Emociones en sintonía

por Jessie Cervantes

5 minutos

 

VIENTO DE CAMBIO

The future's in the air, I can feel it everywhere blowing with the wind of change…

Klaus Meine (Scorpions)

Luciano está empezando a probar su café y a hojear el pe-riódico cuando el timbre del teléfono comienza a resonar en la ofi­cina. Entonces oprime el botón del speaker y no tarda en salir una voz de la bocina del aparato:

—¿Licenciado?

—Dime, Rosa —le responde Luciano, acercándose a su escritorio.

—Lo busca el licenciado Valencia. Está esperándolo aquí afuera.

—¿Tan temprano…? Bien, hazlo pasar, por favor.

—En seguida, licenciado.

Un instante después, tres golpeteos se escuchan sobre la puerta.

—¡Adelante! —grita Luciano.

La puerta se abre y de pronto aparece la figura de un hombre joven. Viste una camisa blanca, desfajada sobre los jeans, y encima lleva un saco de tono claro con un pañuelo colorido que sobresale de la bolsa frontal. Un par de mocasines de gamuza café culminan el atuendo, cubriendo los pies desnudos.

—Adelante, por favor —le reitera al joven que sonríe despreo­cupadamente desde la puerta, quien entra y avanza hasta el escri­torio—. Tome asiento, licenciado Valencia —añade, luego de darle un apretón de manos.

—Por favor, Luciano, nada de “licenciado” —dice el joven, mien­tras se sienta sobre una de las sillas que están frente al escritorio—. Mi abuelo era el licenciado Valencia. A mí llámame “Ariel”. No soy gran aficionado a las formalidades.

—Lo siento, licenciado… —de inmediato, los ojos de Ariel se le clavan encima, al tiempo que Luciano también toma asiento— Quiero decir, Ariel. Lo siento, Ariel…, es la costumbre de tratar así a los dueños de esta compañía y tú eres uno de ellos.

 

—No te preocupes, Luciano, que para eso estoy aquí, para rom­per con esas formalidades y protocolos innecesarios.

—Bueno y…, ahora que hemos tocado el tema de tu abuelo, sé que te lo dije hace un mes en el funeral, pero, de nueva cuenta, sien­to en verdad su fallecimiento. Tu abuelo fue un gran hombre, y en especial para mí, un mentor y un extraordinario amigo. Lo siento mucho, de verdad.

Cualquiera esperaría ver un rostro todavía en duelo por parte del joven, pero no ocurre de tal manera.

—Bueno…, tú sabes, mi abuelo ya estaba muy viejo, y bastan­te enfermo, debo decirlo. Desde luego, todos sentimos su partida, pero al mismo tiempo creo que ha sido un respiro para cada uno. Él ya está mejor y nosotros también.

Luciano se queda helado ante la indiferencia del nieto de don Alonso Valencia, a quien él guardaba especial cariño y respeto, pero entiende que no le corresponde hacer declaración alguna que con­tradiga las palabras del muchacho; al fin y al cabo, cada quien es dueño de sus propios sentimientos.

—Y bien… —habla de nuevo Luciano, tratando de omitir el últi­mo comentario—. ¿En qué te puedo servir, Ariel…? ¿Y a tan tem­prana hora de la mañana? Por lo regular, a esta hora la estación se encuentra más muerta que un cementerio.

Ariel ríe entre dientes.

—Ah, Luciano, Luciano… Sé que piensas que no soy más que un junior adinerado con intenciones de llegar al medio día a la ofi­cina y salir antes de las cinco, para vanagloriarme y brindar por los éxitos de la jornada que no me corresponden. Pero ten por seguro que te equivocas.

”La razón por la que estoy aquí es muy distinta. Con la partida del viejo, es decir, de mi abuelo, he quedado a cargo de esta compa­ñía. Mi padre odia la radio, y ha decidido hacerse a un lado y encar­garse de los otros negocios. Por lo tanto, como la lógica lo indica, el siguiente en la línea soy yo, pues el viejo no tenía hermanos ni más hijos que mi padre. Y aquí me tienes.

La soberbia y la sonrisa exagerada en el rostro del joven dejan trabado a Luciano, enfrentando gran dificultad para hallar las pala­bras adecuadas.

—Ariel, si me permites decirlo, no guardo ningún prejuicio o

 

pensamiento alguno sobre tu persona. Para eso tendría que cono­certe mucho mejor, y no es el caso, al menos no aún.

”En lo que a mí respecta, me alegra que ya estés aquí, creo que la energía de un joven como tú es necesaria en el negocio. Tu presen­cia, sin lugar a dudas, presagia buenas cosas para la estación.

—Me alegra que así lo pienses, Luciano.

—Ahora bien… —Luciano muestra su faceta más cortés y polí­tica—… regresando al punto, ¿qué puedo hacer por ti, Ariel?

—Con mi llegada a la empresa, me temo que se avecinan gran­des cambios. Personalmente, ya no creo más en este medio.

—¿Qué quieres decir?

—A mi entender, la radio, como la conocemos, se está muriendo. Ha sido un proceso lento, pero real.

—Disculpa que no comparta tu idea, pero en mi opinión la radio sigue estando tan viva y radiante como siempre. Ya antes se ha profetizado su muerte, y no ocurrió así.

—Bien, esa es tu opinión, Luciano, y es tan válida como la de cualquier otra persona, pero yo no lo veo así. He decidido trans­formar esta estación y evolucionar como lo está haciendo todo el mundo.

—¿Y eso sería…? —lo cuestiona Luciano.

—En un ambiente digital. Emigraremos al entorno online al cien por ciento.

—Pero… ¿por qué ser tan radicales? No veo el punto en ello. A lo mucho, considero que sería mejor desarrollarnos como una multiplataforma, es decir, un híbrido analógico y digital, debemos usar el internet y a las redes sociales como herramientas para lle­var audiencia a la radio y no dejar que nos estorben, trabajaríamos para otros.

—No, Luciano. Mi decisión está tomada. Nos transformaremos completamente al universo digital.

”La oferta de la radio debe ser más rica e innovadora. El futu­ro ya se avecina. Se escuchará radio online en los automóviles, y por supuesto en los teléfonos móviles. Los oyentes cambiarán también su rol, y serán ahora generadores de contenidos. Todo eso ya está ocurriendo y cuando la cobertura de internet cubra el país entero la manera de trabajar será diferente, hay que adelantarse, ganarle la batalla al presente.

 

—Ariel, debes entender que no estoy en contra de la evolución ni de movernos con ella, pero, al ser tan tajantes, sobre todo pen­sando en que se cambiará el canal de distribución de golpe, ¿no per­derá la radio, y en este caso la estación, su credibilidad?

—Por supuesto que no. Compréndelo, Luciano, la radio siem­pre ha sido un camaleón que sabe adaptarse a su entorno, y esta vez no será la excepción, ya pasó con la llegada de la televisión según me contó mi abuelo, también decían que la radio moriría y mira, se trasformó.

Luciano no se muestra del todo conforme, pensando mil cosas, pero sin saber cómo expresarlas.

—De acuerdo —es todo lo que logra decir—. Si la decisión está tomada, que así sea.

—Y así será.

”Ahora bien, aquí viene la parte crítica.

El tono en sus palabras despierta más inquietudes en las sensa­ciones de Luciano.

—Con esta transformación —prosigue Ariel—, con esta evolu­ción de la que he hablado, deben venir también consecuencias. Eso debes tenerlo claro, ¿no es así, Luciano?

—Me imagino que sí —responde con poco entusiasmo—, aun­que preferiría que fueras más específico.

—Lo que quiero decir es que mi abuelo tuvo su gran época de gloria con esta estación, y fue un impulsor de la industria; de eso no hay duda. Pero la realidad es que nunca supo visualizar el futu­ro, en los últimos años vivió en una gran zona de confort.

—Tu abuelo amaba esta estación. ¡Tu abuelo amaba la radio!

Ariel ríe entre dientes, dejando escapar la sátira en su interior, viendo cómo una repentina chispa de cólera se le prende de pronto a Luciano en el rostro.

—Claro que la amaba, y tanto amor lo cegó, creyendo que este mundo color de rosa se mantendría así hasta la eternidad; particu­larmente, me refiero a que siempre se quedó con el mismo personal, han pasado varias generaciones y aquí son los mismos haciendo lo mismo.

Un silencio incómodo se apodera del ambiente dentro de la ofi­cina.

—Así es que de eso se trata todo —le dice Luciano.

—Luciano, compréndelo, mi abuelo mantuvo a un grupo de

 

dinosaurios operando esta estación por demasiado tiempo. Y no te lo tomes personal, pero es la verdad, y el viejo perdió el hilo.

—A mi entender, don Alonso Valencia era un gran líder y un excelente empresario; un verdadero genio de la radio.

—Tú lo has dicho, Luciano, “lo fue”, pero dejó de serlo mucho antes de su muerte.

Luciano comienza a sentir que le hierve la sangre.

—Con todo respeto, Ariel, debo suponer que tú eres entonces un gran conocedor del mundo de la radio.

El joven baja la mirada un momento, tratando de controlar el calor que lo aborda ante aquellos cuestionamientos.

—Bueno…, no puedo decir que lo soy. A decir verdad, nunca antes he trabajado en la radio, pero nací en ella.

—¿Y en qué has trabajado entonces?

De nuevo, la actitud retadora de Luciano, aunque siempre polí­tica y estilizada, enciende el fuego en Ariel.

—Nunca antes he trabajado, ¿de acuerdo?…

—… Pero entiendo de negocios, Luciano. Y lo que es aún mejor, entiendo el mundo actual y sé hacia dónde se dirige. Mas si todo eso te parece aún poco, al final del día soy el nuevo director gene­ral de esta empresa, le guste a quien le guste, y con eso basta. Queda entendido, ¿verdad?

Luciano comprende que ha perdido aquella batalla, pues ese muchacho, quien luce con una seguridad total y asombrosa, no puede tener más razón. Don Alonso se ha ido y, para bien o para mal, hay un nuevo director en la compañía.

—Disculpa, Ariel. No fue mi intención molestarte ni faltarte al respeto. Y tienes toda la razón, tú eres quien está a cargo ahora, y en lo que pueda ayudarte, ten por seguro que contarás con todo mi apoyo.

En menos de un segundo, el rostro engreído de Ariel se trans­forma nuevamente en una sonrisa pretenciosa.

—No te preocupes, Luciano, no esperaba menos.

”Sin rencores, ¿eh?

Luciano le sonríe de vuelta.

—Claro…, sin rencores.

—Aclarado eso, te decía que la empresa necesita cambios…, y me refiero a cambios tajantes. Es necesario refrescar y moderni­zar la estación, sobre todo pensando en las ideas que traigo en la

 

cabeza. Para ello, necesito rodearme del mejor equipo de trabajo, de aquel que sepa y logre capitalizar mi concepto de evolución. Por eso tengo planeado entrevistar a todos y cada uno de los empleados, empezando por la mesa directiva. Y habiendo sido tú la mano dere­cha de mi abuelo, el director de operaciones de la estación, me pare­ció congruente y prudente empezar contigo.

Luciano se queda pensativo, mientras observa un papel en la mano de Ariel, el cual contiene la lista con el nombre de cada uno de los empleados. El suyo es el primero de todos.

—Aún no termino por entenderlo —le dice a Ariel—. ¿Cuál es el propósito de estas entrevistas?

—Bueno… —una larga pausa—. Debes entender que para algu­nos ha llegado el momento de decir “adiós”. No creo que todos que­pan en el nuevo proyecto, y tengo pensado traer a gente joven, con nuevas ideas y otra visión del negocio.

Claro, todos tus amigos recién graduados, ¿cierto?, piensa Lu-ciano.

—Comprendo —dice Luciano, resignado a contribuir con los deseos del joven y flamante director de la compañía—. Entonces esta entrevista consistirá en conocer las cualidades y posibles apor­taciones de los empleados vigentes. En otras palabras, saber si aún son útiles o no para la nueva estación que tienes en mente, ¿cierto?

—Veo que eres un tipo muy inteligente, Luciano. No por nada mi abuelo te quería tanto.

”Sí, es correcto todo lo que acabas de decir.

—¿Y qué ocurrirá con aquellos que no cumplan con tus expec­tativas?

Ariel clava su mirada en los ojos de Luciano.

—Lo que tenga que ocurrir —responde con frialdad. Unos segundos después, dibuja nuevamente la misma sonrisa de antes—. Pero… no creo que tú tengas de qué preocuparte.

”Ahora bien, lo que necesito es que me cuentes todo de ti, abso­lutamente todo. Quiero saber cómo te formaste, cómo fue tu evo­lución en esta industria, cuáles han sido tus aportaciones y cómo llegaste hasta el lugar donde te encuentras hoy.

Luciano libera una risa sarcástica.

—Debes entender, Ariel, que como dinosaurio que soy, tengo una historia larga, muy larga, dentro de esta industria. No quisiera abusar de tu preciado tiempo.

 

Emocione s en s intonía

Ahora Ariel corresponde también con una risa cínica.

—No te preocupes por eso, Luciano. Tengo todo el tiempo del mundo —a la vez, deja la hoja sobre el escritorio y se echa hacia atrás sobre el respaldo de la silla, cruzando la pierna y acomodán­dose con cierta postura, disponiéndose a escuchar la historia del hombre que tiene enfrente.

—Bien… Si así lo quieres… —dice Luciano, asintiendo.

—Así lo quiero.

Luciano inhala profundamente. Luego pone los codos sobre el escritorio y entrelaza los dedos, dejando ver cómo sus ojos se pier­den de a poco en el tiempo.

—¿Por dónde comenzar? —dice en voz alta, aunque en realidad se habla a sí mismo—. Bueno… Creo que como cualquier historia, lo mejor será empezar por el principio.

 

EL AMOR MÁS GRANDE DE TODOS

The greatest love of all is happening to me. I found the greatest love of all…

Michael Masser

Como buen tapatío, mi padre era un verdadero aficionado al fútbol. El Atlas de Guadalajara era su equipo, y, por lo tanto, tam­bién el mío.

Cada fin de semana, regularmente los sábados en la noche, nos reuníamos él y yo en su estudio, donde tenía un pequeño aparato radiofónico sobre su escritorio, muy popular en aquella época. Era un Super Atlas, Vanguard, color azul pastel. Lo recuerdo porque aún lo conservo, aunque ha dejado de funcionar…, quizá para siempre.

Él se sentaba siempre en su enorme silla de piel verde, y yo tenía un banquito de madera, el cual colocaba a su lado. Un breve silencio era el preámbulo de la emoción que se suspendía en el aire. Enton­ces mi padre encendía el aparato y de pronto la magia cobraba vida, la imaginación y las imágenes que llegaban a ella se apoderaban de nuestras mentes y es que esa es la esencia de la radio.

La voz de aquel fantástico cronista deportivo invadía la habita­ción y nos transportaba con un encanto único al escenario donde jugaba nuestro querido Atlas. Por supuesto, estoy hablando de la leyenda de la narración deportiva: Abel “Querubín” Hernández. Y si bien teníamos un televisor en la sala principal de la casa, y los partidos ya se transmitían para entonces por ese medio, mi padre, fiel a su tradicionalismo, me heredó su amor por escuchar las narra­ciones de fútbol en la radio, con el sello más original que jamás he escuchado en la crónica de un individuo.

Jamás podré olvidarlo. Todo ocurrió en el mes de junio de 1970. Yo apenas tenía cuatro años de edad, pero ya era una fanático irre­mediable al fútbol.

México era la sede del evento deportivo más importante (al menos para mí) que ocurre cada cuatro años: la Copa del Mundo.

 

Mi padre había intentado por todos los medios conseguir boletos para la semifinal que tendría lugar en el Estadio Jalisco, pero fue imposible. Entonces nos dirigimos a su estudio y escuchamos la transmisión del partido a través de su querido e incondicional apa­rato radiofónico.

De pocas cosas me acuerdo de esa época en mi vida. Pero te ase­guro que ese día, esa tarde del 17 de junio de 1970, a las cuatro de la tarde, sentado junto a mi padre, lo tengo tan tatuado en mi memo­ria como el día que nacieron mis hijos.

El partido finalizó con un tres a uno a favor de los brasileños, con goles anotados por Luis Cubilla por parte de Uruguay, y Clo­doaldo, Jairzinho y Rivelino por Brasil. Y si bien el partido fue glo­rioso y cautivador por sí solo, lo que yo más recuerdo son las fibras de emoción que Abel Hernández, apoyado en su colega y mentor, Toño Silva, removió en mi interior. A mi padre lo hizo brincar y deformar su cara en un gesto de emoción con cada gol marcado por los brasileños, por lo tanto, yo me encendí de igual manera, gritan­do, brincando y festejando cada anotación como si la hubiera hecho yo mismo. Esos tintes, la tesitura y el control en la voz de “Queru­bín”, con su manejo de altibajos y prolongada acústica, me hicieron vibrar hasta los huesos, erizándome la piel y develando una fantás­tica luz dentro de mí por primera vez.

El partido llegó a su fin y consecuentemente la transmisión hizo lo propio. Mi padre apagó el aparato, se puso de pie, se fajó la cami­sa dentro del pantalón (como siempre lo hacía), y, con una sonrisa en los labios, volteó para mirarme. Entonces me dijo:

—Gran partido, ¿eh?

Desde luego yo consentí el comentario con una sonrisa de oreja a oreja.

Luego mi padre se giró y se encaminó hacia la puerta del estu­dio, pero antes lo detuve con una pregunta:

—¿Papá?

Mi padre me miró una vez más.

—¿Sí?

—¿Quién es el señor que está en la radio?

Mi padre tardó en responder, pues me imagino que en un ini­cio no comprendió del todo mi pregunta.

—¿Te refieres al cronista?

Ahora fui yo quien no entendió; jamás había escuchado aquella

 

palabra, y mi padre lo captó de inmediato al ver mi rostro confun­dido.

—El cronista es la persona que nos acaba de relatar el partido —me explicó, en términos que yo pudiera comprender.

”¿Ese es el hombre al que te refieres? ¿Esa voz que escuchamos a través de la radio?

Con una nueva alegría en mi expresión, afirmé repetidamente con un movimiento de cabeza.

—Bueno… —dijo mi padre—, en realidad son dos hombres a los que acabamos de escuchar. Uno de ellos es Toño Silva; toda una institución en la narrativa deportiva. Pero estoy casi seguro que aquel que despertó tu interés es el otro…, Abel Hernández, apoda­do “Querubín”; y no preguntes el porqué del apodo.

—¿Y qué es lo que él hace, papá?, ¿está dentro de tu radio?

Mi padre soltó una carcajada, algo que no acostumbraba a hacer y que pocas veces le volví a escuchar después de aquella tarde.

—De cierta manera, sí, está dentro de la radio, hijo, pero no en el interior del aparato. Nadie puede caber ahí dentro, ¿sabes?

Yo escuchaba atento y con verdadero interés su explicación.

—Verás… —continuó, señalando al mismo tiempo el aparato sobre el escritorio—. Este radio es apenas el instrumento o el dis­positivo por el que nosotros podemos escuchar la transmisión de muchas cosas: música, programas, entrevistas y, por supuesto, par­tidos de fútbol. Pero LA RADIO es otra cosa, hijo…, es el medio que nos hace llegar toda esta información, todo el entretenimiento a través de ondas que viajan por el aire. ¿Comprendes lo que te digo?

Desde luego no entendí ni media palabra, pero por alguna razón, dotado con la característica inocencia de un niño, dije que sí.

—Volviendo a tu pregunta —me dijo—, Abel Hernández trabaja en distintos lugares desde donde transmite lo que ve. Es decir, si él se encuentra en el estadio de fútbol, nos cuenta la crónica del par­tido por medio de un micrófono, y así nosotros podemos recibir esa información y escucharlo a través de este aparato, él nos descri­be con su imaginación todo lo que no podemos ver, es la magia de la radio, por eso me gusta más que la televisión, hay más emoción.

Por fin comencé a entender un poco mejor de lo que me esta­ba hablando.

—¿Entonces el trabajo de ese hombre se trata de contar a la gente los partidos de fútbol que él está viendo? —lo cuestioné.

 

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Mi padre me miró con un gesto condescendiente.

—Se puede decir que sí, hijo. Creo que lo has entendido bastan­te bien —una vez dicho eso, se giró de nuevo y se encaminó hacia la puerta, disponiéndose a abandonar el estudio.

—¿Papá? —mi voz lo detuvo otra vez.

—¿Mmm…? —respondió con un murmuro, sin voltear a verme.

—Eso es lo que yo voy a hacer de grande. Voy a contar cosas a la gente por radio.

Nunca pude ver la expresión en el rostro de mi padre, pues se mantuvo todo el tiempo de espalda. Únicamente se limitó a contes­tarme con un tono indiferente:

—Seguro, hijo…, seguro —y en seguida salió del estudio.

Pero yo me mantuve un instante más ahí, de pie, pensati­vo, comprendiendo y digiriendo en mi muy joven mente el deseo que se había despertado en mí. Ese hombre, Abel “Querubín” Her­nández, me había cautivado… me había conquistado, y sin lugar a dudas me mostró, por vez primera en mi vida, para lo que yo había nacido. Acababa de descubrir mi primer amor, y esa ilusión ya nunca más me abandonó y lo mejor es que me llegó de muy niño así crecí con esa inquietud, el deseo no me abandonó nunca más.

Los años transcurrieron, y en un abrir y cerrar de ojos estuve convertido en un adolescente de quince años. Una nueva década había aterrizado en nuestras vidas, y para el año 1981, mis amigos —George, Tony— y yo dejamos atrás las aventuras imagi­narias. Nuestro interés se enfocaba ahora en comenzar a asistir a las primeras fiestas, y sobre todo en la misión de conquistar a las chicas, quienes se encargaron de decirle a nuestro sistema endó­crino cuánto habían cambiado, poniendo en el olvido los unifor­mes escolares, las coletas a ambos lados y los frenos dentales, en un trueque por pantalones o faldas ajustadas, blusas delgadas que deja­ban los hombros al descubierto y delineaban de a poco las nuevas siluetas, y peinados alocados que liberaban una especie de agresi­vidad femenina instaurada por Deborah Harry la líder y vocalista del grupo Blondie.

Por mi parte, en aquel entonces yo era muy fan del rock pesa­do, mejor conocido como heavy metal, y las bandas que regían gran parte de mi vida, en cuanto a moda, estilo y actitud, eran Def

 

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Leppard, Iron Maiden, Dokken y, por encima de todos ellos, Black Sabbath y Mötley Crüe.

Recuerdo que comencé a vestir con jeans, t-shirts de las bandas y chamarra de cuero, complementando la indumentaria con un par de tenis Vans que llevaban el diseño de la Union Jack de Gran Bretaña.

Mi padre comenzó a presionarme con buscar un trabajo para el verano que se avecinaba. Hasta entonces, siempre me había faci­litado las cosas con una mesada modesta pero suficiente para mis gastos personales. Sin embargo, eso estaba por terminarse. “Tienes que conseguir tu propio dinero”, fue lo que me dijo, “Sólo así es como se forman los hombres”.

En un principio no tomé muy en serio sus palabras, pero cuan­do llegó la primera semana del verano, y quise salir con mis ami­gos a celebrar el comienzo de las vacaciones, la amenaza se cumplió y ni un centavo me dio. “Te lo advertí, Luciano”, me echó en cara.

Fue así que, enfrentando uno de los primeros golpes de mi vida, me cuestioné cómo demonios iba a conseguir dinero. ¿Buscar tra­bajo temporal en una tienda o en alguna fábrica? No, eso no era para mí. ¿Dónde estaba lo divertido en ello? Seamos sinceros, a los quince años ya no eres un niño, pero la diversión apenas comienza en un sentido muy distinto; los instintos se despiertan y las pasio­nes se acrecientan.

Pocos meses antes, Tony, George y yo tuvimos la idea de formar nuestra banda de rock. Por supuesto, no teníamos la menor idea de cómo tocar un instrumento, pero el deseo era más gran­de que nuestro impedimento. Conseguimos un cuarto miembro en la persona de Manuel Romo, un compañero de escuela que sí sabía hacer música. Era un tipo nato, con capacidad para tocar por igual la guitarra, el bajo, la batería y hasta el sintetizador, de mane­ra asombrosa.

Yo le dije a Manuel que podía ser parte del grupo si nos ense­ñaba a tocar. De inmediato dijo que sí, y la verdad nunca entendí el canje, pues ¿cuál grupo hubiéramos sido sin él, si ni siquiera sabía­mos utilizar el pandero? Él hubiera podido conformar su propia banda de haberlo querido… pero, afortunadamente, accedió.

George se decidió por tocar la guitarra principal, mientras que Tony optó por el bajo. Ambos aprendieron rápido y, en realidad, no

 

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lo hicieron del todo mal. Manuel intentó enseñarme a tocar ambos instrumentos, pero descubrí que no podía realizar un solo requin­to ni llevar el ritmo siquiera. Después quiso que aprendiera a utili­zar la batería, pero pronto concluimos en que tenía la coordinación de un chimpancé. Mi desilusión estaba luchando por derrotarme, pero una última esperanza llegó con el primer ensayo, unas sema­nas después, cuando decidimos poner en práctica nuestros avances y nuevos aprendizajes (al menos los de George y Tony) y mostrar de lo que éramos capaces.

George rompió el silencio con un largo y poderoso sonido: el primer acorde de “Live Wire” de Mötley Crüe. Le siguió la bate­ría, a cargo de Manuel, y el bajo, interpretado por Tony, se les unió para crear una melodía enérgica casi perfecta. Entonces, luego de quince segundos transcurridos, me llegó el turno para demostrar que mi participación tenía valía en el grupo. Abrí pues la boca y de mi garganta surgió la letra “Plug me in, I'm alive tonight…” Fue algo verdaderamente increíble y reconfortante; ¡podía cantar!, y lo hacía bastante bien, para ser sincero. Desde luego no era un Lucia­no Pavarotti o un Tom Jones, pero contaba con la cualidad suficien­te para desempeñarme como el vocalista de nuestro nuevo grupo.

Estaba a salvo… Era un integrante más de nuestra banda, y, por si fuera poco, era el vocalista, quien se lleva generalmente los focos de atención por parte de las chicas. Así es que al final todo resultó a la perfección.

Los ensayos continuaron y fuimos afinando y puliendo nuestro repertorio. Sólo nos faltaba una cosa antes de salir a pedir oportu­nidades para tocar en público: el nombre del grupo.

Surgieron varias ideas, y la mayoría eran absurdas y poco con­vincentes. Pero luego caímos en la cuenta de que la mayoría de los grandes grupos tenían nombres no muy originales al traducirlos al español, aunque sumamente comerciales en inglés: The Beat­les (Los Escarabajos), The Doors (Las Puertas), Queen (Reina), The Rolling Stones (Las Piedras Rodantes). Parecía que había incluso en patrón en ello; mientras más ilógico el nombre, mejor. Así es que tomamos la decisión de no rompernos la cabeza y elegir lo primero que se nos viniera a la mente.

Nos reuníamos por lo general en la casa de Manuel, donde tenían una habitación extra, la cual adecuamos como nuestro san­tuario musical (demasiado ruidoso para ser un santuario, si bien,

 

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sus padres parecían no tener problema alguno con nuestro escán­dalo). Cerca de la zona se encontraba un pequeño aeródromo, el cual se utilizaba como escuela de vuelo, así es que cada cinco minu­tos se veía pasar algún avión frente a la ventana de la habitación, pues los aspirantes a pilotos aviadores realizaban patrones muy específicos alrededor de la pista, conocidos en el mundo de la avia­ción como “toques y despegues”. En fin, estábamos dándole vueltas al asunto del nombre cuando Tony, mirando a través de la ventana, vio un pequeño Cessna. Su padre era piloto, así es que había desa­rrollado la capacidad para identificar los modelos de aviones a cier­ta distancia, pues él mismo soñaba con volar algún día para una compañía aérea comercial.

—Un Cessna 152 —dijo en voz alta.

—¿Qué has dicho? —le pregunté.

Entonces, señalando con el dedo en dirección hacia el avión, volvió a decir:

—Que ahí va un Cessna 152.

Tony siempre hacía lo mismo; cada vez que veía una avión men­cionaba el modelo y se le quedaba mirando como hipnotizado. Al resto de nosotros no podía importarnos menos, y en un par de segundos ya lo estábamos ignorando. Pero en aquella ocasión algo distinto ocurrió; una extraña reacción se sacudió en nuestros cere­bros. Mientras Tony permanecía distraído, observando al peque­ño avión que se perdía entre el marco de la ventana, los otros tres comenzamos a mirarnos en complicidad al instante, como adivi­nando lo que teníamos en mente.

—Cessna 152 —repetí.

—Suena bien —agregó George, con una sonrisa satisfecha.

—Creo que ese es —complementó Manuel—. Me parece que lo tenemos, amigos.

Por un momento, nos sentimos realizados y hasta fascinados.

Una vez que el avión desapareció, Tony se giró hacia nosotros.

—Bueno, ¿entonces qué nombre le pondremos al grupo?

Al unísono, George, Manuel y yo explotamos en una carcajada, despertando la confusión de nuestro querido Tony.


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