Halliday (aunque conserva las gafas). Anorak lleva su característica túnica negra, con el emblema de su avatar: una gran letra «A» escrita a mano bordada en cada manga.

 

     —Antes de morir —anuncia Anorak, con un tono de voz mucho más grave—, creé mi propio «Huevo de Pascua» y lo oculté en algún lugar de mi videojuego más conocido, OASIS. La primera persona que lo encuentre heredará toda mi fortuna.

 

     Otra pausa dramática.

 

     —El Huevo está bien escondido. No me he limitado a meterlo debajo de una piedra. Supongo que podría decir que está bajo llave en una caja fuerte, enterrada en una habitación secreta, oculta en el centro de un laberinto, en alguna parte... —Se lleva el dedo índice a la sien derecha—. Aquí arriba.

 

     »Pero no os preocupéis. He dejado algunas pistas por ahí para que podáis poneros en marcha. Y ahí va la primera. —Anorak hace un gesto grandilocuente con la mano y de improviso aparecen tres llaves que empiezan a girar en el aire, delante de él. Parecen estar fabricadas de cobre, jade y cristal transparente. Las llaves siguen girando y, mientras lo hacen, Anorak recita unos versos, que se muestran como subtítulos llameantes por la parte inferior de la pantalla a medida que los pronuncia:

 

Ocultas, las tres llaves, puertas secretas abren.

En ellas, los errantes serán puestos a prueba.

Y quienes sobrevivan a muchos avatares

llegarán al Final donde el trofeo espera.

 

     Cuando termina, la Llave de Jade y la de Cristal desaparecen; solo queda la de Cobre, que cuelga de una cadena que Anorak lleva al cuello.

 

La cámara lo sigue y él se vuelve y continúa avanzando hacia el interior de la oscura caverna. Un instante después, llega hasta una inmensa puerta de madera de doble hoja encajada en la pared rocosa. Las puertas están atravesadas por barras de acero y se ven escudos y dragones tallados en su superficie.

 

     —No he tenido ocasión de testear este juego, por lo que me temo que tal vez haya escondido el Huevo de Pascua demasiado bien y sea demasiado difícil de encontrar. No estoy seguro. Si es así, ya es demasiado tarde para cambiarlo de lugar, así que supongo que ya veremos qué pasa.

 

     Anorak abre de golpe las puertas y al hacerlo aparece una gigantesca sala del tesoro, llena de montañas de monedas de oro resplandecientes y de cálices engarzados con piedras preciosas.[6] Franquea las puertas y se gira para mirar cara a cara al espectador, con los brazos extendidos para mantener abiertas las enormes puertas. [7]

 

     —Así que, sin más dilación... —anuncia Anorak—. ¡Que empiece la búsqueda del Huevo de Pascua de Halliday!

 

     Acto seguido desaparece tras emitir un destello de luz y la cámara permanece enfocada hacia la puerta abierta y los montículos resplandecientes llenos de tesoros que aguardan del otro lado.

 

     Entonces la pantalla vuelve a ponerse negra.


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