Shelby Holmes es genial

por Elizabeth Eulberg

3 minutos

 

CAPÍTULO 1

Todo escritor necesita una buena historia que contar.

Y ese era mi problema: no tenía nada que escribir porque nunca me había pasado nada emocionante. En serio, nada. Cero. Zilch. Nothing. Nadita de nada. Se supone que al­guien que ha vivido once años en cuatro estaciones militares ha visto por lo menos una cosa emocionante. Sí, se supone.

Nop.

Mi vida = aburrida.

Hasta que nos mudamos de Maryland a Nueva York y mi nueva vecina intentó hacer explotar el edificio.

Sí, todo empezó como un día de mudanza normal para la familia Watson. Ya me había acostumbrado a estar siem­pre empacando y desempacando, ese era parte de tener una mamá en el ejército. Pero se suponía que esta vez sería distinto. Mi mamá y yo nos instalaríamos aquí, en un de­partamento de la calle Baker, en el número 221. Ya hasta estábamos aplanando las cajas y dejándolas en la banqueta, en vez de guardarlas para la inevitable siguiente mudanza.

 

Ah, también era la primera vez que nos mudábamos sin papá. Ya sé que un escritor tiene que contar la histo­ria completa, pero no estaba listo para hacerlo. Todavía no.

Así que era un día de mudanza como cualquier otro. O eso parecía. Como era de esperarse, tan pronto mamá volvió a ser una civil común y corriente, y salimos de la estación militar, supuestamente a salvo, nos encontramos es­quivando una explosión.

¡BUM!

Nuestro departamento se sacudió. Mamá me jaló ha­cia el piso y me cubrió la cabeza. Los cuatro trabajadores corpulentos del servicio de mudanzas intentaron ocultarse detrás de nuestros muebles.

La única persona que no buscó refugio fue nuestra nue­va casera, la señora Hudson.

—¡Santo Dios! —exclamó sacudiendo la cabeza—. ¡No se asusten! No es nada —se disculpó murmurando—: le dije que hoy no.

Tal vez las explosiones eran incidentes rutinarios en este edificio de departamentos. Si se era el caso, sin pensarlo volvería a la estación militar antes que convivir con algún neoyorquino chiflado que tuviera una barra de dinamita.

El edificio permaneció en un silencio sepulcral durante unos minutos y después todos volvimos a ocuparnos de la mudanza y de desempacar cajas.

Mamá me sonrió inquieta:

—Bueno, John, parece que por fin tienes algo emocio­nante que escribir en tu diario.

Sí, claro, aunque no me hubiera importado prescindir del susto del bombardeo. Por alguna razón, mi abue insistía

 

en regalarme un diario en todos mis cumpleaños. Todos estaban medio llenos con historias sin terminar sobre viajes espaciales y garabatos de mis personajes de cómic nada ori­ginales: el Tipo Genial, el Hombre Tarántula, el Sargento Speedo y la Chica Increíble.

Me apegaba a la ficción porque no había ninguna razón para registrar mi vida real. Porque mi vida era aburrida, te­diosa, poco interesante, apagada, monótona, equis. (Mi abue también me había regalado un diccionario de sinónimos.)

Supongo que podría pensarse que mudarse es emo­cionante, pero lo hacíamos tanto que era más bien una lata. Y era difícil. Amigos nuevos, maestros nuevos, rutina nueva. En cuanto dominaba todo eso, los días en la esta­ción eran iguales: escuela, parque, tarea y a la cama. Una y otra vez. Después nos mudábamos y todo empezaba de nuevo. No importaba si estaba en Georgia, Kentucky, Texas o Maryland. De algún modo siempre era igual.

Todo eso estaba a punto de cambiar.

—¡Lo siento! —la señora Hudson volvió a nuestro de­partamento, jalando a alguien a sus espaldas—. Ya sabes qué hacer —dijo apretando los dientes.

Una niña delgada de tez blanca con rizos pelirrojos dio un paso al frente. Tenía una bata de laboratorio que le quedaba enorme y goggles en la frente. De la cintura para arriba estaba cubierta de hollín, salvo donde los goggles le habían tapado. Se puso una mano en la cadera.

—La señora Hudson me informó que mi experimento inofensivo y perfectamente seguro les ocasionó un día de mu­danza desagradable. Me ordenó que me disculpara —sus­piró profundamente.

 

¿Creía ella que esa era una disculpa?

—Gracias, cariño. ¿Vives en el edificio? —le preguntó mi mamá. Siempre que llegábamos a un lugar nuevo, ella aprovechaba para buscarme amigos (principalmente por­que se sentía culpable, ya que ella era la causa de que nos mudáramos tanto). Pero esta niña, quien no parecía tener más de siete años, era demasiado pequeña para ser mi amiga. Yo acababa de cumplir once. No necesitaba pasar de niñero lo que quedaba de mi verano. Sobre todo con una ñoña a la que le gustaban las ciencias.

—Sí, arriba en el 221 B —la niña se acercó a mamá y le dio la mano—. ¿Cuánto tiempo estuvo en Afganistán? —preguntó.

Mi mamá dejó su brazo suspendido en el aire mientras volteaba a verme. Los dos estábamos pensando lo mismo.

¿Cómo lo supo?

—Supongo que es médico militar. Y por la manera en que se apoya en la pierna derecha, parece que se lastimó la pierna izquierda. ¿La cadera, quizá? Tengo entendido que las municiones de metralla pueden causar dolores muy fuertes.

Esto era raro por muchas razones. Sobre todo porque cuando el servicio militar y la herida de mamá salían a relucir en una plática, las personas evitaban hacer contacto visual y susurraban. No esta niña. Nop. Parecía hablar del clima. Su tono era monótono y no apartaba la vista de mamá, aunque de vez en cuando se distraía, como si estu­viera buscando algo.

La mandíbula de mamá estaba prácticamente en el piso.

—¿Cómo…?

 

 

La distrajo un sonido de cristal roto que se oyó en el comedor.

Genial. El día de mudanza se ponía cada vez mejor.

Uno de los trabajadores quitó una cobija que había es­tado protegiendo un espejo de cuerpo entero.

—No estaba bien envuelto —el hombre se encogió de hombros y siguió desenvolviendo el espejo—, no pude evitarlo.

—¡Alto! —la niña le gritó. Se dirigió hacia allá dando zancadas y examinó los cristales rotos.

La señora Hudson se rio alegremente como para elimi­nar la tensión.

—Ay, es una manía que tiene.

Mmm, okey. Como si eso explicara lo que estaba pasan­do. ¿Todos los niños de Nueva York eran así?

—¡Oye! —le gritó el trabajador—. ¿Qué haces?

La niña estaba sobre sus rodillas y manos, con la cara a centímetros de los pies del tipo. Se levantó de un salto y se sacudió las manos.

—Pateó el espejo.

—No es… —el trabajador comenzó a protestar.

Ella señaló su pie.

—Según el ángulo del hoyo en el espejo, el cual es del tamaño del dedo gordo de su bota, el hoyo se hizo siguien­do una trayectoria ascendente, un ángulo que corresponde a la altura de las escaleras de nuestra entrada. Por lo tanto, infiero que usted pateó el espejo al subir las escaleras. Y aunque es muy probable que dicho suceso haya sido un accidente, sin lugar a dudas fue su culpa.

Lo único que yo tenía claro es que ahora vivía entre personas raras que plantaban bombas.

 

—¿Quiere que dibuje un diagrama o nos va a ahorrar tiempo a todos y confesar? —el trabajador se quedó quieto con la boca abierta. Los demás también estábamos pasma­dos. Menos la señora Hudson, que parecía divertida y un poco cansada.

El trabajador tartamudeó durante unos instantes y lue­go se agachó para ver cara a cara a la niña.

—¿Quién eres?

Sonrió satisfecha:

—Soy Shelby Holmes. La detective Shelby Holmes.

 

 


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