Historias Verdes

por Eduardo Limón

5 minutos

Presentación

El pasado suele teñir los recuerdos con un aura de ingenuidad.

Mirar cualquier cosa a través del filtro del que la proveé el

tiempo diluye un poco sus aires de trascendencia y disminuye

sus ínfulas de actualidad. La playera de manga tres cuartos

que usamos en la secundaria como emblema de la moda, hoy se

mira francamente extraña. Los zuecos de madera durísima y cintas

plásticas de colores chillantes que nuestras hermanas lucían orgullosas

antes de salir a sus primeros reventones (que se llamaron

tardeadas en aquel pasado), hoy son sólo una referencia que sirve

para explicar zapatos mucho más cómodos, mismos que con el

paso del tiempo serán superados por algún nuevo tipo de diseño

que en unas décadas hará lucir el de hoy como la curiosa muestra

de lo que, en otro momento, supusimos era el pináculo del calzado.

Los sonidos de la música que nos ha gustado, el diseño de los

libros que conservamos, los relojes en los que consultamos el paso

del tiempo luego serán distintos. Lo que hoy es presente perderá

su nitidez conforme pasen los meses y los años y su lugar siempre

será ganado por el momento actual del mundo. Ningún tiempo

pasado fue mejor: en todos lucimos fuera de moda, tanto en usos

como en costumbres.

«¿Te acuerdas de cuando no podíamos votar?», le dice una viejecita

a otra, y aquella, mirándola perpleja desde un par de ojazos grises

—uno más grande que el otro— responde: «No, ¿cuándo fue eso?».

El maestro universitario que poco a poco fue acostumbrándose a la

imagen ya se siente incómodo cuando algún colega del ayer le recuerda

lo mucho que le sacaba de onda mirar a dos chavos —o a las

dueñas de los dos mejores promedios de su materia— besándose en

cualquier lugar. Lo pasado siempre se mirará ingenuo.

Estas páginas quieren apostar por ser leídas en el futuro, cuando

el contenido de este libro no importe ya a nadie más que para reírse

un poco. En ese tiempo que aún no es, alguien quizá eche un vistazo

a este texto con un churro —un join, un toque, un pequeño porro,

un alegre gallo— entre sus dedos sin temer que nadie lo persiga

por fumárselo en donde mejor le parezca. Ojalá. Este libro teñido

de ingenuidad será muy feliz ocupando su lugar en el librero del

futuro, cuando la mariguana y todas sus formas de consumo, incluso

la recreativa, sean completamente legales y su compraventa,

intercambio, distribución y cultivo se hayan convertido en aspectos

que se encuentren completamente normalizados en este país, donde

desde hace décadas se consumen de forma legal drogas mucho

más dañinas.

En el pasado en el que este volumen ha sido escrito, diversos teóricos

de la despenalización han concluido que lo que mata no es la

mota, sino las balas destinadas a evitar que la gente la consuma. Es

como el cuento de la abuelita regañona que antes de salir prohíbe

a sus nietos que se trepen a la alacena para alcanzar la azucarera.

El cuento termina cuando la ancianita regresa y encuentra la azucarera

vacía y rota sobre el piso mientras todos sus nietos (que al

escucharla llegar han huido para salvarse) son finalmente hallados

para enfrentar las guamizas que, en el pasado desde el que esto se ha

Historias verdes

escrito, suelen dar las abuelas a los nietos necios que ni advertidos

por la prohibición dejaron de ser tentados por el dulce satisfactor

de la sacarosa. El problema es que, en este país, la policía y el ejército

distan muchísimo de parecer abuelitas regañonas y muchísimos

nietos que trataban de averiguar qué diantres tenía de bueno esa

azúcar tan prohibida han truncado sus vidas y visto descomponer

sus futuros al ser capturados por causa de ejercer un acto que, en

todo caso, sólo iba a saciar su curiosidad y muy probablemente a

provocarles un momento de placer... con lo caro en todos sentidos

que sale el placer en este pasado.

La despenalización de la mota no será la panacea que traiga consigo

un descenso de la violencia generada por el narcotráfico, pero

sí, como razona Paco Ignacio Taibo II en la entrevista que le corresponde

dentro de este libro, representa un acto de sensatez.

Si el pronóstico se cumple y tú estás hojeando estas páginas en el

futuro, quizá halles interesante lo que leerás aquí: una instantánea

del pasado del país, hecha en el tiempo en el que consumir mariguana

con total libertad aún era ilegal.

Las entrevistas y textos que vienen conforman una imagen integrada

por escritores de distinto cuño —y algunos otros personajes—

hablando de mariguana: algunos la fuman todo el tiempo, otros sólo

lo hacen ocasionalmente, varios la fumaron hace años y no volvieron

a hacerlo más. Cierto autor mira el no-consumo como un genuino

acto subversivo en contra de un poder que trata de seducirnos continuamente

con el soma para mantenernos dóciles y tranquilos. En

el otro extremo un entrevistado más sostiene la idea de que todas las

drogas deberían ser legales, aunque quizá esa discusión pertenezca a

otro futuro en el que ya no sólo quepa este libro.

Mariguana. En 1966 Paul McCartney escribió que estaba solo y

dio un paseo sin saber lo que encontraría, cuando de repente al

verla ahí le dijo que la necesitaba cada día de su vida («Got to get

you into my life»); hacia 1975 Ringo Starr, batería de la misma

banda con la que aquel grabaría dicha canción de amor, tomó la

letra escrita por Hoyt Axton —exitoso cantante estadounidense de

folk— para cantar que no quería fumar más, pues estaba cansado

de despertarse en el suelo, que la hierba sólo lo hacía estornudar y

después se le hacía difícil encontrar la puerta («The No-No Song»).

Mariguana. Antes de que el poeta y químico Jorge Cuesta arrancara

sus propios genitales con un cuchillo —en medio de uno de

los muchos ataques de paranoia que con el tiempo le ocasionaron

sus continuas ingestas de las sustancias que él mismo preparaba y

con las que experimentaba sin ponerse ningún freno—, el autor de

Canto a un dios mineral (Suspensa en el azul la sena / esclava de la más

leve onda que socava el orbe de su vuelo / se suelta y abandona a que

se ligue / su ocio al de la mirada que persigue las corrientes del cielo),

dedicó los espacios cada vez más estrechos que le dejó la lucidez a

buscar el complejo vitamínico del cannabis.

Mariguana. Parménides García Saldaña nos presenta a Epicuro,

personaje central de su novela Pasto Verde, como un tipo que

fuma «mágicos» en su apartamento (o donde sea) y que antes de

abrir la puerta que algún imprudente aporrea, interrumpiéndole

el momento de «entrar en trance» —y de paso suspendiendo

también su «guapachosa frialdad tropical»— debe quitarse su túnica

de sacerdote olmeca, su penacho y su traje de rolling stone...

Por su parte, Ramón del Valle Inclán escribió en La pipa de Kif:

«Divino penacho de la frente triste, en mi pipa el humo da su grito

azul, mi sangre gozosa claridad asiste si quemo la Verde Yerba

de Estambul».

Mariguana. Louis Armstrong compuso el tema instrumental

Muggles pensando en los cigarros que le fascinaban y que eran nombrados

empleando precisamente ese slang en los antros estadounidenses

de los años veinte y treinta del siglo pasado. En la canción

Sweet Leaf, grabada en 1971 con Black Sabbath, Ozzy Osbourne

le agradece a la planta que le haya «presentado a su mente» y Peter

Tosh dijo sobre ella en Legalize it, su disco debut como solista: «La

fuman los cantantes, la fuman los ejecutantes, los doctores, las enfermeras,

los jueces y los abogados…».

Mariguana. Nadie sabe a quién se le ocurrió la desmañanada

frase: «¿De cuál fumaste?», pero es muy posible que quien la creó,

nunca haya fumado.

Lo cierto es que en el ayer que conforma esta historia peculiar,

cada consumidor ha delineado desde un ángulo distinto lo que

le ha tocado vivir, dibujando una suerte de perspectiva personal

que, por lo menos en los casos que aquí desfilan, le ha permitido

compartir con el futuro las aristas que compusieron su propia experiencia.

Su experiencia con la mariguana, demonizada por algunos,

pero bendecida por otros tantos.

Así, este libro viene del pasado. De cuando el placentero derecho

a trazar figuras sobre la realidad con nuestras fumaradas se hallaba

perseguido y era condenado.

«Mira qué libro me he encontrado ¿te han contado de cuándo la

mota era ilegal?».

Pues eso.

Eduardo Limón

Ciudad de México, otono de 2017

Eduardo Limón

Historias verd

Fernando Rivera Calderón

El derecho a la soberanía interior


Fernando acostumbra dar una forma familiar al fuego, diariamente.

Desde que lo conozco (y eso ocurrió hace muchos

años), sé que inicia sus días de la misma manera: preparándose

una taza (de muy respetable tamaño) con café y encendiendo

un churro. Una forma siempre vegetal de dar la bienvenida a la mañana.

Alerta que encienden las semillas del cafeto y paz que traen

consigo las hojas de la mariguana; siempre he tenido la impresión

que luego de ese ritual cotidiano, el espíritu de Fer sintoniza con

el mundo.

Músico y poeta (también periodista, también locutor, cabaretero

y humorista), las sustancias que Fernando consume no llevan dentro

las canciones ni los poemas. A estas sustancias no se les ocurren las

ideas para escribir artículos en un periódico, menos aún los chistes,

de manera que esto no es una apología. En todo caso, puedo afirmar

que Fernando Rivera Calderón abre este libro escrito en el pasado

porque ama la mariguana, y el amor, ya lo han dicho también

otros músicos y poetas, siempre es la mejor manera de comenzar.

 

 

Si yo inicio esta conversación diciendo simplemente «mariguana»,

.qué es lo que piensas?

(Fernando enciende un churro.) Pues una vez que he exhalado el

humo —y eso que estaba regañona—, pienso en una compañera de

mis días, en un alimento para mi espíritu, en un gusto. Pienso en

una larga relación entre los seres humanos y el reino vegetal. Creo

que la mariguana es una hierba que nos muestra muchas cosas.

Dirían los más hippies que se trata de una planta maestra y sí, creo

que es una sustancia que permite acceder a lugares de uno mismo

a los que a veces, en este mundo vertiginoso y materialista, no se

tiene acceso. La mota me permitió descubrir un espacio en mí que

no vive ni del dinero ni del éxito laboral, ni del ego ni de los títulos

nobiliarios, sino que me permite disfrutar los momentos, así, tal

cual; me permite estar más en el presente y no teorizando sobre lo

que pasó o sobre lo que va a pasar, sino disfrutando más el momento

en el que vivo y aprovecharlo.


¡Gracias por leer a Eduardo Limón!

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