El soñador desconocido

por Laini Taylor

10 minutos

PRÓLOGO

 

   En el segundo sabbat de la duodécima luna, en la ciudad de Weep, una joven cayó del cielo.

 

   Su piel era azul y su sangre roja.

 

   Cayó sobre una reja, que se deformó por el impacto, y ahí quedó colgada, arqueada en un ángulo imposible, con la gracia de una bailarina de un templo desmayada en el brazo de su amante. Un remate de hierro puntiagudo la mantenía fija. La punta, que le salía por el esternón, destellaba como una joya. La joven se estremeció brevemente cuando su espíritu se liberó, y de su larga cabellera llovieron flores bastón de emperador.

 

   Más tarde, la gente diría que fueron corazones de colibrí, y no flores.

 

   Dirían que no había derramado sangre, sino que la había llorado. Que era lasciva, que se relamió los dientes mientras estaba ahí colgada, muriendo, que vomitó una serpiente y ésta se convirtió en humo al llegar al suelo. Dirían que llegó un enjambre de polillas frenéticas a intentar llevársela.

 

   Eso era verdad. Sólo eso.

 

   Sin embargo, no tenían oportunidad. Las polillas no eran más grandes que la boca de un niño sobresaltado, y aun docenas de ellas sólo alcanzaron a tirar de las hebras de su cabello oscuro hasta que sus alas quedaron caídas, empapadas de sangre. Una ráfaga de viento saturado de polvo las barrió junto con las flores. La tierra daba arcadas bajo los pies. El cielo giraba sobre su eje. Un extraño resplandor atravesaba una nube de humo, y la gente de Weep tuvo que entrecerrar los ojos. Polvo en el aire, luz ardiente y hedor a salitre. Había ocurrido una explosión. Todos podrían haber muerto con facilidad, pero sólo estaba muerta esa joven, despedida de algún receptáculo en el cielo.

 

   Tenía los pies descalzos y la boca manchada de ciruela. Sus bolsillos estaban repletos de ciruelas. Era joven y hermosa, y lucía sorprendida y muerta.

 

   También era azul.

 

   Azul como el ópalo, azul pálido. Azul como flores de aciano o alas de libélula, o un cielo de primavera, no de verano.

 

   Alguien gritó. El grito atrajo a otros. Los demás gritaron también, no porque hubiera una joven muerta, sino porque la joven era azul y eso significaba algo en la ciudad de Weep. Incluso cuando el cielo dejó de dar vueltas y la tierra se sosegó y la última voluta de humo salió chisporroteando del sitio del impacto y se dispersó, los gritos continuaron, alimentándose de voz en voz como un virus aéreo.

 

   El fantasma de la joven azul reunió fuerzas y se posó, desamparado, sobre la punta de lanza del remate, a unos centímetros por encima de su pecho inmóvil. Boquiabierto por la conmoción, echó atrás su cabeza invisible y miró hacia arriba en señal de duelo.

 

   Los gritos siguieron y siguieron.

 

Al otro lado de la ciudad, sobre una monolítica cuña de metal liso como espejo, una estatua se movió, como si la hubiera despertado el tumulto, y levantó lentamente la enorme cabeza cornuda.

 

PARTE I

• • •

 

   shrestha. (SHRES-thuh), sustantivo.

   Cuando un sueño se hace realidad, pero no para quien sueña.

   Arcaico. De Shres, el dios bastardo de la fortuna, quien —según se creía— castigaba a los suplicantes concediendo sus deseos a otros cuando le dedicaban ofrendas inadecuadas.

 

1

MISTERIOS DE WEEP

 

   Los nombres pueden perderse u olvidarse. Nadie lo sabía mejor que Lazlo Strange. Anteriormente había tenido otro nombre, pero éste había muerto como una canción sin nadie que la cante. Tal vez fuera un viejo nombre familiar, con la pátina de varias generaciones. Tal vez se lo había dado alguien que lo amaba. Le gustaba pensarlo, aunque no tenía idea. Todo lo que tenía era Lazlo y Strange. Strange porque ése era el apellido dado a todos los niños expósitos en el reino de Zosma, y Lazlo, en honor a un viejo monje sin lengua.

 

   —Se la cortaron en un calabozo —le dijo el hermano Argos cuando él tuvo edad suficiente para entender—. Era un hombre silencioso y escalofriante, y tú eras un bebé silencioso y escalofriante, así que se me ocurrió: Lazlo. Ese año tuve que nombrar a tantos niños que usaba cualquier cosa que se me viniera a la mente —como ocurrencia tardía, añadió—: de todos modos no creí que fueras a vivir.

 

El misterio tenía que ver con un nombre y el descubrimiento de que —además de perderse u olvidarse—, los nombres también podían ser robados.

 

   Tenía cinco años cuando ocurrió; vivía de la caridad en la abadía de Zemonan, y había entrado a hurtadillas en el viejo huerto frecuentado por aves nocturnas y crisopas, para jugar solo. Eran principios de invierno. Los árboles estaban negros y desnudos. A cada paso, sus pies rompían una capa de escarcha endurecida, y la nube de su aliento lo acompañaba como un fantasma amistoso.

 

   La campana del Ángelus sonó; su voz de bronce descendió por el aprisco y sobre los muros del huerto en olas lentas e intensas. Era una llamada a la oración. Si no acudía, haría falta, y si hacía falta lo azotarían.

 

   No entró.

 

   Lazlo siempre encontraba alguna manera de escaparse, y siempre tenía las piernas marcadas por la vara de avellano que colgaba de un gancho con su nombre escrito. Valía la pena escapar de los monjes, las reglas y las tareas, y la vida que le apretaba como un par de zapatos ajustados.

 

   Para jugar.

 

   —Aléjense ahora si saben lo que les conviene —les advirtió a sus enemigos imaginarios. En cada mano sujetaba una “espada”: negras ramas de manzano, con los extremos más gruesos atados para formar la empuñadura. Era un niño enclenque, desnutrido, con cortes en la cabeza, donde los monjes lo arañaban al raparlo contra los piojos; pero se erguía con exquisita dignidad, y no había duda de que en su mente, en ese momento, era un guerrero. Y no cualquier guerrero, sino un tizerkán, el más fiero de todos los tiempos—. Jamás ningún forastero ha posado sus ojos en la ciudad prohibida —dijo a sus adversarios—. Y mientras yo tenga aliento, ninguno lo hará.

 

   —Entonces tenemos suerte —respondieron, y a la luz crepuscular éstos eran más reales para él que los monjes, cuyos cánticos flotaban colina abajo desde la abadía—. Porque no tendrás aliento por mucho tiempo.

 

   Los ojos de Lazlo se entrecerraron.

 

   —¿Creen que pueden derrotarme?

 

   Los árboles negros danzaban. El fantasma de su aliento se esfumó con un soplo de viento, sólo para ser reemplazado por otro. Su sombra se extendía enorme ante él, y en su mente resplandecían guerras antiguas y seres alados, una montaña de huesos fundidos de demonios y la ciudad al otro lado: una ciudad que se había desvanecido en las brumas del tiempo.

 

   Ése era el viejo misterio.

 

   Le había llegado de un monje senil, el hermano Cyrus, que era inválido, y los niños que vivían de la caridad tenían que llevarle comida. No era la figura de un abuelo ni un mentor. Tenía un agarre terrible, y era famoso por sujetar a los niños por la muñeca durante horas obligándolos a repetir catecismos sin sentido y confesar toda suerte de iniquidades que a duras penas podían entender, y mucho menos haber cometido. Todos le temían a él y sus nudosas manos de ave rapaz; los niños mayores, antes que proteger a los menores, los enviaban a su guarida en su lugar. Lazlo le tenía tanto miedo como el resto, y sin embargo se ofrecía a llevarle todas las comidas.

 

   ¿Por qué?

 

   Porque el hermano Cyrus contaba historias.

 

   Las historias no eran bien vistas en la abadía. En el mejor de los casos, distraían de la contemplación espiritual. En el peor, honraban a falsos dioses y degeneraban en pecado. Pero el hermano Cyrus estaba más allá de tales restricciones. Su mente había soltado amarras. Nunca parecía entender dónde estaba, y su confusión lo enfurecía. Su rostro se contraía y enrojecía. Volaba saliva cuando despotricaba. Sin embargo, tenía sus momentos de calma: cuando cruzaba la puerta de algún desván en su memoria y volvía a su niñez, y a las historias que su abuela le contaba. No podía recordar los nombres de los otros monjes, ni siquiera las plegarias que habían sido su vocación durante décadas, pero las historias le salían como un torrente, y Lazlo escuchaba. Escuchaba como un cactus bebe la lluvia.

 

   En el sur y el este del continente de Namaa —muy lejos de la norteña Zosma— había un vasto desierto llamado Elmuthaleth; cruzarlo era un arte que pocos dominaban y que resguardaban celosamente del resto del mundo. En algún lugar al otro lado de aquel páramo había una ciudad nunca antes vista. Era un rumor, una invención; pero era un rumor y una invención de donde salían maravillas transportadas por camellos a través del desierto para encender la imaginación de pueblos de todo el mundo.

 

   La ciudad tenía nombre.

 

   Los hombres que conducían los camellos y transportaban las maravillas decían el nombre y contaban historias, y el nombre y las historias se abrían camino, junto con las maravillas, hasta tierras distantes, donde evocaban visiones de cúpulas rutilantes y ciervos blancos domesticados, mujeres tan hermosas que derretían la mente y hombres cuyas cimitarras cegaban con su brillo.

 

   Así fue durante siglos. Alas enteras de los palacios se dedicaban a las maravillas, y estantes de bibliotecas, a las historias. Los comerciantes se enriquecían. Los aventureros se volvían audaces y salían a buscar la ciudad. Ninguno volvía. Estaba prohibida a los faranji —forasteros—, quienes, si sobrevivían al trayecto en el Elmuthaleth, eran ejecutados como espías. Pero esto no los disuadía de intentarlo. Si se le prohíbe algo a un hombre, lo anhelará como si fuera la salvación de su alma, sobre todo cuando ese algo es fuente de riquezas incomparables.

 

   Muchos lo intentaron.

 

   Ninguno volvió jamás.

 

   El horizonte del desierto parió sol tras sol, y parecía que nada cambiaría jamás. Pero entonces, doscientos años atrás, las caravanas dejaron de llegar. En los puestos fronterizos del oeste del Elmuthaleth —Alkonost y otros— vigilaban en espera de que las siluetas, distorsionadas por el calor, de las caravanas de camellos emergieran del desierto como siempre lo habían hecho, pero no fue así.

 

   Y no fue así.

 

   Y no fue así.

 

   No hubo más camellos, no más hombres, no más maravillas, no más historias. Nunca más. Eso fue lo último que se supo de la ciudad prohibida, la ciudad nunca vista, la ciudad perdida, y ése fue el misterio que abrió la mente de Lazlo como una puerta.

 

   ¿Qué había ocurrido? ¿Aún existía la ciudad? Lazlo quería saberlo todo. Así que aprendió a atraer al hermano Cyrus hacia ese lugar de ensueño, y coleccionó las historias como tesoros. Lazlo no poseía nada, ni un solo objeto, pero desde el principio, las historias le parecieron su propia reserva de oro.

 

   Las cúpulas de la ciudad —decía el hermano Cyrus— estaban todas conectadas por listones de seda, y los niños se balanceaban sobre ellos como equilibristas corriendo de palacio en palacio con capas de plumas de colores. Ninguna puerta se les cerraba, y hasta las jaulas estaban abiertas para que los pájaros fueran y vinieran placer, y por todas partes crecían frutos prodigiosos, listos para ser arrancados, y en los alféizares de las ventanas se dejaban pasteles para que la gente los tomara.

 

   Lazlo nunca había visto un pastel, mucho menos lo había probado, y lo habían azotado por comer manzanas caídas de un árbol que eran más gusano que fruta. Así que aquellas visiones de libertad y abundancia lo embrujaron. Sin duda lo distraían de la contemplación espiritual, pero del mismo modo que ver una estrella fugaz distrae del dolor de un estómago vacío, marcaron la primera vez que consideró que podría haber modos de vida distintos del que conocía. Modos mejores, más dulces.

 

   Las calles de la ciudad —narraba el hermano Cyrus— estaban empedradas de lapislázuli y se mantenían escrupulosamente limpias para no ensuciar las larguísimas cabelleras que las mujeres llevaban sueltas y arrastraban tras de sí como rollos de la más negra seda. Elegantes ciervos blancos recorrían las calles como ciudadanos, y reptiles tan grandes como hombres flotaban a la deriva en el río. Los primeros eran espectrales, y la materia de sus astas —spectralys o lys— era más preciada que el oro. Los segundos eran svytagors, cuya sangre rosada era un elixir de inmortalidad. También había ravids —grandes gatos con colmillos como guadañas— y pájaros que imitaban voces humanas, y escorpiones cuya picadura otorgaba fuerza sobrehumana.

 

   Y luego estaban los guerreros tizerkán.

 

   Blandían espadas llamadas hreshtek lo bastante afiladas para separar a un hombre de su sombra, y llevaban escorpiones en jaulas de latón enganchadas a sus cinturones. Antes de la batalla metían un dedo por una pequeña abertura para que los picaran, y bajo la influencia del veneno eran imparables.

 

   —¿Creen que pueden derrotarme? —desafió Lazlo a sus adversarios del huerto.

 

   —Hay un centenar de nosotros —respondieron—, y sólo estás tú. ¿Tú qué crees?

 

   —¡Pienso que deberían creer todas las historias que han oído sobre los tizerkán, dar la vuelta y marcharse!

 

   La risa de los enemigos sonó como el crujir de las ramas, y Lazlo no tuvo más opción que pelear. Metió el dedo en la pequeña jaula torcida de ramitas y cordel que pendía de su cinturón de cuerda. No había ningún escorpión, sólo un escarabajo atontado por el frío, pero Lazlo apretó los dientes ante una picadura imaginaria y sintió cómo el veneno engendraba poder en su sangre. Entonces levantó sus cuchillas, con los brazos alzados en V, y rugió.

 

   Rugió el nombre de la ciudad. Como trueno, como una avalancha, como el grito de guerra de los serafines que habían llegado con alas de fuego para limpiar el mundo de demonios. Sus enemigos titubearon. Se quedaron boquiabiertos. El veneno cantaba en él, y ya era algo más que humano. Era un torbellino. Era un dios. Intentaron luchar, pero no eran rivales para él. Sus espadas destellaron como el relámpago mientras, de dos en dos, los desarmaba a todos.

 

   En medio del juego, sus ensoñaciones eran tan vívidas que un atisbo de realidad lo habría aturdido. De haber podido estar a un lado y mirar al niño avanzar a tropezones entre los helechos tiesos de escarcha, agitando ramas, a duras penas se habría reconocido; tan profundamente habitaba al guerrero en el ojo de su mente, que acababa de desarmar a un centenar de enemigos y los había enviado renqueando a casa. Triunfante, echó atrás la cabeza y lanzó un grito…

 

   Un grito… ¡Weep!

Se paralizó, confundido. La palabra había salido de su boca como una maldición dejando un sabor residual de lágrimas. Había buscado el nombre de la ciudad, como un momento antes lo había hecho, pero… ya no estaba. Intentó de nuevo, y de nuevo encontró Weep. Era como extender la mano en busca de una flor y regresar con una babosa o un pañuelo empapado. Su mente sintió repugnancia. Sin embargo, no pudo dejar de intentarlo, y cada vez fue peor que la anterior. Buscó a tientas lo que sabía que había estado ahí, y solamente logró extraer la espantosa palabra Weep, resbalosa de tan errónea, húmeda como las pesadillas y con un dejo de sal. Se le torció la boca por la amargura de la palabra. Una sensación de vértigo lo recorrió, junto con la insensata certeza de que el nombre correcto había sido extraído.

 

   Había sido extraído de su mente.

 

   Se sintió enfermo, robado. Subió corriendo la pendiente, trepó pequeños muros de piedra y corrió por el aprisco, el jardín y el claustro, con sus espadas de rama de manzano aún en las manos. No vio a nadie, aunque lo estaban viendo. Había una regla de no correr, y además tendría que haber estado en las vísperas. Corrió directo a la celda del hermano Cyrus y lo sacudió para despertarlo.

 

   —El nombre —dijo, con la respiración entrecortada—. Falta el nombre. ¡La ciudad de las historias, dime su nombre!

 

   En el fondo de su ser sabía que no lo había olvidado; que esto era algo distinto, algo oscuro y extraño, pero aún existía la posibilidad de que el hermano Cyrus lo recordara y todo estuviera bien.

 

   Pero el hermano Cyrus dijo:

 

   —¿Qué quieres decir, niño tonto? Es Weep… —y Lazlo tuvo el tiempo suficiente para ver el rostro del viejo retorcerse de confusión antes de que una mano se cerrara sobre su cuello y lo lanzara por la puerta.

 

   —Espere —imploró—. Por favor —fue inútil. Lo arrastraron hasta la oficina del abad, y esta vez no lo azotaron con la vara de avellano, que colgaba en una hilera con las del resto de niños, sino con una de sus ramas de manzano. Ya no era ningún tizerkán. Ni hablar de cien enemigos: un solo monje lo desarmó y lo golpeó con su propia espada. Vaya héroe. Renqueó por semanas, y se le prohibió ver al hermano Cyrus, que había quedado tan perturbado por su visita que tuvieron que sedarlo.

 

   Después de eso no hubo más historias ni más escapes; al menos no hacia el huerto, ni hacia ningún lugar fuera de su mente. Los monjes lo mantenían bien vigilado, pues estaban decididos a mantenerlo libre de pecado… y de alegría, que, si no era explícitamente un pecado, al menos abría el camino hacia éste. Lo mantuvieron ocupado. Si no estaba trabajando, estaba orando. Si no estaba orando, estaba trabajando, siempre bajo “adecuada supervisión” para evitar que desapareciera entre los árboles como una criatura salvaje. Por la noche dormía, exhausto como un sepulturero, demasiado agotado para soñar siquiera. Parecía que el fuego en su interior hubiera sido sofocado: el trueno y la avalancha, el grito de guerra y el torbellino; todo pisoteado.

 

   En cuanto al nombre de la ciudad desaparecida, también se desvaneció. Sin embargo, Lazlo siempre recordaría cómo se sentía tenerlo en la mente. Se sintió como caligrafía, si la caligrafía estuviera escrita con miel, y eso era lo más cerca que él, o cualquier otro, podía llegar. No sólo eran él y el hermano Cyrus. Dondequiera que el nombre hubiese estado —impreso en los lomos de los libros que contenían sus historias, en los viejos y amarillentos registros de los comerciantes que habían comprado sus bienes, y tejido en la memoria de todo aquel que lo hubiera escuchado—, simplemente se borró, y Weep quedó en su lugar.

 

   Ése era el nuevo misterio.

   Aquello, jamás lo dudó, era magia.


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