La luz que perdimos

por Jill Santopolo

5 minutos

Prólogo


Hace casi media vida que nos conocemos.

Te he visto sonreír, seguro de ti, dichoso.

Te he visto roto, herido, perdido.

Pero nunca te había visto de esta manera.

Me enseñaste a buscar la belleza. En medio de la oscuridad,

de la destrucción, tú siempre hallabas luz.

Yo no sé qué belleza voy a encontrar aquí, qué luz.

Pero lo voy a intentar. Por ti. Porque sé que tú harías lo

mismo por mí.

Había tanta belleza en nuestra vida cuando estábamos

juntos.

Quizá debería empezar por ahí.

 

1

Hay objetos que nos transmiten la sensación de haber

sido testigos mudos de la historia. En tiempos

imaginaba que la mesa de madera alrededor de la que

nos sentábamos para el seminario de Kramer sobre Shakespeare

en nuestro último curso de carrera era tan vieja como

la propia Universidad de Columbia, que llevaba en aquella

aula desde 1754, que su borde se había ido alisando por el

desgaste de siglos de estudiantes similares a nosotros, lo

cual era imposible, por supuesto. Pero eso era lo que yo me

figuraba. Me imaginaba a los estudiantes que se habían

sentado allí durante la Guerra de Independencia, la Guerra

Civil, las dos guerras mundiales, Corea, Vietnam y la Guerra

del Golfo.

Tiene gracia, si me preguntases quién más había aquel

día, creo que sería incapaz de responderte. Antes podía visualizar

nítidamente la cara de todos. Pero, trece años después,

solo te recuerdo a ti y al profesor Kramer. Ni siquiera

me acuerdo de cómo se llamaba la ayudante que entró corriendo,

tarde. Más tarde incluso que tú.

Kramer acababa de pasar lista cuando asomaste por la

puerta. Me sonreíste, una aparición fugaz de tu hoyuelo en

la mejilla, mientras te quitabas rápidamente la gorra de los

Diamondbacks y te la guardabas en el bolsillo de atrás. Tus

ojos se posaron enseguida en la silla vacía que había a mi lado

y, acto seguido, te posaste tú.

—¿Y usted es…? —preguntó Kramer mientras sacabas

de la mochila un cuaderno y un boli.

—Gabe —respondiste—. Gabriel Samson.

Kramer puso una marquita junto a tu nombre en la

lista que tenía delante, en la mesa.

—Que en lo que queda de trimestre pueda ponerle

siempre «Puntual», Samson —te conminó el profesor—. La

clase empieza a las nueve. Mejor, que pueda ponerle «Antes

de hora».

Tú respondiste moviendo la cabeza en señal de afirmación

y Kramer comenzó a hablar de los temas presentes en

Julio César.

—«Nosotros, en la cúspide, estamos expuestos al reflujo

—leyó en voz alta—. Existe una marea en los asuntos humanos

que, tomada en pleamar, conduce a la fortuna; pero,

omitida, todo el viaje de la vida queda atravesado de escollos

y desgracias. En la pleamar flotamos ahora, y debemos aprovechar

la corriente cuando es favorable, o perder nuestro cargamento

». Confío en que todos habrán leído el texto. ¿Quién

sabría explicarme qué quiere decir Bruto sobre el destino y el

libre albedrío en este pasaje?

Siempre recordaré aquel fragmento porque desde ese

día me he preguntado una y mil veces si tú y yo estábamos

destinados a conocernos en el seminario de Kramer sobre

Shakespeare. Si es cosa del destino o decisión nuestra haber

seguido conectados todos estos años. O las dos cosas a la

vez, pues aprovechamos la corriente cuando era favorable.

Cuando Kramer guardó silencio, unos cuantos repasaron

el texto en sus respectivos libros o apuntes. Tú te

pasaste los dedos entre los rizos y, al soltarlos, volvieron

como muelles a su sitio.

—Bueno —respondiste, y todos hicieron como yo: se

quedaron mirándote.

Pero no pudiste terminar.

La ayudante del profesor cuyo nombre soy incapaz de

recordar irrumpió apresuradamente en el aula.

—Perdón por el retraso —dijo—. Un avión se ha estrellado

contra una de las Torres Gemelas. Lo han dicho en

televisión justo cuando salía para venir a clase.

Nadie entendió la trascendencia de lo que acababa de

decir, ni siquiera ella misma.

—¿Iba borracho el piloto? —preguntó Kramer.

—Pues no lo sé —respondió la ayudante, sentándose

en una de las sillas—. Esperé un poco pero los presentadores

no tenían ni idea de lo que estaba pasando. Dijeron que había

sido alguna especie de avioneta.

Si hubiese sucedido en la actualidad, todos nuestros

móviles se habrían puesto inmediatamente a echar humo

con la noticia. Avisos de Twitter y de Facebook, notificaciones

automáticas del New York Times. Pero en esos días las

comunicaciones no eran instantáneas aún y a Shakespeare

no se le interrumpía. Restamos importancia a la noticia encogiéndonos

de hombros y Kramer prosiguió su exposición

sobre Julio César. Mientras tomaba apuntes, vi que los deSL91787_

dos de tu mano derecha frotaban, sin darte cuenta, el dibujo

de vetas de la madera de la mesa. Dibujé en mi cuaderno

tu dedo pulgar con su uña mordida y la cutícula despellejada.

Todavía conservo el cuaderno en alguna parte; en una

caja llena de apuntes de Literatura, Humanidades y Civilizaciones

Contemporáneas. Allí seguirá, seguro.

 

2

Nunca olvidaré nuestra conversación al salir del edificio

de Filosofía; aunque las palabras en sí no tuvieran

nada de especial, la tengo grabada a fuego en mi memoria

como parte de aquel día. Habíamos empezado a bajar

juntos la escalera. Bueno, juntos exactamente no, pero cerca.

Hacía un día claro, con el cielo azul y… todo había cambiado.

Solo que aún no lo sabíamos.

A nuestro alrededor, la gente comentaba: «¡Se han caído

las Torres Gemelas!», «¡Se han suspendido las clases en

los colegios!», «Yo quiero donar sangre. ¿Sabéis dónde se

puede donar sangre?».

Me volví hacia ti.

—¿Qué ha pasado?

—Vivo en el East Campus —dijiste, señalando hacia la

residencia de estudiantes—. Vayamos a averiguarlo. Te llamas

Lucy, ¿verdad? ¿Dónde vives?

—En el Hogan —contesté—. Y sí, me llamo Lucy.

—Encantado, Lucy. Yo soy Gabriel. —Me tendiste la

mano. En medio de todo el follón, te la estreché y, sin soltarla,

levanté la cara para mirarte a los ojos. Tu hoyuelo volvió

a aparecer. El azul de tus ojos brilló. Fue entonces cuando pensé

por primera vez: «Qué guapo».

Fuimos a tu estudio de la residencia de estudiantes a ver

la tele con tus compañeros, Adam, Scott y Justin. La pantalla

escupía una sucesión de imágenes en bucle: personas tirándose

en picado desde los edificios, montañas chamuscadas de

escombros lanzando señales de humo al cielo y las torres

derrumbándose. Nos quedamos como alelados ante la devastación.

Contemplamos las escenas, incapaces de conectar las

noticias con nuestra realidad. No terminábamos de asimilar

que aquello estaba pasando en nuestra ciudad, a diez kilómetros

de donde estábamos sentados, y que se trataba de personas

de carne y hueso. O por lo menos yo no lo asimilaba. Me

parecía un suceso remoto.

Los móviles no nos funcionaban. Tú recurriste al teléfono

de la residencia para decirle a tu madre, que vivía

en Arizona, que estabas bien. Yo telefoneé a mis padres en

Connecticut, que me pidieron que volviese a casa. La hija

de un conocido trabajaba en el World Trade Center y no se

habían tenido noticias de ella todavía. Ni tampoco del primo

de otro conocido, que había ido a un desayuno de trabajo

en el Windows on the World, el restaurante de la Torre

Norte.

—Estarás más segura si sales de Manhattan —me dijo

mi padre—. ¿Y si hay ántrax? O alguna otra arma química.

Gas nervioso.

Le informé de que habían interrumpido el servicio de

metro. Y probablemente el de trenes también.

—Pues me voy a recogerte —zanjó—. Me monto ahora

mismo en el coche.

—No me va a pasar nada —le aseguré—. Estoy con

amigos. Estamos bien. Luego os llamo otra vez. —Seguía

pareciéndome irreal.

—¿Sabes qué? —comentó Scott cuando colgué—. Si

yo fuera una organización terrorista, bombardearía esto.

—¿Pero qué coño dices? —repuso Adam. Estaba esperando

noticias de un tío suyo, que trabajaba para la policía

de Nueva York.

—Digo que si te pones a pensarlo desde un punto de

vista académico… —aclaró Scott, pero de ahí no pasó.

—Cállate —le ordenó Justin—. En serio, Scott. No es

el momento.

—Creo que debería irme —te dije en ese momento—.

Mis compañeras deben de estar preguntándose dónde estoy.

—Llámalas —respondiste, tendiéndome otra vez el teléfono—.

Y diles que te vas a la azotea de la residencia del

Wien Hall. Que si quieren, que te vayan a buscar allí.

—¿Dónde has dicho?

—Conmigo —respondiste, y acariciaste distraídamente

mi trenza, un gesto más propio de una relación íntima,

algo que se hace cuando se han franqueado todas las barreras

que rodean el espacio personal. Como comer del plato

del otro sin preguntar. Y, de repente, me sentí conectada

contigo, como si tu mano en mi pelo significase algo más

que unos dedos nerviosos que no sabían qué otra cosa hacer.

Rememoré aquel instante unos años después cuando

decidí donar mi melena y la peluquera me entregó mi trenza

castaña en una funda de plástico, más oscura incluso que

de costumbre. Aunque en esos momentos tú te hallabas en

la otra punta del planeta, sentí que era una traición hacia ti,

como si estuviera cortando nuestro nexo de unión.

Pero en aquel entonces, nada más acariciarme el pelo,

te diste cuenta de lo que acababas de hacer y bajaste rápidamente

la mano. Y volviste a sonreír, pero esta vez la sonrisa

no se reflejó en tu mirada.

Respondí encogiéndome de hombros.

—Vale —dije.

El mundo parecía estar resquebrajándose y daba la

sensación de que estuviésemos cruzando un espejo roto y

nos adentrásemos en el espacio fragmentado del otro lado,

donde nada tenía sentido, donde nuestras protecciones estaban

bajadas y nuestras murallas derribadas. En semejante

espacio, no había razón para decir que no.


3

Subimos en ascensor hasta la planta 11 del Wien Hall,

y tú abriste una ventana del fondo del pasillo.

—Alguien me lo descubrió este último curso —dijiste—.

Desde aquí hay unas vistas increíbles de Nueva York

que no vas a ver en ningún otro sitio.

Salimos por la ventana al tejado y yo ahogué un grito. De

la punta sur de Manhattan subían nubes de humo. El cielo entero

se estaba tiñendo de gris, la ciudad envuelta en cenizas.

—¡Dios mío! —exclamé. Los ojos se me llenaron de

lágrimas. Visualicé mentalmente lo que había habido allí

hasta hacía nada. Vi el espacio en blanco que antes ocupaban

las torres—. Había gente en esos edificios.

Tu mano encontró mi mano y la cogió.

Nos quedamos mirando los estragos de la destrucción,

mientras rodaban las lágrimas por nuestras mejillas; no sé

cuánto rato estuvimos así. Debía de haber otras personas allí

arriba, junto a nosotros, pero soy incapaz de recordar a na-

die. Solo te veo a ti. Y la imagen del humo. Ha quedado

grabada en mi cerebro.

—¿Qué va a pasar a partir de ahora? —pregunté finalmente,

en un susurro. Ver aquello me hizo entender la magnitud

del atentado—. ¿Qué ocurrirá ahora?

Me miraste, y tus ojos, bañados aún en lágrimas, se

clavaron en los míos con ese magnetismo que hace que nos

olvidemos de todo lo que tenemos alrededor. Tu mano se

deslizó hasta mi cintura y yo me puse de puntillas para encontrarme

con tus labios a medio camino. Juntamos nuestros

cuerpos, como si así pudiésemos resguardarnos de lo

que viniese a continuación. Como si la única manera de estar

a salvo fuese que mis labios siguieran pegados a los tuyos.

Así fue como me sentí en el instante en que tu cuerpo envolvió

el mío: segura, envuelta en la fuerza y el calor de tus brazos.

Tus músculos vibraron en contacto con mis manos y yo

hundí los dedos en tus cabellos. Tú te enroscaste mi trenza

alrededor de la mano y tiraste suavemente, echándome atrás

la cabeza. Y yo me olvidé de todo. En ese momento solo

existías tú.

Durante años me sentí culpable. Culpable por que nos

hubiésemos dado nuestro primer beso mientras la ciudad

ardía, culpable por haber sido capaz de perderme en ti en ese

instante. Pero después me enteré de que no fuimos los únicos.

Otras personas me confesaron, bajando la voz, que

aquel día habían mantenido relaciones sexuales. Que habían

concebido un hijo. Que se habían prometido en matrimonio.

Que habían dicho «Te quiero» por primera vez. La

muerte tiene algo que hace que la gente desee vivir. Nosotros

deseamos vivir aquel día y no puedo culparnos por ello.

Ya no.

Cuando nos separamos para respirar, apoyé la cabeza

en tu pecho. Escuché tu corazón y su ritmo regular me

confortó.

¿Te confortó a ti el mío? ¿Sigue confortándote?


¡Gracias por leer a Jill Santopolo!

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