Acosad@s

por Juana Inés Dehesa • Andrés Acosta M. B. Brozon • Jaim e Alfonso Sandoval

7 minutos

Unas palabras

Juana Inés Dehesa

 

VIEJA

Los domingos comíamos en casa de mi abuela. Era una lata:

había que ponerse vestido y limpiar los zapatos; los huaraches

blancos en el verano o cuando hacía calor y en el invierno los

zapatos de trabita.

—No sé qué les haces a los zapatos, Helena. De veras

—decía mi mamá cada vez que con todo y que les pasaba

un trapo húmedo, los limpiaba con jabón de calabaza y luego

les ponía cera, seguían viéndose raspados—. Cualquiera diría

que los frotas con una lija.

Qué lija ni qué nada. Si trataba de poner muchísima atención

a la hora de subir los escalones, para que no se tallaran

contra el escalón de arriba, y procuraba que un pie no

se juntara con el otro, pero entonces mi tía Susy me decía

que juntara las rodillas porque parecía un charrito. Una lata.

Mejor me hubiera ido poniéndome los tenis, que ésos, total, se

echaban a la lavadora y ya.

—Uy, ya parece —cada domingo yo insistía con los tenis

y cada domingo mi mamá salía con lo mismo— que te vas a

presentar con tenis en casa de tu abuela. A ti, te los arranca,

y a mí, me mata.

Me hubiera puesto más necia si no hubiera visto que para

mi mamá tampoco era tan fácil la cosa. A ella también le

tocaba quitarse los pantalones y los sacos que usaba toda la semana

y ponerse vestido y zapatos de tacón, que ella decía que

eran un instrumento de tortura, pero que a mí me parecían

el colmo del glamur. Moría de ganas por que me compraran

unos de plástico que vendían en la juguetería, pero mis

papás siempre se negaron.

—Ya tendrás edad para esas cosas, Helena.

Era lo que me decían siempre, también cuando pedía que

me pintaran las uñas o que mi mamá me dejara pintarme la

boca aunque fuera con un brillito de los de sabor fresa. Decía

que qué visajes eran ésos, que nomás faltaba.

Eso decía mi abuela, también. Lo de los visajes. Pero mi

mamá lo decía como de burla y mi abuela para nada. Un día

que a Lety, mi prima, se le ocurrió sacarle de la bolsa el estuche

de maquillaje a su mamá, nos fuimos al baño y nos pintamos

toda la cara con las chapas y el brillo. Cuando nos presentamos

en la sala haciendo como si nada, con la cara más pintada

que payaso del circo Atayde, a mis papás y a todos mis tíos

que estaban de visita les dio un ataque de risa y yo pensé que

mi abuela se nos privaba del coraje.

—Qué bueno que les da tanta risa, bola de inútiles —les

decía desde su sillón de la sala tapizado en terciopelo color

borgoña—; a ver si así se ríen cuando crezcan y les dé por hacerse

exóticas.

Y nos mandó, tronándonos los dedos y todo, a lavarnos

la cara. De camino al baño oímos a mi mamá y a mi tía diciendo

que tranquila, que no era para tanto, pero, por si las

dudas, nunca lo volvimos a hacer. Aunque nos quedó la duda

de en qué consistiría exactamente ser exótica. Mi mamá sonrió

cuando se lo pregunté.

—Cuando tu abuela era joven —dijo, volteando desde

el asiento de adelante del coche—, así se les decía a las actrices.

Pregunté si las actrices eran como la mamá de Brenda. Ella

iba en mi escuela y su mamá me parecía la más bonita y envidiable

del mundo. Después me iba a enterar de que era actriz

de teatro importantísima y por eso siempre estaba corriendo

rumbo a algún ensayo o diciéndoles a mis papás que a ver

cuándo se le hacía que la fueran a ver al teatro.

Otra vez mis papás se rieron, como siempre que yo decía

algo que no acababa de entender y ellos sí.

—No exactamente —dijo mi papá—; digamos que eso de

exótica se refiere más bien…

—El caso es que en los tiempos de tu abuela estaba mal

visto que las mujeres usaran mucho maquillaje —lo interrumpió

mi mamá, porque mi papá era capaz de incurrir en cualquier

incorrección pedagógica con tal de hacer un chiste—. Y

ahorita también, ¿eh? No te creas que es necesario que vayas

por ahí con la cara toda pintarrajeada. Eso no es bonito.

Había muchas cosas que no eran bonitas: sentarse con las

piernas abiertas (porque se te veían los calzones), tener las rodillas

llenas de tierra (porque por dónde te anduviste arrastrando,

criatura, ¿por qué no juegas a otra cosa?) o deshacerse

la trenza perfecta invariablemente adornada con un listón del

color del vestido (porque qué es eso de andar con el greñero

suelto, qué espanto).

Tampoco era bonito patear a mi primo Toño por debajo

de la mesa a la hora de comer. A los niños nos sentaban en

la cocina y nos servían antes que a los grandes para que pudiéramos

ser libres y felices, decía mi mamá, pero en realidad

era para que nos fuéramos a algún otro lado y los dejáramos

chismear y beber en paz.

Toño era el típico mustio que frente a los adultos ponía cara

de no rompo un plato y en cuanto nos dejaban solos aprovechaba

para molestarnos. Para ser francos, molestaba bastante

parejo, pero con Lety y conmigo, las únicas niñas, se aprovechaba

porque los demás sí le podían pegar, pero nosotras

no, porque era más grande; nos decía que las niñas eran tontas,

amenazaba con escupir dentro de nuestros vasos y, si nos

descuidábamos, nos metía las trenzas en la sopa. Una sola vez,

aprovechando que traía zapatos y no huaraches, y como ya me

tenía harta, le di un patadón en la espinilla que lo dejó viendo

estrellitas. Claro, pegó un alarido que se oyó hasta la sala y

luego, luego, escuchamos pasos detrás de la puerta.

—¿Se puede saber qué es este escándalo?

Mocos. Era mi abuela. Eso nunca anunciaba nada bueno.

Tarde se le hizo a Toño, obviamente, para acusarme, en

medio de unos llantos y unos lagrimones que no le creía nadie,

mientras yo intentaba justificarme a gritos y el resto de

mis primos miraban fijamente sus platos de sopa de espinaca,

no les fuera a tocar a ellos de pasada.

—Ay, por favor, Helena —dijo mi abuela, tocándose la

frente con la punta de los dedos, como si le estuviera yo provocando

una migraña instantánea—; no pegues esos gritos.

No hay nada más desagradable que una vieja gritona.

—¡Pero es que Toño…!

Los ojos al cielo, de mi abuela.

—Ahórrame los chismes, Helena, y mejor esténse en paz,

¿sí? No quiero tener que regresar.

Nunca los regañaban a ellos. Bueno, sólo esa vez que nos

dieron chance de jugar a las escondidillas, a Lety se le desamarró

el moño del vestido mientras iba corriendo y Toño

se lo pisó, dizque “sin darse cuenta” (eso que se lo crea su

abuela, que sí se lo creyó). Por suerte, alcanzó a meter las manos,

porque si no le hubiera quedado la nariz incrustada en

la nuca, pero se raspó las manos y le salió muchísima sangre

de la rodilla. Mi tía les dijo que por qué no se fijaban más,

si nosotras éramos más chicas, y mi tío Antonio, el papá de

Toño, salió con que, también nosotras, ¿para qué andábamos

correteando con éstos, que eran unos salvajes (“éstos” eran mis

primos, y sí eran, sobre todo su hijito, pero eso no quería decir

que nos pudieran agarrar de bajada, yo digo), y no estaban

impuestos a lidiar con princesitas como nosotras?

Ésa fue la última vez que los niños nos dejaron jugar con

ellos. Salieron con que éramos muy delicadas y de todo nos

quejábamos y que mejor nos limitáramos a jugar a la comidita

y a quedarnos sentadas sin movernos para que no nos pasara

nada y no nos regañaran. Y eso hicimos: cada domingo, una

vez que nos habían repartido el platito de helado y la galleta

que le tocaba de postre a cada uno, Lety y yo nos sentábamos

en el estudio a jugar con el juego de té de mi abuela.

El ritual era complicadísimo. Había que pasar por el comedor,

donde los adultos estaban dizque hablando de cosas

importantes, pero en realidad sólo estaban intercambiando

chismes de sus amigos y conocidos, y teníamos que decir que

compermiso y que muchas gracias, y había que pedirle permiso

a la abuela para que nos dejara jugar.

—Pero ¿sí saben dónde está? —preguntaba cada semana.

Como si tuviéramos una deficiencia cognitiva muy particular

que nos hiciera olvidar lo aprendido hacía siete días.

Cuando le decíamos que sí, que sí sabíamos, nos soltaba

una larga retahíla de advertencias y consideraciones: ella

había pasado tantos años cuidando ese juguete porque era el

único que tenía, no como nosotras, que teníamos unos papanatas

por padres y nadábamos en juguetes y no apreciábamos

las cosas como debía de ser, y que cuidadito y le volvíamos a

perder una pieza porque entonces sí se acababan los préstamos

y nos íbamos a quedar sin nada con que jugar.

—Ay, mamá, así pasa luego cuando se usan las cosas —se

atrevió a decirle mi mamá un día en que pensé que me iba a

arrancar las orejas porque estaba jugando a lavar los trastes y

se me fue una cucharita por la coladera—; las usas y se pierden,

es normal. Mejor eso a que esté ahí nomás, muy seguro

pero nomás criando polvo, sin que nadie juegue con él.

Entonces le tocó a ella que mi abuela la fulminara con su

cejita levantada y le dijera que con razón estaba yo tan malcriada.

Total, que no había manera de salvarse.

Tenía un poco de razón, la verdad. El famoso juego era

una caja grandísima con doce juegos de taza y plato, cubiertos,

tetera, azucarera y hasta otros platitos que cuando le pregunté

a mi mamá para qué eran, me dijo que para “las pastitas”.

—¿Y eso qué es? —para mí la única pasta era la de la sopa.

—Así le dicen las señoras elegantes a las galletas, mijita.

A la semana siguiente me pareció una gran idea decirle

a Lety que, puesto que no era cosa de dejar que se siguieran

desperdiciando los platos, qué le parecía que tomáramos de la

despensa unas galletas de verdad.

—Cómo crees —dijo, sus ojos negros enormes abiertos del

susto—; seguro nos cachan y nos regañan. Además, dice mi

mamá que no vale la pena comer galletas, porque es pura engordadera.

No, bueno; mi tía Susy no comía ni galletas ni nada. Era

flaca, flaca, y si ibas a comer a su casa te tocaba a fuerzas comer

pescado a la parrilla y ensalada. Y, de postre, una fruta,

que dizque estaba buenísima y qué rica y no sé qué, pero era

fruta, y ni siquiera en almíbar. Y ella ni eso se comía, nomás

el puro pescado y la ensalada sin aderezo. Y se la pasaba yendo

al gimnasio, quejándose de que estaba gordísima y diciéndole

a Lety que con su tendencia a engordar no era cosa

de que se rellenara de dulces.

—Y tú tampoco cantas mal las rancheras, mamacita —me

decía a mí cada vez que a mi mamá se le hacía tarde para pasar

por mí y me tenía que quedar a cenar—. Entre lo que heredas

de esta familia y lo que trae de por sí la familia de tu padre,

nomás con la gorda de tu tía Andrea, si yo estuviera en tu

lugar no volvería a probar un carbohidrato en mi vida.

Mi tía Andrea sí era gorda, la verdad, pero me caía bien.

Era la única hermana de mi papá y no se había casado, y

siempre que íbamos a visitarla horneaba panquecitos que nos

dejaba decorar con chispitas de colores. Sólo una vez le dije

que mejor no, muchas gracias; que porque ya eran muchos

carbohidratos y mi mamá casi se desmaya.

—¿Y ora, tú? —dijo, mirándome como si me hubiera puesto

toda verde—. Eso lo sacaste de tu tía Susy, ¿verdad?

Y me recetó el consabido discurso sobre que eso de preocuparse

por el peso era una invención de la sociedad para que

las mujeres no hicieran nada más que estar encadenadas a la

báscula y que era muy importante que me quedara muy claro

que mi cuerpo era muy bonito así como era y que no tenía que

preocuparme por lo que nadie más opinara que estaba bien.

Claro que acto seguido le dijo a Andrea que mejor ella no

comía pastelitos porque las vacaciones estaban a la vuelta de

la esquina y le temía a su imagen en traje de baño.

Total, que nada de galletas. Nomás los puros platitos y

comida “deamentis”, con un guión que no cambiaba mucho

de una semana a otra: éramos unas señoras elegantes que se

sentaban a tomar el té con sus amigas. Las amigas, puesto que

éramos las únicas niñas, eran nuestros muñecos, sentados en

círculo, cada uno con su taza con su respectivo platito y otro

platito para las pastitas imaginarias.

—¿Sale que hoy mejor estábamos en una junta de trabajo?

—propuse un día, harta de escuchar los dramas de la Barbie

con su muchacha que le rompía todos los platos y le quemaba

las sábanas con la plancha.

Lety se quedó pensando. Preguntó que de qué trabajo.

—Pues no sé. Somos gerentes de algo. De diseño, pon tú,

y entonces podemos dibujar también y hacer como que inventamos

algo padrísimo y ganamos mucho dinero y muchos

premios.

Fuimos a la cocina por el bloc y la pluma de tomar recados,

y nos turnábamos para dibujar y para que los muñecos

nos dijeran que eran muy buenas ideas y que íbamos a hacer

que la compañía fuera la mejor del mundo. La que no estaba

presentando tenía que tomar su taza con todo y platito, hacer

como que le tomaba y poner cara muy seria mientras preguntaba

cosas importantes sobre el color de los pósters y cuánto

iban a costar.

Cuando los adultos nos llamaron para que levantáramos

todo porque era hora de irse, seguíamos felices con nuestro

juego. No hablábamos de otra cosa mientras cumplíamos con

ponernos el suéter para salir y despedirnos de la abuela y de

Tomasa, la cocinera.

—¿A qué dicen que jugaron? —preguntó mi tía Susy.

Le explicamos, atropellándonos una a la otra.

—¿Y hubo alguna que saliera de la junta llorando o gritando

porque los malditos machines se aprovechan de su

creatividad para quedarse con el crédito? —preguntó mi tío

Antonio—. Porque, si no, déjenme decirles que no fue nada

parecido a la vida real.

Mi mamá le torció la boca a él y le dio un codazo a mi

papá, que se estaba riendo.

—¿Yo qué? —dijo, todavía riéndose—. Lo dijo él. Y tienes

que aceptar que es cierto, mi vida, aunque sea tantito.

Después de ese día, pasaron dos cosas: dejamos de jugar

al té para empezar a jugar a las gerentes, por lo menos hasta

que Lety decidió que eso de jugar no era para ella y ya sólo le

importaba contarme de los niños que le gustaban y las fiestas

a las que había ido. Yo, para no quedarme atrás, empecé a

inventarme niños que me gustaban, aunque bien a bien no

me gustara ninguno y prefiriera quedarme en mi casa leyendo

que ir a una fiesta donde nadie quisiera platicar conmigo. Digamos

que a Lety se le dio más fácilmente lo de crecer, pero

yo al menos me quedé con una idea fija en mi mente para el

resto de mi vida.

Jamás en la vida iba a llorar en una junta. Y jamás me iba a

quejar de que no me dieran mi crédito.


¡Gracias por leer a Juana Inés Dehesa • Andrés Acosta M. B. Brozon • Jaim e Alfonso Sandoval!

Leíste 7 minutos

Todos los derechos reservados Penguin Random House Grupo Editorial

Aviso de privacidad