El testamento del dragón

por Homero Aridjis

7 minutos

Dragón. Serpiente de muchos años, que con

la edad ha venido a crecer desaforadamente; y algunos

dizen que a los tales les nacen alas y pies en

la forma que los pintan. Díxose dragón, en latín

draconis, del nombre griego drakon, porque según

escriben los naturales es de perfetissima vista.

Sebastián de Covarrubias, Tesoro de la Lengua

Castellana y Española

El viejo Demócrito bajo un árbol

se sienta sobre unas piedras con un libro sobre

la rodilla;

a su alrededor cuelgan muchas figuras

de gatos, perros, y de esas criaturas,

de las que él hace anatomía

para ver el asiento de la cólera negra.

Arriba de su cabeza aparece el cielo,

y Saturno, señor de la melancolía.

Robert Burton, La anatomía de la melancolía.

Entrarme en el secreto de mi pecho

y platicar en él mi interior hombre

do va, do está, si vive o qué se ha hecho.

Carta de Francisco de Aldana a Arias

Montaño

Time is poetry. / El tiempo es poesía.

Diario sin fechas

Los aforismos, antiaforismos, metaforismos y los textos

que no llevan referencias bibliográficas son obra mía. Las traducciones

en las que no aparece el nombre del traductor o la

traductora al final del libro fueron hechas por mí. Como el

origen de cada texto es claro, he optado por no entrecomillar

al menos que fuera imperioso.

 

No hay peor abismo que uno mismo.

Accidentes hay que uno quiere que sucedan.

Adán Nada. Nada Adán.

Adiós, voy a encontrarme conmigo mismo.

Adiós, decimos a alguien cuando ya no podemos pisotear

su sombra.

Adiós, noche, que yo fui, tu propio sepulcro, pero que,

la sombra sobreviviente, se metarmofoseará en Eternidad.

Stéphane Mallarmé, Igitur.

Murió Adonais y por su muerte lloro.

Llorad por él aunque el ardiente llanto

no deshaga la nieve que lo cubre.

Y tú, su hora fatal, la que escogida

fue de los años para que él muriese,

despierta a tus oscuras compañeras,

muéstrales tu dolor, y di: conmigo

murió Adonais y mientras que el futuro

al pasado no olvide, su destino

y su fama serán eternamente

un eco y una luz para los hombres.

P. B. Shelley, Adonais. Elegía a la muerte de John Keats.

Adulterio infraganti: Solus cum sola, nudus cum nuda et

in eodem lecto. / Solo con sola, desnudo con desnuda y en el

lecho un nudo.

Aforismos de ojos

Al ojo en la pared, tápalo con la mano.

Al ojo en la palma de la mano, cúbrelo con la otra mano.

Al ojo humeante de la mente, no lo veas de frente.

Al ojo loco del espejo, límpialo con un pañuelo.

Ojos que no parpadean, no creas en ellos.

Ve por la vida con los ojos prendidos.

Hay aforismos que no son ciertos.

El aire es el mejor músico del mundo, aunque a veces

suene desafinado.

Ajedrez, Córdoba, año mil

Es la última noche del mundo.

Al pie de los muros de Córdoba

un monje cristiano y un guerrero moro

juegan una partida de ajedrez.

Un caballero negro galopa

los caminos helados de la tierra.

Un visionario salido de una cueva

ha abierto los siete sellos.

Las siete trompetas han sonado.

Las siete lámparas se han prendido.

Los difuntos emergen de sus tumbas.

Una reina negra absorbe la luz del mundo.

Parado sobre una torre blanca

el ángel vengador levanta la espada.

Qué estampida de peones pasmados.

Qué caída de alfiles aislados.

Los jugadores apuestan la vida.

Pasa la noche.

Sale Sol negro.

Nadie gana nada.

Diario de sueños, 2011.

Ajedrez

En su grave rincón, los jugadores

rigen las lentas piezas. El tablero

los demora hasta el alba en su severo

ámbito en que se odian dos colores.

Adentro irradian mágicos rigores

las formas: torre homérica, ligero

caballo, armada reina, rey postrero,

oblicuo alfil y peones agresores.

Cuando los jugadores se hayan ido,

cuando el tiempo los haya consumido,

ciertamente no habrá cesado el rito.

En el oriente se incendió esta guerra

cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra,

como el otro, este juego es infinito.

Jorge Luis Borges, El hacedor.

Durante las partidas de ajedrez, Juan José Arreola solía declamar

este soneto, mientras yo entresacaba la Novela de ajedrez,

de Stefan Zweig, imaginando que el campeón del mundo

que viajaba en barco de Nueva York a Buenos Aires era

José Raúl Capablanca, y su contrincante misterioso el mismo

Zweig huyendo de los nazis. Hasta que, Arreola, interrumpiendo

la partida, caballo en mano, declamaba a Diego Sánchez de

Badajoz:

“No me las enseñes más,

que me matarás.

Estábase la monja

en el monasterio

sus teticas blancas

do so el velo negro.

¡Más, que me matarás!”.

El juego del ajedrez puede inducir a la locura. Arreola sufría

de insomnio y de migrañas estudiando variantes. Como

en el problema de ajedrez en Alicia a través del espejo, donde en

el tablero trastrocado aparecen tres reinas, en una lógica ilógica

fantaseada por Lewis Carroll, los problemas planteados

en los manuales de ajedrez lo dejaban abatido en el laberinto

de las posibilidades; pues en el juego de nunca acabar la partida

podía reiniciarse mañana, encontrándose de nuevo los

adversarios en el juego disputado ayer. Entretanto, él recitaba

versos de López Velarde: “Fuensanta: dame todas las lágrimas

del mar. Mis ojos están secos y yo sufro unas inmensas

ganas de llorar”.

Había un patio cuadrado en el edificio donde él vivía en

los años cincuenta, y lo pintó con cuadros negros y blancos

para jugar ajedrez con piezas humanas. Arreola decía: “En el

momento en que las negras y las blancas están en su lugar,

y mi adversario juega cuatro peón rey, se detiene el mundo

para mí y todo el espacio del universo se contrae hasta medir

ocho casillas por ocho. El tiempo deja de existir, a menos,

claro, que se juegue con reloj reglamentario, y se pongan límites

a los jugadores que cavilan demasiado sus movimientos.

Por eso he puesto relojes en las mesas”.

Asomadas al tablero sus hijas Claudia y Fuensanta nos

miraban jugar, mientras yo me sentía como el caballero en

El séptimo sello, de Bergman, que juega contra la muerte una

partida de ajedrez, los alfiles moviéndose en diagonal sobre

un color, eludiendo el escaque que controlaba la Reina negra,

la gran igualadora de jugadores y piezas.

Todo para mí se vuelve alegoría. Charles Baudelaire,

El cisne.

El abrazo del esqueleto y la mujer carnal, en La muerte y la

doncella (1894), de Edvard Munch, me ha parecido un paso

doble de Eros y Thanatos; mientras que El beso (1895), donde

la pareja desnuda oculta su pasión con el pelo negro tiene algo

de La vampira, la ávida pelirroja que chupa la energía vital del

cuello de su amante exangüe. En las obras de Munch hay un

pathos que me hace recordar la necrofilia de Edgar Allan Poe,

su equivalente literario.

Anunciación. Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado

por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen

desposada con un varón llamado José de la casa de David, y el

nombre de la virgen era María, y entrando el ángel donde

ella estaba, dijo: “Dios te salve María, llena eres tú de gracia,

el Señor es contigo, bendita eres entre las mujeres”. Lucas,

1: 26-28.

Esta visita extraordinaria, aparte de su importancia religiosa,

ha dado origen a Anunciaciones tan inspiradas y místicas

como la de Duccio, Jan van Eyck y Simone Martini, entre

otras. Pero además, nunca olvidaré las natividades, como la

de Piero della Francesca con sus ángeles músicos cantando y

tocando el laúd al Niño desnudo sobre un manto; sin olvidar

el glorioso Bautismo de Cristo del mismo Piero. Ni el flamante

Díptico Wilton, donde los azules cantan; y la no menos

espléndida Adoración de los pastores (1646) de Rembrandt,

donde el cuerpo místico del Niño aparece iluminado mientras

los presentes, excepto el rostro de María, permanecen en

las sombras.

Aparición del Aleph. En la parte inferior del escalón, hacia

la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable

fulgor… El diámetro del Aleph sería de dos o tres

centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución

de tamaño. Cada cosa era infinitas cosas, porque yo

claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el

populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de

América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra

pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables

ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi

todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó…, vi un

poniente en Querétaro, que parecía reflejar el color de una

rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete

de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que se

multiplican sin fin…, vi la delicada osatura de una mano, vi

a los sobrevivientes de una batalla enviando tarjetas postales,

vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española…, vi

tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las

hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un

cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas,

increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos

Argentino…, vi el engranaje del amor y la modificación de

la muerte, vi el Aleph desde todos los puntos, vi en el Aleph

la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra,

vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara y sentí vértigo y lloré, porque

mis ojos habían visto ese objeto conjetural, cuyo nombre

usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado,

el inconcebible universo. Sentí infinita veneración, infinita

lástima. Jorge Luis Borges, El Aleph.

La letra alef. El nombre de Dios es la unidad del movimiento

del lenguaje que sale de la raíz primordial y se ramifica.

Este movimiento crece del fondo del éter primordial,

en el seno de los trece pares de opuestos que son al mismo

tiempo los trece middoth del gobierno divino. El autor busca

mostrar cómo el nombre de Dios procede del movimiento

del alef, el puro aliento. En todos los nombres, y, en todos

los elementos del lenguaje, el ‘alef’ queda como el elemento

más interior, ‘la lengüeta compensadora de la balanza’, (según

Yezirah, 2:1). En un símbolo audaz derivado de la figura de

la letra hebrea yod, el mundo del lenguaje ha nacido de las

alas de yod, la cual deriva su origen del movimiento del yod

primordial. (Uno no puede evitar preguntarse si la letra alef

fue pensada para contener dentro de sí tanto la yod como sus

alas). Gershom G. Scholem, Orígenes de la Cábala.

Alas da Dios a los alacranes, y ponzoña a los hombres, y

hay alacranes en dos patas y hombres que se arrastran debajo

de las piedras.

Alba del ser: amaneser.

El alba viva. Hay tonalidades que el lenguaje no puede

describir, colores en la ventana diferentes a los vislumbrados

por el ojo desnudo; secuencias de notas musicales, como si lo

contemplado sucediera en la mente. “Eleva lo que de divino

hay en ti hacia lo divino en el universo”, hacía mías las últimas

palabras de Plotino, añadiendo: “Y hacia todas las criaturas de

la tierra”. Sentía que mis ojos participaban en la formación

del alba, y que yo era parte de ese azul. En esos momentos del

tiempo en movimiento, el Ser inteligente y la aurora lúcida

formaban un espacio vivo y pensante.

La alcachofa. Hija del agua y de la tierra, su abundancia

se ofrece a quien la espera encerrada en un castillo de avaricia.

Parece por su blancura y por lo inaccesible de su refugio, una

virgen griega escondida entre un velo de lanzas. Ben-Altalla

(s. XI).

Alegría del aire

Aire vivo

aire que piensa

aire que siente

aire que oye el paso de la luz y de la lluvia

aire interior y exterior

aire de montaña

aire del abismo de uno mismo

aire que me inspira me respira y me expira

aire que me acompaña y me deja solo

aire que envuelve y desenvuelve mi sueño de existir

aire que me toca y no puedo tocar

aire libre que conocí de niño

aire santo aire santo aire santo.

La poesía llama, 2017.

Alegría indefinible, inefable, inaudita la luz que el ser lleva

en los ojos.

Alejandro de Macedonia y su mulero ya muertos vinieron

a pasar la noche en un mesón de Contepec. Pero nadie

los conoció, ni siquiera ellos mismos reconocieron su nombre

escrito al revés en un espejo. Sueño soñado en 1953.

Así fueron Berenice y él, infatigables, como en el descubrimiento

repentino de los sexos, hasta quedarse ahí, dejándose

pasar uno a otro. Hasta encontrarse en sí mismos en el solitario

impulso, como si sólo les interesara esa forma de existencia,

de estar acompañados; para después caer en el estupor, en el

mirar al techo pensativamente, estúpidos y plácidos, sintiendo

atenuada toda piel, reseca toda piel, y el aire merodeando

gélido sobre sus cabezas quietas; hasta no saber que el tiempo

gravitaba, que aquellas doce horas de la noche pasaban para

siempre, se iban envueltas en la túnica negra de su propio eco,

de su pasar común; sólo encontrados en la complicidad satisfecha,

en los restos de una doble vida transcurrida; casi olvidada…,

salvo por unos cuantos detalles todavía vibrando en

la epidermis, en las partes de mayor intensidad y concentración;

salvo por la presencia desnuda de los cuerpos, por el poder

decir: allí estaba su cara, su espalda, su cadera. Mirándola

dormir, 1964.

Alfa. Según la tradición cristiana, entre la primera y la última

letras del alfabeto griego podría contarse la narrativa de

la vida. Pero remontándonos al Génesis, (palabra derivada del

griego gennao, y del latín gignere, que significa engendrar), el

principio de todo fue la Luz, el alma del Ser.

Las primeras frases fueron una encantación: Y Dios dijo:

“Hágase la luz”. Y la luz se hizo. Y Dios vio que la luz era buena.

Y Dios separó la luz de la oscuridad. Y Dios llamó a la luz

Día, y a la oscuridad Noche. Y la tarde y la mañana fueron el

primer día. Luego, Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza

(como dice el Zohar).

La luz fue engendrada por la palabra divina, así como la

génesis de la lluvia es la nube. En hebreo el libro es llamado

Bereshith, y según la tradición judeo cristiana fue obra de Moisés.

Los críticos de la Biblia han acordado que el poema no es

el producto de un hombre, sino un compuesto de numerosas

fuentes. Como señala Gerhard von Rad, el capítulo del Génesis

es doctrina sacerdotal, contiene la esencia del conocimiento

sacerdotal en la forma más concentrada. No fue “escrito” había

una vez; pero, más bien, como una doctrina que ha sido

enriquecida a través de los siglos… Sus palabras no tienen un

efecto inmediato, sino espacial, tardando eras o siglos en realizarse.

“El ahora, cuando Dios hizo al mundo, está tan cerca de

este tiempo como el ahora en que estoy hablando en este momento,

y el último día está tan cerca de este ahora como si

fuera ayer.” Meister Eckhart, Sermón LXXXIV.

El Demiurgo, que comenzó el poema de la Luz y de la Vida,

sería el artífice divino, que, habiendo contemplado el modelo

eterno, la más perfecta de las causas, produjo “el mundo

en virtud de su bondad y carencia de envidia, y deseando que

las cosas fuesen semejantes a Él”.

¿De dónde salió Dios?, preguntaba el peluquero de mi

pueblo al maestro de escuela, y éste no podía contestar. Hasta

que años después, haciéndome yo mismo esa pregunta, una

voz dentro de mí, contestó: “Dios salió de las profundidades

de Sí Mismo, del Uno que se gestó en su Yo, del Alma

que se animó en espacios interiores durante milenios de inmensa

soledad y de eones de profundo silencio”. En un relato

procedente de textos sagrados del antiguo Egipto se dice

que, antes de toda creación, Atum-Ra, el antiguo dios-sol de

Heliópolis, estaba sumergido en el océano primordial con

los dioses potenciales. Y Atum dijo: “Yo estaba solo e inerte

en el Nouou, yo no encontraba sitio donde ponerme de pie

o pudiera sentarme. La ciudad de Heliópolis no había sido

creada… Fue mi hijo, Vida, que me hizo consciente y que

hizo vivir mi corazón, luego que reunió mis miembros, hasta

entonces inmóviles”. En ese momento El creador, solo, confundido

con el océano primordial en una presencia única,

suscitó su vida: “Yo soy Nouou, el Único, el Sin-Parecido, he

llevado mi cuerpo a la existencia gracias a mi poder mágico.

Yo me he creado a mí mismo, yo me he constituido según mi

deseo…”. El Sol surgió del magma líquido por su propia voluntad,

en una fuente luminosa: “Yo soy el Eterno, yo soy Re

que ha salido de Nouou… Yo soy el dueño de la luz”. Por eso

he pensado que el acto de convertirse la palabra en luz tomó

milenios; quizás, eones, y que el proceso fue como un largo

amanecer en el espacio, un alumbramiento de la oscuridad,

un nacimiento del Ser en el vientre cósmico. Así comenzó la

poesía del Ser.

Omega. Ante el estado desastroso del planeta, presiento

que lo peor está por venir, a causa de la destrucción de los

ecosistemas terrestres y marinos; con la consiguiente desaparición

de especies animales y vegetales, la muerte de mares y

océanos. El Apocalipsis está sucediendo ya, pero paulatina,

sigilosamente. Pues el Apocalipsis no será un gran estallido

cósmico, sino un holocausto nuclear acompañado de desastres

ambientales que aquí y allá provocarán un imparable decaimiento.

Ante el grito de la Naturaleza en agonía (expresada

simbólicamente en la pintura de Munch), la hecatombe, quizás,

sólo tendrá lugar en nuestro sistema solar, aunque podría

llevarse de paso a la Luna, el feto de la Tierra. En la Omega

apocalíptica, con suerte, veríamos “el reflejo violeta de Sus

Ojos”. Arthur Rimbaud, Vocales.


¡Gracias por leer a Homero Aridjis !

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